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El gran viraje de Washington

“Estados Unidos sigue apoyando a una Unión Europea sólida como socia”, afirmó George W. Bush el 20 de junio. Pero su unilateralismo choca con la realidad multilateral del planeta. Sus políticas contradicen el sacrosanto principio del librecambio que defiende oficialmente. ¿Se trata de un viraje en la historia comparable con el que puso fin a la primera etapa de la mundialización capitalista entre 1880 y 1914?

La mundialización de fines del siglo XX, entendida como la unificación de la economía mundial de acuerdo con un paradigma liberal, parece tocar a su fin. Los síntomas son múltiples: guerras imperialistas, ascenso de los nacionalismos, conflictos comerciales cada vez más graves dentro y fuera del núcleo capitalista, turbulencias sociales que estallan en todo el mundo. Todo esto en un contexto de desequilibrios estructurales de la economía mundial y de la acentuación de las desigualdades sociales, tanto dentro de cada país como entre ellos 1.
Estas tendencias desintegradoras debilitan los modelos de cooperación entre los Estados y los regímenes de gobierno que subtienden al orden mundial. Reflejan la contradicción entre el carácter transnacional de la expansión capitalista y la segmentación del sistema interestatal moderno conforme líneas nacionales.
Esta contradicción no es nueva. En el siglo XIX puso fin a la primera ola de mundialización que siguió a la expansión colonial occidental, cuando la conjunción de nacionalismo y militarismo asestó un golpe fatal al orden económico internacional dominado por Gran Bretaña e interrumpió el largo período de paz iniciado en Europa en 1815.
El ascenso de un Estado alemán fuerte y militarizado, al igual que las rivalidades inter-imperialistas, acabaron comprometiendo definitivamente la capacidad de Gran Bretaña para “ocupar el centro”. En decadencia desde la década de 1880, los paradigmas que prevalecían a mediados del siglo, es decir, el liberalismo económico y el librecambio, se desmoronaron cuando la Alemania de Guillermo II se propuso alcanzar la hegemonía europea en 1914. De esa manera, la primera fase de la mundialización occidental, bajo la influencia británica, acabó en un mar de sangre.
En su célebre libro sobre la decadencia del liberalismo, el subsiguiente ascenso del fascismo y el estallido de una nueva guerra mundial, Karl Polanyi 2 muestra cómo la cooperación capitalista transnacional, encarnada por las redes paneuropeas de las “altas finanzas”, a las que “correspondió por determinación funcional impedir las guerras generales”, terminó sucumbiendo a las políticas de poder nacionales: “El poder era más fuerte que las ganancias económicas. Por más profunda que fuera la interpenetración de sus campos, al fin de cuentas era la guerra la que imponía su ley al comercio”. A pesar del avanzado nivel de integración económica europea existente en la segunda mitad del siglo XIX, la creciente ola nacionalista pulverizó el tejido de interdependencia capitalista.
Esa ola nacionalista, generada por los estragos de un “mercado que se autoajustaba”, culminó en el fascismo. En tanto que fenómeno general, el fascismo, que aplastó al liberalismo y al socialismo, fue una “solución” mortal y patológica “al atolladero en que se había metido el capitalismo liberal”: una reforma “de la economía de mercado realizada al precio de la extirpación de todas las instituciones democráticas”. La sociedad, según Polanyi “tomó medidas para protegerse (…) del mercado que se autoajustaba”; una institución que “no podía existir de manera duradera sin anular la substancia humana y natural de la sociedad”. Así fue como se optó por Estados militarizados fuertes, y por el encolumnamiento de la sociedad detrás del Estado 3.
Sin duda, la historia no consiste en un eterno retorno de los mismos fenómenos, pero la hipótesis de Polanyi brinda un marco útil para analizar las graves crisis de nuestra época. Poderosas fuerzas desintegradoras amenazan el edificio del actual orden liberal. Al nivel de la sociedad, la resistencia aumentó, y se manifiesta en la aparición de un movimiento democrático mundial de transformación social, pero también en la emergencia de populismos autoritarios de derecha. Al nivel del poder del Estado, la reacción más estridente fue el espectacular resurgimiento del nacionalismo en China, Rusia, Japón, Europa 4 y otras latitudes. En Estados Unidos, centro del sistema capitalista mundial, el nacionalismo adoptó una forma particularmente exacerbada: el imperialismo.

¿Fin del Estado-Nación?

Esta renacionalización de la política mundial marca el fin del interludio liberal de la post Guerra Fría. A fines de la década de 1980 y en la de 1990, muchos pensaron que el surgimiento de la “aldea mundial” (la revolución informática permitía compactar el tiempo y el espacio), la transnacionalización del capital y la creación de redes de producción horizontales planetarias llevarían a una redistribución del poder de los actores públicos hacia los actores privados, y a “la gradual desaparición del Estado territorial moderno como lugar primordial del poder mundial” 5.
Los teóricos liberales democráticos estimaron que habíamos entrado en un período posmoderno, en el cual el Estado-Nación era doblemente cuestionado: desde abajo, por una sociedad civil consciente de un nuevo poder, y desde arriba, por mercados mundializados autónomos. El período posmoderno transformaba además la gramática de la política mundial: dado que la interdependencia creada por los mercados mundiales y los actores transnacionales frenaba las pulsiones beligerantes de los Estados-Nación modernos, el “poder basado en la persuasión” (soft power) suplantaba al “poder basado en la fuerza” (hard power). La opinión liberal-democrática reunía tanto a los institucionalistas que preconizaban una mayor cooperación interestatal, como a los pacifistas comerciales que veían en el aumento de la interdependencia y de la convergencia económicas la base para una paz democrática duradera. El filósofo Jürgen Habermas, desde una perspectiva socialdemócrata, pensaba que asistíamos a la aparición de una conjunción favorable de fuerzas, capaz de realizar por fin el proyecto –nacido en la Ilustración (Aufklärung)– de una paz kantiana basada en una “concepción cosmopolítica del derecho” que trascendía el derecho internacional 6.
Más a la izquierda, los teóricos neomarxistas que analizaban la transnacionalización del capital, la reconfiguración del Estado y las nuevas formas de gobernanza mundial, se preguntaron si el imperialismo seguía siendo una categoría útil de análisis. Inspirándose en la tesis de Karl Kautsky sobre el “ultra-imperialismo” (1914), según la cual la cooperación capitalista puede trascender las rivalidades inter-imperialistas provocadas por los brotes monopolísticos del Estado-Nación y de los cartels nacionales, un grupo de intelectuales estimó en la década de 1990 que el capitalismo tardío había inaugurado una era post-imperialista 7. Entre los signos reveladores de ese fenómeno mencionaban la formación de una clase capitalista transnacional con intereses mundiales, consciente de que los mismos trascendían el propio territorio nacional 8. El imperialismo clásico y la lucha entre Estados-Nación expansionistas para obtener el monopolio ya no era una opción válida en un sistema capitalista interdependiente, gobernado por instituciones supraestatales que reflejaban los intereses comunes de la nueva clase.
A fines de la década de 1990, Tony Negri y Michael Hardt dieron amplio crédito a una versión levemente corregida de esa hipótesis, al formular en su libro Imperio el postulado meta-histórico según el cual el imperio contemporáneo no es un débil eco de los imperialismos modernos, sino una forma fundamentalmente nueva de dominación 9. El imperio, según esos autores, había cortado el cordón umbilical que lo unía al Estado-Nación y ya no estaba delimitado por un territorio: el nuevo imperio global, desprovisto de centro político, sería la expresión de un conjunto geométrico de relaciones de fuerza y de dominación, creadas por los mercados mundializados en todos los niveles de la vida social. En contraste con los sistemas de dominación verticales y concentrados de los antiguos imperios europeos, en la nueva configuración mundializada el poder es difuso, desconcentrado y horizontal. A su vez, ese fenómeno lleva a nuevas formas transnacionales de resistencia de parte de las redes descentralizadas: las multitudes. Así definido, el imperio se convierte en un reino mundial sin límites y sin nombre.
De diferentes maneras, todas esas perspectivas sugieren un cambio de época, el paso de las estrategias de maximización del poder, propias del Estado-Nación moderno, a una configuración posnacional, posmoderna de la globalidad. Sin embargo, en el mismo momento en que se formulaban esas ideas, poderosas fuerzas corroían secretamente las frágiles bases del orden mundial capitalista liberal. Esas fuerzas se han vuelto nítidamente visibles.
La principal fuerza perturbadora vino de Estados Unidos, que bajo la presidencia de George W. Bush se esfuerza por adquirir el monopolio mundial. En esto hay cierta paradojal ironía, dado que Estados Unidos fue el motor y el principal beneficiario de la integración capitalista y de la economía de mercado mundializada en la década de 1990. La mundialización fortaleció la autonomía estadounidense, pues “la creciente movilidad de la información, de las finanzas y de los bienes y servicios, liberó al gobierno estadounidense de sus obligaciones, a la vez que imponía otras aun más fuertes a todos los demás países” 10.
Sin embargo, la afirmación de un “nacionalismo (estadounidense) robusto”, como denomina Samuel Huntington –el difusor y teórico del “choque de civilizaciones”– al nuevo ethos de Estados Unidos, modificó totalmente el curso de la actividad mundial: la mundialización liberal y la interdependencia capitalista fueron suplantadas por una política de potencia imperial que se afirmaba en tanto tal. Así como Londres había sido en el siglo XIX el centro de expansión de una economía de mercado mantenida por un orden político y reforzada por redes transnacionales interesadas en que reinara la paz en Europa 11, la prosecución de la mundialización en el siglo XXI requiere que Estados Unidos siga apoyando un sistema de cooperación institucionalizada entre Estados, y a la vez sistemas liberales de gobernanza de la economía mundial. Contrariamente a Londres, que perdió el control que ejercía, Washington optó por deconstruir el sistema institucional internacional.
Esa decisión refleja las opciones y los intereses del bloque de fuerzas nacional-imperialistas que se formó en la derecha durante la Guerra Fría y que llegó al poder en enero de 2001. Como sostiene Stephen Gill, investigador en relaciones internacionales, ese bloque nacional está históricamente “vinculado al complejo de seguridad, a los sectores proteccionistas declinantes y a los pensadores geopolíticos que siguen la línea realista” 12. Se distingue de las fuerzas transnacionalizadas más cosmopolitas que existen en la sociedad estadounidense, fundamentalmente “de los intereses económicos (corporate interests) más mundializados que necesitan acceder a los mercados y a los capitales de otros países, y cuya identidad en relación con la entidad territorial estadounidense es menos precisa”. Estos últimos, como sus homólogos del siglo XIX, son “capitalistas de alta mar” –para utilizar la expresión de Fernand Braudel– cuyos intereses y hasta su misma existencia dependen de redes de cooperación transnacionales.
Mientras que la composición y la política de la administración Clinton reflejaban, al menos parcialmente, los intereses de esa clase cosmopolita reducida pero influyente, la elite de derecha actualmente en el poder representa al complejo militar-industrial, es decir, al sector menos autónomo y más nacionalista de la economía política estadounidense. El menos autónomo, ya que por estar integrado al Estado, su existencia y su desarrollo dependen del mismo. El más nacionalista, porque por definición procura aumentar al máximo la potencia nacional. Esas dos fracciones dirigentes se apoyan cada una en una amplia base social. Como lo mostró claramente la distribución geográfica del voto en las elecciones presidenciales de noviembre de 2004, la base social de los internacionalistas liberales está concentrada en las zonas urbanas costeras de alta demografía, mientras que la principal base popular del nacionalismo y del militarismo se halla en las zonas rurales, en las clases populares y medias, en el centro del país.
Esa diferencia sociológica a veces se refleja en claras diferencias de política. El equipo de William Clinton, por ejemplo, trató de modificar el equilibrio institucional en el seno del gobierno, en beneficio del Departamento del Tesoro, y se esforzó sobre todo por favorecer las ventajas comparativas de los sectores más internacionalizados del capital estadounidense en los nuevos mercados globalizados. La administración Bush, en cambio, tuvo como único objetivo desde sus comienzos reforzar el “poder de fuerza” (hard power) del país y movilizar a las fuerzas armadas para establecer un orden mundial disciplinario bajo su control monopólico. Tal como indicaba claramente Condoleezza Rice antes de las elecciones de 2000, el bloque de fuerzas que sostiene a George W. Bush tenía la intención de liberarse de una “ilusoria comunidad internacional” y de abandonar el paradigma liberal, suplantando la política de internacionalismo dubitativo de la década de 1990 por el nacionalismo, la fuerza y la guerra 13.

Tres etapas


El bloque nacional-imperialista se formó en tres grandes etapas. En la primera, los más férreos partidarios de la Guerra Fría lograron socavar parcialmente la distensión Este-Oeste a mediados de la década de 1970. Pero la necesidad de mantener las alianzas internacionales de la Guerra Fría frenó esa empresa. Intentar marcar una preeminencia unilateral habría amenazado la unidad “occidental” y comprometido la legitimidad estadounidense, ya empañada por la guerra de Vietnam. Luego, en la década de 1980, bajo la presidencia de Ronald Reagan, llegó la “revolución conservadora” acompañada de un nuevo intento de afirmar la primacía estadounidense por medio de la movilización militar y del unilateralismo en materia de política exterior y comercial. Por último, la tercera etapa fue la fusión operada en la década de 1990 entre el neoconservadurismo y el militarismo del “cinturón bíblico” (Bible belt militarism) 14, que llevó a la victoria de la nueva derecha en el Congreso en 1994.
El triunfo de los republicanos se tradujo en una campaña destinada a debilitar, e incluso aniquilar, las Naciones Unidas, y a consolidar la autonomía estadounidense a expensas de todos los demás países. Es preciso recordar que durante la década de 1990 el Congreso estadounidense, a menudo aliado con un Pentágono cada vez más autónomo respecto de la Presidencia, se negó a pagar la cuota estadounidense a la ONU; impuso sanciones unilaterales a treinta y cinco Estados miembros de la organización; votó a favor de una legislación extraterritorial (leyes Helms-Torricelli) violando el derecho internacional, y se negó a ratificar las convenciones internacionales y los tratados sobre el control de armas, como la Convención de Ottawa de 1997, que prohibía la producción, el comercio y la utilización de minas antipersonales, y el Tratado global sobre la prohibición de pruebas nucleares (Comprehensive Test Ban Treaty).
A pesar de haber ratificado la Convención sobre las armas químicas en 1997, el Congreso estadounidense le introdujo derogaciones que la vaciaron de contenido. A comienzos de 2001, la administración Bush renegó del Protocolo de Kioto, firmado por el presidente Clinton; rechazó un programa de la ONU destinado a controlar el comercio de armas livianas; bloqueó los esfuerzos por añadir un protocolo de verificación a la Convención sobre las armas biológicas, y directamente abandonó el Tratado sobre los misiles anti-balísticos (ABM).

Supremacía militar definitiva


Esa campaña culminó en 2003 con la guerra en Irak y con discursos de legitimación encomiando al imperio mundial. Hoy en día, a pesar del fracaso patente de esa aventura imperial (calificada por el propio George W. Bush como “éxito catastrófico”) y de una crisis de legitimidad sin precedentes, la administración prosigue su camino monopolístico. Ese fenómeno se percibe en varios terrenos 15, pero se manifiesta particularmente en la creciente voluntad estadounidense de alcanzar una supremacía militar absoluta y definitiva. Dos decisiones gubernamentales recientes ilustran esa voluntad: la de desarrollar armas nucleares miniaturizadas de primer impacto, y la de adoptar una estrategia espacial llamada de ataque global (Global Strike). Este programa de militarización del espacio, que será anunciado próximamente, pretende “establecer y mantener la superioridad espacial” de Estados Unidos, al dotarse de capacidad para “destruir centros de comando o bases de misiles en cualquier parte del mundo” por medio de ataques realizados desde el espacio 16.
Ambos programas se inscriben claramente en la doctrina de la supremacía estratégica perpetua esbozada en la Estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca (2002), y en la reconfiguración de las fuerzas armadas estadounidenses que había reclamado previamente Condoleezza Rice, para “hacer frente de manera decisiva a la aparición de cualquier potencia militar hostil (…) y reaccionar de manera decisiva a los Estados canallas y las amenazas provenientes de potencias hostiles”.
Uno y otro programa amenazan la estabilidad del mundo: el primero al estimular la proliferación nuclear, y el segundo al atizar una nueva carrera armamentística en el espacio. En el pensamiento de la administración, China y Rusia, consideradas como futuras potencias rivales, respectivamente regional y mundial, no tendrán otra opción que seguir esa tendencia y destinar a gastos militares recursos –limitados– que serán desviados de la economía nacional, o aceptar la supremacía estratégica potencial de Washington. El interludio de cooperación entre Estados Unidos y esos dos países en el marco de la “guerra mundial contra el terrorismo” está terminado.
Resulta evidente que tratar de obtener el monopolio es exactamente lo contrario de la interdependencia. Dado que Estados Unidos representa el centro del sistema capitalista mundial, esa orientación tiene consecuencias planetarias, algunas manifiestas y otras insidiosas. Esos efectos perturbadores se extienden a la economía mundial. Los desequilibrios estructurales dentro del sistema económico internacional derivan en la aplicación de dispositivos proteccionistas, pues la competencia económica adopta la forma clásica de conflictos monetarios y comerciales cada vez más agudos entre países y bloques rivales. En un mundo plural es ostensiblemente ilusorio pensar en un monopolio. Aunque domine el sistema internacional, Estados Unidos está cada vez más atrapado en las redes de una dependencia que él mismo creó:?al contribuir a sostener la actividad económica asiática, el modo de consumo y el nivel de vida estadounidenses para perpetuarse tiene que absorber volúmenes cada vez mayores del ahorro mundial (80%). Un fenómeno que no puede durar.
Las redes transnacionales de cooperación capitalista, formales e informales, y las instituciones supraestatales de regulación del capitalismo globalizado, construidas o reforzadas en las décadas de 1980 y 1990, resultan incapaces de mantener el sistema. Y a falta de una autoridad política transnacional capaz de invertir esa tendencia desintegradora, derivamos hacia el desorden.

  1. Con la única excepción del Este de Asia, cuyos resultados económicos se deben a circunstancias históricas particulares desvinculadas de la mundialización, la fractura Norte-Sur no ha cesado de profundizarse en los últimos veinte años. Al respecto, ver el informe anual de 1999 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). La diferencia de ingresos entre los países más ricos y los países más pobres pasó de 30 a 1 en 1960, a 60 a 1 en 1990, y a 74 a 1 en 1997. Ver también el capítulo 3 del informe de la CEPAL, Globalization and Development, “Inequalities and asymmetries in the global order".
  2. Este historiador de la economía es autor de La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2003, de donde fueron extraídas las citas que figuran en este párrafo.
  3. En su reciente obra Anathomy of fascism (Kopf, Nueva York, 2004), Robert Patxon considera que el fascismo no era antimoderno, sino expresión de otra modernidad.
  4. Con el surgimiento y la implantación duradera de movimientos y de partidos xenófobos de la extrema derecha y, en ciertos casos, de gobiernos populistas de derecha como el de Silvio Berlusconi en Italia.
  5. Giovanni Arrighi, The Long Twentieth Century, Verso, Londres, 1994.
  6. Jürgen Habermas, La paix perpétuelle, le bicentenaire d'une idée kantienne, Les éditions du Cerf, París, 1996.
  7. “Imperialisme: a Useful Category of Historical Analysis?” en Radical History Review, N° 57, Duke University Press, 1993. Ver fundamentalmente el artículo de Carl Parrini, “The age of ultra-imperialism”.
  8. Kees Van Der Pijl, Transnational Classes and International Relations, Ripe Series, Routlege, Londres, 1999.
  9. Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Buenos Aires, Paidós, 2002.
  10. Robert Wade, “The Americain Empire and its Limits”, Destin Working Papers Series, N° 02-22, London School of Economics, 2002.
  11. El liberalismo y la paz se limitaban a Europa. En el resto del mundo la expansión europea se realizaba por medio de la coerción, a través de la conquista colonial.
  12. Stephen Gill, American Hegemony and the Trilateral Commission, Cambridge Studies in International Relations, Cambridge University Press, Londres, 1990.
  13. Condoleezza Rice, “Promoting the National Interest “, Foreign Affairs, Nueva York, enero-febrero 2000, vol. 79, Nº 1.
  14. Bible Belt: se denomina así a la región del sur y centro de Estados Unidos comprendida entre los estados de Texas, Kansas, Virginia y Florida, sede de importantes grupos de fundamentalistas evangélicos. (N. de la R.)
  15. Washington parece haber desarrollado operaciones clandestinas en Irán y en Siria para provocar un cambio de régimen en ambos países. Seymour Hersh, “The coming wars”, New Yorker, 24-1-05.
  16. Tim Weiner, “Air Force urges Bush to deploy space arms”, The New York Times, 19-5-05.
Autor/es Philip S. Golub
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Páginas:20,21,22
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Relaciones internacionales, Mundialización (Economía)