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Las nuevas fronteras del continente africano

Tres grandes figuras territoriales emergentes: los extremos norte y sur del continente, la diagonal que limita las zonas de guerra del Cuerno de Africa, la zona de los Grandes Lagos y el Congo, y las nuevas formas de explotación del petróleo, los bosques y los diamantes, son las grandes líneas de recomposición de las fronteras del continente africano, donde la guerra y el aborto de los proyectos democráticos generan formas de soberanía exteriores a los Estados.

Durante los dos últimos siglos, las fronteras visibles -materiales o simbólicas, históricas o naturales- de África, no dejaron de estirarse y contraerse. A la vez, se han desarrollado formas inéditas e inesperadas de territorialidad, cuyos bordes no coinciden necesariamente con los límites oficiales, las normas o los idiomas de los Estados. Pero el discurso que supuestamente debe dar cuenta de esas transformaciones, paradójicamente las oculta.

Dos tesis esenciales se ignoran mutuamente. Por una parte, prevalece la idea de que las fronteras de los Estados africanos son creaciones coloniales. Por otra, se pretende que se estaría produciendo una suerte de integración regional "por abajo", al margen de las instituciones, a través de solidaridades socio-culturales y de redes mercantiles que atraviesan las fronteras. Ambos puntos de vista se apoyan en una visión simplista de la idea de frontera en la historia africana y en un error sobre la naturaleza de las fronteras coloniales propiamente dichas.

En efecto, en el marco del ghetto estratégico en que se convirtió África en la posguerra fría, se está produciendo una disposición espacial diferente, a la vez que se instaura una nueva realidad geopolítica. Esa trayectoria se sitúa parcialmente en la continuidad de los grandes movimientos de destrucción y de reconstrucción del Estado ocurridos en el siglo XIX (a veces, hasta se producen directamente en los mismos espacios que en el siglo pasado). Pero se insertan allí dinámicas introducidas por la colonización, y en lo fundamental renovadas por los regímenes independientes. A través de las guerras y del aborto de los proyectos democráticos, esa maraña de dinámicas provoca una "salida del Estado", es decir, el surgimiento de formas de soberanía y de regulación política y social, exteriores al Estado.

Extremos del continente

De esas diferentes líneas emergerán tres figuras territoriales principales. La primera, es la de los dos extremos del continente: en el marco de la reorganización del mundo, África del Norte está actualmente dividida por presiones paralelas. Una parte de esa zona se ve atraída por el Mediterráneo, y por lo tanto -sin adoptar necesariamente sus valores culturales- trata de anclar su futuro económico en Europa Occidental. Otra parte mira hacia los lugares del pasado islámico, hacia el Cercano Oriente. La identidad africana de esos países del Magreb y del Machrek es problemática, tanto a ojos de los demás africanos, como para los propios países concernidos.

Al definir a la población norafricana únicamente a partir de su arabismo, se borra la parte "criolla" de esa región, bien reflejada en todas las historias locales anteriores a la llegada de los árabes y del Islam. Al sur del Sahara, la influencia musulmana norafricana compite cada vez más con el activismo saudita e iraní. Ambos países están presentes en terrenos tan variados como la formación de los intelectuales islamitas, la socialización de los predicadores, la construcción de mezquitas, o el financiamiento de obras de caridad y de diversas fundaciones. Aunque en retroceso, la presencia marroquí aún se hace sentir, principalmente en el África musulmana del Oeste: Malí, Senegal1.

Las redes que unen el resto del continente con el mundo del Cercano Oriente están sin embargo controladas por una diáspora libanesa establecida desde hace mucho en los principales centros de África occidental2. Pero en momentos en que África del Norte se desconecta del resto del continente, en los bordes del desierto del Sahara se produce una "desterritorialización", que abarca en el mismo movimiento de erosión de las soberanías tanto el norte del continente como el África negra propiamente dicha. De ambos lados del desierto, una amplia frontera de geometría variable genera espacios móviles, que van desde el confín de Argelia hasta las regiones de Borku, Ennedi y Tibesti (en el norte del Chad) y a las puertas occidentales de Sudán. En ese vasto espacio, las lógicas de segmentación se combinan con las lógicas de los clanes y de los intercambios3.

En este área la población se caracteriza por un mestizaje secular, hábitos itinerantes y una aculturación recíproca que convoca, sin orden preciso, diferentes registros de identidad. Recorrido por actores tanto estatales como no-estatales, nómades, comerciantes y aventureros y estructurado por una verdadera cadena de señoríos de tipo feudal, ese espacio está fuertemente marcado por una cultura de la razzia y del botín. Aquí, más que en otras zonas, la forma de territorialidad es itinerante y nomádica.

El otro extremo del continente está constituido por Sudáfrica, cuya frontera virtual se extiende desde Ciudad del Cabo hasta Katanga (en el sur de la República Democrática del Congo, RDC). Pero ese país multirracial está a su vez fragmentado en varios mundos. De un lado, gracias a una diplomacia económica activa, logró poner fin al apartheid e intensificar sus relaciones con Asia. Esto último merced a un notable aumento de las inversiones y del comercio con Japón, Malasia, Corea del Sur, China, Taiwan, Hong Kong y la India. La inserción sudafricana en Asia corre pareja con el fortalecimiento de las relaciones con la Unión Europea y hasta con Estados Unidos. La consolidación de las corrientes financieras y comerciales con el resto de África prosigue a ritmos diversos.

En el África austral, Pretoria aprovecha la debilidad institucional de los Estados vecinos para establecer con ellos relaciones asimétricas, a tal punto que, gracias a los flujos de inversiones y a las redes de intercambio regional, Suazilandia, Lesotho y Mozambique se están convirtiendo en parte integrante de sus provincias4. Por medio de una política de desarrollo del transporte y de las vías marítimas (puertos de Maputo, Beira y Nacala), coordinada con sus exportaciones de bienes y de servicios, Sudáfrica está transformando a los Estados enclaves en mercados cautivos. En el resto de África, el sector privado sudafricano invierte en terrenos tan variados como el turismo, la explotación minera, el transporte, la electricidad, la banca o las fábricas de cerveza.

Pero la influencia política, diplomática y cultural de Sudáfrica es desproporcionada respecto de su poder económico real, que, por otra parte, es relativo. En efecto, el país está muy expuesto a los sobresaltos financieros mundiales. Además, no deja de agudizarse la tensión entre las decisiones macroeconómicas destinadas a atraer los capitales extranjeros, y una política de mejoramiento social. La posición de Pretoria respecto del continente sigue estando marcada por una gran ambigüedad, y las modalidades de su reintegración al mismo son aún imprecisas. Sus decisiones en política regional y comercial generan la enérgica oposición de los Estados de la antigua "Línea del Frente", especialmente Angola y Zimbabwe.

Zonas de Guerra

Mientras la diplomacia sudafricana se estanca al ignorar la realidad del resto del continente, los medios de negocios, en particular las sociedades mineras, extienden sus tentáculos hasta Malí, Ghana y Guinea. Lo mismo ocurre con las empresas de seguridad5. El comercio de armas -oficial y extraoficial- continúa a ritmo frenético. La llegada de inmigrantes, legales o no, está produciendo un gran aumento de la xenofobia6. Con la esperanza de poner fin a la inmigración transregional, cuya meta principal es Sudáfrica, las autoridades recurren ahora a expulsiones sistemáticas y hasta han formado unidades especiales de la policía para perseguir a los clandestinos, fundamentalmente a los africanos7.

La segunda figura territorial importante del continente es una diagonal que une las zonas de guerra: el Cuerno de África, los Grandes Lagos y el Congo. Esa diagonal desemboca en el Atlántico, pasando por Angola y por el Congo-Brazzaville. En continuidad con los movimientos del siglo XIX y bajo la máscara de los Estados autoritarios heredados de la colonización, la fragmentación del poder siguió avanzando en el curso de los últimos veinte años. La relación entre el aparato estatal central y las personas que éste administra no ha cesado de debilitarse. Paralelamente, en Ruanda, Uganda y Burundi y en menor medida en Etiopía y en Eritrea, han surgido "principados militares".

Una de las características de esos regímenes es el recurrente recurso a la fuerza para concretar sus estrategias políticas, internas y externas. Llegados al poder por la violencia, al verse enfrentados a desórdenes internos tratan de calmar sus obsesiones de seguridad por dos medios: por una parte, formando en su derredor murallas contra los grupos previamente excluidos por la fuerza; por otra, extendiéndose fuera de su territorio, fundamentalmente sobre los países vecinos con estructuras estatales frágiles e inestables, como la RDC.

Incapaces de colonizar ese Estado continental cuyas estructuras se han vuelto "informales" -cuando no delicuescentes-, incapaces incluso de conquistarlo pura y simplemente, esos principados militares se alían a sus propias diásporas, instaladas allí desde hace mucho tiempo, pero cuya ciudadanía es cuestionada. A continuación, se procuran los servicios de "rebeldes", de disidentes y de cualquier tipo de individuos útiles, a todos los cuales utilizan para disfrazar su intervención.

Compuestas de extranjeros "familiares" (pero cuya asimilación al seno de la población autóctona no es total, como ocurre con los tutsis del Congo) y de nativos del país (indisciplinados y desgarrados por incesantes luchas entre fracciones), esos ejércitos de adolescentes mercenarios se transforman en entidades paraestatales dentro de los territorios que logran controlar. Tal es el caso en el Este del Congo, donde el estado de descomposición del país y los consecuentes problemas de seguridad generados por la porosidad de las fronteras permitieron la instalación de bases de retaguardia, a partir de las que grupos armados opuestos a Uganda, Ruanda y Burundi desarrollan acciones de desestabilización8.

A veces, esas guerras culminan con la victoria de una de las fracciones. Pero esos triunfos son casi siempre provisorios y el ciclo de violencia se renueva cada vez con mayor intensidad. En otros casos, esas luchas han tenido como consecuencia la desaparición misma de Estados heredados de la colonización, como en Somalia. En otros casos, ninguna de las partes logra imponerse de manera decisiva y la guerra se prolonga forzando la implicación de organizaciones humanitarias, cuya presencia contribuye a confundir aún más los mecanismos de la soberanías nacionales9.

Así asistimos al nacimiento progresivo de formaciones sociales donde la guerra -y la organización para la guerra- tienden a transformarse en funciones regulares. En tales condiciones, el conflicto armado no se desarrolla únicamente para defender un territorio considerado insuficiente (como en el caso de Ruanda), sino que ocupa todo el campo social y político. A partir de entonces, la guerra juega un papel de diferenciación a escala regional, en un puro proceso de reproducción y destrucción, como prueban tanto los ciclos de masacres y carnicerías humanas, como los saqueos y el bandolerismo (según el modelo de las razzias del siglo XIX).

La tercera gran figura territorial emerge en el contexto de una internacionalización del comercio y de las nuevas formas de explotación del subsuelo. En ese aspecto se distinguen tres recursos: el petróleo, los bosques y los diamantes. El petróleo está generando una economía ultramarina, cuyo centro de gravedad es ahora el golfo de Guinea, que en un sentido más extenso implica un largo frente marítimo, que va desde Nigeria hasta Angola. El territorio que se extiende frente a esas costas se caracteriza por la explotación forestal del interior cercano y de zonas continentales periféricas (la cuenca del lago Chad constituye la base). En la geopolítica mundial de los hidrocarburos, esta zona se ha convertido en un lugar de imbricación de factores transnacionales y locales, provocando importantes recomposiciones.

Nuevos campos petrolíferos

Dos factores las han generado. De un lado, en los años ´80, los Estados del golfo de Guinea otorgaron importantes concesiones a varias firmas occidentales de explotación petrolera. Mientras que hasta comienzos de esa década sólo tres compañías dominaban la región (Shell, Agip y Elf), hoy en día existen allí más de veinte firmas con permisos de explotación (entre ellas Chevron, Texaco, Total-Fina, Norsk Hydro, Statoil, Perenco y Amoco). Importantes inversiones, junto a la introducción de nuevas tecnologías de extracción, permitieron el hallazgo y la explotación de nuevos campos petrolíferos, algunos de ellos gigantescos (como los de Dalia, Kuito, Landana y Girassol, en Angola; Nkossa, Kitina y Moho, en el Congo; Zafiro, en Guinea Ecuatorial, y Bonga, en Nigeria), al igual que la extensión de los perímetros de los campos ya existentes. Este es fundamentalmente el caso del off shore profundo (zonas donde la profundidad del agua supera los 200 a 300 metros).

Por otra parte, la nueva frontera petrolífera coincide, paradójicamente, con una de las fronteras más marcadas de la disolución del Estado en África. Al respecto, resultan sintomáticas las situaciones de Nigeria, de Angola y del Congo-Brazzaville. Los profundos movimientos de "desterritorialización" que afectan al África toman un carácter inédito en Nigeria. Ante la uniformización puramente formal de un Estado federal, domina allí una imbricación de formas de control y de regulación que el indirect rule británico ya había alentado anteriormente.

En efecto, el espacio nacional es objeto de una superposición de localidades y de divisiones internas, históricas o institucionales y hasta culturales y territoriales. Sobre cada localidad pesan diversas jurisdicciones: la estatal, la tradicional y la religiosa. Un entrecruzamiento de "países" y de "comunidades" yuxtapone diferentes órdenes, cuya coexistencia se ve perturbada por una multiplicación de conflictos locales. La mayoría de esos conflictos se expresa bajo la forma de una oposición entre poblaciones autóctonas y poblaciones alógenas, pues la ciudadanía está concebida en términos étnicos y territoriales y el goce de lo que serían los derechos cívicos se desprende del principio de pertenencia a una etnia y a una localidad.

La disolución del Estado tiene lugar en dos direcciones aparentemente opuestas. Por una parte, se entrecruzan varias formas de territorialidad que se enfrentan, se alternan, dando lugar a un conglomerado de fuerzas endógenas que se disipan y se neutralizan mutuamente. Por otra, la imaginación autoritaria adopta múltiples formas, fundamentalmente la de una institución militar paranoica y la de una cultura de la trampa. Una sucesión de conflictos desgarran las regiones que sirven de epicentro a la producción petrolífera. Sin adoptar la forma de las guerras clásicas, enfrentan entre sí a diversas comunidades en el seno del mismo país, en regiones famosas por sus riquezas minerales y por la intensidad de la explotación de uno o de varios recursos naturales por parte de empresas multinacionales.

Tal es el caso de la región del Delta, laberinto de islas, pantanos y selvas donde, sobre un fondo de catástrofe ecológica, se enfrentan entre sí los Ogoni, los Ijaw, los Itsekiri y los Urhobo y cada uno de ellos por separado al Estado federal nigeriano y a las empresas petroleras10. Grupos de jóvenes armados atacan las instalaciones, sabotean los oleoductos o cierran sus válvulas. A la vez, son corrientes las masacres en el marco de conflictos de baja intensidad, pero con gran costo en vidas humanas. Sin embargo, el carácter off shore de una parte importante de la explotación petrolera tiene como consecuencia que desórdenes y beneficios, lejos de ser incompatibles, se complementen y se refuercen recíprocamente.

En el caso de Angola, domina el modelo de la partición y de la disidencia. Se difuminan las fronteras de la soberanía del Estado. Una parte del territorio está bajo el control del gobierno, y otra parte en manos de la disidencia armada. Cada zona posee sus propios derechos y franquicias, y administra de manera autónoma sus intereses diplomáticos, comerciales, financieros y militares. En ese modelo de partición, una primera delimitación opone las ciudades a las zonas rurales. La UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola, guerrilla opositora) controla una importante zona campesina y, temporariamente, algunas ciudades de las mesetas de Andula y de Bailundo. Domina además el valle del Cuango y las cercanías de la provincia de Lunda.

Una de sus principales tácticas consiste en sembrar el terror en las zonas rurales, vaciándolas así de la población inutilizable, que termina hacinándose en los centros urbanos. Las fuerzas de la UNITA rodean entonces dichos centros y los bombardean11. La explotación del diamante se realiza con mineros reclutados tanto de manera local como provenientes del Congo-Zaire vecino. En 1996 había cerca de cien mil mineros trabajando en los yacimientos bajo control de la UNITA, sólo tomando en cuenta la explotación existente en el valle del Cuango. Ese control se extendía a la región de Mavinga y a ciertas partes de la provincia de Kuanza Sur. En las zonas controladas por el gobierno angoleño, la conscripción tiene lugar en las ciudades, pero los conscriptos son llevados a combatir en las zonas rurales.

Tanto del lado del gobierno como de los rebeldes, los salarios y las recompensas se pagan en especies, que tienen fácil salida en el mercado local, en particular por medio de traficantes más o menos especializados en el aprovisionamiento de ejércitos y en la comercialización de botines. El tesoro de guerra está formado por metales amonedados o negociables y por materias primas: ambas partes explotan minas auríferas y diamantíferas o yacimientos petrolíferos, casi todos embargados.

El Congo desmembrado

Aunque con algunos aspectos similares al caso angoleño, la partición de hecho de la RDC es diferente. Hace tiempo ya que el Estado congoleño se transformó en una satrapía informal12, pero luego lo conquistaron personeros armados por países vecinos. En el contexto de una política de reconstrucción de sus propios Estados nacionales, los regímenes de Ruanda, de Burundi y de Uganda, se esfuerzan por modificar la realidad regional según una lógica tridimensional que apunta, en primer lugar, a debilitar de manera durable al Estado (fantasma) del Congo, esfumando su soberanía sobre importantes regiones de su territorio. Luego, tiende a desmembrar el espacio congoleño, formando feudos económicos diferenciados, cada uno de los cuales encierra riquezas específicas (minerales, bosques, plantaciones, etc.) que son explotadas por medio del acaparamiento y de diversas franquicias. Por último, se procura instrumentar el desorden así creado, aprovechando la fragmentación social y la descomposición de las fuerzas políticas locales, para imponer una tutela informal sobre esas regiones13. Como consecuencia, los conflictos locales y regionales se enmarañan, mientras un sin fin de guerras oponen facciones, etnias y linajes en el interior de un marco regional.

El Congo, contrariamente a los otros tres países africanos del mismo tamaño (Sudáfrica, Nigeria y Sudán) presenta ahora el aspecto de un amplio espacio abierto, extendido a varios Estados, descuartizado por una multitud de fuerzas, cuyo poder central apenas logra dominar su territorio. A la deformación del Estado responde el estallido interno. Una parte del territorio mira hacia África austral; otra disipó sus energías en los desórdenes de los Grandes Lagos; una tercera se inclina cada vez más hacia un eje con Sudán-Oubangui-Chari; mientras que un corredor se orienta hacia el Atlántico y hacia los antiguos territorios Kongo. Con un telón de fondo de violencia armada, de fuerte depreciación de las monedas y de diversos tráficos, se crean y se rompen alianzas de contornos cambiantes. Efímeras coaliciones surgen a escala regional, pero ninguna fuerza acumula suficiente poder como para dominar de manera duradera a todas las demás. Por todos lados aparecen líneas de fuga, que a su vez crean una inestabilidad estructural y hacen del Congo Kinshasa el ejemplo perfecto de un proceso de deslocalización de las fronteras.

La extra territorialización

El Congo-Brazzaville, en cambio, es un ejemplo de extra territorialización. Allí el modelo no es el de la partición propiamente dicha, sino el del torbellino. Esos torbellinos son cíclicos y tienen por epicentro la capital, Brazzaville. Situada en el interior del país, esa ciudad tiene su centro de gravedad fuera de ella, en la relación que el Estado mantiene con las empresas petroleras que operan en alta mar. El asiento material del Estado está formado, fundamentalmente, por bienes embargados. Fuera de esa estructura exangüe y gelatinosa predominan las zonas mal controladas, a la vez que bandas y milicias tratan -armas en mano- de transformarse en verdaderos cuerpos de guerra. Procuran así controlar falsos feudos y capturar lo que queda de los flujos (dinero, mercancías, pequeños bienes materiales) por medio de pillajes organizados14. En esa geografía en génesis, hecha de límites virtuales, de límites potenciales y de límites reales, emergen otras tres configuraciones. Se trata, en primer término, de regiones enteras que, repentinamente, se hallan al borde de las grandes figuras territoriales evocadas más arriba. Es el caso de los países del África sudano-saheliana, región que ahora forma parte de los confines del África real, compuesta de pequeños Estados conformados a partir de la diferenciación entre tierras boscosas y sabanas.

En esta zona, la guerra, la tradición de venta ambulante y la propagación de la fe musulmana, junto a antiguas migraciones, dieron lugar durante todo el siglo XIX a una formidable mezcla de pueblos. En el marco del África Occidental Francesa (AOF) la colonización había dado un nuevo impulso a esos desplazamientos humanos, acentuando las líneas de separación entre las sociedades de la costa y las del interior. En este fin de siglo se puede asistir a un movimiento de contracción en torno de las grandes metrópolis atlánticas africanas, que dominan un interior cuyos límites se sitúan muchas veces más allá de las fronteras oficiales (como en los casos de Abidjan y Dakar).

Hoy en día, la polarización entre los países de la sabana y los de la costa adopta características inéditas. Una amalgama de pueblos del interior reinventa sus identidades bajo la bandera del Islam. Organizados en poderosas redes dispersas en los centros urbanos, apoyados en comunidades de las diásporas establecidas en toda la subregión, esos pueblos han podido constituir fortunas, muchas veces al margen del aparato estatal. Su multiplicación en la subregión y sus tentativas de convertir su poder mercantilista en poder político en el marco del multipartidismo ha acentuado los debates sobre las relaciones entre ciudadanía y "autoctonía". Ese es principalmente el caso de Costa de Marfil, donde la fuerte presencia de extranjeros provoca un aumento de la xenofobia y de un ultranacionalismo impregnado de racismo. En otro plano, se asiste a la emergencia de ciudades-depósito o de Estados-depósito (como Gambia; o Touba, en Senegal) a partir de los cuales se tejen redes y se organizan tráficos con ramificaciones regionales e internacionales.

Por último, de Senegal a Liberia, la región está atravesada por puntos de fijación de conflictos, aparentemente localizados, pero cuyas causas y consecuencias se articulan con estructuras sociales y con historias transregionales. Así ocurre en Casamance, en Guinea-Bissau, en Sierra Leona y en Liberia. Esos conflictos tienen evidentes repercusiones en Guinea-Conakri, en Senegal, en Gambia y en Costa de Marfil. Las dinámicas sociales en la subregión están marcadas por los acontecimientos ocurridos durante el siglo XIX. Por entonces, una expansión migratoria del pueblo peule15, del oeste hacia el este y luego hacia el sur, desató varias revoluciones marabúticas16 de alcance regional17. Los Países de los Ríos estaban entonces, como actualmente, ocupados por comunidades humanas con estructuras de poder muy dispersas, pero que habían logrado transformarse en intermediarios comerciales. Cumplían ese papel entre los representantes de las compañías marítimas y las poblaciones del interior. El avance peule hacia el sur perseguía el control del tráfico de esclavos, de fusiles, de ganado y de granos y fue detenido por la colonización. Las estructuras de poder que se cristalizaron durante ese largo siglo son objeto de un cuestionamiento que abre el terreno a numerosos conflictos de consecuencias subregionales.

Vienen luego grandes sectores de territorio que, bajo el efecto de políticas internacionales de conservación, escapan por lo tanto a la soberanía de los Estados afectados. No se trata solamente de políticas espaciales que, con el pretexto de preservar especies en vías de desaparición, reproducen de manera coercitiva el imaginario occidental18. Administradas por las organizaciones ecologistas internacionales según el modelo de las capitaciones, esos territorios gozan de facto de un verdadero estatuto de extra-territorialidad. Por otra parte, el desarrollo del turismo genera casi siempre la instalación de parques de atracciones y de cotos de caza.

Finalmente, están las islas. Situadas en los márgenes del continente, todas se hallan unidas a una multiplicidad de mundos de los que obtienen lo principal de sus recursos. En tal sentido, esas islas constituyen verdaderos puntos de cruce. Así, por su historia, Zanzíbar se halla en la intersección del África propiamente dicha, del Asia y del mundo árabe. Lo mismo ocurre con la isla Mauricio, en la confluencia de varias civilizaciones. Lugar privilegiado de la esclavitud, las islas conforman generalmente sociedades muy estratificadas y están casi siempre firmemente vinculadas a alguna metrópolis de la costa. En el seno de esos espacios estructurados por redes familiares y diaspóricas, circulan hombres, mujeres y mercancías. Allí también nace una cultura africana marcada por el cosmopolitismo y la "criollidad".

La experiencia africana muestra que en la era de la mundialización, la domesticación del tiempo mundial exige la deconstrucción violenta de los marcos territoriales existentes, la amputación de las fronteras convenidas y la creación simultánea de espacios inestables y de espacios de encierro, destinados a limitar la movilidad de las poblaciones consideradas superfluas. En regiones del mundo situadas al margen de los grandes cambios tecnológicos contemporáneos, la deconstrucción material de los marcos territoriales existentes corre paralela a la instauración de una economía de la coacción, cuyo objetivo es la destrucción pura y simple de las poblaciones superfluas y la explotación de los recursos en estado primario. El funcionamiento de semejante economía y su viabilidad están subordinados a la manera en que funciona la ley de repartición de armas en las sociedades consideradas. En tales condiciones, la guerra, en tanto que economía general, no enfrenta necesariamente entre sí a quienes poseen las armas sino, preferentemente, a quienes poseen las armas y a quienes carecen de ellas.

  1. Yahia Abou El Farah, La présence marocaine en Afrique de l'Ouest: cas du Senégal, du Mali et de la Côte d'Ivoire, Publicaciones del Instituto de Estudios Africanos, Universidad Mohammed V, Rabat, 1997.
  2. C.Bierwirth, "The Lebanese Communities of Côte d'Ivoire", African Affairs, Nº 99, Londres, 1998.
  3. Karine Bennafla, "Entre Afrique noire et monde arabe: nouvelles tendances des échanges informels tchadiens", Tiers-Monde, Nº 152, PUF, París, 1997.
  4. M. O. Blanc, "Le corridor de Maputo", Afrique contemporaine, Nº 184, La Documentation Française, París, 1997.
  5. L. Mazure, "Lucrative reconversion des mercenaires sudafricains", y F. Misser y O. Vallée, "Les nouveaux acteurs du secteur minier africain", Le Monde diplomatique, octubre de 1996 y mayo de 1998.
  6. Denis Kadima, "Congolese Immigrants in South Africa", Bulletin du Codesria, Nº 1-2, Dakar, 1999.
  7. Antoine Bouillon (dirigido por), Immigration africaine en Afrique du Sud. Les migrants francophones des années 90, Karthala, París, 1998.
  8. René Lemarchand, "Patterns of State Collapse and Reconstruction in Central Africa: Reflections on the Crisis in the Great Lakes Region", Afrika Spectrum, Hamburgo, 1997.
  9. M. Duffield, "NGO Relief in War Zones: Towards an Analysis of the New Aid Paradigm", Third World Quarterly, Hants, 1997.
  10. Eghosa E. Osaghae, "The Ogoni Uprising: Oil Politics, Minority Nationalism, and the Future of the Nigerian State", African Affairs, Nº 94 y 376, Londres, 1995.
  11. Augusta Conchiglia, "Cuisant échec des Nations unies en Angola", Le Monde diplomatique, junio de 1999.
  12. Provincia dirigida por un sátrapa, personaje que lleva una vida fastuosa y que ejerce una autoridad despótica (antigua Persia).
  13. C. Braeckman, "La République démocratique du Congo dépecée par ses voisins". También Mwayila Tshiyembé, "Ambitions rivales dans l'Afrique des Grands Lacs", Le Monde diplomatique, respectivamente octubre y enero de 1999.
  14. Elisabeth Dorier-Apprill, "Guerres des milices et fragmentation urbaine à Brazzaville", Hérodote, Nº 86-87, La Découverte, París, 1997.
  15. Los peules, o foulbés, son pueblos de pastores nómades que vivían en las sabanas africanas, desde Senegal hasta Camerún, actualmente sedentarizados.
  16. Marabout (en francés): miembro de ciertas comunidades africanas musulmanas, que goza por herencia de una influencia espiritual sobre la población.
  17. B. Barry, La Sénégambie, L'Harmattan, París, 1986.
  18. R. P. Neumann, "Primitive Ideas: Protected Area Buffer Zones and the Politics of Land in Africa", Development and Change, La Haya, 1997.
Autor/es Achille Mbembe
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 5 - Noviembre 1999
Páginas:14, 15, 16
Traducción Carlos Zito
Temas Conflictos Armados, Genocidio, Minorías, Deuda Externa, Estado (Política), Geopolítica, Migraciones
Países Estados Unidos, Angola, Argelia, Burundi, Camerún, Chad, Congo, Eritrea, Etiopía, Gambia, Ghana, Guinea, Lesotho, Liberia, Malí, Islas Mauricio, Mozambique, Nigeria, Ruanda, Senegal, Somalia, Sudáfrica, Sudán, Uganda, Zaire, Zimbabwe, China, Corea del Sur, India, Japón, Malasia