Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

La ardua transición rusa, vista desde mi aldea

Sobre las ruinas de los koljoses, la reforma agraria del presidente ruso Boris Yeltsin pretendió crear una nación de pequeños propietarios granjeros, pero los sucesivos decretos que autorizan la compraventa de tierras han favorecido a los habitantes de las ciudades y posiblemente a los grandes grupos agroindustriales multinacionales. Atrapados en la transición, los campesinos cultivan la nostalgia o la esperanza irracional.

Heladas tardías, canículas, langostas. La cosecha de 1999 fue aún peor que lo previsto. Sin embargo, la ayuda alimentaria no era necesaria: sirvió para que los occidentales vendieran sus excedentes y compitieran con los productos locales. Salvo en algunos bolsones del gran norte, lo que le falta al consumidor es el dinero, no los productos. De hecho, la ruina de la agricultura rusa está vinculada en primer lugar con la desorganización y la crisis humana de las regiones rurales. Las aldeas no sólo son el final del camino, sino que son por excelencia el punto de fricción entre el antiguo y el nuevo sistema. Y sus habitantes están atrapados entre ambos.

Todos los años en la misma fecha, el mismo grupo de familiares, amigos y vecinos se reúne para la misa de aniversario de tía Nastia. Pero en 1999 el humor es sombrío y la mesa, tan bien surtida como en años anteriores, provoca más envidia que admiración. Una madre sirve ostensiblemente comida a su hijo, diciéndole: "Come, aquí son ricos" . Poco antes, otra había arriesgado: "Se nota que estamos en casa de capitalistas" . Pero la familia Dimitrov no tiene nada de capitalista y su éxito actual, a escala local, se apoya en un pilar clásico: la sobriedad del jefe de familia, Dima. Eso mismo es lo que hizo de él, hace veinte años, el soltero más codiciado de los alrededores. A los 25 años, algo tarde para las costumbres locales, se casó con Galia, una "pobretona" del pueblo vecino. Un parto prematuro dio de hablar a las comadres, según las cuales esta pequeña advenediza, embarazada Dios sabe por quién, había embaucado al idiota. Pero cuando nació la pequeña Marina se acabaron los chismes.

El trío se quedó en este pueblo "sin perspectivas" , resistiéndose a los ofrecimientos de vivienda en Izmalkovo, cabeza del distrito, a 6 kilómetros. Tía Nastia no quería dejar sus animales y la pareja no quería dejarla a ella sola. Hoy en día, Galia sigue trabajando en el correo del distrito, por un sueldo ridículo de 250 rublos, y Dima, chófer y mecánico, trabaja por encargo para el antiguo koljós, aunque no siempre le pagan. Ambos conservan así su cobertura social y Dima el usufructo de su camión. Él dedica todas sus energías a una pequeña explotación que le permite autoabastecerse en una región de tierras fértiles. A lo largo de los años, hizo algunas mejoras en la casa de ladrillos que había construido con su madre en 1972, cuando abandonaron la isba con techos de paja y suelo de tierra apisonada -sirve actualmente de gallinero- en medio de un gran prado sembrado de construcciones heteróclitas y máquinas agrícolas destartaladas.

De hecho, Dima es el prototipo del granjero privado con que sueñan los tecnócratas, sean rusos u occidentales. Ama la naturaleza y no se queja de su trabajo, siempre y cuando no le impongan "nuevos burócratas que me indiquen lo que tengo que hacer" . Su blanco preferido son los ideólogos de la privatización, que reemplazaron a los de la colectivización y no conocen el campo más que ellos.

Para los rusos, este abismo es histórico. En sus momentos románticos, idealizan al campesino y a la tradición comunitaria aldeana, presentados como la quintaesencia de la "rusitud" , y se regodean con la priroda, la naturaleza, cara al alma de todos. Mientras tanto, hablan de la glubinka, el poblacho, habitado por ebrios y holgazanes, cebados a costa del presupuesto nacional y de los habitantes de las ciudades obligados a pagar tan cara su alimentación. Este prejuicio de la época brezhneviana sobrevive bajo otro aspecto, ya que de ahora en adelante los testarudos que se oponen a cualquier reforma se suman a los sempiternos ebrios y holgazanes.

Desde la abolición de la servidumbre en 1861 hasta las reformas de Stolypin en 19061, pasando por la colectivización de los años treinta, las reformas agrarias rusas siempre han sido adoptadas en períodos de dificultades económicas, pero estrictamente por motivos políticos. Las del presidente Boris Yeltsin no son una excepción y desde 1992 tienen como objetivo seducir a Occidente, quebrar el apoyo rural a los comunistas y romper con el decreto de Lenin sobre las tierras. Sin consultar a los interesados, se pretendió construir una nación de pequeños granjeros sobre las ruinas de los koljoses y los sovjozes, divididos en parcelas económicamente inviables y sin prever ninguna medida de apuntalamiento. El decreto de octubre de 1993, que autoriza la venta de la tierra otorgada en este reparto, no tuvo mayor efecto que el decreto pre-electoral de 1996 que, de un plumazo, creó "treinta y dos millones de terratenientes" . Este decreto conformó a los habitantes de las ciudades, que esperaban enriquecerse con la venta de sus huertas para construir dachas. En cambio, los campesinos sabían que no poseían los medios necesarios para comprar y se sublevaban con sólo pensar en convertirse en asalariados (ellos dicen "siervos" ) sobre tierras adquiridas por especuladores o, peor aún, por inversores extranjeros.

Desde entonces, entre vetos presidenciales y contra-vetos parlamentarios, con desvíos por el Consejo Constitucional, siguen los vaivenes del "Código de la tierra" . En esa materia, la Duma está directamente enfrentada con una población mayoritariamente heredera de una historia donde, salvo en Siberia, el granjero independiente ha sido la excepción y la explotación comunitaria la regla. La mayoría de los rusos siguen oponiéndose aún a la venta de la tierra "como una vulgar mercancía" . Hasta los reformistas como Anatoly Chubais admiten que excluir toda ayuda del Estado para la agricultura sería absurdo. Pero éste es el discurso que mantuvo ante el Sexto Congreso de granjeros (el 1-3-95) y no en Washington. De hecho, todo el mundo está de acuerdo en declarar que "la tierra debe tener un propietario" , aunque no en la identidad de ese propietario.

Los primeros remates de tierras agrícolas, en marzo de 1998, hicieron entrar en la mitología de las reformas al gobernador de Saratov, Dimitri Aiatskov, tal como ocurriera antaño con Nijni-Novgorod. Pero los granjeros no estuvieron presentes. Las parcelas más disputadas eran las de menos de una hectárea, ubicadas en la ciudad, y fueron compradas para construir estacionamientos, estaciones de servicio, casas particulares y un centro comercial. Según Aiakstov, hombres de negocios estadounidenses estarían dispuestos a invertir 1.500 millones de dólares en la región.

Después de las privatizaciones en la industria y la energía, lo que se teme es que la próxima víctima de los reformadores sea la agricultura, destruida ex profeso para dejar el lugar a los productos extranjeros y a los grandes grupos agroindustriales multinacionales. Pero el gobierno ruso permanece sordo y ciego, multiplicando las ayudas puntuales sin modificar sus proyectos de reformas radicales. Hasta el punto de descartar la idea de soluciones a mediano plazo, sin embargo admitidas en los países capitalistas, tal como los arriendos a largo plazo concedidos por los poderes regionales2.

Nada se hace para alentar gente como Dima, cuyo sueño es explotar las veinticuatro hectáreas registradas a nombre de su familia (ocho hectáreas por persona, más las ocho hectáreas heredadas de la madre). Sin créditos, a merced del control fiscal si vende algo y de una multa si espera a que vengan días mejores3, Dima le dejó sus hectáreas al koljós, transformado como otros miles en una cooperativa dotada de una personería jurídica y autorizada a utilizar las infraestructuras de la antigua granja colectiva.

El arriendo se paga en especie. Este año, con una bolsa de treinta kilos de azúcar. Más vale eso que la quiebra, el destino de algunas granjas privadas creadas en la región a fines de la década del ochenta. Otros probaron su suerte en 1995-1996, cuando aún era posible comprar semillas y fertilizantes en los koljoses, a precios de liquidación. Pero nadie quería comprarles su producción, y después de haber corrido de un depósito al otro, debieron vender con pérdidas.

Una generación perdida

Así es como resultó destruida la generación que podría haber producido la elite política y sindical que tanto necesitan las zonas rurales. Desde la finalización de los cupos comunistas, los granjeros están representados en el parlamento por los miembros de las viejas nomenklaturas locales o por una nueva generación de agro-tecnócratas de la ciudad. Es significativo que el primer partido de campesinos, fundado en 1991, haya sido presidido por un periodista de Literaturnaya Gazeta, Yuri Chernichenko. Nadie es vocero de los millones de familias cuyo empleo e infraestructura social se han hundido junto con las granjas colectivas y para quienes la granja privada no es una elección sino una dura necesidad para alimentar a sus familias.

La quiebra de los pequeños no hace forzosamente la felicidad de los grandes. Danil Ivanovich sabe de lo que habla cuando evoca "los sucesivos caprichos de Moscú ". Desde 1979, fecha de su elección como director del koljós, había tenido una vida de notable. Además de un sueldo confortable y de un automóvil con chofer, su empleo le aseguraba un acceso ilimitado a las reservas de la cantina para alimentar a su familia y a los distintos depósitos para lo demás (equipamiento de la casa, semillas para el terreno, harinas para los animales).

La ley de 1986, que autorizaba las granjas familiares, no fue percibida como una revolución, porque todos los aldeanos ya tenían una. De todos modos las mujeres, que dedican su doble jornada de trabajo a la parcela y a los animales, encabezaron una rebelión y amenazaron a sus maridos con divorciarse al menor intento de lanzarse en una empresa que asimilaban a la esclavitud organizada4. La ley de marzo de 1988, que otorgaba un mayor poder de administración a las asambleas de koljoses, había fortalecido de hecho el poder de Ivanovich, ya que el éxito de la explotación dependía más que antes de la personalidad de su presidente. Así que lo reeligieron sin mayores dificultades. Los engranajes empezaron a fallar en 1990, cuando la política alcanzó al campo. En Moscú, los radicales reprochaban a Mijaíl Gorbachov haber querido reformar la agricultura sin autorizar la propiedad privada y sin romper los esquemas de la burocracia regional.

En 1992, la "deskoljosización" de Yeltsin había provocado la fusión de varias entidades, pero a fuerza de intrigas Ivanovich fue reelecto a la presidencia de una de ellas. Sin presupuestos fijos ni garantía en cuanto a materias primas, debió manejarse a ojo en un sector que no admite improvisaciones. La granja se había convertido en una estructura amorfa y los trabajadores en "accionistas" o "cooperativistas" que no tenían la más mínima idea de lo que eso significa. Sólo que de ahora en más no tenían garantizado ni el empleo ni el salario.

La única libertad de gestión y de comercialización que habrá de subsistir consiste en acrobacias contables, para poder mantener una parte de la explotación y pagar los salarios, intercambiando vacas por tejas, leche por gasolina, y liquidando de a poco el ganado, los stocks y las maquinarias. La ley de 1986, que autorizaba la comercialización del 30% de la producción planificada y de todos los sobrantes, no tenía el menor sentido en esta región de cereales y remolacha. Aun si sus productos hubiesen sido comercializables en los mercados urbanos, no se habría podido conseguir camiones ni vendedores o luchar contra la extorsión que imperó en las zonas rurales desde que se votó la ley.

Ivanovich nunca perdió de vista sus intereses familiares, pero administró su granja como un buen padre de familia consciente de su responsabilidad hacia lo colectivo. Su papel se había vuelto más importante dado que la eliminación de los consejos locales, en 1993, había privado de facto a los pueblos de toda autoridad pública, sea para arbitrar las disputas o para garantizar el pago de las pensiones. En adelante, los directores de koljoses fueron los únicos en poder asegurar, a falta de producción, una apariencia de supervivencia en las comunidades rurales.

Fueron las elecciones de 1996 las que lo arruinaron. El equipo de Boris Yeltsin había reclutado todos los "jefes" con los que contaba el país, para que convencieran a su grey de "votar bien" . Como los demás, Ivanovich había tenido que explicar a auditorios convencidos de lo contrario que las reformas habían mejorado sus vidas y que una vuelta al pasado sería dramática, sin creer una sola palabra de lo que decía y sin pronunciar nunca el nombre de Yeltsin. Los subsidios despachados a toda prisa para pagar los salarios atrasados apenas habían alcanzado para saldar las deudas.

Los aldeanos votaron masivamente por los comunistas, por convicción o por espíritu de contradicción. Vieron cómo se manipulaban las urnas a la vista de los policías, pero no les guardaron rencor: ellos también tienen que alimentar a sus familias y su empleo depende de las autoridades. Para redimirse a los ojos de Moscú, los demócratas regionales de Lipetsk decidieron reaccionar contra la nomenklatura local que, a su parecer, había favorecido la victoria comunista. Se eligieron nuevos directores de koljoses, y esta vez Ivanovich perdió. Vegetó por dos años, a la espera de una pensión de 388,08 rublos5, gracias a un doble certificado de galardonado del trabajo, que exhibe con ironía.

Su única alegría es el haber casado ventajosamente, con un hombre de negocios, a su hija mayor. Y obtiene su revancha cuando ella vuelve de Voroneje, vestida como un figurín y cubierta de (auténticas) joyas, en un Volvo gris metalizado. Porque su rival político no puede decir lo mismo. Había mantenido alejada de los lugareños a su pequeña flor de invernadero, cuidadosamente conservada como ejemplar único gracias a un dispositivo intrauterino (DIU) importado de Alemania. Ya era suficiente que su madre, nacida en la pequeña nomenklatura (un padre dirigente sindical, una madre directora de escuela), se hubiera casado con el hijo de un chofer. Ni hablar de fracasar con la nieta. Mientras esperaban su partida hacia la facultad pedagógica de Lipetsk -y los prestigiosos maridos- los abuelos habían llegado al extremo de comprar un videograbador, para que no trabara relaciones poco convenientes en la casa de la cultura. En vano. La joven conoció a un joven electricista, sin relaciones ni perspectivas. Tuvieron que resignarse a su casamiento, no sin antes haber mejorado su estatus consiguiéndole un empleo administrativo. Se espera que no tengan demasiados hijos.

Es el tipo de preocupaciones que provoca la risa socarrona de Choura, que acaba de vender su último chancho porque ya no podía pagar sus alimentos. Las discusiones de fines de los 80, cuando su familia debatía sobre la compra de su automóvil, le parecen irreales. En 1991, la primera crisis del rublo se había tragado sus ahorros y cerrado la discusión. En 1998, la segunda crisis se llevó lo que quedaba. Habían depositado sus últimos dineros en la caja de ahorro, desconfiando de los bancos privados. Las cuentas fueron congeladas, y cuando al fin pudieron retirar sus ahorros, se desvalorizaban de hora en hora.

Hasta la primavera pasada, su marido se había presentado diariamente en el depósito, por si acaso. Y este gesto, a falta de trabajo, garantizaba la vigencia de sus derechos sociales y una apariencia de dignidad. Asimismo, podía seguir "llevándose" semillas, forraje, harinas y demás materias primas que siempre han sido la condición sine qua non de las producciones familiares. En adelante, Vitia engrosó el grupo de los ex obreros del koljós y de la fábrica de salchichón que erran de casa en casa, titubeando a partir del mediodía.

Su nostalgia de la época Brezhnev es, como ocurre a menudo, la nostalgia de su juventud, con las clásicas etapas: la construcción de su casa en 1975, en la parcela y con los materiales brindados por la municipalidad; luego, la compra de los primeros bienes de consumo, el televisor, la heladera, los muebles. En 1999, como tantas familias campesinas, la suya vive del salario de su mujer. En efecto, las mujeres habían monopolizado las profesiones poco calificadas en las granjas y los empleos terciarios. Estos últimos resultaron menos afectados por la crisis y aún se pagan regularmente. Pero la competencia es dura y en el pasado mes de octubre, se le solicitó a Choura que abandonara su puesto contable en el plazo de tres meses para hacerle lugar a una mujer más joven que tenía el diploma legal. Podría haber obtenido un certificado de equivalencia, correspondiente a sus veinte años de experiencia, pero cuesta casi dos meses de sueldo, cuando cada rublo cuenta. Finalmente, un antiguo colega se apiadó de ella y le propuso un contrato de tres años, hasta llegar a la edad de la jubilación. Con un salario reducido.

Cuando habla de su vida, lo hace en tiempo pasado, con ese talento para acordarse sólo de lo mejor, tan característico de los rusos. Pasa sus veladas sola frente al televisor, atiborrándose como sus amigas de series sudamericanas. Si el programa habla de política, cambia de canal. Votó por los comunistas porque "en aquellos tiempos, no éramos pobres" , pero ya no va a votar. En las noches de gran nostalgia, habla de un hombre dulce y culto, que conoció en una de aquellas estadías en casas de reposo que proveyeron de su dosis de romanticismo a millones de soviéticos.

  1. Al autorizar a los campesinos a salir de la comunidad, completó la abolición de la servidumbre.
  2. En el marco de la campaña electoral, el primer ministro anunció un proyecto de ley que prohibe la venta de tierras a los extranjeros antes del otoño. Una concesión que países como Polonia y Hungría exigen de Europa.
  3. El término de dos años se considera una compra especulativa. Hay que pagar una multa o devolver la tierra.
  4. En 1997, existían en Rusia 280.000 granjas privadas. Se registraban 96 quiebras por cada 100 nuevas inscripciones. The Economist, 25-7-98.
  5. El equivalente de 10 botellas de vodka, 6 kilos de carne bovina o 2 kg. de manteca.
Autor/es Nina Bachtatov
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 3 - Septiembre 1999
Páginas:16, 17
Traducción Dominique Guthmann
Temas Agricultura, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Alemania (ex RDA y RFA), Hungría, Polonia, Rusia