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“Semáforo rojo”

En su primer discurso como Presidenta electa, la noche misma de las elecciones, Cristina Fernández (CF) hizo muy bien en evitar todo triunfalismo y en apelar a la unidad nacional. Ocurre que la evolución de la economía, la sociedad y la política argentinas acabaron por colocarla ante una oportunidad histórica, pero plagada de trampas y dificultades.
Por un lado, el resultado de las urnas ha confirmado una previsión ya expresada en esta columna: “Políticamente, y aun con buenos resultados, (CF) sólo expresará a poco más de las expectativas de media sociedad, con un alto componente de dubitativos. Por lo tanto, recibirá exigencias inmediatas, tanto de parte de una oposición fuerte como de su propia base social” 1.
En otros países, sobre todo en los sistemas parlamentarios (y quizá habría que agregar en otros tiempos), gobernar con menos de la mitad de los votos es factible. En Argentina, hacerlo con más de la mitad –a veces con bastante más– ha sido siempre muy difícil y a veces imposible. Por una parte, los golpes de Estado militares siempre han contado con importante apoyo social y con la colaboración activa de los partidos políticos: liberales, radicales, peronistas, socialistas, comunistas... todos, según los casos. Pero incluso en este largo y consistente periodo de alternancia democrática que vive el país desde 1983, gobernar –y sobre todo llegar al final– con más del 50% de los votos suele ser imposible, como pueden atestiguarlo los ex presidentes Raúl Alfonsín y –aunque con algo menos de apoyo electoral– Carlos Menem y Fernando de la Rúa.
Es que gobernar Argentina ya no es –si alguna vez lo fue– un más o menos confortable pasaje administrativo. Significa hacerse cargo de un mandato de resolución de crisis y formulación de alternativas, en un marco de grandes expectativas y necesidades insatisfechas. El elegido debe gobernar además en un esquema institucional corroído por décadas de violaciones; con una clase dirigente –aliados y opositores– que ha participado de esas violaciones y funciona con un estilo que, con piedad, podría llamarse de transgresión permanente; por último, con un aparato burocrático inextricable, casi siempre corrupto e ineficaz y trufado de capas geológicas de parásitos introducidos por todas las dictaduras y gobiernos democráticos.
Hasta la crisis de 2001, ningún gobierno democrático modificó esa situación. Hubo algunos atisbos, como la Ley de Asociaciones Profesionales que intentó hacer aprobar Raúl Alfonsín, rápidamente abortada por la presión de las mafias sindicales. Pero bien porque había otras urgencias –la economía, la deuda, las secuelas de la dictadura– o, de manera más presumible, porque la cuestión institucional nunca fue una preocupación central de la política ni de la sociedad, lo cierto es que los gobiernos democráticos tendieron más a apoyarse en “el sistema” (el clientelismo, los pactos bajo la mesa, las prácticas mafiosas), que a intentar modificarlo.
...Hasta la crisis de 2001. Se ha hablado mucho, pero no se ha analizado lo suficiente, el significado profundo del grito “que se vayan todos”, la espontánea consigna popular de entonces. El país se había hundido. Su economía, sus finanzas, su producción se habían hundido. Los partidos políticos también se habían hundido. Primero el radicalismo, luego el peronismo y luego nuevamente el radicalismo, aliado esta vez con fuerzas de centroizquierda. La sociedad, que se había enfangado hasta las cejas con su apoyo o indiferencia ante el salvajemente corrupto peronismo menemista y en cierto modo desentendido del gobierno De la Rúa, se encontró de pronto ante el espejo, como quien despierta de una terrible borrachera o, peor, ante la vejez. El “que se vayan todos” expresó por primera vez la ruptura de la sociedad argentina con las fidelidades personales y aun partidarias. Desde diciembre de 2001, podría decirse que casi ningún argentino tiene partido político.
La prueba de esto es el gobierno de Néstor Kirchner. Un peronista que derrota a otro peronista en elecciones presidenciales; que pasa a ser “kirchnerismo” y que se sucede a sí mismo –impecablemente esta vez– bajo la sigla de un “Frente para la Victoria”, en una fórmula mixta con un sector del radicalismo, apoyada por fuerzas de izquierda y en oposición a sus tradicionales rivales liberales... y a un sector del peronismo. Así, ante estas elecciones los partidos políticos ni siquiera se molestaron en disimular que elegían a sus candidatos, y la volatilidad del electorado quedó reflejada en el complejísimo abanico de posibilidades que ofrecía el “corte de boleta”...
Sigue habiendo en la sociedad, por supuesto, adhesión a las ideas peronistas, radicales, socialistas. En otros términos, a las propuestas populistas, más o menos liberal-populistas y de izquierdas en general. La derecha liberal de toda la vida, hoy neoliberal, sigue siendo fiel a sí misma, pero habiendo perdido también a su propio partido –el militar– y habiendo fracasado ante la sociedad la alianza con el populismo que representaron el menemismo y luego, desvaídamente, el delarruísmo, se encuentra por el momento fragmentada, políticamente a la deriva. Todo esto es perfectamente deducible tanto de la composición de las fórmulas presentadas como del análisis de los resultados electorales.

Trampa y oportunidad


CF volvió a dar muestras de que es consciente de estos fenómenos en su improvisado discurso de victoria, la noche de las elecciones. Se esforzó por tender un puente político claro con la oposición y, también, por advertir a la sociedad. En este último aspecto, su metáfora de “acostumbrémonos a no pasar el semáforo en rojo” es a la vez un pedido y un reproche. La Presidenta electa parecía tener en mente a las decenas de miles de ciudadanos que, ese mismo día, se habían desembarazado de manera vergonzosa de sus obligaciones cívicas.
Pero hilando más fino, CF parece tener clara una trampa en que la coloca el resultado electoral, coherente con la estrategia de alianzas forjada con Néstor Kirchner. Grosso modo, Cristina –parece que tendremos que acostumbrarnos a llamar así a la Presidenta– perdió en los centros urbanos más importantes y obtuvo el voto del interior y, sobre todo, del gran Buenos Aires. Políticamente, y también grosso modo, eso significa el apoyo, y por lo tanto los compromisos, con caudillos, intendentes y punteros que conforman el sistema que la Presidenta electa entiende necesario combatir. Estas pústulas del pasado y del presente representan, grosso modo una vez más, a los sectores sociales que es preciso sacar de la miseria, de la pobreza y de los márgenes de la educación republicana. Estos apoyos políticos son más significativos para el futuro que el flamante poder de Daniel Scioli, gobernador electo de la provincia de Buenos Aires y teóricamente colocado a la derecha del ideario “kirchnerista” (Cristina hizo alusión cuando dijo que la emocionaba escuchar lo de la “gloriosa JP”); algo que no debería representar mayor problema, porque habrá que contar con alianzas de centro y centroderechas. El problema será convencerlas de la conveniencia de gobernar para todos, como en las grandes democracias, en lugar de seguir enfrascados en guerras de intereses, modales republicanos y espejismos de país bananero que, como se vio en 2001, conducen a la ruina general.
Pero no parece difícil salir de esa trampa. El Frente para la Victoria tiene también otros componentes y propuestas. Para comprobarlo basta mirar, en crítico honesto, hacia el gobierno de Néstor Kirchner, que sólo con su impecable relevo de la Corte Suprema de Justicia y su política de derechos humanos, justifica sino la convicción, al menos el crédito para sus intenciones (Vassallo, pág. 4). Ahora, como ella misma reconoció, Cristina goza de más legitimidad de partida, de una situación económica mucho más saneada (principal factor de su victoria), de más recursos, más poder político y más experiencia.
Tendrá mayoría en las dos cámaras del Congreso, pero también una oposición fuerte: oportunidad para que el Congreso reasuma su papel. Se hará cargo de una economía floreciente pero cargada de peligros, necesitada de reformas estructurales y de definiciones claras en el plano internacional: oportunidad para llevar adelante el Pacto Productivo y Social que propone. Deberá hacer reformas y tejer alianzas políticas que encontrarán resistencia en su propia base: oportunidad para gobernar construyendo al mismo tiempo una nueva fuerza política que capte fuerzas de centro hacia un proyecto progresista, tarea de la que se encargaría Néstor Kirchner. El voto en Santa Fe da una idea de lo maduras que están para esto las cosas, al menos en ciertos lugares: Cristina ganó allí con el aporte de los mismos votos que hace dos meses habían decretado la derrota de un candidato oficialista a favor de uno socialista (Hermes Binner es, dicho sea de paso, un buen espejo en el que mirarse).
En suma, Cristina Fernández enfrentará el mismo desafío ante el que fracasó Alfonsín y que tanto Carlos Menem como Fernando de la Rúa y quienes los apoyaban entendieron a la manera de la vieja política, del engaño, del latrocinio y, en el mejor de los casos, de la pereza intelectual. Al rebufo de esos fracasos, ineptitudes y traiciones, Cristina parece haber llegado en el momento justo en que la disolución de la política tradicional despunta en algo nuevo, que coincide con las aspiraciones de al menos una parte importante de la sociedad y con los vientos que soplan en la región y en el mundo.
¿Romperá Cristina el círculo de frustraciones nacionales; de oportunidades perdidas o traicionadas? ¿Querrá? ¿Lo intentará? ¿Podrá? ¿La acompañará la sociedad? Dan ganas de escribir “no se pierda los próximos capítulos” para disimular los nervios, porque la verdad es que se ha abierto un periodo apasionante de la historia de este país.
La sociedad está expectante, aunque sigue siendo frívola y descreída. Y si es del tipo de las que estallan de vez en cuando para volver luego a sus propias transgresiones cotidianas; si ahora parece estar interrogándose a sí misma; ¿por qué no convocarla? Con una sociedad activa y vigilante, la necesidad de eliminar las desigualdades, empezando por las humanamente inexcusables, sería difícilmente resistida por amplios sectores de la oposición.
En este sentido, la apelación de Cristina no es el “síganme” de Carlos Menem, sino el “acompáñenme” de su discurso electoral, aunque para lograrlo tendrá que señalar hacia dónde, claramente y dando siempre el primer paso.
“Acostumbrémonos a no pasar el semáforo en rojo” parece pues un buen punto de partida; como empezar una casa por los cimientos. Y puesto que todo hay que decirlo, Cristina se saltó un semáforo la noche de las elecciones, cuando afirmó su victoria mucho antes de que los resultados oficiales lo permitieran, aunque la tendencia extraoficial era ya muy clara.
Comprensible; y además una verdadera nimiedad en este país. Pero tal como están las cosas, puede que sea lo primero y lo último que la sociedad le deje pasar. Y no sería malo que así fuese, con su gobierno y con cualquiera en el futuro.
  1. “Elecciones”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, octubre de 2007.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 101 - Noviembre 2007
Páginas:3
Temas Ciencias Políticas
Países Argentina