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La dictadura de la World literature

Tras la reciente absorción de la editorial Seuil por La Martinière, el Salón del libro de París se inaugura este mes en un contexto convulsionado. En todo el mundo una serie de maniobras de este tipo evidencia el nerviosismo del negocio editorial, cada vez más tentado por los métodos comerciales de los grandes editores estadounidenses. La participación de América Latina, Asia y África es cada vez más estrecha.

La fusión Seuil-La Martinière dio origen al tercer grupo editorial francés y se produjo tras la ruda batalla que enfrentó a los dos primeros: el número dos, Hachette (grupo Lagardère), aspiraba a comprar al número uno, Editis (ex Vivendi Universal Publishing), para controlar el 80% del mercado francés. Pero la Comisaría Europea de la Competencia frenó su tentación hegemónica.

Así, aunque China será la invitada del 24º Salón del libro de París que comienza este 19 de marzo, su presencia no modifica demasiado el carácter puramente nacional de este evento. En contrapartida, al correr de los años la Buchmesse de Frankfurt, con sus 6.000 expositores en representación de más de 115 países, se convirtió en el punto de encuentro mundial casi obligado de todas las editoriales, el gran mercado donde se compran y venden los derechos de traducción y de reproducción de todo tipo de libros. Más de 400.000 títulos, entre ellos más de 100.000 novedades, se presentan cada año.

Pero esta espléndida fachada no debe engañar. En su gigantismo, Frankfurt es un fiel reflejo del doble movimiento que afecta a la difusión del libro y de la lectura a escala internacional. Por un lado, el enorme debilitamiento de las editoriales en los países pobres (a los que corresponde incorporar a la mayoría de los países del antiguo bloque soviético); por otro lado, en el mundo editorial occidental, el intercambio cada vez más desigual entre Estados Unidos (y Gran Bretaña, que cumple el papel de satélite) y las demás naciones.

En Frankfurt los pabellones reservados a los países de Asia, África y América Latina están cada vez más lejos del centro del evento y año a año aparecen más desiertos, con menos editores cada vez menos solicitados por los compradores de derechos. En cuanto a los editores franceses, españoles, italianos o alemanes, gastan buena parte de su energía en ganar la apuesta imposible: vender uno de sus libros a Estados Unidos, así sea por una suma simbólica. O lograr convencer a un editor inglés, un primer paso hacia el paraíso estadounidense.

Hermetismo financiero

Todos saben, no obstante, que el El dorado anglosajón es un señuelo. Con una producción literaria anual que duplica la de Francia (alrededor de 14.000 títulos), Gran Bretaña no publica más que un 3% de literatura en lengua no inglesa, 1% en lengua francesa 1. Igual tendencia se verifica en Estados Unidos, con un 2,8% de traducciones, 0,8% del total de libros en francés, los más comprados antes de los libros en lengua española 2.

En los hechos, este hermetismo se revela aun mayor de lo que indican las estadísticas. Vender (siempre barato, algunos cientos de dólares) los derechos de un libro a Estados Unidos no garantiza en absoluto su presentación al público. En efecto, la evolución de la edición y de la distribución en estos últimos años, con una hiperconcentración y exigencias de rentabilidad inmediata, trastocó las condiciones de existencia del libro, considerado como un producto que simplemente tardó en someterse a las normas de la gestión industrial y la rentabilidad financiera.

En el mundo editorial esta tendencia quedó ilustrada a fines del invierno boreal de 2002 con la brutal destitución de Ann Godoff, directora de Random House, primera editorial estadounidense convertida, desde 1999, en filial de la alemana Bertelsmann, número dos mundial de la comunicación, después de Time Warner. Ann Godoff, a la cabeza de Random House, ciertamente no llevaba adelante una política editorial revolucionaria, pero buscaba equilibrar los títulos de gran venta, negociados y promovidos a precios exorbitantes, con un catálogo más exigente, conforme a la reputación literaria de la casa. Esto fue más de lo que podía soportar Peter Olson, representante del imperio Bertelsmann en Estados Unidos, que reclama de cada una de las filiales del grupo (un 40% del volumen de las ventas de libros en Estados Unidos) un 10% de crecimiento suplementario por año y una ganancia mínima del 15% 3.

En cuanto a la distribución, tres grandes cadenas (Barnes & Noble, Borders y Book-A-Million) eliminaron poco a poco a la mayoría de los libreros independientes ya sea en provecho de sus megastores como de su circuito de ventas por internet. Sumando entre las tres una facturación anual de cerca de 8.000 millones de dólares, esas cadenas imponen a los editores una verdadera dictadura comercial, negándose a comprar libros cuya venta les parece insuficiente, haciendo pagar la buena ubicación en las mesas y vidrieras, devolviendo implacablemente los libros de salida lenta o de cobertura mediática demasiado floja.

Aparte de algunos editores universitarios y de un circuito reducido de 1.200 libreros independientes agrupados en la American Book Association, ya casi no hay lugar para los libros catalogados de venta lenta y para libros extranjeros cuyos costos de traducción -y los de una indispensable y costosa campaña de promoción- también deberían cubrirse. Paradoja de este repliegue: se presentan algunos libros extranjeros al público estadounidense, pero sin nombre de traductor, a fin hacerlos pasar por producción local.

Está de más decir que en estas condiciones ningún libro traducido aparece en las listas de los más vendidos en Estados Unidos desde hace años, ya se trate de literatura, ensayos o documentos. Lo mismo en el Reino Unido, donde por otra parte encontramos con frecuencia a los mismos autores exitosos -"celebridades", más que escritores- cuyos agentes literarios tienen la misión de fortalecer su cotización en el mercado internacional de los derechos.

Imponerse comercialmente

Porque paralelamente al repliegue de la edición de calidad y de la librería anglosajonas, se desarrolla la conquista a menudo victoriosa de los mercados exteriores, y en particular la de los lectores europeos. Italia, España y, en menor medida por el momento, Alemania y Francia, están sometidos a una ofensiva cultural que, después del cine y las series de televisión, pasa por el "viejo" medio del libro. No se trata, como sucedió en el pasado, del descubrimiento maravillado de una literatura nueva por parte de los europeos -la de Faulkner o Hemingway, la novela negra o los desprendimientos de la beat generation-, sino, salvo raras excepciones, de productos editoriales estereotipados, fundados en los cánones del mito estadounidense y sus valores o en la explotación excesiva de ingredientes comerciales clásicos: sexo, violencia, irracionalidad, terror, individualismo exacerbado... Todo esto escrito en un estilo cuyas cualidades son las exigidas a jefes de empresas más que a artistas: profesionalismo, competencia, eficacia, antes que cultura, autenticidad y desinterés.

Debe constatarse que el público europeo en su conjunto, así como el sistema editorial y sus anexos mediáticos, no opone más que una débil resistencia a esta tendencia. Aunque no ofrezcan una total garantía de fiabilidad, las listas de los más vendidos publicadas semanalmente muestran determinadas orientaciones. En España, la penetración anglosajona es masiva, al punto de desterrar a veces de los cinco más vendidos a todos los títulos españoles; esto sucede también, con menor frecuencia, en Italia. Alemania parece ser el país más abierto a múltiples influencias, tanto en la franja de novelas como de ensayos. Así, en el mes de mayo de 2003, el francés Eric-Emmanuel Schmitt compartía la lista de los más vendidos con el brasileño Paulo Coelho, el sueco Mankell, el estadounidense Grisham y el alemán Walter Moers; mientras que los libros sobre Estados Unidos y sobre el islam, sin distinción de lengua de origen, dominaban el campo de los ensayos y documentos, desde el panfleto de Michael Moore hasta los análisis de Emmanuel Todd sobre el poder de Estados Unidos 4. Sin embargo, las novelas de autores alemanes tienen grandes dificultades para conquistar un público importante.

No es éste el caso de Francia. Por cierto, muchos autores anglosajones, en primer lugar Joanne K. Rowling, la autora de Harry Potter, figuran en los primeros puestos de las novelas más vendidas en 2003. Pero comparten equitativamente esta hegemonía con novelas de autores francófonos que, sea cual sea el juicio literario que se haga de sus obras, de ninguna manera buscan imitarlos: en 2003, Marc Lévy, Jean-Christophe Grangé, Eric-Emmanuel Schmitt o Amélie Nothomb -autores cuyas ventas superaron, en todos los casos, los 150.000 ejemplares vendidos en ese año 5-.

En contrapartida, los escritores que no pertenecen a la francofonía, ni al área lingüística inglesa, tienen enormes dificultades para imponerse. En las listas de los libros más vendidos aparece prácticamente solo el brasileño Paulo Coelho, el único, por otra parte, junto al italiano Umberto Eco, que figura entre las vedettes de lo que se ha dado en llamar la World literature. Esta pertenencia es por lo demás independiente de todo criterio literario o estético. Expresa simplemente la capacidad de un autor -a veces de un solo libro- de imponerse comercialmente en las áreas lingüísticas más rentables si no en las más importantes. Empezando por el área lingüística inglesa, paso obligado de toda consagración comercial globalizada.

Un escritor puede recibir el Premio Nobel de literatura y ser traducido a treinta lenguas, pero nunca pertenecerá a la World literature si no figura en pilas en las mesas de los megastores de Barnes & Noble.

Mercado en regresión

Esta nueva orientación de la edición y la lectura a escala internacional encontró sus teóricos. Opera hábilmente en dos bandos. Aquel, clásico, de la libre circulación de los afectos por las ideas y de su confrontación universal; y aquel de una economía de mercado enteramente determinada por la demanda: el trabajo editorial, así como el de toda industria cultural, consiste en analizar, interpretar y satisfacer las "expectativas" del público ajustándose constantemente a sus deseos, y en excluir lo que no corresponde a éstos.

Algunos llegan a ver en la nueva economía del libro el modelo puro en que podría inspirarse un neocapitalismo globalizado: precariedad y desigualdad de estatuto de los "trabajadores intelectuales" que son los autores, trabajo y remuneración intermitentes, premios a la creatividad y a la movilidad, criterios más duros de competencia y cooptación. Cada editor sería así el agente comercial de autores nóveles cuya rentabilidad debe pasar la prueba de un mercado obstaculizado aún en su desarrollo por la multiplicidad de las lenguas y la segmentación de las culturas.

El problema de ese modelo es que no funciona. Si bien sus adeptos no tienen problema en traducir en ganancias y pérdidas la ruina de la edición en los países pobres, deben también enfrentar la crisis tanto en Estados Unidos como en Europa.

En Estados Unidos esta crisis tomó un doble cariz. El más espectacular, el más comentado por los medios, fue, en los últimos años del siglo XX, la recuperación de las grandes editoriales estadounidenses por empresarios alemanes -en primer lugar Bertelsmann-, pero también suecos, japoneses e incluso, efímeramente, franceses -si bien Hachette y Vivendi Universal debieron al fin revender sus adquisiciones-. Pero lo más importante reside en la precaria salud de un mercado que oscila entre el estancamiento y la regresión y que sólo cuenta, para asegurar su equilibrio, con la publicación de un puñado cada vez más reducido de best sellers (el quinto Harry Potter, las memorias de Hillary Clinton como pista de lanzamiento de las de su marido o los chistes de un presentador de televisión).

En Alemania, según Buchreport, diario consagrado a los oficios del libro, las ventas en librería cayeron un 19,3% en marzo de 2003 6. Más allá de la coyuntura -dificultades económicas, invasión a Irak- se trata de un fenómeno más duradero: la facturación de cuatro de las cinco editoriales alemanas más importantes bajó entre un 3,4 y un 11,2% entre 2001 y 2002.

En la número uno, Bertelsmann, la crisis es manifiesta. El gigante multimediático se extenúa en reducir la magnitud de sus deudas (más de mil millones de euros), la caída de su facturación y la aparición de pérdidas de explotación. Reinhard Mohn, de 81 años, constructor del grupo Bertelsmann, tuvo que salir de su retiro para sacar al nuevo jefe, Thomas Middelhof, partidario de una gestión industrial y financiera audaz, y reemplazarlo por un presidente más tradicional, Gunther Thielen.

En España la crisis adopta la forma de una superproducción (más de 60.000 títulos publicados en 2001) acompañada de una baja de las ventas y de un estancamiento de la población de lectores (casi uno de cada dos adultos no compró un solo libro en 2002) 7. De allí una serie de concentraciones, despidos numerosos, derechos de autor aleatorios y un empobrecimiento del circuito de libreros, acrecentado además por el imperio de las grandes superficies: El Corte Inglés, FNAC, Crisol, etc.

En Italia, donde Marina Berlusconi (36 años, hija del presidente del Consejo y vicepresidenta de Fininvest) tomó la dirección de Mondadori, primer grupo editorial del país, las librerías y las editoriales chicas son directamente atacadas por la operación promocional llevada adelante por la gran prensa diaria, siguiendo el ejemplo de La Repubblica (que también pertenece al grupo Mondadori). Los grandes diarios "ofrecieron" efectivamente a sus lectores un libro por semana como suplemento del diario por una módica suma (4 euros). Operación exitosa para los diarios que duplicaron a veces su tirada, para los grandes editores que vendieron los derechos y para algunos autores vivos elegidos que sacaron provecho de un inesperado bombo publicitario y fueron distribuidos a razón de medio millón de ejemplares por día. Operación amarga para los libreros cuyas ventas bajaron (hasta el 10% en ciertos puntos de venta), para las editoriales chicas, excluidas del circuito de la promoción, y para el libro en general, asimilado a una bonificación promocional...

  1. Informe del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, junio de 2002.
  2. Idem.
  3. "Ann Godoff limogée", Livres-Hebdo, París, 10-3-03.
  4. "Les meilleures ventes en Allemagne", Livres-Hebdo, 2-5-03. Sobre Estúpidos hombres blancos, de Michael Moore, ver Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2003.
  5. "Le marché du livre", Livres-Hebdo, 30-1-04.
  6. Buchreport, Berlín, abril de 2003.
  7. "L'Espagne au bord de la crise de l'édition", Livres-Hebdo, 20-6-03.
Autor/es Pierre Lepape
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 57 - Marzo 2004
Páginas:36,37
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Relaciones internacionales, Mundialización (Cultura)
Países Francia