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El sueño etíope de potencia regional

Después de dos años de guerra, las perspectivas de una paz auténtica entre Etiopía y Eritrea no parecen estar totalmente garantizadas, a pesar de las periódicas pausas en los combates, de las mediaciones, de los difíciles ceses de fuego logrados por la Organización de Unidad Africana (OUA), y aun de la "paz" firmada en Argel el 18 de junio pasado.

El éxito de las ofensivas etíopes del pasado mes de mayo convulsionó la situación militar y humanitaria en la región, a la vez que reveló hasta qué punto los objetivos de Etiopía y de Eritrea eran de allí en más inconciliables. Las fuerzas etíopes contaban, al inicio de la guerra, con aproximadamente unos 50.000 hombres, en su mayoría provenientes de las tropas que habían conquistado Addis Abeba siete años antes. El ejército de Eritrea, de una importancia comparable, se beneficiaba por añadidura con un papel central en la sociedad, ratificado por la creación, en el año 1994, de un servicio nacional mixto de 18 meses (6 meses de entrenamiento militar, 12 de trabajos civiles), prolongación de aquel "crisol nacional" que había sido la guerrilla en el transcurso de la guerra de independencia (1961 -1991). Todo lo cual facilitó la movilización de Eritrea.

Dos semanas después de la declaración de guerra del Parlamento etíope (14-5-1998), la relación de fuerzas en la frontera era de uno a tres a favor de Eritrea, lo que sería luego reconocido por el jefe de estado mayor etíope. Los combates en las fronteras durante el primer mes fueron todos favorables a Asmara, que ocupó o volvió a ocupar la casi totalidad de las cinco "zonas disputadas". Es allí donde se reveló la asimetría fundamental de esta guerra. El ejército de Eritrea, victorioso, no llevó demasiado lejos su ventaja. Para Asmara, se trataba de un conflicto limítrofe. No de otra cosa. Los eritreos ocuparon lo que estimaban era suyo, se parapetaron allí y esperaron a que los cartógrafos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) viniesen a verificar que efectivamente estaban en su derecho1.

Para los dirigentes de Addis Abeba, esto estaba fuera de discusión. Desde el principio, contrapusieron al concepto eritreo de "conflicto limítrofe" el concepto de "una guerra para poner fin a la arrogancia eritrea", y se dedicaron a reconstruir el ejército, sacando provecho de una "curiosa guerra"que duró dos años, entrecortada por asaltos mortíferos pero breves. El esfuerzo fue intenso: se reorganizó el mando, se incrementaron los efectivos globales a 300.000 hombres, y se compraron materiales sofisticados -carros de asalto, artillería pesada, aviones de combate y helicópteros de ataque- en el extranjero, especialmente a Rusia y Bulgaria. Los progresos más espectaculares se llevaron a cabo en la aviación, área en la cual Etiopía se vio beneficiada con un importante apoyo por parte de Rusia. Varios generales moscovitas y un centenar de militares, unos a título de consejeros oficiales, otros como mercenarios, vinieron a respaldar el mando etíope.

La reconstrucción del ejército etíope costó muy cara. Casi mil millones de dólares en dos años, suma varias veces mayor que la necesaria para alimentar a su población, amenazada por una nueva hambruna… En frente, también se multiplicaron las compras de armas, pero Eritrea disponía de pocos medios.

La ofensiva lanzada por Etiopía el 12 de mayo pasado resultó un éxito. Llevada a cabo de manera metódica y decidida, ilustró el renacimiento del poder militar etíope, y reveló además la dimensión de los objetivos políticos del gobierno de Addis Abeba. Los eritreos no sólo fueron superados en número y en poder de fuego, sino también en capacidad de maniobra.

Miles de hombres cruzaron el desecado Río Mereb y treparon a pie, de noche, por las abruptas pendientes dominadas por el antiguo pueblo de Enda Aba Simeon, en una zona empinada, hasta el punto de confluencia, mal defendido, de dos líneas de frente eritreas. Dueños de las alturas, introduciendo aceleradamente nuevas fuerzas dentro de la brecha, tomaron de flanco las trincheras enemigas. En menos de dos días, la derrota de Asmara en el frente occidental estaba consumada y el ejército etíope penetraba profundamente en las planicies de esta fértil región, uno de los graneros de Eritrea.

Después de un último e infructuoso esfuerzo de resistencia frente a la capital regional, Barentu, los eritreos abandonaron de golpe todo el bajo país. Este "repliegue estratégico" precipitado dejó numerosos muertos y prisioneros en el terreno y lanzó hacia los caminos a varios cientos de miles de civiles, unos huyendo hacia el Sudán, otros hacia campos apresuradamente instalados en la región de Keren, al noroeste de Asmara.

Una escena similar se volvió a producir, algunos días más tarde, en el frente central. La toma del Monte Aiga, que domina desde el Este toda la zona de Zalambessa -ciudad ubicada en la frontera entre los dos países- obligó al ejército eritreo a abandonar sus poderosas líneas de defensa, ubicadas más abajo. Esta vez, aleccionados por la experiencia, los soldados eritreos parecen haber efectuado la retirada ordenadamente. Pero una vez más, decenas de miles de civiles fueron obligados a huir hacia el norte. Ya no se trataba de un "conflicto limítrofe", sino que los eritreos se enfrentaban con una invasión en regla. Recuperaron entonces sus reflejos de guerrilla: primero, salvar el ejército, luego ganar tiempo.

Por razones diplomáticas, el objetivo de los dirigentes etíopes de "quebrar al ejército eritreo", sólo se había revelado en forma progresiva. La meta de la guerra se oficializó en oportunidad de la ofensiva del 12 de mayo. Pero era evidente desde hacía varios meses, especialmente después de la negativa por parte de Etiopía de aceptar, en agosto de 1999, un plan de la OUA focalizado exclusivamente en la resolución del litigio limítrofe.

La voluntad de infligir un "castigo", de "escarmentar para siempre" al gobierno de Asmara emanado del Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE)2, de "castrar el poder de Shaabia"3, ratificada a través de reiteradas declaraciones, así como la insistencia puesta de manifiesto por la diplomacia en cuanto a denunciar la "permanente amenaza que representa Eritrea para todos sus vecinos", iban más allá de los excesos y de los gritos de guerra para uso interno que invaden la prensa de ambas capitales desde hace dos años.

El objetivo de reducir a la nada el poder militar del joven Estado eritreo es parte integrante de una ambición mayor. A través de esta guerra, Etiopía espera ser reconocida como una potencia regional. Así como Sudáfrica domina el Cono Sur del continente y Nigeria consolida su poder en el Oeste, Etiopía se propone que su punto de vista prevalezca en Asmara tanto como en Djibouti, en los micro-Estados somalíes tanto como en el resto del Gran Cuerno. La política interior etíope no es ajena a esta nueva ambición.

La combinación política fundadora del régimen establecido en 1991 -un fuerte federalismo étnico y una posición en extremo cerrada del poder central, reservado al FPLT (Frente Popular de Liberación del Tigré)- tropieza con fuertes oposiciones. Para permanecer en Addis Abeba, donde no los quieren ni la población ni las elites, los tigreanos, grupo étnico minoritario (6% a 7%), se benefician al encarnar, a su vez, el sueño "imperial" etíope. Las críticas contra el poder solitario de Issaías Afworki se acallaron instantáneamente cuando se inició la guerra; en Addis Abeba, las calles se colmaron para aclamar a los combatientes tigreanos, en quienes ayer los etíopes sólo veían inquietantes intrusos.

La historia dirá en qué momento esta ambición se cristalizó en el seno de la dirección tigreana. Este mando, oligárquico, está compuesto por 7 miembros del buró político del FPLT, todos procedentes de la guerrilla. En el transcurso de los años de maduración, el principal debate político entre ellos se refirió a la manera de garantizar el renacimiento político del antiguo poder del Tigris. A pesar de la extravagancia que convertía al FPLT en un movimiento que hasta 1989 se apoyaba oficialmente en la variante más estalinista del comunismo -la del albanés Enver Hodja- los héroes en boga eran más bien el último emperador del Tigris, Johannes IV, quien reinó en Etiopía de 1872 a 1888, destacándose contra los italianos, y su famoso jefe guerrero, Ras Alula. Durante mucho tiempo, el sentimiento de que el Tigre debía reivindicar su independencia predominó en el seno del FPLT. Este punto de la doctrina fue la fuente de la larga y acrimoniosa desavenencia que opuso entre 1985 y 1988 al FPLT contra el FPLE.

Por su lado, los eritreos no querían que el FPLT peleara por la independencia del Tigre. Después del escamoteo de la revolución etíope por parte de la dictadura prosoviética del coronel Mengistu, derrocado en 1991, su convicción era que nunca obtendrían la independencia de Eritrea sin un cambio de poder en Addis Abeba, y paralelamente, que jamás lograrían su reconocimiento por la OUA y la ONU si para ello Etiopía tenía que desintegrarse. La independencia de Eritrea pasaba a sus ojos por la no independencia del Tigre.

Este desacuerdo estratégico pesó excesivamente y por largo tiempo. Por evidentes razones tácticas, nunca fue dado a conocer públicamente por sus protagonistas. La intensidad de los odios actuales -que deja estupefactos a los observadores, confundidos desde 1991 por las llamativas demostraciones de camaradería en ambas direcciones- halla su fuente en esa época de agudas tensiones ocultas. Para muchos, si bien los dirigentes de las dos formaciones se conocían, de hecho no sentían ningún aprecio el uno por el otro, ya desde la época de la universidad de Addis Abeba.

El nacionalismo pluriétnico de los eritreos concordaba poco con el nacionalismo en mayor medida monoétnico de los tigreanos. En sus escuelas de formación, éstos no vacilaban en trazar mapas de un "gran Tigre", que incluía partes sustanciales de Eritrea, cosa que conocían las bases del FPLE. Cuando en 1985 el FPLE prohibió el pase de convoyes de abastecimiento hacia el Sudán para oponerse al "estrecho nacionalismo" del FPLT, en varias ocasiones los dos movimientos estuvieron al borde de un enfrentamiento armado. Reinaba entonces la hambruna, y cientos de miles de tigreanos hambrientos recorrían las carreteras…

La reconciliación se produjo a principios de 1988. Dictada por el interés común, resultó facilitada por el acceso al mando del FPLT de Meles Zenawi, hasta entonces responsable de la propaganda, quien haciendo a un lado los proyectos de independencia tigreana asumió la conducción de una coalición -el Frente Popular Revolucionario Democrático Etíope (FPRDE)4- con otros movimientos etíopes de oposición, para tomar el poder en Addis Abeba.

Meles Zenawi había sido uno de los primeros jóvenes reclutas que, en 1975, acudieron a entrenarse en las bases del FPLE. Su madre es eritrea y él es sin duda uno de los dirigentes tigreanos que mejor entiende la "especificidad eritrea". Pero las relaciones entre el FPLE y el FPLT siguieron dominadas por la suspicacia. A principios de 1996, el mando tigreano participó de tumultuosos debates en torno del apoyo o no a Eritrea en el contexto de su conflicto con el Yemen.

Los dirigentes eritreos no percibieron hasta qué punto se habían convertido en el enemigo número uno para sus antiguos aliados. Necesitaron varios meses, luego del desencadenamiento de las hostilidades, para admitir la realidad de la mutación. Y por lo mismo, rendirse ante la evidencia poco alentadora de sus consecuencias: para Etiopía, el objetivo de la guerra no es conquistar territorios limítrofes sino terminar con la relación de igualdad entre ambos países, instaurada en mayo de 1991.

Eritrea se ve prácticamente enfrentada a una segunda guerra de independencia. El 31 de mayo, el primer Ministro etíope declaró con satisfacción: "En lo que a mí concierne, la guerra ha terminado". Las razones de esta satisfacción fueron detalladas el mismo día en un largo comunicado del estado mayor etíope, que afirmaba que 14 de las 24 divisiones del ejército eritreo habían sido destruidas y 8 de las 10 restantes seriamente debilitadas.

Estos espectaculares guarismos eran proporcionales a los balances contradictorios y muy exagerados, regularmente difundidos por ambos bandos. El ejército eritreo había sido duramente puesto a prueba, pero manifiestamente no fue "destruido", y lo demostró en los días siguientes mediante una serie de contraofensivas locales que obtuvieron cierto éxito. Pero en vísperas de una tregua provisoria, que se hacía necesaria debido a la intensidad de los sacrificios acordados y a la inminencia de la temporada de lluvias, Etiopía puso así de manifiesto con qué medida evaluaba sus progresos.

Es la debilidad de su ambición. Si Sudáfrica o Nigeria son gigantes políticos en sus propias regiones, se lo deben a su poderío económico. En cambio Etiopía es desesperadamente pobre. No podrá contar eternamente con el programa Alimentario Mundial (PAM), la ayuda estadounidense (US Aid) y las reservas alimenticias de la Unión Europea para alimentar a su población a la vez que desarrolla su poderío militar, en virtud de un "derecho de los pobres a hacer ellos también la guerra", explicado por el primer ministro Meles Zenawi a siete azorados embajadores de la ONU que habían venido a entrevistarse con él para intentar detener el conflicto, en vísperas de la ofensiva.

  1. "Erythrée- Ethiopie, une guerreabsurde", Le Monde diplomatique, París, junio de 1998.
  2. El FPLE, surgido en 1977, es una escisión reformistadel Frente de Liberación de Eritrea. Tomó el poder en Asmara en 1993, con la independencia del país. En 1995 adoptó el nombre de FrentePopular para la Justicia y la Democracia.
  3. "Popular": abreviatura que designa al FrentePopular de Liberación de Eritrea (FPLE), convertido en Frente Popular parala Justicia y la Democracia; de la misma manera, "Woyane" es elvocablo que designa al Frente Popular de Liberación del Tigre(FPLT).
  4. Coalición actualmente en el poder en Etiopía, dirigida por el FPLT, que fuera creado en 1990.
Autor/es Jean Louis Peninou
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Páginas:28, 29
Traducción Dominique Guthmann
Temas Conflictos Armados, Militares, Minorías, Deuda Externa, Geopolítica, Políticas Locales
Países Eritrea, Etiopía, Nigeria, Sudáfrica, Sudán, Bulgaria, Rusia, Yemen