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Pakistán

Dado el estado de sitio que rige en Pakistán, es de prever que las elecciones legislativas y provinciales previstas para el próximo 8 de enero consoliden el poder del general Pervez Musharraf, cuya reelección el pasado 6 de octubre ya ha sido avalada por un Tribunal Supremo adicto. Sin embargo, aparece demasiado debilitado como para que Estados Unidos siga confiando en él como su aliado clave en la región.

La "guerra contra el terrorismo internacional" posterior a los atentados del 11 de septiembre provocó ondas de inestabilidad en Próximo y Medio Oriente que no dejan de convulsionar a nuevos países. Cronológicamente, el último es Pakistán.

Cincuenta meses después de la toma de Bagdad, el panorama geopolítico regional resulta desolador. Al atolladero militar se sumó una catarata de desastres diplomáticos. Pero el riesgo terrorista no se redujo, contrariamente al objetivo declarado de Washington. Ningún conflicto se ha resuelto: ni el de Israel-Palestina, ni el del Líbano, ni el de Somalia. En Irak, pese a la presencia de unos 165 mil militares estadounidenses, las perspectivas parecen siempre igualmente inciertas. La vida cotidiana sigue siendo un infierno para los civiles. Se suceden los atentados mortíferos. Por añadidura, surgió una nueva tensión en la frontera entre Turquía y el Kurdistán iraquí, donde podrían enfrentarse dos aliados de Estados Unidos.

Otra paradoja es que las intervenciones estadounidenses surtieron el efecto de liberar a Irán  -"el peor enemigo de Estados Unidos"- de dos grandes adversarios: el régimen baasista de Irak, y el de los talibanes en Afganistán. Pocas veces un rival aportó tantos beneficios a su principal enemigo... Lo cual permitió a Teherán concentrarse en su programa nuclear, suscitando los peores miedos. Estados Unidos e Israel amenazan ahora con bombardear las instalaciones atómicas iraníes. Lo que sumaría caos al gran caos regional, y acarrearía alzas de precios del petróleo insoportables para muchas economías.

En Afganistán las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) están a la defensiva. Estados Unidos tiene acuarteladas allí a más de quince mil tropas, y reclama a sus aliados el envío de tropas suplementarias. Porque los talibanes retomaron la iniciativa, se multiplican los atentados suicidas, y se incrementan el cultivo de la adormidera y la exportación de opio. La reconstrucción se demora y las instituciones "democráticas" se debilitan. Controladas por "señores de la guerra", las provincias toman cada vez más distancia del gobierno de Kabul. "Si nos vamos, (el presidente de Afganistán) Hamid Karzai no aguanta diez días", admite un diplomático occidental 1.

En este contexto político tan inestable, uno de los apoyos más sólidos del presidente George W. Bush en la región acaba de ceder en Pakistán. La declaración del estado de sitio en Islamabad el pasado 3 de noviembre por el general Pervez Musharraf es en efecto una grave admisión de su debilidad, y desató el alerta rojo en Washington.

Musharraf, el eslabón débil

A fines de 2001, bajo la amenaza de ver a su país vitrificado por un ataque nuclear masivo, según él mismo refirió, Estados Unidos incorporó apresuradamente al general Musharraf, ya responsable de un golpe de Estado en 1999, a la guerra contra el régimen de los talibanes y contra las bases afganas de Al-Qaeda. El gobierno de Bush simulaba no percibir la contradicción implícita en el hecho de aliarse a un dictador para "instaurar la democracia" en Afganistán.

Esta alianza otorgó a Musharraf un certificado de respetabilidad internacional, como asimismo 11 mil millones de dólares para equipar mejor su ejército y sus fuerzas de represión. Con 167 millones de habitantes, Pakistán es el único Estado musulmán que posee un arma atómica y puede protegerla a 2.500 km gracias a misiles de largo alcance. Estos datos le dan una importancia estratégica tanto mayor cuanto que está situado dentro del "foco perturbador" del mundo y en el linde con las crisis afgana, iraní y de Medio Oriente.

El terror en Washington y otras cancillerías es que los islamistas paquistaníes, aliados a los talibanes, terminen por tomar las riendas del Estado y se apoderen del arma atómica. Detestado por el Poder Judicial, el general Musharraf acaba de silenciar a los principales medios de comunicación y se las tomó con los principales partidos de oposición, el de Nawaz Sharif y el de Benazir Bhutto. Su impopularidad hace de él, pese a las apariencias, el eslabón débil del sistema político. De manera que el objetivo de la diplomacia de Estados Unidos es sustituirlo, a corto o mediano plazo. No por la señora Bhutto ni por Sharif, quienes en el mejor de los casos servirán para dar una pátina "democrática" al cambio, sino por otro hombre fuerte, tal vez el general Ashfaq Kyani. A quien los estadounidenses manejan a su antojo. 

  1. El País, Madrid, 25-10-07.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 102 - Diciembre 2007
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Política
Países Pakistán