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Recuadros:

Por qué Putin es tan popular

Los desbordes anticomunistas que acompañaron en Occidente los noventa años de la revolución rusa parecen indicar que la Unión Soviética sigue existiendo. En todo caso, la agresividad de ayer se aplica al actual régimen ruso. Vladimir Putin es ciertamente un curioso democráta, pero ¿es la manipulación de los medios de comunicación una razón suficiente para explicar su popularidad, que casi con seguridad se verá confirmada en las elecciones legislativas del 2 de diciembre? Los electores hacen su balance teniendo en cuenta los intereses del país.

No habrá sorpresas en las elecciones legislativas rusas de este mes de diciembre de 2007. Cuando ya las encuestas aseguraban que obtendría la mayoría relativa, el partido en el poder, Rusia Unida, vio cómo la intención de voto a su favor tomaba mayor impulso tras el anuncio de Vladimir Putin de que él mismo encabezaría su lista. Desde entonces, se ha vuelto muy probable la hipótesis según la cual el actual Presidente dejaría a su sucesor, en caso de que abandonara realmente la dirección política, una "mayoría constitucional" en la Duma (es decir, que permite reformar la Constitución con dos tercios de los representantes).

Este amplio apoyo de la opinión pública rusa a quien dirige el país desde hace ocho años provoca diversas interpretaciones en Occidente. Para algunos resurgen los viejos tópicos, en primer lugar la supuesta incapacidad casi genética de los rusos de transitar el camino de la democracia y prescindir de un poder autoritario. Otros invocan el recurso del poder a diversos mecanismos de coerción que, cuestionando los frágiles y contradictorios logros del período de Yeltsin, explicarían la marginación de la oposición. Volveremos luego sobre estos mecanismos que los rusos denominan, con un bello eufemismo, la "democracia dirigida". Sin embargo, no podría comprenderse el actual nivel de adhesión de los rusos a su Presidente sin tener en cuenta otros factores fundamentales, que marcan la reciente evolución de este país.

 La "reconstrucción patriótica" 

Cuando Putin accedió al poder, a fines de 1999, primero como Primer Ministro, luego, en marzo de 2000, como Presidente, Rusia vivía una profunda desestabilización. Las caóticas reformas implementadas por Boris Yeltsin habían debilitado al Estado, al punto que éste dejó de ejercer el conjunto de sus funciones soberanas: numerosas regiones y repúblicas poseen su propia legislación, que contradice, en cuestiones a menudo importantes, a las instituciones federales. En muchos casos, gobernadores y Presidentes locales se arrogaron la designación de los responsables regionales de administraciones clave como el fisco, las aduanas o el Ministerio del Interior, alentando así prácticas de corrupción o de nepotismo.

Al mismo tiempo, el Estado ve cuestionado el control que ejercía sobre su principal fuente de ingresos: el beneficio de la renta sobre las materias primas. Diversos mecanismos legales o ilegales (cesión de activos a empresas fantasmas off-shore, multiplicación de intermediarios financieros que facilitan la evasión de ganancias, etc.) permitieron a las grandes empresas rusas creadas en el marco de las oscuras privatizaciones de la era yeltsiniana, ya sean privadas como Yukos o mixtas como Gazprom, evadir en gran medida impuestos y tasas, privando al Estado de todo margen de maniobra financiera. Para muchos observadores, lo que está en peligro es el propio funcionamiento de la Federación. Muchos rusos consideran que su país corre el verdadero riesgo, si no de estallar, en todo caso de perder definitivamente sus últimas oportunidades de resurgir.

Esta sensación de desmoronamiento se extiende tanto más cuanto que el contexto internacional resulta muy particular: Estados Unidos y sus aliados atlánticos libran una ofensiva sin precedentes para reducir la influencia de Moscú en todo su espacio tradicional. Elaborada muy tempranamente por algunos asesores estadounidenses 1, esta estrategia apunta explícitamente a rechazar -roll back- la influencia rusa. Se basa en los efectos desastrosos de la política chechena del Kremlin y en las torpes presiones, militares o económicas, que este último sigue ejerciendo sobre sus vecinos. Busca así reforzar la imagen negativa de Rusia al punto que algunos observadores no dudan en hablar de rusofobia 2.

Lejos de responder positivamente a los gestos de buena voluntad dados por el jefe de Estado ruso después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos los consideró señales de debilidad y reforzó su presencia en toda esta zona, incluso con las "revoluciones de color" en Georgia y Ucrania. Además de una creciente intervención en los planos diplomático y militar, los estadounidenses utilizan todo tipo de instrumentos de influencia, desde las iglesias y las sectas hasta las organizaciones no gubernamentales locales. Y cuando no pueden hacerlo ellos mismos directamente, no dudan en financiar a estas últimas a través de diversos organismos internacionales e incluso programas de la Comisión Europea.

Ahora bien, aunque resulte ciertamente legítimo ayudar a estos jóvenes Estados independientes a emanciparse de su molesto vecino, la nueva política estadounidense -y en gran medida, europea- implica considerar que Rusia ya no tiene intereses propios ni en Europa del Este ni en torno al Mar Caspio. En este contexto, a los dirigentes rusos, más allá del partido en el poder, les resulta muy fácil persuadir a la opinión pública de su país de que Estados Unidos -con el consentimiento tácito de la Unión Europea- busca debilitar irreversiblemente a Rusia. Se trata, explican, de reducirla a un papel secundario de país proveedor de algunas materias primas, cuya explotación, por añadidura, sólo podría hacerse gracias a la participación de las grandes compañías occidentales.

Sin duda este temor al caos fue deliberadamente exagerado por algunos sectores cercanos al Kremlin con el fin de facilitar la recuperación del control. Pero para comprender a la vez las medidas implementadas a partir de 2000 y su aceptación por parte de un amplio sector de la población rusa, es necesario conocer la dimensión de este temor, profundamente arraigado en una opinión pública traumatizada por las sucesivas crisis de los años '90 y el debilitamiento de su país en la arena internacional.

En el campo de la política interior, la acción del nuevo Presidente se ejerce principalmente a partir de cuatro ejes: se trata a la vez de retomar el control de la renta sobre las materias primas 3, de reconstruir la industria rusa y de reinstaurar el campo institucional ruso en las regiones, dotándose al mismo tiempo de una mayoría política estable. Diversos, a menudo brutales, los métodos utilizados combinan frío pragmatismo con instrumentalización de las disparidades. Todos se inscriben en una retórica de reconstrucción patriótica que encuentra amplia aceptación en la opinión pública. Es sobre este terreno que Putin justifica la "guerra sucia" llevada a cabo en Chechenia (véase "El peso de la política exterior", pág. 26).

Apoyándose en los "superprefectos" designados a partir de mayo de 2000, el Kremlin retomó el control de las administraciones regionales, obligando a los Presidentes de repúblicas y gobernadores de regiones, a quienes privó de su inmunidad parlamentaria, a respetar las leyes y las normas presupuestarias y fiscales federales; a partir de 2004, se los designa a propuesta del Kremlin. De ser necesario, la administración presidencial seduce a los líderes regionales potencialmente críticos (como el alcalde de Moscú Yuri Lujkov) con algunas concesiones, como la promesa de permanecer en sus cargos. Sin embargo, no duda en forzar la renuncia o accionar judicialmente contra quienes continuarían resistiéndose.

En julio de 2000, el Presidente convocó al Kremlin a veintiún oligarcas y los obligó a tomar una decisión 4: si no querían que la administración escarbara en su pasado, debían apoyar el esfuerzo del gobierno por la recuperación del país absteniéndose de intervenir en el campo político. Aquellos que no aceptaron fueron rápidamente desplazados: tres debieron incluso exiliarse (Boris Berezovski, Vladimir Gussinski y Mijail Chernoi). Un sector de la prensa rusa recordó al pasar el origen judío de varios de ellos. Y la detención de Mijail Jodorkovski, dueño de Yukos, ilustró la determinación del Kremlin. Objetivo eminentemente simbólico, este magnate del petróleo y los medios de comunicación acababa de anunciar su intención de vender el 40% de las acciones de Yukos a la estadounidense Exxon-Mobil y presentarse en las próximas elecciones presidenciales. Será condenado por fraude a nueve años de prisión, y su grupo desmantelado. Es el comienzo de la reorganización de la industria, que verá a la administración presidencial reafirmar su preeminencia en todos los sectores estratégicos, de los hidrocarburos al nuclear, del armamento a las nuevas tecnologías.

Sin embargo, no se trata de una reestatización o de un retorno al sovietismo. En un oscuro contexto, la economía rusa se volvió realmente capitalista. Si bien los grandes grupos nacionales controlados por el Estado dominan los sectores estratégicos (algunos públicos, otros privados, aceptando a menudo una participación extranjera con la condición de que sea minoritaria), la mayor parte de las empresas y los servicios siguen siendo privados y abiertos al mundo como sin duda jamás lo fueron en Rusia.

El objetivo perseguido por el Kremlin es pues muy diferente: se trata, basándose en los elevados precios del crudo, de reconstruir una industria diversificada y rentable, con grupos rusos capaces de competir en el terreno con las multinacionales occidentales. Los efectos de esta política, en el contexto de la suba de los hidrocarburos, son sorprendentes: en 2006, por primera vez, el Producto Bruto Interno ruso recuperó su nivel anterior a 1991, y los ingresos promedio del país se incrementaron considerablemente. Sin duda allí reside, junto con la estabilidad institucional recuperada, la clave de la popularidad del presidente Putin. Sin embargo, lejos de ello, no todos los rusos se benefician de este crecimiento. Y la opinión pública no acepta todos los sacrificios que el poder le exige: prueba de ello, a comienzos de 2005, la gran ola de manifestaciones contra la reforma previsional, que perjudicaba a los sectores más débiles: jubilados, pequeños funcionarios. El gobierno debió entonces modificar su política social... 

Debilidades y contradicciones 

Al recibir a un grupo de expertos de Rusia en septiembre pasado, el titular del Kremlin declaraba que, según él, "la democracia y el multipartidismo seguían siendo los únicos garantes de una verdadera estabilidad de Rusia en el largo plazo", y afirmaba sostener, por ejemplo, la idea de la creación de un verdadero partido socialdemócrata. Pero agregaba inmediatamente que la implementación de este multipartidismo "llevaría décadas" 5. Muchos dirigentes políticos, incluso en la oposición, comparten esta apreciación, que refleja una profunda duda respecto a la madurez del electorado.

En la práctica, la administración presidencial modificó profundamente el ejercicio de la democracia estos últimos años, tornando más difícil la inscripción de los partidos y asociaciones (particularmente, las Organizaciones No Gubernamentales, sospechadas de ser sensibles a las influencias occidentales), o reformando la ley electoral para suprimir la elección de diputados por circunscripción (que permitía a los líderes de la oposición ser elegidos aun cuando su partido no superara, en el sistema de representación proporcional, el umbral eliminatorio del 7%). El control sobre los canales de televisión -al punto que el principal canal, ORT, ya no invita a opositores críticos a los debates- limita la libre expresión de opiniones a una o dos radios de audiencia reducida (especialmente, Eco Moscú) y a la prensa, cuyos lectores disminuyeron desde el fin de la URSS.

Más preocupante aún resulta el clima de presiones e intimidaciones que sofoca la expresión de movimientos considerados perturbadores. Especialmente, el caso de las manifestaciones de "La Otra Rusia", reprimidas por la policía o los Nashi ("Los Nuestros", la organización de jóvenes creada por el Kremlin) 6. También en este terreno, la sociedad rusa sigue siendo brutal y, aun cuando ninguna estructura oficial estuviera directamente implicada en el asesinato de los periodistas Anna Politkovskaia o Yuri Shchekochijin, la impunidad de los asesinos de periodistas, empresarios o directores de diversos niveles revela las debilidades estructurales del Estado: corrupción latente de los servicios de seguridad, ausencia de separación entre los poderes Ejecutivo y Judicial, laxismo respecto de los grupos extremistas, en particular xenófobos o skinheads 7.

Los rusos nos invitan a tener en cuenta las dificultades de su camino hacia una mayor democracia y su breve experiencia en materia de reformas, desde la abolición del papel dominante del partido único en 1988 y el estallido de la URSS en 1991. Las elecciones legislativas de diciembre de 2007 y presidenciales de marzo de 2008 se celebrarán según las leyes vigentes. Contrariamente a lo que le sugerían la mayoría de los políticos de todos los sectores, así como las encuestas de opinión, Putin no hizo reformar la Constitución en su favor.

El hecho mismo de que una sucesión se desarrolle normalmente en este país significa un verdadero progreso, cualquiera sea el papel que luego se arrogue Putin. Pero en muchos aspectos, la "democracia dirigida" parece un eufemismo cómodo: debería más bien hablarse de "democracia manipulada", ya que el poder no duda en atraer a los representantes de la oposición sensibles a la asignación de puestos o privilegios, y se multiplican los vínculos personales -e incluso familiares 8- entre los mundos político y económico, mientras los representantes de la oposición son sistemáticamente marginados.

El actual jefe de Estado insistió en la necesidad de una amplia mayoría y de una presidencia fuerte para completar la estabilización del país y devolverle el lugar que reivindica en la arena internacional. Nadie duda de que alcance ambos objetivos con el consentimiento de la gran mayoría de la población, sensible a los logros de los últimos años. Sin embargo, este sistema político bajo control no podrá perdurar eternamente. El primer escollo reside en la pauperización real de un tercio de la población (según las estadísticas oficiales), abandonado a su suerte por una sociedad dual con contrastes exacerbados, a pesar del crecimiento recuperado. Estos estratos no se caracterizan por un alto grado de organización pero, tal como se vio en el invierno boreal de 2005, pueden manifestarse con fuerza. El otro escollo reside en la creciente contradicción entre el modo autoritario de ejercicio del poder y la lógica liberal del sistema económico y social.

Hasta el momento, el Kremlin se abstuvo de limitar logros tan preciados y nuevos como la libertad de circular y comerciar en el exterior (para aquellos que tienen los medios para hacerlo, por supuesto, aunque son cada vez más numerosos), informarse a través de internet o incluso enviar a sus hijos a cualquier parte del mundo. En un país hoy ampliamente abierto, la retórica patriótica, las limitaciones al funcionamiento de los partidos y las asociaciones, el control burocrático de las empresas corren el gran riesgo de convertirse rápidamente en obstáculos objetivos al propio crecimiento. Y de mostrarse ante un creciente número de ciudadanos rusos como lo que son: visiones y restricciones administrativas heredadas del sistema soviético.

  1. Por ejemplo, Zbigniew Brzezinski, "A Geostrategy for Eurasia", Foreign Affairs, Palm Coast, N° 5, 1997.
  2. Anatol Lieven, "Against Russophobia", World Policy Journal, Nueva York, invierno de 2000-2001.
  3. Jean-Marie Chauvier, "La ‘nueva Rusia' de Vladimir Putin", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2007.
  4. Le Monde, París, 30-7-00.
  5. Intervención de Putin en el Club Valdai, 15-9-07. Véase también Eric Hoesli, 24 heures, Lausana, 16-9-07.
  6. "Les jeunes en rang serrés derrière Poutine", Courrier international, París, 30-8-07.
  7. Carine Clément y Denis Paillard, "Diez perspectivas sobre la sociedad rusa", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2005.
  8. "Los parientes al poder", Kommersant Vlast, Moscú, 24-9-07.

Principales agrupaciones políticas

Radvanyi, Jean

La Asamblea Federal –Parlamento de la Federación Rusa– es el órgano representativo y legislativo de la Federación Rusa. Está compuesta por la Duma de Estado (Cámara Baja, 450 diputados) y el Consejo de la Federación (Cámara Alta, 178 miembros). Con la nueva ley electoral, los diputados de la Duma se eligen según el sistema proporcional integral, reservado sin embargo a los partidos inscriptos según un procedimiento muy restrictivo, que son los únicos autorizados a presentar listas. Toda una parte del tablero político no estará pues representada en la Duma, por no haber podido responder a las nuevas normas de inscripción.

Rusia Unida (ER, centroderecha)
La agrupación de Vladimir Putin fue creada en 2001 con la fusión de los partidos Patria, Toda Rusia y Unidad. Boris Gryzlov, actual presidente de la Duma, la encabeza desde 2002. Único y verdadero gran partido político del país, con más de un millón y medio de afiliados, supo encolumnar a gran parte de la elite política detrás del Presidente ruso y le permitió obtener la mayoría de las bancas en la Duma de Estado (222 de 450 escaños, con el 37,57% de los votos) en las elecciones legislativas de diciembre de 2003.

Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF, ex Partido Comunista de la Unión Soviética)
Creado en 1993 y dirigido por Guennadi Ziuganov, el KPRF es el primer partido de oposición. Sufrió un revés en 2003, al obtener sólo el 12,61% de los votos (52 bancas), es decir, 11,5 puntos menos que en el anterior escrutinio. En mayo de 2007, ganó la alcaldía de Volgogrado (antigua Stalingrado), en elecciones municipales anticipadas.

Partido Democrático Ruso (llamado “Yabloko”, centro)
El partido reformista liberal Yabloko fue fundado en 1993 por Grigori Iavlinski, Yuri Boldirev y Vladimir Lukin. Favorable, especialmente, a la economía de mercado regulada por el Estado y a la participación en la Unión Europea, está dirigido por Iavlinski. En 2003, obtuvo sólo el 4,3% de los votos (4 bancas).

Partido Liberal Democrático de Rusia (LDPR, ultranacionalista)
Dirigido por Vladimir Jirinovski, además vicepresidente de la Duma, el LDPR fue creado en 1989 bajo el nombre de Partido Liberal Democrático de la Unión Soviética. Xenófobo, antisemita, nostálgico de la Gran Rusia, hoy representa la tercera fuerza política del país, detrás de Rusia Unida y el Partido Comunista. En 2003, obtuvo el 11,46% de los votos (36 bancas).

Rusia Justa (centroizquierda)
Esta agrupación creada en 2006 con la venia del Kremlin surgió de la unión de tres pequeños partidos: Rodina (“Patria”, una coalición de movimientos nacionalistas de izquierda que en 2003 había obtenido el 9,02% de los votos y 37 bancas), el Partido de los Jubilados y el Partido de la Vida. Conducido por Serguei Mironov, presidente del Consejo de la Federación, pretende representar una fuerza alternativa de izquierda. Rusia Justa obtuvo el 11,6% de los votos en el escrutinio parcial regional de marzo de 2007, contra el 15,7% en favor del Partido Comunista y el 46% de Rusia Unida.

Unión de Fuerzas de Derecha (SPS)
El partido conservador, pro occidental, opuesto a Putin, fue creado en 1999 con el fin de consolidar las múltiples corrientes surgidas de los “jóvenes reformistas” (Anatoli Chubais, Boris Nemtsov, Yegor Gaidar, etc.). Nikita Belykh fue elegido su presidente en mayo de 2005. En las elecciones de 2003, el partido sufrió una dura derrota (3,97% de los votos, 3 bancas), que provocó su exclusión de la Duma y la renuncia de su líder, Nemtsov, en enero de 2004.

La Otra Rusia
Esta coalición heteróclita creada en 2006 agrupa a diversas corrientes políticas –liberales, socialistas, nacionalistas como el movimiento de Eduard Limonov– unidos por su oposición a Putin. El ex ajedrecista Garry Kasparov fue designado como su candidato para las elecciones presidenciales de marzo de 2008. Será además uno de los tres cabezas de lista del movimiento en las elecciones legislativas.


El peso de la política exterior

Radvanyi, Jean

La política exterior es un elemento fundamental del giro estratégico dado por el presidente Vladimir Putin desde su primera elección en marzo de 2000. Y con razón: tanto los dirigentes rusos como la opinión pública son extremadamente sensibles al lugar que ocupa su país en el mundo. Los trastornos generados por el estallido de la Unión Soviética multiplicaron los factores de preocupación: brutal reducción del territorio y pérdida de numerosas regiones consideradas “rusas” desde hacía varias generaciones; estatuto incierto de los rusos del “extranjero cercano” (las antiguas repúblicas de la URSS) entre los cuales muchos ciudadanos de la Federación tienen familiares o amigos; migraciones masivas de estos territorios hacia Rusia, etc.
Estos elementos internos, sumados a la dolorosa experiencia de la potencia perdida, crearon un terreno favorable en la opinión pública para una movilización de los sentimientos nacionales, con los cuales especuló la mayoría de los partidos políticos, pero también el gobierno de Putin. Casi todas las grandes decisiones recientes sobre reformas institucionales, económicas y sociales se inscriben en esta retórica patriótica que pretende devolverle al país la potencia y el papel que debe desempeñar en la globalización.
Otro elemento decisivo para comprender la evolución de la política rusa en materia internacional: la impresión, ampliamente difundida en la clase política, mucho más allá de la administración presidencial, de haber sido engañados por los occidentales. Las razones del espectacular acercamiento a Washington impulsado por el Presidente ruso luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, evidentemente no eran todas desinteresadas: el Kremlin deseaba a la vez ganar tiempo con el fin de consolidar la situación económica interna y establecer un paralelo entre el terrorismo mundial y la resistencia chechena. Pero las acciones del presidente Putin –que suscitaron muchas reservas entre las elites rusas– habrían podido marcar un giro significativo en las relaciones de su país con los principales miembros de la alianza atlántica. Sin embargo, Estados Unidos lo interpretó más bien como una señal de debilidad duradera de Rusia y, desde entonces, desarrolló en todos los frentes una estrategia de rechazo de su influencia, incluso en el espacio donde sus intereses estratégicos están realmente comprometidos: de Ucrania al Cáucaso y a Asia Central.
Desde luego, Moscú no siempre logró redefinir con calma la naturaleza de sus relaciones con sus vecinos más cercanos. Sus decisiones brutales, aun cuando no sean ilegítimas (como el aumento del precio del gas a tarifas mundiales); sus injerencias (como durante la campaña electoral ucraniana de 2004) no han hecho más que brindar argumentos de peso a sus adversarios.
Pero, ¿puede por ello eludirse el papel de las injerencias estadounidenses o europeas en las “revoluciones de color”? 1. Mientras que los desvíos occidentales en materia de acciones militares y de respeto a los derechos humanos se multiplicaron en Irak y en otros conflictos recientes, los rusos toleran cada vez menos la frecuente práctica de “medir con varas distintas” sus acciones y las de Occidente.
La advertencia lanzada por el Presidente ruso, en febrero, durante su intervención en Munich 2, tuvo el mérito de plantear con franqueza todas estas cuestiones. Si bien fue considerada brutal por la prensa occidental, no cerraba sin embargo las puertas; llamaba a reanudar las discusiones sobre todos los temas sensibles: ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a otras repúblicas de la ex URSS como Georgia, escudo antimisiles, Kosovo y el armamento nuclear iraní, por sólo mencionar los más conocidos.
Para el Kremlin, estas discusiones deben confirmar un cambio importante en las relaciones: el modelo político de los años ’90, que rebajaba a Rusia al rango de socio inferior de Occidente, fue superado. Moscú ya no dejará que le impongan acuerdos considerados desequilibrados, como la Carta Europea de Energía. Sin duda este enérgico discurso político tiene una dimensión electoral, pero expresa cambios geoestratégicos fundamentales: Europa y Estados Unidos deberán tener en cuenta el ascenso en potencia de los “BRIC” (Brasil, Rusia, India y China). Putin no pierde además ocasión alguna para recordar que su país no es sólo un Estado europeo: seguirá desarrollando su cara asiática, al igual que su alianza con Pekín en el seno del grupo de Shangai 3.
Para muchos, la sensación de que su país vuelve a ser un importante actor en la arena internacional ciertamente contribuye al mantenimiento de la popularidad del Presidente ruso entre sus conciudadanos.

  1. Régis Genté y Laurent Rouy, “Revoluciones no violentas”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, enero de 2005; y Vicken Cheterian, “Espejismos de revolución en el Este”, Informe-dipló, 21-10-05, www.eldiplo.org.
  2. “La gouvernance unipolaire est illégitime et immorale”, Le Monde, París, 13-2-07.
  3. La Organización de Cooperación de Shangai (OCS) fue creada en 1996 bajo el nombre de “Grupo de Shangai” y está integrada actualmente por seis Estados miembros (China, Kazajstán, Kirguizistán, Uzbekistán, Rusia, Tayikistán) y cuatro observadores (India, Irán, Mongolia, Pakistán). Estados Unidos fue rechazado como observador. 


Autor/es Jean Radvanyi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 102 - Diciembre 2007
Páginas:24,25,26
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Política, Medios de comunicación
Países Rusia