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Una historia que obsesiona

En los últimos años la sociedad alemana afrontó cinco polémicas sobre su pasado nazi, que giraron en torno del libro de D. Goldhagen que culpabiliza de manera irresponsable a todos los alemanes; una exposición itinerante sobre el rol del ejército alemán en el exterminio judío; un monumento a las víctimas del genocidio; las indemnizaciones a los prisioneros y las declaraciones del escritor Martin Walser en el sentido de hacer silencio sobre Auschwitz. Se avanzó en conocimientos históricos, pero los debates se instalaron en la sociedad a costa de simplificaciones, y la mayor transparencia tiene como contrapartida la escasa incidencia política de los debates.

A medida que el nazismo, la segunda guerra mundial y los crímenes masivos cometidos por los alemanes se alejan en el tiempo, este es el período que suscita más debates públicos y trabajos históricos. Aunque parezca una paradoja, en realidad no lo es: la propia enormidad de las agresiones y exterminios perpetrados durante el tercer Reich hace que la mayor parte de los debates importantes se ocupen de esta terrible página de la historia. El fenómeno también podría explicarse por las décadas de silencio. Pero lo esencial está en otra parte: las nuevas generaciones se confrontan con horrores ligados para siempre al nombre de Alemania.

En los últimos tres años, cinco polémicas importantes ocuparon a la opinión pública. La primera consistió en una exposición itinerante del Instituto de Ciencias Sociales de Hamburgo sobre la participación de la Wehrmacht en el exterminio: ¿hasta qué punto se puede considerar al ejército como un actor autónomo? Durante mucho tiempo no fueron pocos los que afirmaban que sólo algunas unidades y militares entre los quince millones de soldados que cumplieron servicio en la Wehrmacht se habrían comportado como criminales.

En Los verdugos voluntarios de Hitler1, el historiador estadounidense Daniel J. Goldhagen afirma que prácticamente todos los alemanes habrían apoyado la matanza de los judíos y que cada vez que pudieron participar, lo hicieron con crueldad. Lo que se explicaría por el desarrollo en Alemania, durante el siglo XIX, de un "antisemitismo de eliminación" , borrado luego por la "reeducación" de posguerra.

¿Hay que erigir en Berlín un monumento nacional en memoria de las víctimas del genocidio? ¿Con qué forma? La discusión culminó con la decisión parlamentaria del 25 de junio de 1999: el monumento consistirá en una plaza donde serán erigidas 2800 estelas de cemento.

Otro debate, surgido en parte por presiones estadounidenses: la indemnización para los cientos de miles de prisioneros trabajadores forzados, en su mayor parte de Europa del Este, deportados y explotados en Alemania. Buena parte de ellos sigue padeciendo consecuencias físicas por el daño infligido y muchos nunca recibieron compensaciones. Después de practicar durante décadas la política del avestruz, la industria alemana recibe demandas millonarias. Y la opinión pública se pregunta… aunque no demasiado.

El quinto debate fue inaugurado por el célebre escritor Martin Walser. En octubre de 1998, al recibir el Premio de la Paz de los libreros, llamó a poner fin a las discusiones sobre el pasado y a arrojar silencio sobre los crímenes, refiriéndose a Auschwitz como un "garrote moral" al servicio de otros intereses. El presidente del Consejo Central de los judíos en Alemania, Ignatz Bubis, expresó su indignación, pero se quedó solo, vergonzosamente abandonado, tanto por los dirigentes políticos como por las élites culturales. En agosto pasado, antes de su muerte, constató con tristeza que el ejercicio de sus funciones no le había servido para hacer retroceder el antisemitismo. Símbolo del judaísmo alemán renaciente, eligió la tierra de Israel para su entierro, por miedo de que su tumba fuera profanada, como la de su predecesor2. Una cachetada a la conciencia alemana…

Pero estos debates no fueron inútiles. Contribuyeron a agudizar la conciencia política y a desarrollar los conocimientos históricos. Y también revelaron cuán superficial seguía siendo la comprensión de los crímenes alemanes. Todos los enfrentamientos se circunscribieron al escenario político-mediático, salvo la controversia en torno a Goldhagen, que dio lugar a una lucha científica digna de ese nombre. En este caso, el desencadenante fue un libro; en los demás se trató de una exposición, un monumento, procedimientos judiciales y un discurso. Contrariamente a la querella de los historiadores de los años 80, no fue la derecha -salvo en el caso de Walser- la que tomó la iniciativa.

Sólo la discusión sobre la Wehrmacht alcanzó una verdadera repercusión más allá de los círculos intelectuales. El enfrentamiento entre Ignatz Bubis y Martin Walser fue como una conversación entre señores de edad y por ende no despertó el interés de los jóvenes, a pesar de que les impresiona que aún resulte necesario preguntarse si es posible para los judíos vivir en Alemania. Los residentes del Este, demasiado atareados en forjarse una identidad post RDA, no se sintieron aludidos.

Aunque el debate sobre el memorial a las víctimas del genocidio ocupó bastante espacio en los medios, no conmovió demasiado a los alemanes. Después de diez años de conversaciones y un debate apático, el Bundestag (parlamento) se decidió por uno de los tres proyectos seleccionados: un monumento dedicado exclusivamente a la memoria de los judíos asesinados. Cada uno de los oradores tomó serios recaudos para no cometer furcios, y los diputados jóvenes y responsables hicieron denodados esfuerzos por destacar su condición de… jóvenes y responsables. ¿Memorial o simple monumento? Parece ser que las élites (esencialmente occidentales) deseaban más que nada aliviar sus conciencias.

Nuevos hechos e interpretaciones

¿Y los historiadores? Durante los años 90, se multiplicaron las investigaciones sobre la política genocida llevada adelante entre 1939 y 1945. Sacaron a luz hechos desconocidos y propusieron interpretaciones inéditas. Así fue que la destrucción de los judíos no obedeció a un plan preestablecido: fue el resultado de la actividad de numerosas instituciones y personas alemanas, en distintos niveles, como lo revelan los análisis de Dieter Pohl sobre Polonia3. El proyecto de colonización de Europa central y oriental por "alemanes de pura cepa" , que implicaba un "desplazamiento" de los demás pueblos, también jugó un rol importante, según subraya Götz Aly4. Otros estudiaron las consecuencias de la política de aprovisionamiento y los problemas de avituallamiento de las tropas. Frank Bajohr demuestra que la cantidad de alemanes que participaron en la rapiña de bienes judíos y en la arianización es bastante superior a lo imaginado. Beate Meyer relató la lucha de los judíos y de sus parejas de "matrimonios mixtos" por la supervivencia. Por fin, Peter Longerich fue el primer historiador alemán que describió globalmente, en 1998, el aniquilamiento de los judíos europeos5.

El trabajo histórico también permitió comprender mejor la destrucción de otras víctimas, sobre todo de los prisioneros de guerra soviéticos (tres millones de muertos). Las SS y la policía no fueron los únicos responsables del genocidio: participaron todas las ramas civiles y militares de los gobiernos de ocupación y también de la autoridad central. El exterminio no obedeció exclusivamente a órdenes procedentes de arriba: se apoyó en la convicción de los expertos y de funcionarios comunes -no todos eran miembros del partido nazi- de que era indispensable para superar algunos problemas administrativos, sobre todo en el caso de los prisioneros de guerra soviéticos.

La imagen compleja que se desprende de todas estas investigaciones afecta escasamente a la opinión pública, y no parece incidir en la política. Esto no sólo es válido para la nueva generación de escritores: ni el libro de referencia de Ulrich Herbert sobre los trabajadores forzados, publicado en 1985, ni las siguientes publicaciones, tuvieron demasiado peso en el debate aún vigente sobre sus indemnizaciones. El estudio pionero de Christopher Browning6 sobre las matanzas cometidas por los batallones de reserva de la policía, publicado en 1991, sólo despertó interés entre los especialistas.

En contrapartida, todo parecía sencillo en el libro oportunista de Daniel Goldhagen: el problema se reducía al odio hacia los judíos que desde hacía siglos maduraba en Alemania, que llegó a su paroxismo en el holocausto, para desaparecer luego gracias a la reeducación. La culpa colectiva alemana relucía en su absoluta y seductora claridad. Nada encontraremos allí que pueda involucrar a nuestros contemporáneos: el asesinato de los judíos era cuestión de una época ya superada y de una especie extinta. Es sin lugar a dudas por eso que multitudes de espectadores -sobre todo jóvenes- se abalanzaron a las conferencias de Goldhagen en Alemania para experimentar, in fine, un sentimiento de alivio…

Los que alimentaron las últimas controversias en torno a los crímenes nazis no eran, por regla general, historiadores realmente calificados. Es el caso de Daniel Goldhagen, pero también el de ciertos responsables de la exposición sobre la Wehrmacht y de la mayoría de los miembros de la asociación a favor del Memorial. De donde, en los dos primeros casos, cierta esquematización en los hechos históricos. Los historiadores denunciaron las nuevas mistificaciones. Sin embargo, esas simplificaciones estimularon el debate público. Pero los investigadores, precisamente porque se restringen a la argumentación más precisa y discriminada posible, están condenados a ver que sus libros y ensayos sólo causan efecto en los círculos especializados y en un pequeño grupo de profanos interesados en el tema: sólo les queda la esperanza de que por fin un día sus conocimientos ejerzan una vasta influencia sobre la sociedad.

De todos modos, ese no es el fondo del problema. El creciente número de estudios y la falta de interés del público tienen una raíz común: los crímenes nazis se convierten en un hecho histórico y ya nada se puede cambiar. Los jóvenes historiadores desarrollan un abordaje más analítico y dinámico, liberado de los prejuicios y de las implicaciones personales. Pero su trabajo no parece ser más relevante para la sociedad: perdió su significado político, de ahí también que encuentre menos resistencias.

Produce cierta amargura constatar que luego de haber perpetrado matanzas y de haberlas negado o ignorado durante décadas, la sociedad alemana no se siente al fin y al cabo demasiado conminada a rendir cuentas. También se puede reprochar a las generaciones siguientes que no hayan realizado el duelo, pero nada puede obligarlas a hacerlo. En términos generales, nuestros contemporáneos efectivamente ya no son responsables de lo acontecido durante la guerra. Todos aquellos que en 1945 tenían edad suficiente como para responder por sus actos hoy por hoy están jubilados, si es que viven.

¿Y si el problema no se redujera al antisemitismo? ¿Si tampoco se redujera a esos hombres incomprensibles con extraños cortes de pelo y camisas negras o marrones, que gritaban "Heil Hitler" y terminaron cometiendo crímenes insensatos? ¿Si fuera necesario comprobar que otros elementos "modernos" , externos a la organización burocrática del genocidio, pueden haber intervenido en el exterminio: política social, intereses socio-económicos, "necesidad" de la conducta de guerra, reflexiones estratégicas, complacencia hacia la opinión de los "conciudadanos" y su nivel de consumo, corrupción y estructuras de decisión que al gozar de cierta autonomía no obedecían ciegamente las órdenes? Son cuestiones que autorizan una investigación empírica enriquecedora.

Entre tanto, en el año nueve de la unificación alemana, la posición de los historiadores del nazismo se modificó un poco. Alemania acaba de participar en una guerra cuyo objetivo máximo fue el debilitamiento político y económico de Yugoslavia, mediante la destrucción de las infraestructuras serbias. Los principales dirigentes de la RFA justificaron los bombardeos de objetivos civiles en gran escala asegurando que Alemania debía participar ¡"debido a Auschwitz" ! La escritura de la historia nazi es manipulada como una ciencia cuyo objetivo es legitimar una política agresiva hacia los "estados parias" …

Daniel Goldhagen defendió una ofensiva terrestre, aplicando a los serbios sus teorías sobre el deseo genocida de los alemanes. Según Götz Aly, los serbios merecían ser el blanco de la OTAN, puesto que la mayoría de los civiles se hicieron cómplices de los actos de violencia en Kosovo. ¿Habría que ver allí una consecuencia lógica del carácter ya histórico de los crímenes nazis y de la despolitización de la historiografía de este período?

Las dos Alemanias

Ante las matanzas de mediados de siglo, Alemania parece un país desgarrado. Existen corrientes fascistas y autoritarias, pero también pedagogos, artistas e intelectuales comprometidos. Se encuentra al mismo tiempo gente indiferente y un gran interés por el "turismo de la memoria" en los antiguos ghettos de Europa del Este. Hay investigadores apasionados y manuales que no cambiaron desde los años 60. Mientras la televisión difunde documentales innobles sobre los "asistentes de Hitler" -que, como todos sabemos, eran sólo seis- se promueven cientos de iniciativas para la construcción de monumentos. Adolescentes estudiosos y honestos se codean con viejos (y jóvenes) negacionistas cuyos libros consiguen grandes tiradas.

Si el nazismo es al mismo tiempo objeto de un interés vigilante y de debates superficiales, es porque coexisten dos fenómenos. La joven Alemania busca su identidad, que no se puede imaginar desligada de los crímenes de la guerra: tiene que asumir una responsabilidad, pero no una seudo culpabilidad. Pero dentro y fuera del país, se intima a las élites alemanas a probar su legitimidad, ya que las décadas de negación, el análisis insuficiente de su pasado y el abordaje apresurado de su historia las constriñen finalmente a batirse siempre en retirada. Ninguna de estas dos Alemanias puede conformarse con tal estado de cosas, que impide a ambas "entregarse al descanso" . Al menos el crimen no cae en el olvido…

  1. Daniel Goldhagen, Los verdugos voluntarios de Hitler, Taurus, Madrid. Véase Dominique Vidal, "De Mein Kampf a Auschwitz" , Le Monde diplomatique, agosto de 1998.
  2. Ndlr: Esta tumba fue finalmente profanada, pero por un extremista religioso judío.
  3. Dieter Pohl, Nazionalsozialistische Judenverfolgung in Ostgalizien (La persecución nacional-socialista de judíos en Galicia oriental) 1941-1944, Oldenbourg, Frankfurt, 1993.
  4. Götz Aly, Endlösung (Solución final), Fischer, Frankfurt, 1995. Véase también Götz Aly, Susanne Heim, Vordenker der Vernichtung (Precursores de la aniquilación), Hoffmann und Camper, Hamburgo, 1991.
  5. Peter Longerich, Politik der Vernichtung (Política del aniquilamiento), Piper, Munich, 1998.
  6. Christopher Broxning, Des hommes ordinaires, 10/18, París, 1992.
Autor/es Christian Gerlach
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 4 - Octubre 1999
Páginas:5, 6, 7
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Historia, Militares, Genocidio, Ultraderecha
Países Alemania (ex RDA y RFA), Polonia, Yugoslavia, Israel