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El país de los desigualesLa enorme concentración del ingreso y de la riqueza es una marca registrada de Brasil. El motivo de la perversión distributiva radica en la fragilidad de la democracia brasileña y, consecuentemente, en la concentración del poder. En cinco siglos de historia, Brasil no suma más de 40 años de régimen democrático.Identificar el ingreso y la riqueza extremadamente concentrados en Brasil no constituye ninguna novedad. Y decir que ello representa una herencia secular de difícil superación tampoco agrega algo nuevo. Pero la comprensión de las principales razones que producen un reparto tan desigual, tanto como el hecho de que el fenómeno continúe actualmente, es de especial interés cuando se trata de investigar la pertinencia de medidas para revertir la situación. Desde la colonización hasta el presente, y desde que existe algún registro contable de la riqueza 1, ésta viene siendo pésimamente repartida. A lo largo de su proceso histórico, Brasil recorrió distintas fases: Colonia (1500-1822), Imperio (1822-1889), y República (después de 1889). Sin embargo, nunca hubo una modificación sustancial de su perfil distributivo. A pesar de la aparición de nuevos ricos (diferenciados de las familias tradicionalmente asentadas en la riqueza primario-exportadora), como protagonistas del capitalismo industrial (1930-1980) y de la posterior fase financiera (en curso desde 1981), la desigualdad del ingreso permaneció estable. Una pequeña parte de la población se apropia de mucho, mientras que la mayoría de los brasileños se queda con muy poco. Estabilidad en la desigualdadLos datos disponibles y confiables indican la persistencia estructural del juego de la distribución personal del ingreso y de la riqueza. El 10% más rico de la población impone históricamente la dictadura de la concentración, pues posee casi el 75% de toda la riqueza nacional; mientras que el 90% más pobre se queda solamente con un 25%. Esto, independientemente de los modelos de desarrollo económico por los que pasó Brasil. Esta situación se agravó aun más con el fin del ciclo de industrialización nacional (1930-1980), cuando la porción correspondiente al ingreso del trabajo en la composición de la renta nacional disminuyó sustancialmente: un 12% desde el final de la década del '70 hasta la mitad de la primera década del siglo XXI. Simultáneamente, creció el porcentaje relativo a las formas de riqueza asociadas a los propietarios (ganancias, intereses, alquileres, renta de la tierra). De acuerdo con el Atlas, en el país viven aproximadamente 60 millones de familias, pero el 45% de todo el ingreso y la riqueza nacionales es apropiado por sólo 5.000 de ellas. Este descalabro viene sobreviviendo a todos los cambios históricos: la ruptura con Portugal, el fin de la esclavitud, el establecimiento de la República. También a la sucesión de los distintos ciclos económicos: tanto los primario-exportadores (pau brasil, azúcar, oro, café, caucho), que se prolongan hasta el comienzo del siglo XX, como el desarrollo industrial-urbano subsiguiente, apenas modificaron el panorama. Desde 1980 se fue imponiendo la fase financiera, cuya lógica implica un retorno al modelo primario-exportador de materias primas y productos agropecuarios (agro-negocios). Al igual que en los ciclos económicos anteriores, el patrón distributivo se mantuvo inalterable... salvo por la profundización de la desigualdad. Entre 1980 y 2000, cuando el crecimiento económico fue insignificante, la riqueza se tornó geográficamente aun más concentrada. Actualmente, sólo cuatro ciudades -San Pablo, Río de Janeiro, Brasilia y Belo Horizonte- concentran casi el 80% de todas las familias ricas del país. ¿Cómo explicar tal situación? La respuesta tal vez se encuentre en la estabilidad del conservadurismo en el poder. Al igual que el ingreso y la riqueza, el poder se encuentra extremadamente concentrado, debido a que Brasil nunca vivió una experiencia revolucionaria. Hubo levantamientos, pero siempre fueron masacrados por las fuerzas conservadoras. Ni siquiera se produjo una módica revolución burguesa. Asimismo, las reformas civilizadoras del capitalismo contemporáneo también dejaron de ocurrir de manera efectiva. Sin revoluciones y sin reformas considerables, el patrón distributivo no se modificaría. El desafío brasileñoLa ausencia de una democracia consolidada parece ser el gran motivo del conservadurismo y de la concentración del poder en Brasil. En más de cinco siglos de existencia, Brasil no contabilizó más de cuarenta años de régimen democrático. Ciertamente no se puede denominar democracia a lo ocurrido durante la fase imperial del siglo XIX y la República Velha (1889-1930, República Vieja). Se trataba en verdad de un régimen censatario, que solamente permitía el voto a la población masculina con posesiones e ingresos: ¡cerca del 1% de la población! Debe destacarse también que el proceso electoral no era secreto. Recién a partir de la década de 1930 Brasil avanzó hacia la consolidación del voto universal y secreto, aunque dejaba de lado a la población analfabeta. Pero, justamente en ese período, sobrevinieron dos dictaduras, la del Estado Novo (1937-1945) y la del régimen militar (1964-1985), precisamente cuando se definió un nuevo pacto de poder favorable a la industrialización (década del '30) y cuando el país registró los mayores índices de crecimiento del ingreso (el "milagro económico" de 1969-1973). En los períodos en que el autoritarismo predominó, los ricos fueron beneficiados, manteniéndose inalterado el modelo distributivo excluyente. Los llamamientos populares y progresistas a favor de una mejor repartición de los frutos del crecimiento económico fueron marginados del núcleo de poder. En los períodos democráticos, la convergencia hacia el desarrollo de un proyecto revolucionario o incluso reformista fue subsumido por la administración de las emergencias y por las articulaciones políticas entre distintos extractos de clases sociales, muchas veces necesarios para la gobernabilidad. Por este motivo, el curso de los asuntos referentes a la alteración del modelo distributivo quedó relegado a un segundo plano. El conservadurismo de las elitesLas acciones de gobierno terminan dirigiéndose a tareas de corto plazo, incapaces de alterar la estructura de concentración del conjunto del ingreso y de la riqueza. De forma recíproca, la concentración del poder económico y político impone obstáculos profundos a la gestión del país. El conservadurismo de las elites que concentran el poder ha hecho inviable la concreción de reformas en un ámbito democrático. En ausencia de revolución y reformas, generalmente impedidas por el conservadurismo, las políticas públicas se quedaron en la mitad del camino. Los gastos públicos en las áreas sociales son significativos, pero insuficientes para la reparación de la herencia originada por el modelo excluyente de distribución del ingreso nacional. La composición agraria sigue siendo muy concentrada. El sistema tributario se mantiene regresivo, con la población pobre pagando más impuestos y los ricos casi incólumes. La estructura social continúa siendo inadecuada para garantizar la universalidad y la calidad de los equipamientos y servicios para toda la población. Medidas de carácter neoliberal, fundadas estrictamente en la restricción de los gastos sociales, son orquestadas por la lógica de la racionalización de los recursos. Y en nombre de la responsabilidad fiscal, se encuentran vigentes dos sistemas de sostenimiento del ingreso. Por un lado, las tasas de interés básicas establecen el nivel mínimo de garantía de ingreso a cerca de 20.000 familias que viven de la inversión de sus riquezas en el circuito financiero. Desde el final de la década del '90, Brasil viene transfiriendo anualmente del 5 al 8% de todo el PBI en la forma de sostenimiento del ingreso mínimo para los ricos. Por otro lado, desde 2001 creció la difusión de programas de complementación de ingreso mínimo para los segmentos miserables de la población. Cada año menos del 0,5% del PBI de Brasil se transfiere a más de diez millones de familias que viven en condiciones de extrema pobreza. Incluso en la esfera de las políticas públicas siguen vigentes las resistencias a alterar la desigual distribución del ingreso.
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