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Viejas recetas, persistente miseria

Temerosa ante el ingreso masivo de inmigrantes ilegales africanos a España, dispuestos a perder su vida en el intento, la Unión Europea presentó el 12-10-05 una “Estrategia para África”. Este plan se inscribe en una larga serie de iniciativas, entre ellas la de la comisión ad hoc presidida por Anthony Blair en 2005. Retomadas por el G8 en julio pasado, las medidas mantienen sin embargo el rumbo económico.

Lograr que la pobreza sólo pertenezca al pasado de África, gracias a un "Plan Marshall moderno": ésta era la ambición declarada por la Cumbre del G8 realizada en Gleneagles (Escocia) entre el 6 y el 8 de julio de 2005. No se había descuidado nada para poner en escena este cambio decisivo. El Primer Ministro británico Anthony Blair, huésped de la Cumbre, recurrió incluso a los servicios de los músicos Bob Geldof y Bono para organizar conciertos gigantes de sensibilización.

Semejante publicidad aparatosa no es nueva: después del lanzamiento del Nuevo Programa para el Desarrollo de África (Nepad) 1 en 2001, florecieron discursos similares. Más aun, los países del G8 adoptaron un plan de acción para África en la cumbre de Kananaskis (Canadá) en 2002, plan que prácticamente quedó como letra muerta. A pesar de las apariencias, la iniciativa de Gleneagles sigue siendo muy ortodoxa y la multiplicación de tales operativos traduce, antes que nada, la voluntad de los países del Norte de continuar dictando los términos del debate sobre el desarrollo, a pesar del evidente fracaso de sus prescripciones 2.

Desde hace varios años Blair se presenta como campeón de la "lucha contra la pobreza" en África. Con esa idea implementó en 2004 una Comisión para África cuyo informe, presentado en febrero de 2005 y titulado "Nuestro interés común", sirvió de base para los trabajos del G8 3. Esta comisión, presidida por el Primer Ministro británico, incluía diecisiete personalidades, entre las cuales estaba el ex director general del Fondo Monetario Internacional (FMI) Michel Camdessus, el presidente de Tanzania Benjamin Mkapa, el ministro sudafricano de Finanzas Trevor Manuel, el primer ministro de Etiopía Meles Zenawi y... Bob Geldof.

Después de algunas frases sin consecuencias del tipo: "La pobreza y el estancamiento de África son las más grandes tragedias de nuestro tiempo", el informe de la Comisión pretende explicar la miseria del continente por medio de un "complejo" haz de factores políticos, estructurales, medioambientales y humanos. Pero presenta a la geografía y al mal gobierno como causas decisivas. Todos los demás factores: conflictos, dependencia de los productos básicos, escasa productividad agrícola, degradación de la educación y del sistema sanitario, peso de la deuda externa, fuga de capitales, deterioro de los términos de intercambio, fuga de cerebros, etc., no tendrían más que un papel secundario.

Este análisis retoma las banalidades habituales expresadas por los "expertos" occidentales, sus sostenedores africanos y las instituciones multilaterales. Minimiza especialmente los factores externos. Así, el papel del entorno internacional (deterioro de los términos de intercambio y fuga de capitales) no se analiza más que de manera técnica y parcial. No se hace ninguna mención de las relaciones de poder que caracterizan las relaciones internacionales y explican el dominio de los países del Norte sobre las instituciones multilaterales mandatarias.

El informe ignora particularmente el papel desempeñado por los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y del FMI en la degradación económica y social del continente 4. Apenas menciona el legado colonial, a pesar de su impacto sobre la "balcanización" del continente. Atribuye enteramente el "mal gobierno" a los africanos, lo que les permite escamotear las consecuencias del sistema neocolonial implementado después de las independencias.

En cambio, la crítica de la génesis de la deuda externa revela una ligera inflexión en el discurso. En efecto, el informe reconoce que "la deuda fue contraída principalmente por dictadores que se enriquecieron gracias al petróleo, los diamantes y los demás recursos de sus países y que, durante la Guerra Fría, gozaron del apoyo de los países que hoy cobran la deuda. Muchos de esos dirigentes han robado miles de millones de dólares... utilizando los sistemas financieros de los países desarrollados".

Ayuda dudosa

Para remediar la pauperización del continente, el informe formula cinco recomendaciones clásicas: instauración de un "buen gobierno", restablecimiento de la paz y la seguridad, desarrollo de los recursos humanos, aceleración del crecimiento económico y aumento de las exportaciones. Con este fin, preconiza una duplicación de la ayuda anual para llevarla a 25.000 millones de dólares de aquí a 2010. En esa fecha se realizará un estado de situación y, si es favorable, se otorgaría un segundo tramo anual de 25.000 millones de dólares, entre 2011 y 2015.

Sin embargo, sin cambios fundamentales en la concepción y la aplicación de la ayuda, la eficacia de esta medida parece dudosa. Según la asociación británica Action Aid (Acción para la Ayuda), los países "donantes" recuperan, con la compra de bienes y los pagos del préstamo, el 90% de la ayuda 5. Además, la ayuda ha servido y continúa sirviendo -como lo muestran varios estudios e informes- a los intereses económicos, políticos y estratégicos de los países donantes 6. Finalmente, la mayoría de los condicionamientos asociados a este apoyo (liberalización de la economía, inserción en la mundialización...) tienden a anular cualquier beneficio potencial, lo que, por otra parte, reconoce la Comisión Blair.

El Reino Unido sugiere financiar este aumento de la ayuda mediante sumas obtenidas en los mercados financieros, gracias a la implementación de la Facilidad de Financiamiento Internacional (FFI). Cada país contribuyente se compromete a pagar, durante quince años, un determinado monto a la FFI a cambio de compromisos económicos reforzados de los países beneficiarios. De esta manera, los flujos financieros de ayuda para el desarrollo serían previsibles y estables. Y la unidad de FFI podría recaudar inmediatamente esa ayuda en los mercados internacionales de capitales con el fin de entregarla a los Estados pobres. Sin embargo, este mecanismo refuerza los condicionamientos económicos que pesan sobre los países del Sur. Y, al concentrarse en el desarrollo, la FFI remite a un segundo plano la reforma del sistema comercial o la creación de los bienes públicos globales 7. El Reino Unido propone explorar otros caminos, como la instauración de impuestos al transporte, sugerida por Francia.

Además del aumento de la ayuda, el G8 preconiza la anulación del 100% de la deuda de algunos Estados, en el marco de la Iniciativa para los Países Pobres muy Endeudados (PPTE, según su sigla en inglés). Pero ésta sólo afecta a dieciocho países sobre los sesenta y dos elegidos por Naciones Unidas en el marco de los Objetivos del Milenio para el Desarrollo (OMD) y está escalonada en cuarenta años. Por esa causa, según Eurodad, una coalición de asociaciones europeas de lucha contra la pobreza, con sede en Bruselas, el valor real de las anulaciones será de 17.000 millones y no de 40.000 millones 8. Además, a cada dólar de deuda anulada le corresponde un dólar menos de ayuda, con lo que la decisión del G8 parece muy insuficiente con relación a los objetivos del Milenio 9.

Pero la condición principal para la anulación de la deuda es la aceleración de las políticas de liberalización y de privatización. Se supone que la parte principal de los recursos para favorecer el desarrollo vendrá del sector privado, razón por la que se pone el acento sobre el "buen gobierno", que debe crear condiciones favorables para las inversiones extranjeras. Retomando una de las recomendaciones de la Comisión Blair, el G8 señala que "la empresa privada es el principal motor del crecimiento y del desarrollo". Ni una palabra sobre el papel del Estado en la redistribución de la riqueza, el acceso a los bienes y servicios de primera necesidad -como el agua y la electricidad- y la lucha contra las desigualdades.

En esta óptica, los países africanos deben liberalizar aun más sus políticas comerciales, apoyándose en el G8, el Banco Mundial y el FMI para construir "la capacidad física, humana e institucional necesaria para el comercio, incluidas las medidas para su facilitación". Estas prescripciones recuerdan aquellas fijadas desde hace veinticinco años por las instituciones multilaterales y los prestamistas financieros. La asociación Chirstian Aid estimó el costo social y económico de estas recetas como extremadamente elevado (en pérdida de empleos, ruina de las pequeñas empresas, etc.): así, desde 1985, la liberalización del comercio le habría hecho perder a los países africanos 270.000 millones de dólares.

El G8 evita cuidadosamente abordar la cuestión de los subsidios agrícolas en los países ricos que, sin embargo, explican parcialmente la pobreza en los países africanos. En 2002, por ejemplo, los subsidios masivos otorgados por Estados Unidos a sus 25.000 productores de algodón hicieron caer un 25% el precio del algodón en el mercado mundial y le costaron unos 300 millones de dólares en ingresos por exportaciones a Benín, Burkina Fasso y Malí, tres países clasificados entre los menos desarrollados. Sin embargo, la Comisión Blair observa que un incremento del 1% en las exportaciones africanas llevaría su valor anual a 70.000 millones de dólares, o sea más de cuatro veces el monto de la ayuda pública para el desarrollo.

Preocupaciones geoestratégicas

Una de las originalidades, si no la única, del informe de la Comisión para África, magníficamente ignorada por el G8, es el llamado que se lanzó para la repatriación de los fondos sustraídos a los pueblos africanos por los regímenes no democráticos, que están depositados en los países desarrollados. Según el informe, esos fondos se elevarían a más de la mitad del monto de la deuda externa del continente, o sea cientos de miles de millones de dólares. La implementación de esta medida por el gobierno de Blair sería, por otra parte, una buena prueba de la sinceridad del Primer Ministro británico, el "campeón de la lucha contra la pobreza" en África.

En realidad, la voluntad que ha mostrado el G8 de luchar contra la pobreza enmascara objetivos económicos y preocupaciones geoestratégicas. El control de los enormes recursos naturales que abundan en África podría conferirle una ventaja considerable en la guerra económica que mantienen los países occidentales. Como lo deja entender la Comisión Blair, "a medida que el mundo cambie y se desarrolle, es probable que los vastos recursos naturales de África sigan siendo vitales para la prosperidad del mundo". Ahora mismo, con el pretexto de la lucha contra el terrorismo, Estados Unidos ha emprendido la "securización" de los países africanos ricos en petróleo.

Paralelamente, Washington y la Unión Europea aumentan su presión comercial y económica en el continente. En 2000, Washington implementó un instrumento de penetración de las economías africanas, el African Growth and Opportunity Act (AGOA, Ley de Crecimiento y Oportunidades para África), que tiene como objetivo levantar todas las barreras tarifarias y no tarifarias relativas a los productos estadounidenses. La Unión Europea, por su lado, quiere imponer a África acuerdos de "libre cambio", conocidos con el nombre de Acuerdos de Asociación Económica (APE, según su sigla en francés) 10.

Pero Estados Unidos y el Reino Unido han comprendido también que una África "pobre", con Estados en quiebra, constituiría un terreno fértil o un santuario para los grupos terroristas. Así, uno de los autores de los atentados fallidos del 21 de julio de 2005 en Londres fue detenido en Zambia. George W. Bush, mencionado en el informe de la Comisión Blair, no oculta esta preocupación: "La pobreza y la opresión persistentes pueden terminar en un sentimiento de impotencia y de desesperación. Y cuando los gobiernos no responden a las necesidades más elementales de sus ciudadanos, esos Estados en situación de fracaso pueden convertirse en refugios para los terroristas...".

A pesar del alboroto mediático y de las esperanzas levantadas antes de la Cumbre del G8, ésta terminó en un fracaso. Y con razón: ¿cómo puede hacerse de cuenta que la pobreza sólo pertenece al pasado, sin enterrar también las políticas y las instituciones que crean y expanden la pobreza en el planeta? 

  1. Tom Amadou Seck, "Espejismos de la estrategia africana", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, noviembre de 2004.
  2. International South Group Network, L'intervention du FMI et de la Banque mondiale en Afrique. De l'échec des programmes d'ajustement au fiasco de l'initiative PPTE, Quezon (Filipinas), junio de 2005.
  3. Comisión para África, Notre intérêt commun, febrero de 2005: www.commissionforafrica.org.
  4. The economics of failure: the real costs of "free" trade for poor countries. A Christian Aid briefing paper, Londres, junio de 2005: www.christianaid.org.uk.
  5. Real Aid: An Agenda for Making Aid Work, mayo de 2005: www.actionaid.org.uk.
  6. David Sogge, "La trampa de la ayuda internacional", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, septiembre de 2004.
  7. www.hcci.gouv.fr/lecture/fiches/fi07.html#32
  8. Détails machiavéliques: les implications de la proposition du G7 sur la dette. Briefing d'Eurodad aux ONG, Bruselas, 14-6-05: www.eurodad.org.
  9. Centro Nacional de Cooperación para el Desarrollo, "Ce qu'il faut comprendre de la décision du G8", Bruselas, 30-7-05.
  10. Raoul-Marc Jennar, "Poscolonialismo de la Unión Europea", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, febrero de 2005.
Autor/es Demba Moussa Dembélé
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 77 - Noviembre 2005
Páginas:18,19
Traducción Lucía Vera
Temas Política, Justicia Internacional, Unión Europea