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Entre reformas y revolución

Nunca, desde las revueltas y guerras de la Independencia, América Latina vivió un clima social y político como el actual. En todos los países de la región los movimientos sociales se agitan y organizan, formulan demandas y elaboran programas emancipatorios e igualitaristas. En muchos de ellos -casi todos los de América del Sur; Guatemala y Nicaragua- estos sectores sociales han conseguido instalar democráticamente en el gobierno a quienes consideran sus representantes. En otros -es el caso de México, Perú, Colombia- la agitación continúa y permite prever cambios en dirección de las corrientes profundas que atraviesan la región.

Tres décadas de políticas neoliberales han bastado para dar al traste con la ilusión del "derrame" hacia las clases postergadas de los beneficios del desarrollo capitalista basado en la inversión extranjera y en la eficiencia y buenas intenciones de las grandes compañías multinacionales. La pobreza, la marginalidad masiva y la desigualdad extrema generadas por el neoliberalismo han acabado por despertar en millones de latinoamericanos la conciencia de que es preciso explorar otras vías.

Tal como en la época de la Independencia, cuando las invasiones napoleónicas habían debilitado la capacidad de intervención del Imperio español, la situación internacional es favorable. Estados Unidos, el Imperio de turno, está disminuido militar y económicamente, lo que recorta sus posibilidades de intervención, aunque por supuesto no las anula.

Las commodities latinoamericanas -productos agropecuarios, extractivos y energéticos- gozan de altos precios y una demanda sostenida. Los intercambios comerciales entre países de la región se han incrementado. Los proyectos de integración regional se multiplican y gozan de aceptación social, empresaria y "buena prensa" en general.

Diferencias preocupantes

Sin embargo, el panorama está lejos de ser idílico. Todo lo dicho más arriba es cierto, la oportunidad está allí; parece al alcance de la mano. Pero como en tiempos de la Independencia, en definitiva como siempre en estos casos, el enemigo no es sólo externo; también se hace presente en forma de fuertes contradicciones internas; en hábitos culturales y políticos de transgresión y desorganización muy arraigados; en un profundo desapego a la ley; en utopismo, mesianismo, caudillismo y clientelismo político; violencia y corrupción generalizadas; mafistización empresaria, de amplios sectores sociales y estamentos públicos; influencia negativa de mitos y concepciones religiosas... en suma, todas las manifestaciones del atraso secular.

Pero todo eso, y más aún, es justamente lo que un proceso emancipatorio e igualitarista trata de modificar, de erradicar. Todo eso y más aún no es otra cosa que el resultado de décadas, siglos, de opresión y explotación, de atraso general e ignorancia masiva. Se trata de un enemigo tan poderoso -y más quizá- que el potencial invasor extranjero, y constituye el terreno abonado para su poder económico y de propaganda.

En la doble lucha contra el enemigo externo y ese múltiple, insidioso enemigo interno, los procesos emancipatorios e igualitaristas han acudido a tres métodos: el aluvional, tumultuoso y arrebatador, propio de los populismos (el peronismo argentino y otros); el democrático-reformista (el Chile de Salvador Allende) y el revolucionario-dictatorial (Cuba).

No es el caso formular aquí apreciaciones de valor sobre esos modelos, en cuyas derivas la intransigencia y casi siempre la extrema violencia de los enemigos internos y externos han tenido mucho que ver. Sólo señalar que se han intentado ya y que han fracasado de diverso modo y en diversas circunstancias, a pesar de que todos han supuesto progresos importantes. En la América Latina con pujos emancipatorios e igualitaristas de hoy esos modelos coexisten y se superponen (ninguno opera en estado puro), tras los mismos objetivos.

Pero estos procesos comienzan a mostrar diferencias preocupantes, ya que ponen en peligro la estabilidad de la región y, a mediano plazo, las posibilidades de cada uno. Estas diferencias se expresaron en la última Cumbre de Presidentes y Jefes de Estado Iberoamericanos de Santiago de Chile; se expresan en las dificultades del Mercosur; en los conflictos entre Argentina y Uruguay, entre Chile y Bolivia y entre Colombia y Venezuela; en los cruces verbales entre los líderes; en las urgencias que cada uno tiene o ha decidido imprimir a su propio proceso interno o a los proyectos de integración.

La experiencia histórica 

Si alguna enseñanza arrojó la experiencia del gobierno de la Unidad Popular chilena liderado por Salvador Allende, es que resulta imposible hacer verdaderas reformas en el contexto democrático sin contar con una mayoría interna amplia y estable y con un contexto regional solidario, entendiendo por esto último algo más que las manifestaciones de apoyo: un proyecto común.

Ocurre que cuando son profundas y verdaderas, las reformas afectan de tal modo a los intereses de los sectores poseedores tradicionales, que éstos reaccionan de modo brutal; el país se desestabiliza, la sociedad se divide y por esa brecha acaba colándose el poder político, económico, propagandístico y, si es necesario, militar, del Imperio o sus aliados locales.

Salvador Allende fue derrocado en medio de un caos, a pesar de que aún contaba con una leve mayoría. Ése fue el final de la más democrática, profunda, generosa y moderna intentona reformista jamás intentada en la región. Diversos gobiernos populistas terminaron de manera similar, pero su propia confusión de objetivos y métodos, falta de transparencia y tortuoso estilo de algún modo los condenaban a ese final, con injerencia extranjera o sin ella. La experiencia chilena, en cambio, probó que de nada valen la legitimidad institucional, el respeto democrático, las manos limpias, los objetivos claros y la transparencia de estilo frente a la implacabilidad del Imperio y sus socios locales.

Por otro lado, la Revolución Cubana, cuyo objetivo inicial era republicano, emancipatorio e igualitarista, pudo resistir a todo tipo de agresiones -incluso a una invasión extranjera- al precio de verse obligada a compartir el sistema político, institucional y económico del gran fracaso revolucionario del siglo XX: la Unión Soviética. Y resiste aún porque se trató de una revolución verdadera y con apoyo popular, pero su soberanía y la sobrevivencia de sus indudables conquistas sociales, las más vastas y profundas del continente, dependen del éxito del proceso latinoamericano en curso. Las profundas reformas que necesita el sistema político y económico cubano para preservar la soberanía del país y las conquistas revolucionarias no podrían llevarse a cabo en un contexto regional hostil o indiferente. 

¿Todo o nada? 

En Venezuela y Bolivia, las dos experiencias democráticas más radicales en curso, comienzan a aparecer inquietantes signos de fragmentación, de enfrentamiento generalizado. En Bolivia ya están allí: a fines de noviembre (este artículo se escribe el día 28), ya se vislumbraba el rostro oscuro de una guerra étnico-civil. Una vez más aparece la fatídica brecha por donde se cuelan los poderosos recursos desestabilizadores del Imperio y sus socios locales.

Pero también es cierto que, al paso que van los procesos democráticos que "respetan las formas y los tiempos" (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay...), la desigualdad y otras mil injusticias tardarán décadas en atenuarse en el mejor de los casos; en el peor y más habitual, volverán a crecer en cuanto cambien un poco las cosas en la situación internacional. El mandato que han recibido estos gobiernos no es una revolución, sino la construcción de una democracia republicana que asegure, sobre la base del desarrollo económico, la libertad y la igualdad.

¿Y cuál es allí el panorama? La Concertación chilena (socialistas y democristianos) se agrieta bajo la creciente presión social; tanto el gobierno de Lula en Brasil como el kirchnerista en Argentina han agotado los tiempos y la legítima excusa de la inexperiencia y la crisis. La agitación social sigue siendo muy fuerte y puede empezar a cundir la impresión de que algo está cambiando para que todo siga igual, o peor. A pesar de sus evidentes progresos, ninguno de estos gobiernos ha realizado cambios reales, al menos hasta ahora, en dirección del mandato conferido: leyes antimonopólicas; impuestos al sector financiero; reformas impositivas de fondo y estables que afecten las ganancias y las grandes fortunas; mecanismos distributivos institucionales eficaces; un verdadero Estado de bienestar; algún tipo de reforma agraria; combate a fondo contra la corrupción política y económica... Una de las más notables paradojas de estos procesos es que la clase media, la primera gran beneficiada por políticas mínimamente progresistas, se vuelve contra los gobiernos que la sacaron del pantano. El despunte de este fenómeno pudo verificarse en las recientes elecciones en Argentina.

En otras palabras, en estos países el verdadero proceso de cambio no ha hecho hasta ahora más que anunciarse. Cuando empiece, si empieza, la reacción será muy fuerte, como siempre ha ocurrido.

Unidad regional

Entonces, ¿qué hacer? ¿cuál es el camino? Juan Perón, el más notorio populista de América Latina, dijo alguna vez que "para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos". En buen populista, él rompió muchos y no hizo tortilla consistente alguna; no al menos la que prometía a sus "descamisados". Pero la expresión es válida, y el problema parece ser de prioridades claras, voluntad y timing político y política de alianzas local e internacional. A nivel regional la consigna podría ser "respeto por las diferencias y particularidades de los procesos locales; unidad en el proceso de integración".

Esto último es vital, porque nadie puede darse el lujo de crearse todos los enemigos a la vez. En este sentido, Hugo Chávez viene fracasando sistemáticamente en política internacional con el mismo estilo que hasta ahora le ha proporcionado éxitos en su país. No es que no tenga razón, sino que actúa como si no la tuviese. Su mención "al Diablo y el olor a azufre" en relación al Presidente de Estados Unidos le hizo perder a Venezuela un casi seguro puesto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; más allá del altercado con el jefe de gobierno español en la Cumbre de Santiago, irrespetuoso y fuera de lugar (y al margen de la reacción del anacrónico rey de España, también irrespetuosa y fuera de lugar, porque no era él quien estaba siendo interrumpido), no se entiende su agresividad hacia las propuestas en la Cumbre de Michelle Bachelet; su abierta intromisión en la política interna de Perú, México y Brasil... En los dos primeros casos, perjudicó las posibilidades electorales de dos posibles aliados políticos, Ollanta Humala y Manuel López Obrador; en el último, puso en peligro la admisión de Venezuela al Mercosur por el Congreso brasileño.

Es perfectamente legítimo, y probablemente necesario, que Chávez intente una revolución total en su país 1, pero es absurdo que intente imprimir el mismo ritmo a escala regional, sobre todo porque lo hace a través de los mismos medios de comunicación internacionales que lo denostan y ridiculizan, en lugar de plantear el debate entre sus pares y, si pierde, aguantarse. Por último, pero no menos importante, su "hermandad" con el régimen iraní es incomprensible, porque Venezuela no necesita ni petróleo ni dinero, lo único que Irán puede ofrecer en una alianza. Una cosa es apoyar el legítimo derecho iraní a su soberanía y a desarrollar la energía nuclear; otra declararse "hermano" de una teocracia medieval que abruma a su propia población, niega el Holocausto y quiere borrar del mapa al Estado de Israel...

Chávez tiene todos los recursos y la gran oportunidad de modernizar su país y construir una verdadera democracia igualitaria. No hay dudas de que ése es su propósito, pero haría bien en viajar y hablar menos y en concentrarse en sus problemas internos, que siempre fueron muchos, pero comienzan a ser graves.

En fin, que la complejidad del proceso latinoamericano en curso excede este espacio y, por supuesto, la capacidad de cualquier analista. Sería pretencioso ofrecer recetas que, por otra parte, pueden ser desbaratadas en cualquier momento por la situación internacional o por la evolución de los movimientos sociales. El tiempo dirá quiénes cumplieron con sus mandatos; qué método fue el más eficaz. Sobre todo, dirá si esta vez América Latina pudo completar el proceso emancipatorio e igualitario que el Siglo de las Luces y las revoluciones francesa y estadounidense inspiraron a sus sociedades y líderes hace doscientos años.

  1. La "reelección permanente" no es el punto que más irrita a la burguesía venezolana. "Expresada en 69 artículos, la Reforma Constitucional apunta centralmente a cuatro objetivos: transferir poder político a los Consejos del Poder Popular (Consejos Obreros, Campesinos, Estudiantiles y otros); promover e institucionalizar la existencia de las milicias populares; reordenar el diseño nacional del Estado (nueva geometría del poder); provocar una nueva y más drástica transferencia de ingresos a favor de la clase obrera y el conjunto del pueblo". Luis Bilbao, "Revolución, Partido e Internacional", Crítica, Buenos Aires, noviembre de 2007.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 102 - Diciembre 2007
Páginas:2,3
Temas Ciencias Políticas, Sociología, Neoliberalismo