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Recuadros:

Inicio de una guerra fría en los hielos polares

Al plantar una bandera en la vertical del Polo Norte, el 2 de agosto pasado, una expedición rusa relanzó la discreta lucha que se libra en el Ártico. Al hacer más accesible este Gran Norte, el calentamiento climático debería permitir, en poco tiempo, nuevas actividades económicas. Además de Rusia, Estados Unidos, Canadá, Noruega y Dinamarca compiten para probar sus derechos sobre estos fondos marinos que podrían contener importantes reservas de hidrocarburos. Contrariamente a la Antártida, no existe un marco de cooperación y protección.

Nueve horas bajo el banco de hielo... El 2 de agosto, dos minisubmarinos rusos Mir 1 y Mir 2 vuelven a la superficie después de haber plantado una bandera rusa de titanio inoxidable en la vertical del Polo Norte, a 4.261 metros de profundidad. Una primicia mundial. A bordo del Mir 1, Artur Chilingarov, vicepresidente de la Duma y reconocido explorador polar, comparte su descubrimiento -"Hay un pedregullo amarillento. No se ve ninguna criatura de las profundidades"-, dice, antes de agregar: "Tocar fondo a semejante profundidad es como dar el primer paso en la Luna". A buen entendedor...

Precisamente. En la superficie algunos remolinos agitan las aguas negras y heladas. Aunque del lado ruso no se oculta la alegría, se pone de manifiesto una cierta irritación ante esta política del hecho consumado. Peter Mackay, ministro canadiense de Relaciones Exteriores, ironiza: "No estamos en el siglo XV. Ustedes no pueden recorrer el mundo, plantar banderas y decir: ‘reivindicamos este territorio'" 1. Del lado estadounidense, el vocero del Departamento de Estado Tom Casey va más lejos: "Plantar una bandera en el fondo del agua no tiene ningún efecto jurídico".

Reserva de hidrocarburos

El Ártico es un mar rodeado de tierra: un "Mediterráneo del norte", de alguna manera. Los polos magnético y geográfico bogan en medio de las aguas. Por lo tanto resulta difícil implantarse allí, aunque el mar está siempre helado. La expedición rusa, dirigida por el Instituto Ruso de Investigación Ártica y Antártica (AARI), y realizada en el marco del Año Polar Internacional, que se inició en marzo, tenía una doble misión: observar los cambios de temperatura y de salinidad, la velocidad de las corrientes y, sobre todo, aportar una prueba de la continuidad de esos fondos con la plataforma continental rusa.

El Polo Norte, situado en aguas internacionales, pertenece a todo el mundo. Y, por lo tanto, a nadie. Está regido por la Convención Internacional del Derecho del Mar de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que declara a los fondos marinos situados más allá de las jurisdicciones nacionales "patrimonio común de la humanidad". Esta convención, firmada en 1982 y ratificada en 1994 2, define la soberanía de un país en la superficie en 12 millas marinas (22,2 kilómetros) y su zona económica exclusiva (ZEE), que incluye los recursos submarinos, en 200 millas (360 kilómetros) a partir de sus costas. Sin embargo, esta zona puede ampliarse si los límites de la plataforma continental se extienden más lejos. Por lo tanto, si Moscú logra demostrar que la dorsal Lomonosov -cordillera submarina de 2.000 kilómetros que se extiende bajo el polo, uniendo a Siberia con la isla canadiense de Ellesmere y con Groenlandia- es geológicamente rusa, podrá explotar esos fondos. Más allá del prestigio y de la proeza científica y tecnológica, allí está el desafío.

Un estudio de la agencia gubernamental estadounidense US Geological Survey estima que el 25% de las reservas mundiales de hidrocarburos están ubicadas al norte del círculo polar 3. Un nuevo Eldorado, que los países ribereños -Rusia, Estados Unidos, Canadá, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Suecia e Islandia-, siempre que su plataforma continental "también se prolongue", podrían reivindicar y por lo tanto explotar.

Rusia fue durante mucho tiempo el único país en tratar de hacer valer sus derechos. En diciembre de 2001, Moscú había formulado una primera demanda ante la Comisión de la ONU sobre la delimitación de su plataforma continental. La Comisión pidió estudios complementarios, por eso la puesta en escena de los submarinos Mir 1 y Mir 2. Hasta entonces, la comunidad internacional no encontraba gran interés económico en esas inmensidades heladas. Pero los recursos de gas y de petróleo se agotan y el recalentamiento del planeta hace que el Polo Norte se vuelva más... acogedor. La comunidad científica, aun cuando discrepe acerca de las causas del fenómeno, es unánime en el sentido de que el Ártico se deshiela. Según un estudio del Arctic Climate Impact Assessment (Evaluación del Impacto Climático del Ártico, ACIA, según su sigla en inglés), publicado en 2004 4, 988.000 km2 de hielos polares, es decir el doble de la superficie de Francia, se han volatilizado durante los últimos treinta años. En un cierto plazo, la desaparición de los hielos polares 5 podría permitir la explotación de yacimientos de petróleo y de minerales (diamantes, oro, plata, plomo, cobre y zinc). Un formidable potencial emerge de las profundidades.

Un potencial particularmente atractivo porque está ubicado en una zona geopolíticamente mucho más estable que Medio Oriente. El Ártico ofrece así un modo de evitar a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y garantiza a las naciones ribereñas su propia seguridad energética, e incluso la posibilidad de responder a la creciente demanda de las potencias emergentes como China e India. La zona reivindicada por Moscú forma un triángulo de 1,2 millones de km2 que unen Murmansk, Chukotka y el Polo Norte. En esas aguas dormirían más de 10.000 millones de toneladas de hidrocarburos, el equivalente a las reservas del Golfo Pérsico.

Estados Unidos, que de aquí a 2015 no debería producir por sí mismo más que el 30% de su consumo de petróleo -hoy en día produce el 40%-, se apresta a presentar una demanda dirigida a que se le otorgue el derecho a poseer una zona costera que se extiende a lo largo de 600 millas (965 kilómetros) en el litoral de Alaska. Pero un iceberg de gran tamaño les cierra la ruta, porque Estados Unidos no ha ratificado la Convención del Derecho del Mar de la ONU, sin lo cual cualquier petición territorial es inadmisible. Por eso, para la administración del presidente George W. Bush esta ratificación es una prioridad.

Mientras tanto, una expedición estadounidense se dirige hacia el Polo Norte. Otra, estadounidense-noruega, explora la placa submarina de Gakke, ubicada entre Siberia y Groenlandia. Dinamarca envió el 12 de agosto un equipo científico para tratar de probar que la dorsal Lomonosov es una extensión de Groenlandia. Todas estas operaciones también se inscriben en el marco del Año Polar y están dirigidas a reforzar la investigación científica y a desarrollar la cooperación internacional. El interés científico es real. La última cumbre del G8 no se equivocó cuando agrupó en una misma sesión de trabajo el cambio climático y el uso de los recursos naturales.

Nuevas rutas marítimas

Otro gran desafío, siempre vinculado al recalentamiento del planeta, es la progresiva apertura de nuevas vías de comunicación. La navegabilidad en el Paso del Noroeste, a lo largo de las costas canadienses, reduciría en 7.000 kilómetros la ruta entre Europa y Japón, y en 8.000 kilómetros el recorrido Estados Unidos-China. Por lo tanto, todos los ojos se dirigen a él.

Pero el Paso del Noroeste es objeto de un conflicto 6. La Unión Europea, pero sobre todo Estados Unidos, cuestionan la soberanía de Ottawa sobre ese paso. Washington considera a ese canal, que se abre paso entre las islas canadienses y une el océano Atlántico con el Pacífico, como una ruta marítima internacional, libre para la navegación. Ottawa sostiene que forma parte de sus aguas interiores y defiende con uñas y dientes tanto su "soberanía" como "la protección del medio ambiente".

China, Japón y Corea, no directamente rodeados por los hielos polares, han comenzado a construir buques con cascos reforzados, destinados a navegar en los hielos... Las proyecciones indican que el tráfico ártico pasaría de 3 millones de toneladas de flete en 2005 a 14 millones en 2015 7. Una tendencia que confirma un informe de la Arctic Research Commission estadounidense 8, que estima que las aguas que rodean a Canadá podrían quedar casi libres de hielo en el verano a partir del año 2050, e incluso de 2030, según los más pesimistas; o los más optimistas, según el punto de vista...

Ante esta perspectiva, Ottawa no piensa quedarse en la orilla a mirar pasar los barcos. El Plan Ártico del primer ministro Stephen Harper, formulado en 2006, prevé el sobrevuelo de ese territorio por drones (aviones teledirigidos) de observación de largo alcance, la compra de tres súper-rompehielos y la instalación de un puerto de aguas profundas (en Nanisivik, cerca de la entrada del Paso del Noroeste) así como también de una base militar (en Resolute Bay, sobre la isla de Cornwallis, ubicada también en las orillas del mítico paso). Aunque desde su discurso los tres rompehielos anunciados han desaparecido de la pantalla del radar presupuestario, a comienzos de julio de 2007 fueron reemplazados por la construcción de seis a ocho buques patrulleros equipados con un cañón.

Washington, por su parte, prevé la compra de tres nuevos rompehielos. El Congreso también estudia una dotación de cerca de 17 millones de dólares destinada a los guardacostas. En cuanto a los rusos, están listos, ya que disponen de seis rompehielos capaces de patrullar todo el año (contra uno de Estados Unidos y ninguno de Canadá).

Rusia seguramente nunca pensó que haber "colocado su bandera" le aseguraría algún tipo de soberanía. Pero ese gesto mostró que Moscú es un actor de primera línea en la obra que se va a representar en relación con los recursos naturales, la ciencia y el tránsito marítimo del siglo XXI. El Gran Norte ofrece perspectivas más que prometedoras, aunque con el riesgo de pagar un alto precio por ese desarrollo. Si ese crecimiento no está clara y firmemente encuadrado, la factura a pagar será colectiva, pero el Ártico es, por lejos, el más vulnerable.

Testigos más bien pasivos de la tormenta que agita sus territorios de caza y pesca, las poblaciones autóctonas de Rusia, Canadá, Estados Unidos y Groenlandia no tienen realmente voz ni voto. Sólo están presentes en el Consejo Ártico 9 en calidad de participantes permanentes y no de Estados miembros, ya que no constituyen una nación. Sin embargo Noruega, que preside este Consejo desde 2006, tiende a poner el acento en la protección de la naturaleza, el reparto del producto de la explotación con las poblaciones locales, la preservación de sus modos de vida, así como en la ecología y el desarrollo sustentable. Esto es alentador. ¿Pero será suficiente?

Un pasaje al espacio

Contrariamente a la Antártida, en el Gran Sur, el Ártico no goza de un marco legislativo internacional que garantice un estatuto y una protección total. El Tratado Antártico, ratificado a partir de 1961 (véase "Venus en los polos") consagra el continente a la paz y a la ciencia, prohibiendo en él toda actividad militar o nuclear. Aunque al inicio permaneció mudo sobre la explotación de las riquezas, este dispositivo fue fortalecido por el Protocolo de Madrid, que entró en vigencia en 1998 y declaró "reserva natural" a la zona situada debajo del paralelo 60, prohibiendo cualquier explotación de los recursos mineros hasta 2041, e incluso más, porque esta prohibición es renovable indefinidamente y sólo puede ser levantada por las partes por unanimidad.

Nada de eso existe en el norte, cuando los desafíos, colosales, se dan en un contexto geopolítico particularmente tenso. Las relaciones ruso-estadounidenses están en su nivel más bajo desde que Washington anunció el despliegue de un sistema de defensa antimisiles en Europa Oriental 10. Por el lado de América del Norte, tampoco hay noticias regocijantes. Las relaciones entre Canadá y Estados Unidos están lejos de su cenit, ya que cada uno refuerza su presencia en el sector. Los demás países ribereños también reivindican su soberanía, pero su voz apenas se oye en la pelea.

Para la Unión Europea, la situación es aun más delicada, ya que le resulta difícil condenar abiertamente las pretensiones rusas, e incluso las más discretas de Noruega. Estos dos países garantizan más de un tercio de sus necesidades energéticas. Por otra parte, Total, asociada al gigante ruso Gazprom, acaba de alzarse con el 25% de la explotación del yacimiento petrolero de Chtokman, en el Mar de Barents. Terminando así con la cortesía para con los estadounidenses y los noruegos. Es un yacimiento inmenso -3,8 billones de m3-, "más de lo que hemos exportado hacia Europa durante los últimos treinta años" 11, anuncia Serguei Kuprianov, vocero de la empresa rusa que, sin embargo, parecía determinada a ser el único dueño. La racionalización de la explotación y la rentabilidad de las ventas han incitado a la apertura y a la cooperación internacional.

Una cooperación que se practica desde hace cerca de 50 años en la Antártida, pionera en la materia, y que se impone como esencial en el ámbito polar, ya sea para la ciencia o para la explotación de los recursos. En todos los casos, las inversiones son fuertes, en relación con resultados que se miden a escala planetaria, e incluso extra-planetaria.

El polo austral, por su parte, no es marino. Está situado en el centro del continente, justo bajo la base estadounidense "Polo Sur". En 1959, Estados Unidos eligió hacer ondear allí su bandera. Sobre el eje de rotación de la tierra... Los rusos instalaron su base Vostock en el polo de inaccesibilidad 12, a más de 3.000 metros de altura. Para Francia quedaba el polo magnético, cerca de las costas, en Tierra Adela, donde a partir de 1955 construyó su primera base permanente, Dumont d'Urville.

El estudio de los casquetes polares, aunque resulta precioso para los glaciólogos y los climatólogos, también interesa a las agencia espaciales. Fortalecida por los ensayos de materiales que realizó en la Antártida, la NASA acaba de enviar, el 4 de agosto, el robot Phoenix Mars Lander, que debería "aterrizar" sobre el planeta rojo en mayo de 2008 para sondear, bajo los casquetes polares de Marte, la existencia de condiciones favorables para la vida pasada o presente. A pedido de la NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA) participa en el proyecto. También en este caso resulta difícil manejarse solo, incluso para Estados Unidos.

Las regiones polares, y más particularmente la Antártida, ofrecen condiciones únicas para el estudio de los mecanismos de comportamiento y psicológicos de adaptación a un medio ambiente extremo. Las condiciones de aislamiento del personal en estas estaciones son las más comparables, en la tierra, a las del espacio: aislamiento completo prolongado, noche, frío extremo y confinamiento. La base franco-italiana, instalada en el Dome C, en pleno corazón del continente, parece el mejor sitio del mundo para tales estudios. Su concepción y organización se parecen a las de las estaciones pensadas para la Luna o Marte. Numerosos ámbitos de investigación, como por ejemplo el de los organismos que desarrollan estrategias de sobrevivencia en ambientes extremos, o el estudio de los casquetes glaciares, encuentran también aplicaciones para la investigación espacial. La Antártida aparece como la antecámara del espacio, del cual constituye, de alguna manera, su retaguardia. 

Las naciones más presentes en la Antártida son también las que disponen de capacidades espaciales más importantes: Estados Unidos, Rusia, Europa y mañana China, que prevé la construcción de una base en el sitio más elevado y más inaccesible del continente, el Dome A, a 4.093 metros de altura. La presencia en los polos abre la ruta a las estrellas. Al infinito de los hielos polares responde como un eco amplificado el infinito del espacio. Ahora bien, en este ámbito, la investigación no se encuentra motivada sólo por cuestiones de investigación básica o de veleidades de encuentros del tercer tipo. En los cajones de las agencias espaciales esperan proyectos relativos a los recursos mineros de otros planetas, como el helio 3, que podría convertirse en un supercarburante; el uranio de Marte, el agua de la Luna y hasta el oro de los asteroides. Aunque la explotación de los recursos del Ártico es de una actualidad que quema, la del espacio es para mañana.

La Plataforma Espacial Internacional (ISS, por su sigla en inglés) que reúne las competencias rusas, estadounidenses y europeas, debería estar terminada para el año 2010. La NASA anunció su gran retorno a la Luna para 2020 y el establecimiento de una base lunar permanente en 2024. Ya sea desde la base lunar o desde la plataforma espacial, la exploración e incluso la colonización del espacio podrá comenzar entonces verdaderamente. Y el entrenamiento se llevará a cabo en las regiones polares.

La ONU enmarca las actividades espaciales a través de su Tratado del Espacio, ratificado en 1967. Como ocurre con los océanos, el espacio extra-atmosférico es declarado "patrimonio común de la humanidad", las armas de destrucción masiva están prohibidas allí, y no se permiten las reivindicaciones territoriales. La ONU promueve activamente la cooperación internacional. Queda por saber si los primeros en llegar estarán dispuestos a compartirlo...

La batalla por el Ártico prefigura el guión que se escribirá para el espacio, ya sea a nivel científico, económico o militar. La Antártida, con su Tratado, es portadora de una cierta esperanza, encarnando una forma de organización y de cooperación que se practica desde hace 50 años. Pero el Norte no debe por ello ser condenado a pagar los costos de la no explotación de los recursos mineros en el extremo austral, ni ser sacrificado en el altar de la buena conciencia mundial, que justifica un Gran Sur ultra preservado.

  1. El 2 de agosto en el canal de televisión privada Canadian Television CTV.
  2. Rusia lo ratificó en 1997.
  3. Sin embargo, conviene ser prudentes con estas estimaciones. El mismo organismo había visto en el Mar Caspio un nuevo Kuwait, antes de que sus reservas se revelaran ocho veces inferiores a lo que se había anunciado.
  4. http://amap.no/acia/
  5. En 2004, los primeros resultados de la misión internacional Arctic Coring Expedition (ACEX), conformada por 16 países europeos, Estados Unidos y Japón, indicaron que el Gran Norte tuvo un clima subtropical hace 55 millones de años. Así, el mar era libre en el Polo Norte antes de inmovilizarse por la presión de los hielos.
  6. Otros diferendos están referidos a la isla de Hans (¡de cien metros de ancho!), a la entrada del Paso del Noreste, que Canadá y Dinamarca se disputan desde hace treinta años. Noruega y Rusia se enfrentan por la delimitación de sus fronteras marítimas en el Mar de Barents. Y Moscú cuestiona el tratado soviético-estadounidense de 1990 relativo al estrecho de Bering.
  7. Sobre este tema, véase Claude Comtois y Caroline Denis, "Le potentiel de trafic maritime dans l'Arctique canadien", Universidad Laval, Montreal, 2006. 
  8. www.arctic.gov/publications.htm
  9. El Consejo Ártico, creado en Ottawa en 1996, se propone promover el desarrollo sustentable en aspectos económicos, sociales y ambientales. Reúne a los ministros de Relaciones Exteriores de las 5 naciones ribereñas, más Finlandia, Islandia, Suecia, y diversas ONG.
  10. Olivier Zajec, "La defensa antimisil en la psiquis estadounidense", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2007.
  11. RIA Novosti, Moscú, 1-8-07.
  12. Definido por el punto más alejado de la costa, se ubica a 1.700 kilómetros de ésta, a los 82º Sur y 54º Este.

Venus en los polos

Kopp, Dominique

En 1882, el paso de Venus cerca del sol motivó el lanzamiento del primer Año Polar Internacional (API), bajo el impulso del explorador austríaco Karl Weyprecht. Como las regiones polares son excelentes observatorios astronómicos, Weyprecht logró movilizar a la comunidad internacional, que envió diversas expediciones al Norte y al Sur. Después de la tercera API de 1957-1959 se instalaron las primeras bases permanentes en la Antártida, forjando la cultura de cooperación internacional propia de ese continente.
El Tratado Antártico fue ratificado en 1961 por doce países, entre ellos Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Japón y Argentina. Aunque la cooperación científica fue real y se desarrolló al margen de los conflictos internacionales –en ese momento el mundo estaba en plena Guerra Fría–, la preparación del Tratado fue más laboriosa, pero se logró un estatuto único: una tierra de paz y de ciencia, desmilitarizada y sin actividad nuclear. “Sólo las actividades pacíficas están autorizadas en la Antártida. Se prohíben, entre otras, todas las medidas de carácter militar (…) así como las pruebas de armas de todo tipo” (Artículo 1).
De la misma manera que el Ártico, el continente austral no escapa a las tensiones que provocan las reivindicaciones territoriales. El artículo 4 del Tratado congeló esas reivindicaciones, poniéndoles un término. Ratificado por una vigencia de treinta años, su expiración se produjo en 1991, en un momento en que la explotación de los recursos naturales estaba a la orden del día y las tecnologías habían evolucionado fuertemente con relación a 1960. En 1988 estuvo a punto de firmarse en Wellington un tratado que autorizaba esa explotación. Pero fue Francia, con Michel Rocard y el comandante Cousteau en la primera línea, alertados por altos responsables neocelandeses, quien anunció su rechazo a ratificar el Tratado de Wellington, prefiriendo dedicarse a la pesada tarea de convencer a los otros firmantes del Tratado Antártico de la necesidad de proteger el continente.
En 1991 se firmó el Protocolo de Madrid, que prohíbe la explotación de los recursos por un lapso de 50 años. Hoy, más de 45 países adhieren al “Sistema Antártico” que incluye, entre otros, al Tratado inicial y al Protocolo de Madrid. Así, la determinación de algunos fue suficiente para modificar el curso de las cosas.


Autor/es Dominique Kopp
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 99 - Septiembre 2007
Páginas:18,19
Traducción Lucía Vera
Temas Desarrollo, Política, Geopolítica, Medioambiente
Países Canadá, Estados Unidos, Dinamarca, Noruega, Rusia