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La República Popular, un Estado autoritario pero débil

Este 1º de octubre, la República Popular China (RPC) celebra su 50º aniversario en un clima de incertidumbre. La economía está sacudida desde hace meses y crece el descontento por los trastornos económicos y sociales derivados de la privatización de las empresas públicas. Atascado en las contradicciones del "socialismo de mercado" y entrampado en un nacionalismo que él mismo suscitó, el Partido Comunista Chino (PCC) espera superar las numerosas dificultades, sobre todo en el terreno socio-económico, y conservar así su monopolio del poder.

Bajo el pretexto de la realización de grandes obras de embellecimiento (aunque los burlones pobladores de Pekín saben de qué se trata), el acceso a la célebre plaza de Tiananmen está cerrado desde hace varios meses. Desde junio, el control policial evita todo tipo de manifestaciones en la plaza, aunque no algunas demostraciones individuales. En un ambiente nada favorable a la protesta política abierta, prosiguen las iniciativas en contra de la dictadura del PCC y su autoritarismo.

La sorpresa llegó del lugar menos esperado, sobre todo para el régimen. El 25 de abril, en una capital bajo discreta pero muy estrecha vigilancia, miles de personas reunidas en torno a la "secta" Fan Lu Gong realizaron una manifestación silenciosa delante de las narices de las autoridades. Según fuentes diplomáticas de Pekín, el presidente Ziang Zemin se habría acercado personalmente a la plaza de Tiananmen, en un vehículo particular, para evaluar la dimensión del fenómeno, imprevisto y desconcertante.

La "secta" , que mezcla el espiritualismo chino tradicional con un nacionalismo a ultranza, logró despertar el temor de un resurgimiento de las "sociedades secretas" adiestradas en artes marciales. Secularmente activas en China, fueron erradicadas a partir de 1949, pero reaparecieron en la época post-maoísta, aunque quizás nunca hayan desaparecido realmente. Si Fan Lu Gong puede ser comparada en algunos aspectos con estas antiguas sociedades secretas, su aparición pública refleja la evolución de la sociedad china: imperceptiblemente, el pueblo fue adquiriendo espacios de autonomía frente al régimen. Hoy el poder cae en la cuenta de que esta autonomía tiene un alcance mayor que el que estaba dispuesto a conceder, y que podría representar una amenaza.

De tragedias y farsas

Al dejar atrás las referencias marxistas-leninistas para sustituirlas por una ideología nacionalista que glorifica el pasado, el propio régimen suscitó lo que hoy teme. En la televisión proliferan con gran éxito -sobre todo en el medio rural- las miniseries sobre episodios célebres de la historia china, o las que exaltan los valores tradicionales del confucianismo. El poder encuentra más nacionalismo y "pasatismo" en el pueblo que en sí mismo. Al punto de volver a cuestionar el núcleo racionalista y occidentalizado de un marxismo originario que, por cierto, desde hace mucho tiempo ha sido fuertemente moldeado por la cultura china.

Pero este regreso al pasado y a las concepciones antiguas, con su concomitante irracionalidad y xenofobia -la reacción particularmente violenta al bombardeo de la embajada china en Belgrado es un ejemplo- representa también una crítica hacia la China atrapada en el torbellino de los cambios, profundamente no-igualitaria y muchas veces despiadada con los relegados del desarrollo, especialmente numerosos entre los campesinos. Esta población frustrada se ve fácilmente atraída por las promesas maravillosas de las diversas sectas y los charlatanes de todo tipo, que proponen el acceso a otro estilo de vida y la autoestima a través de técnicas físicas "liberadoras" que contrastan con la impotencia ante los problemas del país y la inmoralidad de la vida social. China experimenta un "gran resurgir religioso, cada vez más difícil de controlar"1.

Indudablemente, los círculos dirigentes sobrestiman la amenaza representada por Fan Lu Gong. Su guía, el maestro Li, proclama su apoliticismo2, a pesar de lo cual, el 23 de julio, luego de algunas oscilaciones, las autoridades reaccionaron reprimiendo y proscribiendo al movimiento. Hubo miles de arrestos en treinta ciudades3 y se lanzó una vigorosa campaña contra la laxitud "ideológica" del PCC, ya que la influencia de Fan Lu Gong se extiende al ejército, incluso a los altos mandos4. Pero los responsables locales siguen esta política a regañadientes, porque para muchos de ellos Fan Lu Gong es una variante anodina de las viejas tradiciones de disciplina física y mental valorada por los adultos (no tanto por los jóvenes, más adeptos a la disco y otras importaciones occidentales).

La reacción exagerada del poder, represiva antes que pedagógica, refleja un sentimiento de inseguridad persistente, una conciencia aguda de fragilidad, si no de ilegitimidad. Como señaló un periodista chino, recordando la frase de Marx: la historia se repite siempre, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa5. La tragedia fue en 1989; la farsa, que acontece este año, es la de un régimen que simula solidez. Se dice que las órdenes de reprimir procedieron de la cúpula, del mismo Ziang Zemin, aterrado por la penetración de la secta en el Ejército Popular de Liberación (EPL), máximo bastión del régimen. Fan Lu Gong reivindica entre 80 y 100 millones de adherentes (el poder reconoce una cifra de 1 a 2 millones), una "secta" bastante amplia, comparable a los 60 o 70 millones de miembros del PCC. La cifra podrá ser fantasiosa, pero para nada inocente.

China es un mar agitado: su economía parece al borde de una deflación peligrosa; la crisis del trabajo, derivada de la reestructuración y de la privatización de las empresas públicas, se amplifica y suscita descontento. Al día siguiente de la muerte de Deng Xiaoping y en vísperas de la crisis asiática de 1997, el nuevo equipo de gobierno dirigido por Ziang Zeming declaró su determinación de aventurarse aún más en las transformaciones económicas del país, derribar los últimos pilares del "socialismo" y obligar al sector público a participar en la economía de mercado, incluso a través de privatizaciones parciales6. Al año siguiente, en 1998, en plena crisis asiática, el gobierno del nuevo primer ministro Zhu Rongjii quiso poner freno al movimiento de reestructuración de las empresas estatales, que engendraba graves problemas sociales (desempleo, salarios impagos, etc.), ante el riesgo de que el descontento creciente se transformara en rebeldía.

Si bien es cierto que el movimento de "reestructuración" se desaceleró, los trabajadores (obreros y empleados) de las empresas del Estado fueron y siguen siendo despedidos por millones (hasta más de diez millones por año), o se ven obligados a aceptar una u otra forma de contratos precarios, casi equivalentes al desempleo. Mientras tanto, la seguridad social, responsable entre otras cosas del pago de las indemnizaciones por desempleo, está lejos de alcanzar una organización eficaz a nivel nacional. Durante varias décadas, cuando el desempleo supuestamente no existía, dependió enteramente de las empresas. Hoy depende en parte de las autoridades locales, urbanas y regionales, y de sus recursos, que varían mucho de un lugar a otro.

El desempleo (reconocido o disfrazado) podría alcanzar al 20% de la población activa de las ciudades, es decir alrededor de 40 millones de habitantes urbanos, cifra considerablemente superior al 3% oficialmente registrado, o al 6% reconocido en publicaciones gubernamentales7. Nada revela tanto la endeblez del país como el fuerte aumento del desempleo y de la inseguridad, desconocida en otros tiempos (aunque no hay que olvidar la inseguridad por las olas de represión del período de Mao), en un país que conoció años de crecimiento muy fuerte. Tampoco se puede obviar el déficit presupuestario, que crece año a año y pasó de 55.500 millones de yuans en 1997 (unos 6.690 millones de dólares) a cerca de 160.000 millones este año (19.280 millones de dólares)8. Ni el presupuesto central del Estado, que se deteriora inexorablemente desde hace 20 años: 35% del PNB en 1978, sólo 12% en 1998.9.

Si se añade el aumento incesante de las iniquidades sociales, la desproporción entre los ingresos de las distintas regiones (de 1 a 10 entre Shangai, la ciudad-provincia más próspera y Ghizu, la provincia más pobre)10 y la persistencia de los problemas del campo (más del 70% de la población es rural), la propagación del descontento es comprensible. También lo son los temores del poder y la política de represión contra un pequeño número de disidentes y contra las tentativas, cada vez más numerosas -aunque minoritarias- de creación de estructuras sindicales autónomas y de defensa de los intereses de los trabajadores amenazados por la precarización laboral. Según el sindicalista independiente Han Dongfang, en actividad desde su exilio en Hongkong, hubo en total 260.000 conflictos durante 1998, en su gran mayoría laborales, de los cuales 500 habrían tomado una forma violenta11.

El hechizo del capitalismo

Aun debilitado, el Estado todavía posee los medios para hacerse oir, pero la dinámica del capitalismo se hace día a día más irresistible. Erosiona imperceptiblemente la capacidad del Estado para fijar los ritmos y los límites del capitalismo proliferante. El primer ministro Zhu Rongjii intenta canalizar el movimiento y preservar el rol del Estado. Quiere establecer y aplicar ciertas reglas y soluciones precisas; quiere al menos contener o, mejor aun, combatir con efectividad la corrupción omnipresente, que engendra pesimismo, alimenta el resentimiento popular y deshace el tejido social.

Zhu tiene fama ser capaz, de tener sentido del Estado y de ser uno de los raros dirigentes honestos -si no el único- en las altas jerarquías (visión quizás sombría, pero que habla a las claras de cómo la gente percibe al poder). Sin embargo, está relativamente aislado, sin una base de poder real en el PCC. Su posición se debilitó durante su viaje a Estados Unidos, en la primavera 1999: a pesar de ciertas concesiones importantes, no logró abrir el camino para el esperado ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). La insistencia de los medios chinos en torno a los éxitos cosechados durante el viaje de Zhu Rongjii no puede ocultar la decepción y la dificultad para reimpulsar una negociación tan trabajosa, que choca con oposiciones feroces12.

Muchos dirigentes de poderosos lobbies regionales y económicos (sobre todo del agro y de las telecomunicaciones, que sentirían el fuerte impacto de la apertura del mercado chino) pasaron a la ofensiva a favor del mantenimiento de un cierto proteccionismo, a riesgo de diferir el ingreso del país a la OMC. Se vieron favorecidos por el bombardeo de la embajada china en Belgrado, que provocó un empuje espontáneo de nacionalismo y de antiamericanismo en la población, reacción que el poder instrumentalizó13.

Evidentemente el país experimenta grandes dificultades de orientación y la transición de un sistema a otro es, por lo menos, dificultosa. China tiene problemas con su Estado, a veces autoritario, a menudo débil, incluso impotente en muchos sectores de la vida cotidiana y económica, particularmente frente a los "feudalismos" regionales. La voluntad represiva sigue estando presente, pero el poder tropieza con el descontento, las frondas latentes, las tenaces batallas de cada instante de la gente por conquistar espacios de libertad cada vez más amplios. Si la sociedad es a un tiempo activa y actuante y está fragmentada, lo mismo sucede con el Partido-Estado "comunista" que siendo en sí mismo una sociedad bastante diversa, refleja a la sociedad en su conjunto.

Perfil estatal y ciudadano

El actual debilitamiento del primer ministro no implica que el proceso de transformación se haya atenuado. Al contrario, Ziang Zemin, que inició su reinado efectivo con el compromiso de reestructurar el sector estatal, acaba de reafirmar su objetivo, al punto de defender la privatización parcial del sector socialista del Estado. El mandatario no excluyó la posibilidad de que algunos intereses privados chinos puedan ser mayoritarios en las empresas que no son consideradas estratégicas. La constitución del país fue modificada en marzo de este año por la Asamblea nacional popular para otorgar un lugar al sector privado, que pasa a ser "un componente importante" de la economía y ya no sólo un "complemento" del sector público. De todos modos, como dijo en 1998 el especialista en economía china Barry Naughton "aunque se siga eludiendo el término, la privatización se expande a lo largo y ancho de China"14. Es decir, que hay un movimiento que el poder no controla y al que trata de adaptarse.

¿Pero cuál es el rol del Estado? Según lo confesado por algunos dirigentes, entre otros el primer ministro, se trata de construir un Estado moderno que debe responder a varias tareas urgentes. Un Estado legal y legalista, con reglas previsibles y aplicables a todos por igual, tanto a los poderosos como a los débiles. Si el arsenal jurídico y reglamentario se amplió considerablemente desde la época maoísta, su puesta en práctica no lo acompaña. Y la gente siente con razón que sigue viviendo en la arbitrariedad. A veces sucede que alguien consigue defenderse judicialmente contra los muchos abusos de los poderes locales y los pequeños jefes. Pero en el conjunto, lo que predomina es un sentimiento de impotencia en la amplia mayoría que no se ve beneficiada por las redes de poder que pasan por el PCC. Gran parte de las considerables transformaciones impulsadas por Deng Xiaoping -que permitieron la reconversión social de las antiguas élites del partido y la emergencia de nuevas élites- se desarrollaron dentro de un vacío jurídico.

No obstante, es cada vez más fuerte la presión para poner en marcha un sistema de derecho efectivo que regule la economía, proteja los derechos sociales (especialmente en el sector privado, donde reina un capitalismo salvaje) y detenga una corrupción generalizada que carcome las bases del funcionamiento de la nueva economía y de la nueva sociedad. Se trata de recaudar el impuesto sobre los ingresos y las ganancias de las sociedades, de impedir las tasas de interés abusivas (frecuentes en el campo), de obligar al pago puntual de los salarios, de garantizar una seguridad social para los millones de despedidos. También se trata de defender a los consumidores contra los múltiples engaños en torno a la calidad de los productos en venta. Se trata, en suma, de hacer aplicar reglas económicas coherentes y confiables.

No sólo el mundo exterior exige "transparencia" : diversos sectores de la población ejercen una inagotable presión en pos de un estado de derecho y manifiestan cada vez más abiertamente (a veces en forma violenta) su exigencia de que los derechos y deberes de cada uno sean respetados, para obtener normas legales comprensibles y aceptables que respeten la dignidad individual, sobre todo la de los débiles. Se está muy lejos; pero el mundo social lo reivindica cada vez más. El Estado debe hacer mucho todavía para llegar a ser un Estado de derecho moderno. Desde este punto de vista, como dicen muchos ciudadanos, o todavía no hay suficiente Estado, o el Estado no es lo bastante moderno15.

Por otro lado, el "socialismo real" chino se apoya sobre una estructura autoritaria, hoy en día más bien descentralizada, donde la tutela del Estado (o del Estado en sus formas locales y regionales) se sigue ejerciendo en forma arbitraria, muchas veces sin ninguna consideración por las necesidades y exigencias de los habitantes. Este Estado, heredero del relativamente centralizado Estado del período maoísta y del claramente más descentralizado (o incluso localizado) de las dos décadas denguistas, sigue demasiado enraizado en el pasado, demasiado "feudal" (los investigadores occidentales lo llaman patrimonial), demasiado intrínsecamente autoritario y opuesto a la constitución de una ciudadanía. Ni ésta ni el ciudadano existieron durante el período imperial. En el siglo XX fueron aplastados por el poder maoísta cuando apenas se insinuaban. Hoy se percibe un renacimiento de la ciudadanía, pero su alcance es débil.

Para justificar el autoritarismo, el régimen invoca la historia de China, la necesidad de un "Estado fuerte" y de un líder poderoso. El pueblo no será consultado y deberá implorar al cielo para que el jefe del Estado tenga en cuenta el bien público: un "emperador bueno" , como se dice habitualmente. Es evidente el temor a las masas, el desprecio hacia la mayoría rural (que ya no es totalmente campesina) y la defensa de un poder cada vez menos legítimo. Para los muchos nuevos líderes "comunistas" reconvertidos o para los capitalistas directamente emanados de la sociedad, se trata de aprovechar al máximo y lo más rápido posible los privilegios y las ventajas materiales, sin interesarse demasiado por el bien común.

Quedan las élites "esclarecidas" , políticas e intelectuales, para quienes se trata de construir un Estado moderno, competente, fuerte, quizás incluso autoritario, capaz de controlar la crisis social, de hacer frente a los enormes problemas ecológicos derivados de la urbanización acelerada, de materializar el enorme potencial del país. Quizás no quieran una auténtica democratización, pero están en busca de canales de trasmisión en el seno del pueblo, de interlocutores sociales; quieren favorecer una especie de pluralismo controlado, más favorable a los medios sociales urbanos y educados. Es lo que lleva al sindicalista Han Donfgang a decir que, por su parte, "los obreros ya no necesitan ser movilizados por los intelectuales"16; deben luchar por su autonomía de acción.

En este contexto, desde noviembre de 1987 fue puesto en práctica el sistema eleccionario del jefe de la ciudad. Experiencia difícil, que a casi doce años sigue lejos de darse por concluida17, ya que en algunas ciudades nunca se realizó el escrutinio y, según confiesan las autoridades, los que sí se realizaron fueron en gran medida ficticios. Pero en ciertos círculos dirigentes hay una innegable voluntad de procurar una nueva base social a un partido comunista reconvertido para asegurarle así una cierta perennidad. El objetivo es llevar la conversión económica hasta el final y transformar a las nuevas élites en una clase cien por ciento dominante, respaldada por fuerzas sociales consistentes. La secular fidelidad del campo hacia el poder establecido (salvo crisis extrema) hace que esta empresa presente menos riesgos que una operación similar en las ciudades, donde al menos por el momento, ningún tipo de elección está previsto.

Dos velocidades

El período actual no deja de parecerse a los inicios del período post-Mao. En 1979, después de treinta años de régimen maoísta, las condiciones de vida de la mayor parte de la población eran medianamente mejores que bajo el régimen anterior a 1949. Pero para la población eso ya no constituía un criterio de legitimidad. Para el pueblo chino -sobre todo para los jóvenes- era una conquista previa que no justificaba para nada los perjuicios del poder y las equivocaciones terribles del período maoísta. Asimismo, los indiscutibles logros de las dos décadas de crecimiento a partir de 1979 no legitiman a los actuales líderes ante la mirada de la población. Para la mayor parte de la juventud, el crecimiento es algo ya adquirido. Las hambrunas de principios de los años 1960, o la Revolución cultural (1966-1969), para no hablar de las miserias anteriores a 1949, son historia antigua. Dicho en otros términos, la sociedad, sobre todo en las ciudades, avanza más rápido que el poder, pero desgraciadamente en forma dispersa.

Para el ala modernista del PCC, el verdadero problema consiste en legalizar el funcionamiento del sistema y en moralizar los vínculos sociales sin desestabilizar al régimen y, por ende, el poder del partido. Esta contradicción esencial obliga a constantes rodeos, en función de las relaciones de fuerzas internas y externas. E impide la definición de una política clara, capaz de obtener consenso entre las élites y de reunir a las fuerzas sociales en torno a una dirección a seguir.

  1. Fast Eastern Economic Review (FEER), Hongkong, 13-5-99.
  2. Entrevista en Newsweek, Nueva York, 9-8-99.
  3. New York Times, 28-8-99.
  4. FEER, 5-8-99. Fuentes chinas hablan de 700.000 miembros del PCC (alrededor del 1%) que formarían parte del movimiento.
  5. Citado en el New York Times, 6-7-99.
  6. Roland Lew, "La Chine privatise avec prudence" , Le Monde diplomatique, noviembre de 1997.
  7. Jean-Louis Rocca "La vague du chômage déferle sur la Chine" , Le Monde diplomatique, enero de 1999.
  8. 1 dólar equivale a 8,3 yuans.
  9. FEER, 17-6-99.
  10. E. Fontagnes, "Profils statistiques des 30 provinces en 1995 ", Le courrier des pays de l'Est, abril de 1997.
  11. Entrevista de Han Dongfang en Force ouvrière, París, 23-6-99. Y también, Courrier International, París, 2-4-99. Sobre el crecimiento de la protesta obrera y de la acción de Han Dongfang, ver artículo de Trini Leung, "S'organiser pour défendre ses droits" en Perspectives chinoises, Hongkong, julio-agosto 1998.
  12. China Daily, Pekín, del 9 y 22-4-99. International Herald Tribune, París, 12-4-99.
  13. FEER, 20-5-99.
  14. FEER, 19-2-99.
  15. Esta idea fue defendida desde hace años por los sinólogos franceses como C. Bergère. y L. Bianco.
  16. Force ouvrière, op.cit.
  17. China Daily, 4-4-99.
Autor/es Roland Lew
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 4 - Octubre 1999
Páginas:16, 17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Deuda Externa, Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos, China