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Un “Gran Medio Oriente”

Para justificar la invasión a Irak la administración Bush utilizó tres tipos de pretextos: el primero fue, por supuesto, la "guerra contra el terrorismo" decretada a partir del 11 de septiembre de 2001: contra todas las evidencias, se presentó a la opinión pública estadounidense al presidente Saddam Hussein como cómplice o aun comanditario de Osama Ben Laden. El segundo argumento fue la amenaza que representaban las "armas de destrucción masiva": actualmente se sabe que las informaciones suministradas al respecto por Estados Unidos y Gran Bretaña eran falsas. A medida que esos dos argumentos se diluían, cobraba importancia el tercero: Washington prometía hacer de Irak un modelo democrático tan atractivo que serviría de ejemplo para todo Medio Oriente.

Presentado junto a los otros dos desde el comienzo de la campaña contra Bagdad, este último argumento fue cuidadosamente propagado por los "amigos neoconservadores" de la administración Bush 1, muy activos en torno al Pentágono. El propio Presidente expuso de manera solemne su ambición de difundir los "valores democráticos" en Medio Oriente. Fue el 26 de febrero de 2003, en vísperas de la invasión a Irak, ante el American Enterprise Institute, un think-tank conocido como refugio de los "neoconservadores" y de los partidarios incondicionales de Israel, de cuyas filas George W. Bush se jacta de haber tomado "prestados" veinte miembros de su gobierno 2. Luego, como para mostrar qué tipo de valores se trataba de difundir prioritariamente, el Presidente estadounidense propuso, el 9 de mayo de 2003, "la creación, en un plazo de diez años, de una zona de libre comercio entre Estados Unidos y Medio Oriente" 3.

Este argumento logró el apoyo de algunos de los adeptos de la "guerra humanitaria" bajo la administración Clinton, que durante el gobierno de Bush siguieron siendo partidarios de la mano dura. El canadiense Michael Ignatieff, profesor en Harvard y especialista en derechos humanos, es un representante de ese círculo, que aporta sofisticados argumentos para apoyar los rústicos razonamientos del gobierno estadounidense. En un resonante ensayo publicado a comienzos de 2003 en el suplemento dominical de The New York Times, Ignatieff elogiaba -con el tono de quien está de vuelta, para hacer más creíble su afirmación- los méritos del "Imperio estadounidense", transformado bajo su pluma en el verdadero "Imperio del bien".

Estados Unidos sería "un Imperio light, una hegemonía mundial cuyas ventajas son el libre mercado, los derechos humanos y la democracia, impuestos por la más temible fuerza militar que el mundo haya conocido jamás" 4. En su largo alegato el autor afirmaba: "Lo que aboga a favor del Imperio es que, en un sitio como Irak, se ha convertido en la última esperanza tanto para la democracia como para la estabilidad". Con el tiempo transcurrido, el pronóstico aparece en toda su falsedad...

Flagrante hipocresía diplomática

A la inversa de las loas "idealistas" provenientes de los "liberales" -como suele denominarse en Estados Unidos a los "progresistas"- la pretensión de la administración Bush de llevar la democracia al mundo musulmán en general y a Irak en particular fue vivamente criticada por los "realistas". Ya en el otoño de 2002, Adam Garfinkle, jefe de redacción de The National Interest, principal revista teórica de esa corriente, había lanzado una vigorosa advertencia contra la ingenuidad de ese tipo de enfoque.

La primera objeción que formulaba concernía a la "paradoja de la democracia", definida por otro profesor de Harvard, el célebre Samuel Huntington: en ciertas regiones del planeta la democracia puede jugar a favor de fuerzas hostiles a Occidente, modelo de esa democracia. El mundo musulmán es la región por excelencia donde esa ley se verifica, siendo la zona donde la hostilidad contra Estados Unidos alcanza su punto máximo.

La segunda objeción que presentaba Adam Garfinkle era que una campaña en favor de la democracia en el mundo árabe "presupone o bien un giro importante en la actitud de Estados Unidos respecto de las clases dirigentes no democráticas de Arabia Saudita, Egipto, Jordania y otros países, a los que durante mucho tiempo consideramos nuestros amigos, o bien un estado permanente de hipocresía diplomática flagrante" 5.

Esa hipocresía, a la que están habituados los pueblos del mundo musulmán desde hace mucho tiempo, es la fuente de la incredulidad mezclada con amarga ironía que generan en ellos las promesas democráticas de Washington. Es lo que señalan en Estados Unidos algunos partidarios sinceros de la democracia. Thomas Carothers, investigador en el Carnegie Endowment for International Peace, criticaba hace un año el "desdoblamiento de personalidad" del presidente Bush y de su equipo: "el ‘Bush realista' cultiva de manera activa las cálidas relaciones con los ‘tiranos amigos' en varios puntos del planeta, mientras que ‘el Bush neo-reaganiano' pronuncia ampulosos llamados en favor de una nueva y vigorosa campaña democrática en Medio Oriente" 6.

En un artículo sobre la estrategia de Estados Unidos, Sherle Schwenninger, codirector del programa de política económica mundial de la New America Foundation, recordaba que "la esencia misma de la política estadounidense en las últimas tres décadas fue contraria a la democracia y a la autodeterminación árabes". Cada Presidente siguió la misma estrategia, apoyada en tres pilares, cada uno de los cuales sirvió para "alienar a la población árabe": "el financiamiento de la defensa de Israel y el apoyo a un cierto tipo de procesos de paz"; "el respaldo a los gobiernos pro-estadounidenses de Egipto y Jordania"; y "el desarrollo de una fuerte alianza con las familias reinantes en los Estados petroleros del Golfo Pérsico, en particular con la familia real saudita".

"La ocupación de Irak -agrega- únicamente logró agravar los problemas de legitimidad de Estados Unidos. Para la mayoría de los pueblos de la región, sólo sirvió para consolidar su idea de que Estados Unidos está más interesado en el petróleo y en su posición militar dominante, que en el bienestar del pueblo iraquí" 7.

La ausencia de armas de destrucción masiva y la dinámica de una situación marcada por una gran desconfianza -cuando no por una clara hostilidad- del pueblo iraquí respecto de Estados Unidos, llevaron a George W. Bush a subir el tono del "argumento democrático".

Con tal objeto, Bush pronunció un discurso con ambiciones programáticas, el 6 de noviembre de 2003, ante el National Endowment for Democracy, un think-tank bipartidario creado en 1983 por iniciativa de la administración Reagan, reunido en la Cámara de Comercio de Estados Unidos. Haciendo de la democracia en el mundo musulmán el tema central de su discurso, el Presidente demostró la geometría muy variable de su concepción de esa forma de gobierno, dando su apoyo a los dirigentes de una larga lista de países árabes autocráticos -Marruecos, Bahrein, Qatar, Yemen, Kuwait, Jordania, y hasta la monarquía saudita- al tiempo que criticaba duramente a "los dirigentes palestinos que bloquean y socavan los cambios democráticos" 8.

Pocos días después se generó un enfrentamiento en Irak entre el "procónsul" Paul Bremer, como lo llama el semanario británico The Economist, y sus colaboradores iraquíes, por un lado, y el gran ayatollah Ali al-Huseini al-Sistani, principal autoridad espiritual de los chiitas de ese país, por otro. Se trataba de un enfrentamiento eminentemente "paradójico" (según la terminología de Huntington), pues era el ayatollah quien exigía el sufragio universal, tanto para la elección de una Asamblea Constituyente como para la ratificación de una nueva Constitución, mientras que la autoridad de ocupación argumentaba la imposibilidad de organizar elecciones a corto o mediano plazo, para justificar así la transferencia formal del poder a un gobierno iraquí designado por Washington. En esa confrontación, el ayatollah, apoyándose en las masivas manifestaciones de sus partidarios, logró imponer una mediación de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que culminó en la promesa de organizar elecciones hacia fines de este año.

En este contexto muy perjudicial para la imagen "democrática" con que se había arropado, la administración Bush -quien caía en las encuestas a pocos meses de la elección presidencial- decidió lanzar una nueva iniciativa espectacular. El 13 de febrero de 2004, el diario liberal en lengua árabe Al-Hayat, con sede en Londres, publicó un documento de trabajo (working paper) titulado "Colaboración G8 Gran Medio Oriente" 9 que Washington había entregado a los dirigentes del G8 en previsión de la cumbre que deberá desarrollarse del 8 al 10 de junio en Sea Island (Georgia), Estados Unidos.

El documento estadounidense toma muchos elementos de los informes sobre el mundo árabe preparados bajo la égida del Fondo Árabe de Desarrollo Económico y Social (FADES) y de la oficina regional del Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD) 10, y evoca el nivel de pobreza, analfabetismo y desempleo en los países árabes, con la intención de prevenir a los miembros del G8, cuyos "intereses comunes" se verían amenazados por el "crecimiento del extremismo, del terrorismo, del crimen internacional y de la inmigración ilegal" 11. Es a ese título que Washington se dirige a los miembros del grupo, presentando como complementarias iniciativas en realidad rivales (como la Iniciativa común euro-mediterránea -el llamado "proceso de Barcelona"- y la Middle East Partnership Initiative del Departamento de Estado estadounidense) e invocando los "esfuerzos multilaterales de reconstrucción en Afganistán y en Irak" como si se inscribieran en una sola e idéntica acción.

Bajo los rubros "Democracia" y "Sociedad del conocimiento" el documento propone varias iniciativas de un alcance muy limitado, como la ayuda técnica del G8 a los países árabes que organicen elecciones entre 2004 y 2006. Se deja claro que se trata de una "asistencia preelectoral" (ayuda técnica para crear los registros de electores y para la formación del personal) y no de un control sobre el desarrollo de las elecciones. Otras iniciativas proponen ayuda para instalar centros de formación para mujeres dirigentes y para periodistas, organismos de asistencia jurídica (incluida la sharia) y organizaciones no gubernamentales, y para preparar 100.000 maestras en un plazo que va hasta 2008.

Las innovaciones más audaces figuran en la categoría "Posibilidades económicas", y llaman a operar "una transformación económica de una dimensión similar a la emprendida por los ex países comunistas de Europa Central y Oriental". La clave de esa transformación es, por supuesto, el impulso al sector privado, llave maestra de la prosperidad y de la democracia, según el credo de Washington.

Las otras recetas son más convencionales: creación del Banco del Gran Medio Oriente para el Desarrollo, sobre el modelo del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), cuando los países árabes ya disponen al menos de una institución de ese tipo, el FADES, con la diferencia de que éste no es dirigido por los países occidentales; creación de zonas francas, cuando ya existen varias en los países árabes; y presión para que se dé prioridad a la adhesión a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y a las reformas necesarias para ello.

Razones del rechazo 

Una vez divulgado por Al-Hayat, ese documento desató numerosas críticas en el mundo árabe, empezando por la definición que daba del "Gran Medio Oriente". Además de los países árabes, esa zona incluye Afganistán, Irán, Pakistán, Turquía e Israel, países cuyo único denominador común consiste en pertenecer a la región de mayor hostilidad hacia Estados Unidos y en la que se despliega con más vigor el integrismo islámico en su versión anti occidental, erigido en enemigo público número uno por Washington al término de la Guerra Fría.

Fuera de esa consideración marcada por prioridades político-estratégicas que Estados Unidos pretende hacer adoptar a sus aliados occidentales, no hay ninguna razón geográfica, cultural o económica que justifique semejante aglomeración regional, demasiado o insuficientemente extendida, según los diversos criterios objetivos. Los gobiernos y la población de los países en cuestión no pueden aceptar semejante lógica, salvo Israel, que comparte las prioridades estratégicas de Washington, dado que los otros países del conjunto son sus principales fuentes de inquietud. 

Una de las primeras y más violentas críticas árabes al documento estadounidense vino del principal redactor del Informe sobre el desarrollo humano árabe, el egipcio Nader Fergany. Ofuscado por la manera en que Washington se apropió de ese informe, publicó en Al-Hayat un artículo en el que subraya que incluso el procedimiento utilizado por Estados Unidos (el escaso tiempo dejado a los interlocutores del G8 -y aun menos a los Estados árabes- para pronunciarse sobre el proyecto), ya pone de manifiesto "la mentalidad arrogante de la administración estadounidense actual respecto del resto del mundo, que la lleva a actuar como si pudiera disponer de la suerte de los Estados y de los pueblos" 12.

El autor reprocha al documento haber generalizado los datos de un estudio dedicado exclusivamente a los países árabes en una amplia zona geográfica muy heterogénea, mayoritariamente musulmana y considerada por los "neoconservadores" como fuente de terrorismo, sin tener para nada en cuenta las particularidades de los países englobados. Fergany expone varias razones para rechazar resueltamente el proyecto estadounidense. En primer lugar, el hecho de que se trata de algo "impuesto desde el exterior", sin consulta previa a los países interesados. Luego, la falta de "credibilidad" de una administración que siembra la corrupción en el mundo árabe y amenaza sus intereses. Razón por la cual -añade- el documento de Washington se apoya en el informe del PNUD-FADES "como un borracho se apoya en la columna de un farol para no caerse, no para ver más claro".

Asimismo, escribe Fergany, expresando un sentimiento muy extendido en la región, Washington trata de "comprometer" a Europa en su propio proyecto. Ello concierne sobre todo a países -como Alemania y Francia en primer lugar- cuya oposición a la invasión de Irak "les valió la popularidad y el respeto del pueblo árabe, al punto de que las fuerzas locales que buscan un cambio ven en ellos importantes aliados". Si esos países adhirieran al punto de vista estadounidense, continúa Fergany "perderían en gran medida el capital político que les generó el apoyo limitado a los derechos árabes" y dejarían escapar una oportunidad histórica para convertirse en interlocutores de las fuerzas del cambio en la región. Quizás -añade-  ése sea precisamente un "objetivo latente" del documento de Washington.

Fergany critica en particular la voluntad de Estados Unidos de imponer su modelo económico a Medio Oriente. A ello se suma el hecho de que el documento ignora los principales problemas del mundo árabe: postula la integración de Israel en el conjunto regional sin siquiera mencionar los derechos de los palestinos. Sólo se interesa en la reconstrucción de Irak -y no su soberanía- en la medida en que la misma significa "la distribución de contratos entre las empresas de los Estados que contribuyeron a destruir Irak".

En conclusión, Fergany llama a los Estados árabes a oponerse al proyecto estadounidense, subrayando a la vez que un rechazo que no esté acompañado de un auténtico esfuerzo de parte de esos Estados para promover una reforma endógena, un auténtico proyecto de renacimiento del mundo árabe, sería vano.

Necesidad de autorreforma 

Es esta última perspectiva de reforma la que esboza el informe PNUD-FADES. Su última edición, de octubre de 2003, tuvo en cuenta las justificadas críticas suscitadas por la primera edición (julio de 2002), por conformarse al credo neoliberal y descuidar la parte de responsabilidad que cabe a la dominación extranjera en el estado actual del mundo árabe. El informe 2003 pone el acento en el carácter dependiente de las economías árabes, atempera un poco su liberalismo económico, previniendo sobre los riesgos de la sustitución de los monopolios estatales por nuevos monopolios privados, y formula una vigorosa crítica a las políticas de Israel y de Estados Unidos en Medio Oriente 13.

Ese problema de credibilidad es la principal desventaja que tiene el proyecto estadounidense. Aun los partidarios más resueltos de un cambio en el mundo árabe lo rechazan por ese motivo. Es el caso, por ejemplo, del militante tunecino por los derechos humanos Moncef Marzuki, que señala, siempre en Al-Hayat, "la total falta de credibilidad de la política estadounidense de promoción de la democracia en el mundo árabe" 14. "Cabe decir incluso -agrega- que toda su política culmina, por el contrario, abriendo un vasto campo a las fuerzas islámicas extremistas, como lo vemos en Irak y como lo veremos en otros lados."

La profunda hostilidad que despierta la administración Bush en los países árabes y la exacerbada desconfianza respecto de todo lo que proviene de ella logró incluso que los principales aliados y protegidos árabes de Washington, los regímenes de Egipto y de Arabia Saudita, se desmarcaran rápidamente de la iniciativa estadounidense. El presidente egipcio, Hosni Mubarak, encabezó incluso el bando crítico para así vacunarse contra las reacciones violentas que esa iniciativa no deja de provocar. Luego de haber expresado sus propias reservas, Mubarak viajó a Ryad, donde dio a conocer un comunicado conjunto con los sauditas rechazando "la imposición desde el exterior de un tipo específico de reforma para los países árabes y musulmanes" 15.

En contrapartida, los aliados árabes de Estados Unidos se aprestan a poner nuevamente sobre la mesa la "iniciativa saudita" (ya inspirada por Washington), en la próxima cumbre, convocada en Túnez para el 29 y 30 de marzo. Ese plan había sido anunciado en enero de 2003, en vistas de la precedente cumbre que debía realizarse en Bahrein en marzo de ese año, finalmente trasladada a Sharm el-Sheikh, en Egipto, y reducida a la sola jornada del 1 de marzo, debido a la crisis iraquí. La iniciativa del príncipe heredero Abdalah se había vuelto políticamente inoportuna a causa de la tensión regional y de las advertencias de algunos de sus pares contra la sumisión a los dictados de Washington. El presidente sirio Bashar el-Assad, en particular, había denunciado las sucesivas "máscaras" utilizadas por Estados Unidos para engañar al mundo y apoderarse de Irak: las inspecciones de la ONU, las resoluciones del Consejo de Seguridad, las armas de destrucción masiva, "el tema de la democracia, luego el de los derechos humanos, y ahora nos promete el desarrollo" 16.

La iniciativa saudita apuntaba a que los Estados árabes adoptaran una nueva carta favorable a la "auto-reforma" y al desarrollo de la "participación política", y también medidas para "apoyar y favorecer el sector privado" e instaurar un "mercado común árabe". En suma, recetas cuyo carácter políticamente timorato contrasta con el carácter resuelto y fundamental de las directivas económicas, y que muestran claramente que en Medio Oriente la "liberalización" impulsada por ese tipo de promotores tiene muchas posibilidades de limitarse a una privatización. 

  1. Para conocer una presentación particularmente ingenua del programa de democratización de Medio Oriente, ver Victor Davis Hanson, "Democracy in the Middle East: It's the hardheaded solution", en el principal órgano de los neo-conservadores, The Weekly Standard, Washington, 21-10-02.
  2. George W. Bush, "President Discusses the Future of Iraq", Office of the Press Secretary, The White House, 26-2-03.
  3. George W. Bush, "Remarks by the President in Commencement Address at the University of South Carolina", Office of the Press Secretary, The White House, 9-5-03.
  4. Michael Ignatieff, "The Burden", The New York Times Magazine, 5-1-03.
  5. Adam Garfinkle, "The Impossible Imperative? Conjuring Arab Democracy", The National Interest, Nueva York, otoño de 2002.
  6. Thomas Carothers, "Promoting Democracy and Fighting Terror", Foreign Affairs, Nueva York, enero/febrero 2003.
  7. Sherle Schwenninger, "Revamping American Grand Strategy", World Policy Journal, Nueva York, otoño de 2003.
  8. "Remarks by the President at the 20th Anniversary of the National Endowment for Democracy, United States Chamber of Commerce", The White House, Washington, 6-11-03.
  9. El texto original en inglés se puede consultar en el sitio del periódico.
  10. PNUD y FADES, Informe árabe sobre el desarrollo humano 2002 e Informe árabe sobre el desarrollo humano 2003, Nueva York. Ese título fue mal traducido: la traducción estricta del mismo a partir de su versión original, en árabe, o de la traducción al inglés, sería: "Informe sobre el desarrollo humano árabe". Ambas versiones pueden verse en internet (gratis únicamente en árabe) desde el sitio del PNUD: www.undp.org.
  11. Es de destacar la manera en que el texto asocia la "inmigración ilegal" con los otros flagelos.
  12. Nader Fergany, "Crítica del proyecto del ‘Gran Medio Oriente': es imprescindible que los árabes rechacen una reforma que viene del exterior" (en árabe), Al-Hayat, Londres, 19-2-04.
  13. En represalia, la administración Bush redujo considerablemente la contribución de su país al presupuesto del PNUD respecto de lo que ya había sido votado por el Congreso.
  14. Moncef Marzouki, "El proyecto estadounidense de democracia en el Gran Medio Oriente: Sí, ¿pero con quién?" (en árabe), Al-Hayat, Londres, 23-2-04.
  15. Ver al respecto Nevine Khalil, "Winds of Change", Al-Ahram Weekly, El Cairo, 26-2-04.
  16. Ver Amira Howeidy, "Swan-Song for Arab Unity", Al-Ahram Weekly, El Cairo, 6-3-03.
Autor/es Gilbert Achcar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 58 - Abril 2004
Páginas:8,9
Temas Neoliberalismo, Geopolítica
Países Estados Unidos