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Tomar distancia de los centros de dominación

Los grandes movimientos especulativos mundiales parecen acercarse a su techo, habiendo comprometido incluso la economía de los países desarrollados, cuya tendencia recesiva de conjunto se acentúa. Los países de la periferia deben tratar de alejarse de una tendencia que no controlan y los precipita al abismo.

En junio pasado los gobiernos del G-7 anunciaron solemnemente su decisión de perdonar una pequeña porción de la deuda externa de algunos países pobres (ver págs. 2 y 3). Una simple reducción de las sobretasas de interés, llevándolas a los niveles del Primer Mundo, implicaría un alivio muy superior, pero eso significaría quebrar la lógica de explotación que está en la base del actual sistema internacional: sólo en 1998 el total de servicios abonados llegó a los 296 mil millones de dólares (más de cuatro veces el monto "perdonado" ) y el pago de intereses alcanzó los 125 mil millones de dólares1. Durante el período 1990-1998 el total de la deuda de la periferia pasó de 1,473 billones a 2,465 billones de dólares, es decir un aumento de casi un billón de dólares. Los pagos de los servicios de la misma sumaron 1,947 billones de dólares.

La deuda periférica crece y el proceso empuja hacia numerosas crisis de endeudamiento, como ya ocurrió con varias economías "emergentes" : Asia del Este en 1997, Rusia en 1998, Brasil a comienzos de 1999 y probablemente Argentina en un futuro próximo. El caso latinoamericano es ilustrativo. En los años 70, en la época de los "petrodólares" , un enorme flujo de préstamos se volcó hacia la región y la deuda pasó de 79 mil millones de dólares en 1975 a cerca de 370 mil millones en 1982, cuando estalló la crisis en México2. El estancamiento económico posterior no impidió que la tendencia continuara: según el Banco Mundial (BM) en 1990 el endeudamiento llegaba a los 435 mil millones. Aunque el ritmo se había moderado, el endeudamiento fue lo suficientemente alto como para obligar a muchos países a rematar sus empresas públicas, que pasaron a ser controladas por un círculo restringido de grupos financieros occidentales.

Pero tampoco esto detuvo la carrera: a fines de 1998 la deuda latinoamericana llegaba a los 736 mil millones y todo hace suponer que la región ingresará al próximo milenio con obligaciones externas superiores a los 750 mil millones de dólares. Esa cifra colosal bloquea las inversiones productivas, deprime los mercados internos y condena a la región a una prolongada recesión, porque una parte sustancial de los ingresos de sus habitantes es destinada al pago de los préstamos.

Si el endeudamiento de los años 70 fue alentado por la posibilidad de utilizar fondos internacionales para implementar grandes proyectos de desarrollo, la fantasía de los 90 fue la sobreabundancia de capitales dispuestos a volcarse en las economías emergentes; la globalización que el neoliberalismo describía como el ingreso a una era de prosperidad universal indefinida. Pero las sociedades latinoamericanas, que venían de sufrir graves deterioros en los 80, se degradaron aún más, sus mercados internos se bloquearon víctimas de la concentración de ingresos y de la exclusión social, los programas de estabilidad aplicados en casi todos los países se apoyaron en privatizaciones y aperturas comerciales que destruyeron los tejidos productivos y eternizaron los déficits fiscales, transformando las economías en sistemas de importación y endeudamiento.

Pero aunque la mayor parte de la periferia se encuentra por esas causas instalada en la recesión, sería erróneo imaginar la consolidación de un nuevo orden mundial liderado por el capital financiero y los gobiernos del G-7. En realidad el mundo enfrenta síntomas cada vez más agudos de desorden, de entropía global, cuyo telón de fondo es un proceso de enfriamiento económico que no sólo ha atrapado al mundo subdesarrollado: también a Japón y va envolviendo a la Unión Europea. Sólo Estados Unidos continúa creciendo, pero sobre la base de una euforia consumista apoyada en la especulación financiera, que no podrán prolongarse indefinidamente (ver gráfico "G7, desaceleración… ").

La telaraña financiera es una trama planetaria, que también ha logrado atrapar a los países desarrollados. La dominación del capitalismo financiero no es un hecho nuevo, pero fue a partir de la crisis iniciada en los 70 que fue asumiendo una envergadura sin precedentes. Esta avalancha parasitaria, que combina formas legales (como los fondos de pensión o los comunes de inversión) con otras semilegales o ilegales, como el narcotráfico y los negocios mafiosos, no surgió de la nada: la dinámica de la crisis en los países centrales fue su caldo de cultivo.

G-7: el crecimiento se desacelera

En el origen del proceso está la pérdida de dinamismo del conjunto de economías de alto desarrollo, una de cuyas expresiones fue la declinación en el largo plazo de sus tasas reales de crecimiento anual3. El menor dinamismo económico implicó la desaceleración de los ingresos tributarios de Estados que pasaron a implementar estrategias destinadas a sostener la demanda, reducir la inflación y apuntalar las ganancias empresarias aumentando el gasto público, realizando en ciertos casos reducciones fiscales en beneficio de las grandes empresas y frenando los costos salariales. Se impuso el rigor monetario y la liberalización financiera, que coincidían con una mayor demanda estatal de fondos (motivada por los déficits presupuestarios), lo que hizo subir las tasas de interés. De ese modo mejoró radicalmente la rentabilidad de las actividades financieras, hacia las que progresivamente se volcaron importantes grupos de negocios desacelerando aún más el crecimiento, desalentando las inversiones -en especial de las empresas pequeñas y medianas- y generando desocupación.

El enfriamiento económico general bloqueaba las inversiones productivas, los excedentes financieros que no podían orientarse hacia aquellas quedaban disponibles para cubrir los déficits estatales. De ese modo la declinación del crecimiento generó al mismo tiempo la demanda y la oferta de títulos públicos. El círculo vicioso quedaba completo: el encarecimiento del crédito frenaba el crecimiento; esto engendraba déficits fiscales que provocaban endeudamiento público, lo que presionaba hacia arriba las tasas de interés, etc.

A mediados de los 70, una porción significativa de los excedentes financieros había encontrado la ruta de los países periféricos, que alentados a endeudarse hicieron estallar la primera bomba financiera en México, 1982. Luego se produjo una reorientación de capitales hacia los países centrales, donde la inflación se reducía pero la desocupación aumentaba y los Estados se endeudaban cada vez más.

Las políticas de austeridad en el gasto público impuestas a la periferia en los 80 tomaron sin embargo una dirección contraria en el centro. El FMI obligaba a la primera a comprimir los déficits presupuestarios y frenar el endeudamiento externo, mientras en las naciones desarrolladas aumentaban los gastos4, los déficits y las deudas estatales. La deuda pública de los países del G7 (ver gráfico) alcanzó 2,7 billones de dólares en 1980, 8 billones en 1990 y unos 14,5 billones en 19985, equivalente a poco menos de la mitad del Producto Bruto Mundial de ese año y entre 5 y 6 veces la deuda externa periférica6.

Hacia comienzos de los 90 el enorme peso de la deuda de los Estados ricos comenzó a ser visualizado por sus élites dirigentes como un freno al crecimiento y un generador de déficit fiscal. El ciclo de endeudamiento entró entonces en una fase de crecimiento lento en Europa Occidental y EE.UU., matizado con tentativas de ajuste de las cuentas públicas. En el caso estadounidense, la prosperidad de los 90 permitió avanzar hacia la reducción del déficit (superávit en 1997 y 1998), pero en Europa el intento se vio frenado por el espectro del estancamiento. Japón, sumergido en una profunda y duradera crisis luego del estallido de su burbuja financiera a comienzos de los 90, aceleró por el contrario su endeudamiento para evitar una recesión mayor. En 1980 su deuda pública representó el 51 % del PBI; el 61 % en 1990 y en 1999 estaría superando el 100%7. Los ciclos de endeudamiento periféricos han sido asimétricos con relación a los de los países centrales, cumpliendo así una función compensatoria para los flujos de fondos en búsqueda de rentabilidad. Durante los 70, excedentes financieros no ubicables en las economías desarrolladas estancadas se volcaron hacia la periferia, desbordando su capacidad de absorción y generando una profunda crisis que coincidió con la expansión de la deuda pública en los países centrales. Pero cuando en los 90 estos comenzaron a aplicar medidas de contención del endeudamiento, las economías "emergentes" recibieron una avalancha de fondos. A partir de 1997, se produjo una situación que empezó reiterando el vaivén conocido (reflujo de capitales desde la periferia hacia el centro) pero que rápidamente se encontró en los países ricos con Estados muy endeudados empeñados en políticas fiscales restrictivas y con mercados bursátiles demasiado inflados. Se trata de una realidad nueva, de saturación financiera, que reduce de manera notable el margen de maniobra tradicional y plantea peligros evidentes.

La hipertrofia financiera

Una bomba financiera global, cuya dimensión la ha dotado de una dinámica que escapa a toda posibilidad de control por parte de los Estados del G7, podría precipitar una crisis grave. Las transacciones cambiarias, que sumaban unos 20 mil millones de dólares diarios a comienzos de los años 70, se habían multiplicado por 65 un cuarto de siglo más tarde. Hacia 1995 las acciones y títulos públicos y privados emitidos representaban el 150% del PBI en la UE; el 250% del PBI en EE.UU. y el 175% del PBI en Japón8. Se ha escrito también mucho sobre la expansión acelerada de los fondos de pensión y de los mutual funds y acerca de los volúmenes siderales de los negocios con "derivados"9, pero resulta importante señalar que una causa decisiva de ese proceso de empapelamiento especulativo universal ha sido el aumento incesante de las deudas públicas de los países ricos, que potenció la financiarización acelerada de las grandes empresas y la constitución de grupos financieros que desataron una marea de negocios rápidos y de muy alta rentabilidad en la periferia (privatizaciones salvajes, proliferación de mercados de valores puramente especulativos, etc), muchos de ellos imbricados en redes mafiosas.

Asistimos ahora a la hegemonía de una economía especulativa global que fue creciendo sobre la base de permanentes transferencias desde actividades productivas de rentabilidad declinante hacia otras financieras más beneficiosas (compra-venta de acciones, títulos públicos, etc) y de allí a la especulación desenfrenada con "productos derivados" -mucho más rentable aún- para luego desembocar en negocios ilegales que van desde el narcotráfico hasta el contrabando de armas, pasando por la malversación de fondos públicos en países subdesarrollados.

Esta economía parasitaria está en el centro de las importantes transformaciones culturales, ideológicas y políticas que han predominado en las sociedades desarrolladas, embarcando a sus clases dirigentes en un camino irracional que conduce a escenarios de barbarie y descomposición. A un historiador del futuro no le resultará difícil vincular acontecimientos como la extrema crueldad de los bombardeos masivos sobre Yugoslavia e Irak, el affaire Lewinsky, la emergencia de redes mafiosas y la expansión de la lumpen-economía global.

El fenómeno de degradación de las instituciones internacionales supuestamente encargadas de controlar las finanzas y las reformas estatales de los países periféricos forma parte de ese clima. A lo largo de los 90 se conocieron numerosos casos de falsificación de las cuentas públicas, desde Jordania hasta Corea del Sur e Indonesia, pasando por México en 1994 hasta Argentina, donde recientemente el gobierno realizó una corrección a la baja de unos 36 mil millones de dólares en el cálculo del PBI de 1998 (casi el 11 %)10. Estas manipulaciones no pueden haber sido ignoradas por el FMI y el BM, que monitorean de cerca. Es que los fraudes han servido casi siempre para generar euforias, ilusiones de prosperidad propicias para las maniobras especulativas de los grupos financieros globales. El último caso notorio es el escándalo "FIMACO"11, nombre de la empresa financiera fantasma rusa que manipuló durante varios años parte de las reservas de divisas del país y los prestamos otorgados por el FMI (alrededor de 50 mil millones de dólares). Es difícil imaginar cómo hubiera podido realizarse semejante malversación sin fuertes complicidades en los gobiernos del G-7 y en especial del FMI. Un diputado ruso declaró que resulta "imposible pensar que el FMI no estuviese al corriente de lo que ocurría con el dinero, ni tampoco que ignorase la existencia de dos informes precedentes (1993-1994) sobre lo que el Banco Central hacía con FIMACO. Michel Camdessus -el director del FMI- sabía todo, desde el principio al fin"12.

Los gurús que intoxicaron al mundo con los "milagros" de los tigres asiáticos, de México y de las transiciones en Europa del Este (todos fracasados), insisten ahora en prevenir contra el catastrofismo. Su argumento es que la superpotencia estadounidense no deja de prosperar y es el eje de la futura recuperación mundial; que las economías desarrolladas y subdesarrolladas declinantes bien podrían aferrarse a este salvavidas.

Sin embargo la observación de unos pocos indicadores significativos sugieren que la salud de la "locomotora mundial" no es tan buena como aparenta. La experiencia de los 90, pero sobre todo la posterior a la crisis de 1997 indica que efectivamente el PBI de EE.UU ha seguido creciendo a tasas superiores que las de sus socios del G-713 y que su motor es la euforia consumista interna, alimentada por el alza incesante de las cotizaciones bursátiles en cuyo juego está implicada cerca de la mitad de la población del país. Este crecimiento empuja hacia arriba sus importaciones, que pesan cada vez más en el comercio internacional. En 1991 representaban el 14,1 % de las importaciones mundiales; el 15% en 1995; el 17,1% en 1998 y llegarían al 18 % en 1999. Sin embargo sus exportaciones no aumentaron al mismo ritmo y en consecuencia los déficits comerciales han aumentado vertiginosamente: el balance negativo fue de 109 mil millones de dólares en 1990; 166 mil millones en 1994; 248 mil millones en 1998 y superaría los 300 mil millones en 199914.

Tomar distancia

Esto quiere decir que la mayor parte de sus industrias, carentes de competitividad frente a las de las grandes economías desarrolladas (e incluso de algunas subdesarrolladas, como la china), no crecen paralelamente al boom consumista. Peor aún, la capacidad ociosa de la industria manufacturera está aumentando de manera por ahora suave, aunque persistente15. Por otra parte, las altas ganancias especulativas contrastan con la declinación de los indicadores de rentabilidad empresaria (ver gráfico "Caída… "), por ejemplo la relación entre las ventas del conjunto de empresas privadas y los beneficios correspondientes ha venido cayendo desde mediados de 1997, cuando estalló la crisis asiática.

La persistencia de estos desequilibrios relativiza las exitosas tasas de crecimiento del PBI y los recientes superávits fiscales, en una sociedad que consume cada vez más por encima de su capacidad productiva y donde una fuerte corrección bursátil será inevitable a no muy largo plazo. Esta última impactará negativamente sobre el consumo, sobre las importaciones y en consecuencia sobre la economía global, pero por sobre todo pondrá en jaque a la megaespeculación financiera mundial que habrá agotado en ese momento su capacidad de reubicación en un planeta devenido demasiado pequeño para su talla.

Ese escenario recesivo no augura nada bueno para el conjunto de la periferia, saturada de deudas, con sus tejidos productivos desquiciados en buena medida y sus Estados quebrados luego de la ola de planes de ajuste impuestos en los años 90: el perdón caritativo de unas pocas deudas no cambiaría demasiado la situación.

La mejor alternativa, difícil pero cada vez más viable, necesaria, es la de ir desmontando según ritmos específicos los sistemas de especulación-importación- endeudamiento que bloquean el desarrollo. En ese sentido, toda medida que sirva para frenar o establecer controles sobre la especulación financiera global (por ejemplo el impuesto Tobin) puede ayudarla a recuperar espacios de soberanía útiles para ese objetivo.

La desestructuración de esos mecanismos perversos plantea el desafío de la construcción de estrategias de sobrevivencia, de satisfacción de las necesidades básicas de la población sumergida, que podrían articularse en torno de la recomposición del mercado interno y, mas en general, de la sociedad civil y el Estado, en tanto dinamizador y protector de la producción local.

Los neoliberales se escandalizan ante estas ideas de sentido común, ya que las consideran un retorno al estatismo y al igualitarismo colectivista, pero al mundo subdesarrollado no le queda otra alternativa, a menos que acepte una degradación mayor. La opción es un vasto movimiento de autonomización, de independencia, de toma de distancia respecto de los centros de dominación internacional.

  1. Global Development Finance, Banco Mundial, 1999.
  2. BID, Informes anuales y BID, "External debt and Economic Development in Latin America" , 1984.
  3. La tendencia no se manifestó de manera homogénea, Japón muestra en la década actual una declinación fuerte; por el contrario EE.UU. ha podido suavizarla (aunque no superarla) en el mismo período, mientras la Unión Europea se ubica en una situación intermedia.
  4. Tomando el conjunto de países del G-7, el gasto público representaba en 1980 el 36,2 % del PBI, en 1990 el 37,6 % y en 1996 el 39,6 % (OECD, Economic Oulook 61, 1997).
  5. OECD Economic Outlook 65, 1999.
  6. La deuda externa de la periferia (cerca de 2,5 billones de dólares) aparece en términos globales como una cifra menor, pero su aumento e importancia con respecto a las frágiles economías subdesarrolladas la convierten en un factor explosivo. Por otra parte, paga intereses mucho más altos que la deuda pública del centro, lo que aumenta su peso relativo real.
  7. OECD, op cit, 1999.
  8. FMI,"International Capital Markets" , 1998.
  9. Ibrahim Warde, "Un capitalisme hors de contrôle. La dérive des nouveaux produits financiers" , Le Monde diplomatique, Junio de 1994.
  10. "La Argentina, casi un 11% más pobre" , Clarín, 12-6-99. El déficit fiscal y otras variables clave también habrían sido calculados de manera "errónea".
  11. "FIMACO - Pricewaterhouse Coopers, Report on relations between the Central Bank of Russia and the Financial Management Company Ltd. ", 4-8-99, página web del FMI, agosto de 1999.
  12. Edgardo Febbro, "Salen a luz los oscuros negocios de "la familia" , que el FMI apañó ", Página 12, 8-8-99.
  13. En 1997 el PBI de EE.UU. creció en términos reales 3,9 % contra 1.4 % de Japón y 2,2 % de Alemania; en 1998 las cifras respectivas fueron 3,9 %, -2,8 % y 2,8 % y los últimos pronósticos de la OCDE para 1999 son de 3,6 %, -0,9 % y 1,7 % (OECD Economic Outlook 65, 1999).
  14. OECD Economic Outlook 65, 1999.
  15. Iniciando la serie de utilización de la capacidad industrial manufacturera en enero de 1994 se comprueba que la misma osciló entre el 81 % y el 84 %, superando en algunos meses esa última cifra. Pero en julio de 1998 cayó por primera vez por debajo del 80% (79,8%) y bajó en diciembre de ese mismo año 79 %. (U.S Bureau of Economic Analysis, página web, agosto de 1999).
Autor/es Jorge Beinstein
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 3 - Septiembre 1999
Páginas:6, 7
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Geopolítica
Países Estados Unidos, México, Argentina, Irak, Brasil, Corea del Sur, Indonesia, Japón, Rusia, Yugoslavia, Jordania