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Crisis de régimen en Argentina

En los últimos seis meses la crisis argentina se desarrolla a un ritmo para muchos inesperado. Las turbulencias económicas, políticas y sociales se suceden y combinan conformando una marea ascendente irresistible. Factores que se venían acumulando lentamente en el último decenio emergen ahora ante un poder crecientemente autista, embrollado en su propia trampa conservadora. La recesión y el endeudamiento externo han amenazado en varias oportunidades convertirse en depresión y cesación de pagos. La última recomposición de gabinete y la cesión de poderes especiales al Poder Ejecutivo constituyen el postrer intento por salvar los intereses dominantes en un modelo agotado.

Renunció el Vicepresidente (en el lejano octubre del 2000); cambiaron uno tras otro los gabinetes ministeriales mientras se multiplicaban los cortes de ruta, las huelgas y otras formas de protesta popular. Hartazgo desde abajo y desprestigio de los dirigentes políticos del sistema, pero también búsqueda desde arriba de recomposiciones autoritarias que apuntan hacia un futuro siniestro, mezcla de apartheid social, subordinación colonial y eternización de la decadencia económica.

Esto no ocurre en una isla desafortunada rodeada por un mundo feliz, sino en un contexto de crisis internacional, ahora centrada en Estados Unidos -cuya economía se desinfla, con caídas bursátiles, del consumo y de los beneficios empresarios- afectando tanto a los países desarrollados como al conjunto de la periferia.

El inicio de la declinación de la economía argentina suele establecerse en el segundo lustro de los años ´70, durante la dictadura militar, cuando emergió hegemónico el sector financiero como cabeza de un sistema más vasto de actividades especulativas que fue dejando en segundo plano a los sectores productivos, principalmente la industria (ver gráfico). Entre 1976 y 1981 el sector industrial creció apenas un 2% en términos reales, mientras el financiero lo hizo en casi 150%. Ese fenómeno fue periférico de un movimiento global iniciado con el shock petrolero de 1973-74, cuando se fueron generando crecientes excedentes financieros (los famosos "petrodólares"), que no podían ser absorbidos por la economía real. El capitalismo global ingresaba en una etapa de sobreproducción crónica, que con altibajos ha persistido hasta hoy.

En Argentina el nacimiento de la hegemonía financiera -que desde el comienzo asumió formas mafiosas, en tanto generado por una dictadura corrupta- aparece como resultado del agotamiento y descomposición del proceso de industrialización subdesarrollada (evidente desde fines de los años ´60), cuya más alta expresión política fue el primer gobierno peronista (1945-55). Dicho proceso nunca había podido superar el viejo esquema agroexportador, con el que coexistió de manera inestable y confusa: dependía para funcionar de las divisas de las exportaciones provenientes del sector rural, lo que determinaba una debilidad estratégica fundamental en su inserción internacional. Esto prosiguió hasta mediados de los ´70, en un contexto de interminable sucesión de golpes y contragolpes de Estado y asociaciones intersectoriales de las que participaban las trasnacionales que iban ocupando posiciones, los acreedores externos (liderados por el FMI), los industriales más o menos "nacionales", los intereses de la alta burguesía rural y comercial, los sindicatos, etc., en una suerte de eterno "empate" donde ningún sector conseguía prevalecer en forma durable. En los hechos se iba produciendo poco a poco la subordinación del aparato económico argentino (a través de la deuda externa, las inversiones extranjeras, el debilitamiento comercial), al mismo tiempo que se concentraban los ingresos y se degradaba el Estado. Este retroceso general debilitaba, quebraba una tras otra las zonas de protección económicas, institucionales y sociales, afectando al capitalismo local en su conjunto.

El quiebre dictatorial

Pero la dictadura instalada en 1976 produjo un cambio cualitativo, marcado por la avalancha especulativa, la caída salarial y la apertura importadora salvaje, coincidente desde la especificidad periférica argentina con el proceso global de hegemonía financiera.

El fenómeno culminó en los años ´90, con el gobierno menemista. Es posible dividir ese período en tres etapas. Durante la primera, hasta 1994, se produjo la desnacionalización de las empresas públicas y de la mayor parte de las privadas nacionales. Los fondos ingresados por dichas operaciones, sumados a un flujo significativo de corrientes financieras ilegales (destapado ahora por la investigación del Senado de EE.UU. y de legisladores locales), facilitaron la expansión del consumo en las clases altas y medias y una ola de importaciones resultado de la apertura comercial. Creció el PBI (aunque el ministerio de economía infló las cifras), pero también aumentaron la desocupación y la precarización laboral, la pobreza y la indigencia. Se estableció un sistema de saqueo a gran escala, controlado por un reducido núcleo de empresas y redes financieras -básicamente extranjeras- sobre la base de superganancias originadas en tasas de interés astronómicas, altas tarifas de servicios públicos, etc., concentrando ingresos, evadiendo fondos al exterior. El "plan de convertibilidad" fue el instrumento decisivo de ese esquema: congeló la paridad cambiaria sobrevaluando la moneda local, dio vía libre a las importaciones y a las operaciones financieras.

En el segundo semestre de 1994 el sistema ya mostraba signos de deterioro: se desaceleraba la recaudación fiscal, aumentaba la desocupación en numerosos sectores y también la voracidad de los grupos financieros, que presionaban cada vez más a un Estado declinante en busca de nuevos negocios (rebajas tributarias, apropiación de aportes previsionales, etc.). La crisis mexicana fue el detonante externo de un panorama nacional donde se multiplicaban los signos de degradación.

Se abrió entonces una segunda etapa, expresión del fin del auge neoliberal. La recesión de 1995 pudo ser superada en los dos años siguientes, pero a costa del incesante aumento del endeudamiento externo, en un movimiento condenado a agotarse. Durante ese tramo aparecieron las primeras protestas populares significativas, Cavallo se alejó del gobierno y comenzó el deterioro de la popularidad de Carlos Menem. La crisis asiática de 1997 estrechó considerablemente los márgenes financieros internacionales de un régimen que se reproducía gracias a los créditos externos. A partir de allí fue evidente la contradicción entre el crecimiento económico general y la presencia de un poder capitalista depredador que devoraba porciones crecientes del ingreso nacional.

La tercera etapa se inició en 1998, cuando la recesión se instaló no ya como un acontecimiento pasajero (así lo anunciaban los voceros oficiales) sino como un fenómeno durable, estructural. La superdeuda externa acumulada, unida a un mercado interno bloqueado por la concentración de ingresos, no dejaba mayores posibilidades a la expansión productiva. Las succiones combinadas de la usura internacional y de los grupos económicos localizados en el país fueron debilitando, paralizando a la víctima.

Pero en esta etapa se inició además, a escala mundial, el repliegue de los fondos especulativos desde los países periféricos hacia el centro desarrollado occidental. El mundo era sacudido por una sucesión de turbulencias (inestabilidad en Asia del Este -que se prolonga hasta hoy-; el derrumbe ruso de 1998; la crisis brasileña de 1999, etc.) a lo que se agregaba la persistencia del estancamiento japonés, la segunda potencia económica mundial, que también dura hasta nuestros días. El enrarecimiento del clima financiero y comercial global dificultaba y encarecía la obtención de nuevos préstamos, en especial para una Argentina superendeudada, estancada y con fuerte déficit fiscal.

El fantasma del default

El círculo vicioso del neoliberalismo agotado se potenció. Cortarlo o reducirlo hubiera sido relativamente sencillo desde el punto de vista "técnico": habría bastado con renegociar los pagos de los intereses de la deuda y detener las transferencias de aportes previsionales a las AFJP (principales causas del déficit fiscal y en consecuencia del endeudamiento externo) y tambien terminar con el esquema de la convertibilidad recuperando la soberanía cambiaria y el libre ejercicio nacional de la política fiscal y monetaria (ver artículos anteriores). Pero eso era imposible en un sistema dominado por una trama de intereses parasitarios. En consecuencia, se impusieron los ajustes que achicaban el Estado y bajaban salarios y otros ingresos de las clases medias y bajas, orquestando transferencias hacia los acreedores externos y los grupos económicos dominantes locales. La secuencia comenzó con el Menem terminal y sigue con Fernando de la Rúa. La recesión consiguiente aplastó la recaudación fiscal y engendró más demanda estatal de préstamos internacionales.

Pero a lo largo de 2000 la situación se agravó. La contracción económica interna acorraló a vastos sectores sociales e importantes grupos de empresas (incluidas algunas extranjeras), comenzaban a sufrir el impacto de las caídas en sus ventas y volúmenes de ganancias, mientras el endeudamiento externo amenazaba convertirse en cesación de pagos.

Entretanto Estados Unidos agotaba su prosperidad; en abril comenzó la caída bursátil y hacia el final del año pasado era evidente la desaceleración del consumo interno y la caída de beneficios empresarios. Japón decayó aún más y Europa Occidental comenzó a revisar a la baja sus pronósticos de crecimiento para el año 2001. El conjunto de la periferia (en especial América Latina), no podía esperar nada bueno en el futuro próximo.

En consecuencia, hacia fines de 2000 la crisis argentina dio un nuevo salto cualitativo: la cesación de pagos externos (el default) se puso a la orden del día. El gobierno y el FMI trataron de frenarla con un salvataje financiero en torno al cual el primero lanzó una campaña publicitaria anunciando la instalación de un "blindaje" valuado en cerca de 40.000 millones de dólares, que aseguraría estabilidad y crecimiento por un largo período. La información era falsa: la cifra real era aproximadamente la cuarta parte del anuncio y consistía en una línea de crédito de emergencia -otorgada principalmente por el FMI- que ayudaba al gobierno a sobrevivir durante un trimestre como máximo. De otro modo no se explica que en marzo del 2001 reapareciese la sombra del default, esta vez como una amenaza que llegó para quedarse por un buen período.

Argentina ingresó así en una nueva etapa de su decadencia, caracterizada por una triple presión que fragiliza al extremo el esquema dominante. En primer lugar, la de los acreedores externos, enfrentados a un país que ha saturado su capacidad de pagos y de endeudamiento "normal" y condenado a vivir de salvatajes y refinanciaciones cada vez más problemáticas. En segundo lugar, la de los grandes grupos económicos locales, que buscan "recomponer beneficios" ante un mercado interno que se comprime mediante el recurso de pagar menos impuestos y salarios, recibir algunas transferencias adicionales, participar de nuevos "negocios" a costa del Estado y de las clases medias y bajas. En tercer lugar, la de los sectores sumergidos, clases medias y bajas acosadas por una realidad social dramática, que a lo largo de los dos últimos años han multiplicado y extendido sus manifestaciones de descontento. Esas enormes presiones han desquiciado el panorama político e institucional caotizándolo, inyectándole irracionalidad en dosis crecientes.

Economía y política

Sería incorrecto reducir la decadencia argentina a su aspecto económico, puesto que en ella se entrelazan factores históricos, culturales, políticos, económicos, sociales, institucionales, conformando un conjunto que desde su especificidad subdesarrollada, periférica, integra un espacio más vasto: el capitalismo global, que luego de varias décadas de financierización ha entrado en una crisis profunda.

Hace algo más de un cuarto de siglo se agotaba en Argentina el proceso industrial integrador y la movilidad social se frenaba. Esto se manifestó también como crisis del peronismo, que luego de ampliar sus bases sociales hacia las capas medias se orientaba hacia la izquierda en un proceso de radicalización que lo empujaba más allá de sus fronteras culturales tradicionales. El fenómeno fue abortado por la dirigencia conservadora y en primer lugar por el propio Juan Perón que en sus últimos meses de vida intentó erradicar, desplazar lo que él visualizaba como peligro "comunista". El derrocamiento del gobierno de Héctor Cámpora, la masacre de Ezeiza, la imposición de funcionarios y dirigentes reaccionarios, las agresiones de grupos terroristas parapoliciales (que derivaron más tarde en la triple A) constituyeron el legado de un jefe histórico que no quería por nada del mundo ir más allá del país burgués dependiente. Más tarde la dictadura completó la faena con varias decenas de miles de asesinatos, encarcelamientos y exilios. Tampoco faltó a la cita el radicalismo, cuyo dirigente máximo Ricardo Balbín alentaba las represiones con anatemas contra las revueltas obreras y juveniles, a las que calificaba de "guerrilla industrial". El radicalismo nutrió al régimen militar con funcionarios que ocuparon desde intendencias hasta embajadas.

El nacimiento de la hegemonía financiera fue también, por lo tanto, la señal del comienzo de la agonía de los grandes partidos nacionales que, en distintos momentos históricos, habían expresado tendencias profundas hacia la integración social del capitalismo: el radicalismo en su etapa agroexportadora, cuando la acumulación de riquezas la hizo posible, y el peronismo en su etapa industrial, dependiente del mercado popular de consumo.

Ambos encarnaron esa voluntad democratizante, y aunque le impusieron claras barreras ideológicas conservadoras, ello les otorgó sentido de la realidad inmediata, eficacia y legitimidad mientras el sistema se ampliaba o preservaba amplios espacios de progreso social, de mejoramiento para una amplia variedad de grupos de bajos y medianos ingresos. Pero cuando el subdesarrollo sepultó su vieja "prosperidad", entró en decadencia e hipertrofió sus rasgos elitistas y parasitarios, esas culturas políticas burguesas basadas en el ascenso y la negociación quedaron sin fundamento al restringirse su base social. Los discursos tradicionales no reflejaban la nueva realidad y se tornaron huecos; los dirigentes se adaptaron a la novedad neoliberal poniéndose al servicio del poder económico, de sus exigencias abiertamente antipopulares. Los años "80 y sobre todo los ´90 marcaron esa tendencia que termina ahora, en el inicio del siglo XXI, por desacreditar completamente no solo a los políticos radicales y peronistas sino también al "progresismo" encarnado principalmente por el Frepaso, cuyo fracaso señala la inviabilidad de una tentativa (que probablemente no será la última) de coexistencia entre un mínimo de moral pública y solidaridad social con la dinámica del capitalismo concreto, marginalizador, fundado en el pillaje.

Argentina enfrenta una crisis de régimen, con sus partidos políticos, su Estado, empresas y redes mafiosas, sus tradiciones y novedades ideológicas, que se manifiesta como incapacidad creciente de reproducción del país burgués, acosado por un contexto internacional turbulento y depresivo y por la reducción de la base económica local, resultado de la dinámica depredadora que gobierna su comportamiento. Se trata del producto de un largo proceso de decadencia de aproximadamente un cuarto de siglo, durante el cual el parasitismo fue penetrando, dominando el sistema de poder. Esa realidad desborda las explicaciones focalizadas en "políticas económicas fracasadas" (neoliberalismo), problemas de corrupción estatal o pérdida de legitimidad de los dirigentes políticos, aunque estos hechos, fácilmente verificables, integran, confirman el fenómeno.

Los últimos meses muestran, junto al agravamiento de la crisis, una suerte de tentativa de recomposición política derechista autoritaria con el presidente De la Rúa como principal protagonista visible, desde el desaguisado institucional de octubre de 2000 (renuncia del Vicepresidente), pasando por el delirante intento de Ricardo López Murphy, hasta la incorporación de Domingo Cavallo con la cesión de "facultades especiales" (legislativas) al Poder Ejecutivo. Todos esos hechos tienen un hilo conductor que apunta hacia la conformación de una suerte de dictadura civil con mayor o menor maquillaje "constitucional".

Este último intento aparece como la respuesta lógica de un sistema de poder enfrentado a un contexto externo incierto, al borde del colapso financiero, con reducida legitimidad política y enfrentado a un rechazo popular muy extendido. Trata así de agrupar fuerzas en torno de un núcleo duro: garantía de la preservación de las posiciones conquistadas. La necesidad de potenciar su capacidad de intervención choca con los "obstáculos" de la vida real: el parlamento dócil pero embrollado; los sindicatos; los movimientos de derechos humanos; los cortes de ruta, etc.; todo genera en esa élite jaqueada tendencias agresivas autoritarias (reducir el rol del Poder Legislativo, seguramente en el futuro reprimir el descontento social). Pero por otra parte el desarrollo de la crisis aplasta el triunfalismo, incentiva las pujas internas, las peleas por "negocios" menos abundantes que en el pasado. Ese doble movimiento de fuerzas centrífugas y centrípetas, de desarticulación y recomposición constituye un aspecto esencial del panorama argentino.

Otro componente a destacar es la presencia ascendente de una oposición popular por ahora dispersa, sin objetivos comunes, en la que también se expresan tendencias contradictorias, algunas hacia la unión y el enfrentamiento (impulsadas por la gravedad de la recesión y también por la percepción de que los de arriba están en dificultades) y otras hacia la dispersión o los atajos "moderados" (camino fácil hacia futuros fracasos).

En realidad los de arriba y los de abajo están en el mismo barco, son los componentes estructuralmente antagónicos del capitalismo decadente argentino. La recomposición de los primeros solo es posible a largo plazo sobre la base de la descomposición popular, el caos y la protesta sin salida política. Pero si las clases afectadas por el modelo se unen y pelean es probable que la pesadilla conservadora sea superada, que acabe por imponerse un nuevo movimiento histórico de las grandes mayorías.

Artículos anteriores

Un gran país devenido un casino Por Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, Nº 21, marzo de 2001.

¿Cuánto tiempo le queda al modelo? Por Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, Nº 19, enero de 2001.

Clamor por el cambio Por Carlos Gabetta, Nº 19, enero de 2001. Dossier: Es necesario y posible salir del desastre neoliberal Por Jorge Beinstein, Nº 18, diciembre de 2000.

Dossier: Fin de época Por Carlos Gabetta, Nº 17, noviembre de 2000. República, o país mafioso Por Carlos Gabetta, Nº 16, octubre de 2000.

Destrucción de las economías provinciales Por Alejandro B. Rofman, Nº 14, agosto de 2000.

La República en peligro Por Carlos Gabetta, Nº 14, agosto de 2000.

Alternativas al neoliberalismo Por A. E. Calcagno y E. Calcagno, Nº 13, julio de 2000.

Argentina: un callejón con salida Por Carlos Gabetta, Nº 13, julio de 2000.

Dossier: La deuda externa, un proyecto político Varios autores, Nº 12, junio de 2000.

Dossier: Neoliberalismo o democracia Varios autores, Nº 12, junio de 2000.

La impotencia de Argentina Por Carlos Gabetta, Nº 10, abril de 2000.

El precio de la convertibilidad Por A. E. Calcagno y E. Calcagno Nº 8, febrero de 2000.

El saqueo de las jubilaciones Por Jorge Beinstein, Nº 12, diciembre de 1999.

Dossier: La coartada de la globalización Por Jorge Beinstein, Nº 1, julio de 1999.

Lista completa de artículos en nuestro portal internet: http://www.eldiplo.org


Autor/es Jorge Beinstein
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:4, 5
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos, Argentina, Japón