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La “era K”

La presidencia de Néstor Kirchner innovó en los terrenos de la justicia y los derechos humanos; las políticas económica, social y exterior, dirigidas a cimentar un capitalismo productivo y restaurar el rol del Estado. Se plantea por una parte la viabilidad de ese proyecto en el marco del capitalismo especulativo y, por otra, en una sociedad proclive a los reclamos, pero también a rehuir sus responsabilidades políticas.

Las elecciones presidenciales del 28 de octubre se convirtieron de hecho en un plebiscito sobre la gestión presidencial de Néstor Kirchner. La oposición jugó sus cartas a la posibilidad de una segunda vuelta donde ni tradicionales enemigos, ni facciones que se mostraron incapaces de coaliciones más amplias para la primera vuelta, tendrían pruritos en apoyarse mutuamente contra la candidata del Frente para la Victoria Cristina Fernández de Kirchner, presentada oficialmente como garante de una profundización del cambio encarnado por su esposo.

Llegado casi por azar a la presidencia en mayo de 2003, una vez que su contendiente en la segunda vuelta, el ex presidente Carlos Menem, se retirara del ballottage ante la certeza de su derrota, y tras la debacle de 2001 y el breve gobierno provisorio de Eduardo Duhalde, Kirchner apareció como garantía contra la continuidad de Menem y como hombre de Duhalde (esto es, como peón en una interna peronista).

Sin embargo, el nuevo Presidente sorprendió a una sociedad que se creía ya curada de espanto con su neta ruptura con las "relaciones carnales" que Menem había entablado simultáneamente con Washington y con el Vaticano, y que el presidente radical Fernando de la Rúa había prolongado. En sintonía con una herencia peronista aparentemente enterrada después del menemismo, Kirchner se aplicó a sentar -o a recuperar- las bases de un capitalismo productivista, propuesta que aun en su modestia bastó para que el establishment financiero internacional, predominantemente especulativo, le pusiese la proa, hasta casi diabolizarlo.

Ese capitalismo productivista de tradición peronista va asociado con una reivindicación del rol del Estado -desarticulado durante las presidencias de Menem en favor de las fuerzas del mercado- con un objetivo de desarrollo autocentrado y de soberanía. Soberanía entendida como regional, en consonancia con el proyecto de integración sudamericana que Perón alentó, pero que hoy toma forma a través de una profundización y ampliación del Mercosur. Aunque Kirchner nunca se mostró proclive a citar a Perón, la consigna de "unidos o dominados" sobrevuela insistentemente su política exterior.

Otra consigna tradicional del peronismo, aunque nadie la pronuncie, es aquella de: "Hay una sola clase de hombres: los que trabajan". En efecto, en el plano interno, ese capitalismo productivista se implementó mediante una política de expansión del mercado y consumo internos y de reactivación de las industrias locales (construcción, metalurgia, automotrices, textiles), que dio lugar al comienzo de una transferencia de ingresos a los trabajadores: la participación del ingreso de los trabajadores sobre el PBI total fue del 41,3% en el último año, lejos todavía del 50% de los buenos tiempos peronistas, pero en neta recuperación respecto del 34,6% de 2002 1. También se logró una reducción de los niveles de desempleo, pobreza e indigencia; indiscutible, más allá de la disminuida fiabilidad de las cifras que suministra el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), a causa de su torpe manipulación por el propio gobierno.

Durante su mandato, los planes sociales 2 disminuyeron de 2.400.000 a 800.000, lo que supone la reinserción laboral de 1.600.000 desocupados. Se mejoraron los haberes jubilatorios y 1.300.000 personas fueron incorporadas a ese beneficio. 

Un presidente inesperado 

Reiteradamente autodefinido como perteneciente "a una generación diezmada", Kirchner acabó con cualquier ambigüedad respecto de la asimilación entre el terrorismo de Estado practicado por la dictadura militar y la acción de grupos insurgentes en lo años '70, en abierta refutación de la denominada "teoría de los dos demonios", que fue el trasfondo de la política de derechos humanos del ex presidente radical Raúl Alfonsín al restaurarse la democracia, en la década del '80. Al derogar la nueva Corte Suprema de Justicia (seleccionada con ejemplar transparencia por Kirchner, respondiendo a uno de los reclamos más profundos de las jornadas de 2001 y 2002) las leyes de "Obediencia Debida" y "Punto Final", se abrió la posibilidad de los juicios a militares y policías de todo rango involucrados en la represión ilegal. Las condenas de los ex policías Julio Simón y Miguel Etchecolatz en 2006, y la del sacerdote católico Christian Von Wernich el 9 de octubre último, fueron pasos trascendentales hacia la justicia.

Complementariamente, inició una reforma de amplio alcance de las Fuerzas Armadas, su formación y roles 3. El gobierno hizo asimismo esfuerzos por revertir los efectos más devastadores de la reforma educativa menemista, mejorando además la condición salarial de los docentes de todos los niveles. Revirtió también el sentido del término "seguridad", al emprender purgas en los cuerpos policiales e implantar el criterio de no represión sobre las manifestaciones sociales callejeras. El gobierno ha tenido que pagar un alto precio por sus políticas de seguridad y derechos humanos; el ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires León Arslanian ha sido objeto de una sistemática campaña de ataques con la que confluyó el asesinato de tres custodios de una dependencia de ese ministerio el 19 de octubre, nueve días antes de las elecciones. Presentado por los medios como "crimen privado", resulta imposible negar su significado político de condicionamiento del próximo gobierno por el terror. 

Un cambio de rumbo 

Este conjunto de políticas perfilaron a Kirchner como el primer Presidente, en 20 años de democracia, que se aparta del rumbo impreso a las políticas económico-sociales por la dictadura del general Rafael Videla y de José Martínez de Hoz, que las siguientes gestiones democráticas no revirtieron. Es más, las dos presidencias consecutivas de Carlos Menem las profundizaron.

Este cambio de rumbo de Kirchner abrió expectativas en una mitad de la sociedad, y puso en alerta a la otra mitad. Alerta que no tardó en convertirse en una oposición encarnizada, adueñada de los grandes medios de comunicación, a favor entre otras cosas de la ausencia por parte del gobierno de una política congruente en ese aspecto.

Todavía Kirchner no había asumido la presidencia, cuando sus expresiones al calificar la retirada de Menem del ballottage del 18 de mayo de 2003 como "absolutamente funcional a los intereses de grupos de poder económico que se beneficiaron con privilegios inadmisibles durante la década pasada", fueron calificadas como "poco prudente desafío" por un editorial del diario La Nación, y dieron lugar a un diagnóstico oscuro por parte del editorialista José Claudio Escribano: "Más significativo que la toalla arrojada sobre el ring por un menemismo devastado... es el pésimo discurso pronunciado por el ahora Presidente electo (...) La Argentina ha resuelto darse gobierno por un año" 4. La debilidad (22% de los votos) en que había dejado a Kirchner la retirada de Menem, y su conflictiva relación con el Partido Justicialista (PJ), del que forma parte, explican el llamado a la transversalidad con que en los dos primeros años de gobierno el nuevo Presidente enfocó lo que parecía un principio de renovación de la política, tumultuosa exigencia del movimiento civil que se configuró en 2002 a través de asambleas vecinales. La transversalidad también podía leerse como una admisión de la vertiginosa crisis de los partidos y su representatividad, que exigía una reconfiguración de fuerzas, el llamado a la formación de nuevos cauces de ideas y partidarios.

Al final de su gestión, de esta iniciativa queda apenas la denominada "concertación plural", cooptación de algunos gobernadores radicales y otros dirigentes de esa u otras procedencias políticas. Fuera de cooptar algunos radicales, socialistas y aristas y de mantener la "lealtad" (¿hasta cuándo?) de ex duhaldistas, el gobierno no ha abierto todavía el cauce para una nueva fuerza política que lo consolide en su vertiente más innovadora.

Se trata de un rasgo que lo diferencia de sus aliados en la región: Lula proviene del Partido de los Trabajadores (PT), un partido de izquierda masivo e innovador, que ha entrado en parte en conflicto con su propio gobierno desde la izquierda; tanto Hugo Chávez en Venezuela como Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador cuentan cada uno a su modo con una masa activa de partidarios que los apoyan fervientemente frente a las respectivas oposiciones de derecha. El peronismo al que pertenece Kirchner, surgido precisamente de una descomunal crisis político-social en los años '40, llevó sus conflictos y contradicciones internas al clímax en la década del '70, cuando reprodujo en su seno la extrema violencia con que el país procesaba sus conflictos; supérstite de aquella conmoción, no se sustrae a la decadencia del resto de la constelación partidaria, aun cuando conserve su capacidad de gobierno. Con su resuelto alineamiento con las víctimas de la guerra sucia y contra las connivencias con el terrorismo de Estado, Kirchner reactualizó aquel desgarramiento nacional dentro y fuera del PJ, pero su presidencia no muestra ni la radicalidad ni la consecuencia de sus aliados en Ecuador, Bolivia o Venezuela. No hay todavía una fuerza, ni siquiera en estado embrionario, que sirva de base y garantía para su acción de gobierno. Sus apoyos provienen mayormente de una multitud de consumidores pasivos, aislados unos de otros independientemente de su número y que miran pasar la política por las pantallas de la televisión, más que de ciudadanos activos y conscientes.

Es cierto que el "gobierno K" no se caracterizó por abrir cauces de participación a posibles simpatizantes; así como tampoco abrió espacios para los múltiples y decisivos debates que se debe la Nación, desde la propiedad y el destino de los recursos naturales, pasando por el modo de afrontar las múltiples formas de la ilegalidad que amenazan con devorarse a la administración del Estado, hasta un camino para superar la extrema fragmentación y crispación sociales. 

Sujetos sociales ausentes 

Cierto es que en esa ausencia de construcción política, es difícil establecer el límite entre el desprecio del gobierno por la militancia y la dinámica de la sociedad en su estado actual. Como asimismo es difícil establecer una línea divisoria entre las limitaciones inherentes al proyecto gubernamental y los déficit metodológicos que conspiran contra él. La respuesta social y política más notoria al llamado a la transversalidad fue la negativa a alimentar así una supuesta hegemonía gubernamental. Lejos de generar algún gran movimiento político social superador, ni de apoyo al gobierno ni en la oposición, la sociedad se parece más bien a un archipiélago móvil, de islas cada vez más pequeñas, miríadas de movimientos airados enfocados en objetivos puntuales, reclamados al mismo Estado del que sistemáticamente desconfían, impacientes, carentes de una visión de conjunto, reacios a asumir su propia responsabilidad. Herederos directos del "que se vayan todos", pero despojados de su espíritu horizontal y libertario.

La desaparición el 18 de septiembre de 2006 de Julio López, uno de los testigos en el juicio al ex policía Miguel Etchecolaz por crímenes de lesa humanidad, tal vez sea la expresión más dolorosa, pero no la única ni la más decisiva, de un fenómeno que proyecta su sombra sobre las iniciativas del kirchnerismo: su dificultad para llevarlas a sus últimas consecuencias. Quienes secuestraron a López pudieron hacerlo porque hay varios zorros al cuidado de los gallineros; las purgas policiales, la protección de testigos de juicios por crímenes de lesa humanidad, se han demostrado insuficientes; las tensas relaciones con el Episcopado pasan fundamentalmente por dos ejes: las políticas de salud sexual y reproductiva impulsadas por el ministerio de Salud de la Nación; y la política de enjuiciamiento a los involucrados en la represión ilegal, frente a la cual el arzobispo Jorge Bergoglio predica "la reconciliación". Sin embargo el proceso de laicización, en una sociedad cuya dirigencia política tiende a buscar el apoyo de la Iglesia para legitimarse, sigue inconcluso; el mismo Congreso que derogó las leyes de la impunidad firma la ley antiterrorista; la voluntad de autonomía ante las imposiciones de las instituciones de Bretton Woods coexiste con un proceso de concentración y extranjerización de recursos que no se detiene; en 2004 el Congreso cedió a las presiones de Juan Blumberg sobre "mano dura" y un proyecto de reforma del Código penal de inspiración altamente civilizada fue cancelado por el mismo ministro de Justicia de la Nación. Dadas la dispersión e inconsistencia de la oposición, es en su propio campo donde el gobierno encuentra las trabas más difíciles de superar para la prosecución de los objetivos que declara. Obligado a, o habiendo optado por tomar decisiones desde el encierro en reducidos grupos y en curiosa combinación con su inesperada audacia, el  kirchnerismo gobierna "con lo que hay".

En ese "lo que hay" el movimiento de derechos humanos, la voluntad de integración en un bloque sudamericano y los objetivos de autonomía respecto del establishment internacional y las transnacionales, conviven con intendentes del conurbano bonaerense de prácticas tenebrosas, gobernadores provinciales que no garantizan formas de poder menos feudales que los rivales a los que se impusieron, sindicatos de tradiciones extorsivas, operaciones políticas inescrupulosas, una dosis de corrupción endémica, zonas de sombra donde todos los gatos son pardos. Verticalismo y "encierro" algo deben tener que ver con la sordera del gobierno ante situaciones que exacerbaron inútilmente enconos antioficialistas, disgregando lo que podían haber sido apoyos: los legítimos reclamos de docentes y otros trabajadores en Santa Cruz; las corrientes de opinión que en Córdoba buscaron a través del candidato a gobernador y actual intendente de la capital provincial Luis Juez una alternativa al gobernador José De la Sota y su sucesor Juan Schiaretti (ambos, por otra parte, enemigos de Kirchner). 

Límites del pragmatismo 

La dimensión ética del cambio que significó el gobierno de Kirchner es indiscutible, y sin embargo una oposición cuyo amplio espectro recorre desde la derecha hasta la izquierda del arco político -y que incluye a sectores del PJ-, parte de actos u omisiones del gobierno mismo para colocarlo del lado de la oscuridad de procedimientos, de la impunidad y la corrupción.

La elección de Mauricio Macri a jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, en junio pasado, fue la repercusión más relevante y paradójica del "que se vayan todos" cuando la gestión de Kirchner ya finalizaba. Fue un importante triunfo de la derecha, que cabalga en todo el país el caballito de batalla de la "gestión", ocultando los contenidos de su política: el realineamiento automático con Washington, el regreso a las pautas de la ortodoxia económica liberal, la reducción del gasto público, la connivencia objetiva con los responsables del terrorismo de Estado de hace 30 años. El gobierno de la ciudad se presenta como precursor de una política a nivel nacional a partir de 2011.

Si se trata para el kirchnerismo de permanecer en los cargos, le basta con su habilidad para asegurarse el voto a través de sus pactos con "lo que hay", especialmente en la provincia de Buenos Aires, la más populosa del país. Pero afianzar y defender una alternativa a la derecha política -todavía incapaz de articular una fuerza coherente- implica la formación de una fuerza civil masiva, organizada, consciente de sus objetivos y dispuesta a luchar para conseguirlos. Para lo cual haría falta salir del ida y vuelta entre una sociedad atomizada y anómica y un gobierno atrincherado en sus aciertos y en sus cegueras.

  1. La Nación, Buenos Aires, 1-9-07.
  2. Ayudas del gobierno a desocupados y carenciados.
  3. Carolina Keve, "Profunda reforma militar", en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2007.
  4. La Nación, Buenos Aires, 15-5-03.
Autor/es Marta Vassallo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 101 - Noviembre 2007
Páginas:4,5
Temas Ciencias Políticas, Política, Estado (Política)
Países Argentina