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Candidatas en la crisis partidaria

Escenario inusual: entre los candidatos con mayores posibilidades en las elecciones presidenciales hay dos mujeres: Cristina Fernández de Kirchner, por el oficialista Frente para la Victoria, y Elisa Carrió, por la opositora Coalición Cívica. Al cabo de décadas de lucha las mujeres avanzan –sin por ello superar la misoginia social–, pero con el trasfondo de la profunda crisis mundial de la democracia representativa.

Ante candidaturas como las de Cristina Fernández y Elisa Carrió, resulta insoslayable preguntarse cómo evaluar la presencia de mujeres en puestos políticos decisivos, hasta qué punto indican un avance hacia la igualdad efectiva de derechos, y el significado que cobran en el imaginario colectivo.

En primera instancia, el hecho de que se presenten candidatas, a la presidencia o a cualquier cargo político, no puede sino calificarse como muy positivo. Tanto para las mujeres como para toda la sociedad, que se beneficia con un horizonte igualitario.

No porque las mujeres sean intrínsecamente buenas, incorruptibles o éticamente mejores que los hombres. Afirmaciones de esa índole implicarían un determinismo biologista. Es simplemente porque son ciudadanas, y el hecho de presentarse como candidatas significa afirmarse en el ejercicio de la participación política. Por sí sola, esa presentación tiene el efecto de proyectar una imagen fortalecida y positiva de la mujer en el plano simbólico-cultural.

En su presentación ante la Conferencia Mundial de las Mujeres de Pekín (1995), la entonces primera ministra de Noruega Gro Harlem Brundtland contó una anécdota que refleja el impacto para la población de la presencia de mujeres en puestos de decisión: una niña noruega de 10 años preguntó a su mamá si los hombres también podían ser jefes de gobierno. Ella había crecido viendo a una mujer en el cargo político más importante, ya que Brundtland ejerció la jefatura de gobierno de Noruega en 1981, de 1986 a 1989 y en un tercer período de 1990 a 1996. Su pregunta en todo caso es inversa a la que se hacen muchas niñas latinoamericanas: ¿puede una mujer ser Presidenta de un país?

En América Latina y el Caribe, sólo cuatro mujeres llegaron al sillón presidencial compitiendo en elecciones: Violeta Barrios de Chamorro (Nicaragua, 1990-97); Mireya Moscoso (Panamá, 1999-2004); Sila María Calderón (Puerto Rico, 2001-2005) y Michelle Bachelet (Chile, 2006). Como se podrá observar es un recorrido muy reciente, que no alcanza a cubrir dos décadas.

Las otras tres mujeres que ocuparon ese cargo lo hicieron de manera interina: Isabel Martínez de Perón (Argentina, 1974-1976); Lydia Gueiler Tejada (Bolivia, 1979-1980), ambas destituidas por golpes de Estado militares; y Ertha Pascal Tronillot (Haití, 1990).

Si calculamos en un promedio de 180 años la sucesión de presidentes varones en las repúblicas independientes de la región, la cantidad de mujeres que ejercieron la presidencia es en comparación tan insignificante que no alcanza para transformar la imagen masculina que proyecta el poder político.

La participación de las mujeres en puestos de importancia en los gabinetes muestra un panorama más alentador. Desde que en 1944 Nelda Martínez ocupara la cartera de Interior en Ecuador -la primera mujer ministra en la región- lentamente se ha ido avanzando en los gabinetes. Para 2007 las mujeres habían ido ocupando todas las carteras existentes en distintos países, incluyendo las más poderosas, como Defensa y Economía (Argentina) y Relaciones Exteriores (Chile) y representan el 25% del total de los gabinetes ministeriales.

Descrédito de la política 

Pero, ¿son las candidaturas, los cargos políticos decisivos cuyos titulares son mujeres, un indicador de que las mujeres han avanzado en la participación política? En parte sí, porque sería imposible candidatearse para esos puestos y ocuparlos si no hubiera mujeres formadas, capacitadas, con una trayectoria política propia, lo que de por sí indica que hubo condiciones habilitantes para esas carreras y esos desempeños.

Pero eso no debiera confundir ni ocultar el horizonte. No significa que se hayan producido cambios profundos en ese sentido en los partidos políticos; ni en su composición, ni en sus ideologías o programas. Hasta la fecha, en las plataformas de los partidos argentinos no se han incorporado reivindicaciones muy sentidas del movimiento de mujeres, como la despenalización y legalización del aborto; la prevención, sanción y erradicación de la trata de mujeres y niñas; el acceso a la justicia de las mujeres que sufren violencia y enfrentan tribunales patriarcales; la discriminación de género en el empleo, entre otros.

En realidad el cambio más significativo es el que remite al actual descrédito y desagregación de los partidos como mediadores políticos, y a la profunda crisis de representación, un denominador común en las democracias parlamentarias, aun en las más maduras y desarrolladas.

Es sintomático que la multiplicación de candidatas sea concomitante con esta época de debilitamiento institucional que atraviesa a todos los países de la región. En Argentina aún resuena el "que se vayan todos" de 2001, ese exasperado clamor de cambio, máxima expresión de la radical desconfianza con que la población sigue considerando a la dirigencia política.

Ése es el trasfondo sobre el cual los partidos buscan en las mujeres figuras de recambio. Tomemos el ejemplo de la Unión Cívica Radical (UCR), un partido más que centenario, que este mes se presentará a elecciones disperso en las más dispares coaliciones políticas. El 15 de junio de 1994, cuando la UCR tenía un caudal considerable de votos, la señora María Merciadri de Morini, candidata a diputada nacional por Córdoba, presentó una petición ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos alegando la violación de sus derechos políticos y de igualdad ante la ley, entre otros, porque la lista del partido Unión Cívica Radical de 1993 no se ajustaba a lo que dispone la ley de cupos, vulnerando la igualdad real de oportunidades entre varones y mujeres para el acceso a cargos electivos. Habían colocado a las mujeres en el 4º y 6º puesto; los cargos con posibilidades eran sólo 5 y eso determinaba que fueran elegidos 4 hombres y 1 mujer, violando el cupo del 30%.

En septiembre pasado, Alicia Tate se presentó como candidata a gobernadora por Santa Fe por la UCR (obtuvo menos del 2% de los votos); otra radical, Griselda Tessio, resultó electa vicegobernadora acompañando al socialista Hermes Binner, y con la misma filiación Margarita Stolbizer se candidatea este mes para la gobernación de la provincia de Buenos Aires, en disidencia con la fórmula Ricardo Alfonsín-Luis Brandoni, del radicalismo "oficial". Al margen de que esas mujeres tienen más méritos que muchos de sus correligionarios, el hecho de que sus candidaturas hayan prosperado indica más el grado de debilitamiento, erosión y falta de representatividad de otros candidatos masculinos y del partido en general que un cambio genuino en la tradicional mentalidad patriarcal partidaria.

Las apariencias 

Esas y otras candidaturas tampoco significan que Argentina haya superado la misoginia que atraviesa el tejido social. Los modos de referirse a las candidatas son una muestra. Cuando le preguntaron a Ricardo López Murphy (candidato presidencial por el opositor Recrear) qué le había parecido el discurso de lanzamiento de Cristina Fernández en La Plata el pasado 19 de julio contestó: "Es una mujer de buen aspecto, elegante, bien parecida..." 1. Dejemos de lado que no opinó sobre la propuesta política de la candidata. ¿Habría contestado lo mismo si el candidato hubiese sido un varón? ¿No era que las superficiales, las que se fijan en la ropa más que en el discurso, eran las mujeres? Desde que la senadora Fernández lanzó la candidatura hasta ahora, más del 80% de los comentarios se refieren a su apariencia. Infaltable también el tema de su matrimonio con el Presidente, que se desliza de una u otra manera, a veces sutil, a veces grosero.

Numerosos candidatos varones tienen parentescos significativos, pero en su caso a ese elemento no se le otorga el mismo peso. Por ejemplo, el actual presidente de Panamá, Martín Torrijos, es hijo del General Omar Torrijos. El actual presidente de Estados Unidos George W. Bush es hijo del ex presidente George H. Bush. Sin embargo, ni en Panamá ni en Estados Unidos eso es mencionado permanentemente como elemento vehiculizador al poder de ambos presidentes.

El machismo no es tampoco patrimonio exclusivo de los adversarios políticos. En marzo de 2004 el ministro del Interior, Aníbal Fernández, calificó un enfrentamiento en el Congreso partidario del Partido Justicialista en Parque Norte entre las senadoras Hilda González de Duhalde y Cristina Fernández como "de alta peluquería y valor cero" 2.

En cuanto a Elisa Carrió, de origen radical, cuando se apartó del radicalismo durante la presidencia de Fernando de la Rúa (1999-2001) y se destacó por sus denuncias contra el establishment financiero, los medios de comunicación e incluso sectores de población centraban sus comentarios en su aspecto personal, tema en el que insisten actualmente con alusiones constantes a su piel tostada y a su cambio de look. Su persistencia en las denuncias, ahora contra el gobierno de Néstor Kirchner, acabó por hacerla respetable en los medios, predominantemente antikirchneristas, que empezaron a centrarse en lo que dice más que en su apariencia.

Una historia de desencuentros 

Ante estas candidatas que no son feministas, pero que de distintas maneras han exaltado la participación femenina social y política, el feminismo tiene la oportunidad de aprender del handicap que significó la oposición de la sedicente feminista Victoria Ocampo al sufragio femenino en 1952, cuando llamó a las mujeres a no hacer uso de "ese voto patriarcal", ganado por la acción de Eva Perón. La perspectiva que da el tiempo permite comprender mejor tanto los choques entre intereses partidarios inconciliables, como las semejanzas -difíciles de reconocer en su momento- entre mujeres de distintas filiaciones políticas, clases sociales, culturas, que sin embargo aportaron a la construcción de la emancipación femenina.

Por dar ejemplos emblemáticos, tanto Alicia Moreau, la esposa de Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista, como Eva Duarte, esposa de Juan Perón, pelearon por los derechos de las mujeres desde dos fuerzas políticas que se opusieron encarnizadamente: el socialismo y el peronismo. ¿Semejanzas? Ambas tuvieron que lidiar con el machismo dentro de sus partidos; ambas tuvieron que "persuadir" de sus valores a sus compañeros.

En su biografía de Eva Perón 3, Marysa Navarro recuerda que su biografiada entró en el baño del Congreso de la Nación a sacar a empujones a un diputado de su propio partido que se negaba a dar su apoyo a la ley del voto femenino. Alicia Moreau, pionera del feminismo argentino, participó en la creación del primer Centro Feminista y del Comité Pro-Sufragio Femenino en 1907, junto a Elvira Rawson de Dellepiane, Sara Justo, Julieta Lanteri y la profesora Raquel Camaña, impulsora de la educación sexual. Se incorporó al Partido Socialista y se convirtió en la segunda esposa de su fundador Juan B. Justo. Cuando ejercía como médica, se quejaba del control que ejercía su marido, quien tenía el consultorio vecino: cada vez que salía un paciente iba a revisar si le había recetado bien o no.

¿Diferencias? Alicia Moreau, si bien dirigía su discurso a todas las mujeres, movilizaba sólo a un sector de clase media, en tanto que Eva dirigió su discurso y sus acciones a mujeres de todos los sectores, muy especialmente a las de la clase trabajadora, logrando movilizaciones masivas. Eran, es cierto, épocas distintas. La foto de la manifestación por el derecho al voto, con miles de mujeres llenando las calles con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco, habla de un acompañamiento popular masivo al reclamo de Eva. En septiembre de 1947, para celebrar la obtención de la ley, se realizó otra manifestación multitudinaria con las mismas características. ¿Por qué esas fotos no se difunden, por qué la memoria se traga ese detalle, por qué no se rescata que las mujeres se pusieron por primera vez el pañuelo blanco -que luego retomarían las Madres de Plaza de Mayo- de manera masiva, para reclamar sus derechos? Ignorar la participación multitudinaria de las mujeres en los reclamos políticos las hace aparecer siempre como recibiendo dádivas de algún/a iluminado/a; una manera de negar la trayectoria colectiva de las mujeres en la gestión de derechos.

  1. Clarín, Buenos Aires, 20-7-07.
  2. La Nación, Buenos Aires, 27-3-04.
  3. Marysa Navarro, Evita, Edhasa, Buenos Aires, 2005.
Autor/es Susana Chiarotti
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 100 - Octubre 2007
Páginas:4,5
Temas Política, Estado (Política)
Países Argentina