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Brasil ante las elecciones argentinas

La buena sintonía entre el gobierno de Luiz Inácio “Lula” Da Silva y el kirchnerismo –cuya prolongación natural sería Cristina Fernández– viene de lejos, aunque no ha estado exenta de dificultades. La diplomacia brasileña tiene esperanzas de que el gobierno de Fernández permita sellar y afinar una estrategia conjunta en el plano regional que permita equilibrar el “revolucionarismo” de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Luiz Inácio Lula da Silva poco o nada sabía del candidato presidencial Néstor Kirchner en 2003, pero eso no fue óbice para que se embarcara de cuerpo entero en la campaña electoral argentina y le diera su respaldo al recibirlo en el Palacio del Planalto dos semanas antes de los comicios, el 27 de abril de ese año. De buen humor, Lula comentó entonces que aguardaba una victoria de su club, Corinthians, en el choque que en esos días tendría con River Plate, del ex presidente Carlos Menem y rival de Kirchner en las elecciones 1.

La ironía en clave futbolística llevaba un mensaje político de fondo: el gobierno brasileño se oponía sin ambages a Menem (definido por Lula como uno de los "bambinos de oro" del neoliberalismo latinoamericano en los '90, junto al peruano Alberto Fujimori y el mexicano Carlos Salinas de Gortari), un contumaz defensor del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) y del Plan Colombia, dos iniciativas inadmisibles para el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), que apenas llevaba 4 meses en el poder. Con Menem en la presidencia argentina hubiera sido impensable aunar fuerzas contra la embestida de la Casa Blanca para que el ALCA entrara en vigor en 2005.

Kirchner asumió en mayo y en octubre de 2003 firmó con Lula el Consenso de Buenos Aires, un contrapunto al de Washington, algunas de cuyas tesis inspiraron al Mercosur en marzo de 1991, en tiempos de Menem y del ex presidente brasileño Fernando Collor de Mello. Genérico, el nuevo consenso no fue un plan de acción, sino la estaca que marcó el agotamiento de un paradigma: "Kirchner y yo estamos maduros para no permitir que la integración sea sólo comercial... apostamos fuertemente a la construcción del Mercosur como un bloque que no sólo debe ser económico e institucional, sino que tiene que ser político", prometió Lula 2.

 "Acervo" diplomático pendular

 "El problema es que pasaron cuatro años del Consenso de Buenos Aires y no contamos aún con un proyecto de integración coherente con sus formulaciones", postula el profesor André Martin 3. Y agrega: "No es poco haber dado vuelta la página del Consenso de Washington, pero la agenda con Argentina siguió pautada por un pragmatismo innecesario; ha habido más integración pero el debate de fondo está pendiente. Esta coyuntura electoral en el principal socio de Brasil nos puede obligar a reflexionar hacia dónde vamos como bloque histórico, bloque que implica a Argentina y a América Latina. Brasil es determinante para América Latina, no solamente América del Sur, pero todavía está descubriéndola porque seguimos cargando con la herencia del Imperio 4, cuando vivíamos de espaldas a la América hispánica" 5.

Martin, igual que otros expertos, recomienda analizar la política externa con Argentina y América Latina, enmarcada en la "histórica alternancia brasileña entre el Primer y el Tercer mundo. Se trata de un tradición diplomática que data por lo menos de la segunda etapa de la dictadura militar, en los años '70, bajo el gobierno del general Ernesto Geisel, quien penduló entre el alineamiento con Washington y una participación activa en el Movimiento de los No Alineados (MNA). En 1982, durante la Guerra de Malvinas, el general-presidente João Baptista Figueiredo adoptó una posición equidistante entre el eje Washington-Londres y la dictadura militar argentina.

Salvando las distancias y sin soslayar el carácter democrático y progresista del actual gobierno, es posible advertir que en su política externa sobreviven vestigios de ese "acervo" diplomático pendular. Lula da Silva ha concedido una importancia sin precedentes a Argentina e impulsó una activa política en favor del eje Sur-Sur, de lo que es una prueba la cumbre Brasil-India-África del Sur en Pretoria, a mediados de octubre. Allí, el mandatario brasileño, el premier hindú Manmohan Singh y el presidente sudafricano Thabo Mbeki ratificaron el "frente" de potencias emergentes contra la "arrogancia" del Norte y se manifestaron por el fin de las barreras a las exportaciones de productos primarios en la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio (Chemillier-Gendreau, pág. 32). Sin embargo, Lula se cuidó de romper lanzas con la Casa Blanca y durante la gira africana mantuvo un diálogo telefónico con George Bush, a quien reiteró su interés en que las negociaciones en la OMC lleguen a buen puerto.

Algo similar había ocurrido en 2005, cuando Lula recibió a Bush en su casa de campo en Brasilia, la Granja do Torto, para dialogar largamente tras la "rebelión" sudamericana -de la que participó Brasil- contra el ALCA en la IV Cumbre de las Américas de Mar del Plata.

Acabar con el capítulo economicista del Mercosur y abrir paso a una etapa signada por entendimientos políticos fue el signo de estos cuatro años de entente entre Lula y Kirchner, que el gobierno brasileño pretende prolongar por otros cuatro con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner si ésta resulta elegida. Para no dejar margen de dudas, el jefe de Estado de Brasil recibió a Fernández el pasado 3 de octubre en un gesto semejante, aunque no idéntico, al que había tenido con su marido. La diferencia está en que ahora Lula sí sabe en quien depositó el "voto" y, por otro lado, su prioridad ya no es levantar un dique de contención contra el ALCA, proyecto prácticamente enterrado, como admiten en privado algunos diplomáticos.

Ahora Lula aspira a establecer un nuevo contrato político con el kirchnerismo, para hacer de Brasil y Argentina el núcleo político de la región, con el Mercosur como la referencia en que debiera espejarse la bisoña Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), constituida el 17 de abril último en Isla Margarita, Venezuela. El gobierno brasileño respaldó la creación de la UNASUR, impulsada por Hugo Chávez, pero está advertido de que allí cohabitarán concepciones ideológicas diversas -además de estilos de trabajo distintos- objetivadas en por lo menos tres formatos de integración: el Mercosur, la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y la Alternativa Bolivariana de los Pueblos (ALBA), de la que forman parte Venezuela, Bolivia y Cuba y a la que podría sumarse Ecuador.

El romance entre Lula y el kirchnerismo, que es en rigor la resultante de una política externa con foco en Argentina y América del Sur, alimenta no pocas resistencias en sectores de la burguesía y la prensa hegemónica brasileñas 6, para quienes esta opción implica relegar la relación con Estados Unidos y atizar las tensiones en el marco de la Ronda de Doha de la OMC.

Del mismo modo que alimenta recelos en las elites económicas y mediáticas, la apuesta de Lula por la candidata Fernández, que implica la ratificación de Argentina como "aliado primordial", parece llevar impreso el ADN político del PT y fue lanzada cuando el partido, que celebró en septiembre su Tercer Congreso en un clima de unidad impensable hace algún tiempo, comienza a recobrar su musculatura política tras los escándalos por denuncias de corrupción, no todas probadas, que envolvieron a su cúpula en 2005.

Las bases materiales en que se sustenta el renovado pacto entre el Planalto y una Casa Rosada comandada por Cristina Fernández son, por lejos, más sólidas que las de 2003. Cuando Lula recibió a Kirchner, Brasil se encontraba técnicamente en recesión y las tasas de interés estaban en torno del 20% anual. En octubre de 2007 las expectativas de crecimiento anual son del 4,8%, según datos oficiales, y las tasas siguen entre las más altas del mundo, pero cayeron al 11,25%. En 2003 Lula comentó a Néstor Kirchner que su ministro de Hacienda, el petista y neoliberal Antonio Palocci, debía recortar gastos para que su gobierno ganara credibilidad ante la comunidad financiera internacional y se garantizara así la "estabilidad". En 2007 el discurso de Lula valora la estabilidad como una conquista, pero sus esfuerzos están concentrados en el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC) que hasta diciembre de 2010, cuando concluye su mandato, prevé inversiones públicas y privadas del orden de los 275.000 millones de dólares, el grueso de las cuales será destinado a grandes obras de infraestructura y a planes de vivienda populares y de saneamiento en las áreas más pobres de las grandes metrópolis como San Pablo, Río de Janeiro y Belo Horizonte.

El monetarista Palocci dejó la cartera de Hacienda, en la que Lula nombró al desarrollista Guido Mantega, también petista e impulsor de un Fondo Soberano, que tome parte de las reservas acumuladas estos años (unos 160.000 millones de dólares), y los destine al financiamiento de inversiones en América del Sur.

La recepción ofrecida por Lula a Cristina Fernández de Kirchner el pasado 3 de octubre fue organizada con el mismo cuidado que una visita de Estado, cosa que de hecho fue. El ministro de Relaciones Exteriores brasileño, Celso Amorim, conversó sobre el viaje de la todavía candidata con su colega argentino Jorge Taiana dos meses antes, el 3 de agosto, durante una reunión en el Palacio de Itamaraty, que contó con la presencia de la plana mayor de la diplomacia local 7.

Al concluir el almuerzo Lula-Fernández, el asesor sobre asuntos internacionales de Lula, Marco Aurelio García, subrayó que "lo interesante es que ella planteó la continuidad de las políticas esenciales". El acento en la continuidad también estuvo en las declaraciones de la futura presidenta: "Las elecciones en la Argentina eran siempre una ruleta rusa. No se sabía qué podía hacer el sucesor con las políticas del gobierno anterior. Ahora habrá continuidad en las cuestiones básicas". 

Un eje integrador moderado 

Pero el crédito brasileño dado a la continuidad encarnada en Cristina Fernández tendría algunas restricciones: fuentes oficiales dejaron trascender que el gobierno confía en que sea más conciliadora que su marido. "Sería interesante para Brasil que ella se revelara como una líder moderada en América Latina, a ejemplo de la presidenta chilena Michelle Bachelet", escribió el diario Folha de São Paulo 8.

Esa versión periodística va en línea con el análisis de diplomáticos y dirigentes del oficialista Partido de los Trabajadores (PT), quienes esperan que la Casa Rosada y el Planalto articulen un eje solidario, pero diferenciado, del que componen los presidentes Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, caracterizados como "compañeros" cada vez más levantiscos.

Una lectura atenta de las declaraciones y gestos del propio Lula en los últimos meses lleva a la misma conclusión. Desde que inició su segundo período de gobierno, en enero pasado, el Presidente no viajó a Caracas para reunirse con Chávez (con quien se reunió en septiembre en Manaos, para mitigar el descontento venezolano por las dilaciones sobre el Gasoducto del Sur) y sí a Buenos Aires y Santiago de Chile, donde participó junto a Bachelet del capítulo regional del Foro Económico de Davos. Tampoco se encontró con Evo Morales, de quien se distanció tras la nacionalización del gas en mayo de 2006. Por otra parte, cuando recibió al ecuatoriano Rafael Correa, en Brasilia, fue para transmitirle sus reservas sobre el Banco del Sur.

El acuerdo para instituir ese banco de fomento, firmado el 8 de octubre pasado en Río de Janeiro por siete ministros y representantes de ministerios de Economía sudamericanos, entre ellos el brasileño Guido Mantega y el argentino Miguel Peirano, fue un nítido revés diplomático para Brasil, que se vio obligado a ceder a las presiones mancomunadas del grupo "bolivariano", integrado por Chávez, Correa y Morales, con el decidido apoyo de Buenos Aires.

Aunque en Río de Janeiro se hayan acordado los grandes trazos del acta fundacional del banco, las posiciones sobre cuál será su perfil y la distribución del poder en su directorio son asuntos aún irresueltos. Hay una tensión en ciernes sobre cuáles serán los proyectos que tendrán prioridad. Brasilia sostiene que la salud financiera es prerrequisito para que el banco se afiance, y rechaza cualquier fórmula que suponga liberar dinero a fondo perdido. Caracas, en cambio, sostiene la necesidad de acentuar el perfil social y propone financiar proyectos incluso cuando no sean lucrativos en términos contables. En otro orden, el ministro venezolano del Poder Popular para las Finanzas, Rodrigo Cabezas, propuso en Río de Janeiro una mesa directiva con representación igualitaria, en la que cada país cuente con un voto. El ministro brasileño Mantega defiende que el peso de cada país deberá ser proporcional a su aporte de capital.

Sucede que Mantega recela de una conducción colegiada sobre los fondos, estimados en 7.000 millones de dólares, que en su mayor parte procederán de cofres brasileños. Ése es uno de los motivos por los que a poco de acordarse la creación del Banco del Sur, Mantega declaró en Washington, durante la reunión del Fondo Monetario Internacional, su intención de crear un Fondo Soberano, dotado de unos 10.000 millones de dólares procedentes de las formidables reservas brasileñas acumuladas en estos años de superávit comercial, para respaldar inversiones de grupos brasileños en obras de infraestructura, dando de ese modo continuidad a la expansión de poderosas constructoras como Odebrecht y Camargo Correa.

Mantega también celebró las reformas impulsadas por el nuevo titular del FMI, el francés Dominique Strauss-Kahn, quien propuso conceder mayor peso en las decisiones de la institución, aunque siempre minoritario, a los países en desarrollo. Lula, que a pesar de su acercamiento a Néstor Kirchner evitó respaldarlo en 2003 en su confrontación con el FMI, espera que Cristina Fernández sea más receptiva ante los presuntos vientos reformistas que soplarían en el organismo.

Es que Brasilia, en su rol de global player y a pesar de haber saldado su deuda con el FMI en 2005, considera inaceptable jugar por fuera de la comunidad financiera internacional y hacer del Banco del Sur un ente que socorra a los países sudamericanos en caso de turbulencias, como propuso Hugo Chávez.  

Venezuela en el Mercosur 

Todos estos movimientos simultáneos de diplomacia regional y financiera, desplegados con singular competencia por los cuadros de Itamaraty, acontecen contemporáneamente al tratamiento en el Congreso del pedido de adhesión venezolano al Mercosur.

El miércoles 24 de octubre y después de más de siete meses de polémicas, la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de Brasil aprobó la iniciativa. Fue después de un debate ríspido entre los legisladores del PT y la oposición conservadora, integrada por el Partido de la Socialdemocracia Brasileña y Demócratas (PSBD; así es como se llama desde el año pasado el ex Partido del Frente Liberal, en cuyas filas se recicló la dirigencia civil que apoyó a la dictadura entre 1964 y 1985).

Ese voto favorable sacó del pantano la propuesta impulsada por el Planalto, pero ésta aún deberá vérselas con la resistencia jurásica de buena parte del Senado, donde el PSBD es la segunda minoría. En cualquier caso, es dable esperar que Caracas acabe por lograr un sillón como miembro de pleno derecho en el bloque. Cuando ello ocurra se habrá configurado una nueva relación de fuerzas en la mesa de poder regional.

Así, es probable, aunque no seguro, que tanto el nuevo Mercosur como el Banco del Sur sean realidad en el primer semestre de 2008 y, por supuesto, que en este caso ocupen buena parte de la agenda internacional de la presidenta Fernández. La posición que asuma Cristina Fernández en los pleitos entre Brasilia y Caracas -que seguramente habrán de continuar-, acaso resulte el primer test sobre sus posiciones y desempeño en el entramado diplomático sudamericano, donde se hace cada vez más evidente una cierta "polarización civilizada", sin llegar a antagonismos irreconciliables, entre Brasilia y Caracas.

Otro capítulo, acaso el más relevante, que pondrá a prueba la relación entre Lula da Silva y Fernández será el energético. La todavía candidata argentina cuando se escribía este informe, a fines de octubre, abordó ese punto durante su paso por Brasilia. Lo hizo enfatizando que Bolivia y Venezuela son actores vitales para una "integración energética". Es un tema que, por lo demás, también reviste carácter de urgente para Brasil, pues sus tasas de crecimiento no podrán continuar a los índices actuales sin un incremento de importaciones de gas boliviano. 

Brasil entiende además que puede contar con Fernández para mitigar las discrepancias que mantiene la diplomacia brasileña con varios países de la región, muchas de ellas originadas en la actuación de las multinacionales "verdeamarillas" como Petrobras, cuyo desempeño en Bolivia y Ecuador, por citar dos ejemplos, ha sido censurado por los gobiernos de Morales y Correa.

Sucede que en su política de conquistar espacio económico en América del Sur, las corporaciones brasileñas (que en 2006 invirtieron 28.000 millones de dólares en el exterior), suelen comportarse con las mismas pautas que las multinacionales estadounidenses o europeas, lo que evidentemente se da de bruces con la posición dialoguista del canciller Celso Amorim y del asesor Marco Aurelio García. El tema encendió una luz de alarma en el Planalto, a punto que por ese y otros motivos, la diplomacia brasileña convocó a mediados de octubre a todos los embajadores de la región a una reunión extraordinaria con el presidente Lula da Silva.

Fue por esos días que el diario O Globo informó: "El Ministerio de Relaciones Exteriores (orientó) a las empresas que acúan en América Latina y África a que no se comporten como las multinacionales europeas y estadounidenses. El mensaje fue más o menos así: lucrar sí, pero sin perder la ternura" 9.

Ante el cuadro de situación brasileño en el subcontinente, el ex embajador y ex secretario general de la UNCTAD (Agencia de la ONU para el Desarrollo) Rubens Ricupero escribió: "La radicalización en América de Sur hizo que Brasil despierte ante la verdad de que, en algunos países, los yanquis somos nosotros" 10. El planteo de Ricupero es provocador y acaso alarmista, pero no puede ser desestimado a priori.

De allí que el gobierno brasileño necesite que Cristina Fernández contribuya a aplacar el descontento entre los vecinos, a encontrar una línea intermedia entre el radicalismo de unos y la excesiva parsimonia de otros y, no menos importante, a generar objetivos transformadores pero realizables y un estilo de trabajo eficaz. Si entre Brasil y Argentina no se da ese tipo de acuerdo, malos tiempos le esperan a la integración regional.

  1. "Lula y Kirchner discuten Mercosur, River y Corinthians". Agencia Reuters, Brasilia, 8-4-03.
  2. Declaraciones de Lula da Silva en "Mucho más que dos", entrevista junto a Néstor Kirchner concedida a Horacio Verbitsky, Página/12, Buenos Aires, 19-10-03.
  3. André Martin, profesor titular de la Universidad de San Pablo, es experto en asuntos geopolíticos. Entrevista con el autor, Brasilia, 24-10-07.
  4. La referencia de Martin sobre el "Imperio" alude al período que va de la declaración de la independencia brasileña, el 7 de septiembre de 1822, a la proclamación de la República el 15 de noviembre de 1889.
  5. Entrevista a Martin, ibid.
  6. Darío Pignotti, "El grupo multimedia Globo", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2007.
  7. Oficialmente los cancilleres Amorim y Taiana negaron que el viaje de Cristina Fernández hubiese sido tratado en el encuentro del 3 de agosto, pero fuentes del gobierno brasileño y de la Cancillería argentina admitieron al autor que el tema fue analizado.
  8. "Brasil puede ser puente entre el FMI y Buenos Aires", Folha de São Paulo, 3-10-07.
  9. "Panorama político", diario O Globo, San Pablo, 14-10-07.
  10. Rubens Ricupero, "Los yanquis somos nosotros", Folha de São Paulo, 16-9-07.
Autor/es Darío Pignotti
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 101 - Noviembre 2007
Páginas:6,7
Temas Relaciones internacionales, Desarrollo, Política
Países Argentina, Brasil