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La contradicción paradójicaEl intelectual mediático que es Bernard Henri Lévy fue en su momento uno de los denominados "nuevos filósofos", empeñados en desacreditar y escarnecer a Jean Paul Sartre, centro indiscutido de la escena cultural francesa de la posguerra. Ahora Lévy estrena el año 2000 con una voluminosa biografía -muy publicitada en Francia- que suena a una suerte de rehabilitación del autor de El existencialismo es un humanismo. Queda por verse en cuál de los dos momentos el complaciente Lévy, tan sensible a las "seducciones de la élite", es más antisartriano.Le siècle de Sartre Bernard Henri Lévy París, Grasset, 663 págs. Enero 2000. El libro que Lévy dedica a Sartre es ejemplarmente francófilo; un libro nacionalista, aunque no nacionalsocialista. Otras nacionalidades habrían inspirado otras articulaciones: "El siglo de Hitler", o de Lenin, o de Stalin, o de Perón, de Castro… La onomástica es copiosa, seguramente exhaustiva. Predominan los nombres propios franceses. Pero también están Freud, Nietzsche, Heidegger, Venise (la ciudad) Chaplin, Dos Passos, Eurípides, James Stewart, Togliatti, Trotsky… Y mujeres: el Castor, la argelina Arlette, Olga, Wanda, la italiana Bianca, Liliane, Michèle, Evelyne, Tania, Nathalie, la japonesa Tomiko, la norteamericana Dolores, la rusa Lena, la brasileña Christina, la griega Melina… Se esperaría, en este rico y esmerado mujerío, a la argentina Claudia; ésta sin embargo no comparece. Sí surge intermitentemente Borges en peregrinas oposiciones con Sartre: la ceguera de Borges fue adelantada por sus antecesores y fue gradual; la ceguera de Sartre fue desoladoramente brusca. Otrosí: Borges corregía continuamente sus escritos, salvaba las erratas, recomponía; Sartre mandaba directamente sus escritos de la mano a la imprenta. Los sustantivos comunes, los adjetivos, los verbos, los adverbios… son asimismo sobreabundantes y, claro, meritorios, ya que aquello propio y esto común están al servicio de las efusiones de Lévy y extensamente en pro de una cantidad anómala de detalles insignificantes. De este modo todo es posible en este libro. Los personajes, verbigracia, son monstruos polimorfos. Lévy tomará vidas, acontecimientos y situaciones, los pasará por un molinillo y luego por una trituradora mayor y al cabo por una mezcladora definitiva. Luego esparcirá estos despojos en centenares de páginas en blanco, para que ahí se impriman. Todas esas circunstancias así menudeadas darán el efecto de lo patético. Y Lévy lo hace con tanta precisión y automaticidad que es atinado hablar aquí de un burocratismo de lo patético. El molde de tal fragmentación radicará en una prosa pizpireta, jaranera y en un tono de lenguaje comúnmente tartamudo. Una pirotecnia de Lévy, acerca de la relación de Sartre con el psicoanálisis freudiano: "De antemano, obviamente, desconfianza. Resistencia. En primer lugar por razones privadas: tenemos a un hombre que interrumpe su autobiografía a los 12 años porque su madre le ha informado que hay otro hombre a quien ella ama y a quien convendría decirle "tío".¿Cómo podría este hombre tener relaciones simples con el psicoanálisis? Pero hay también razones teóricas: tenemos a un filósofo que ha apostado por la trascendencia del ego, su emergencia final fuera de las nauseosas ciénagas del en-sí. ¿Cómo podría este hombre no estar azorado por una doctrina que no contenta con hundirnos en los abismos de la personalogía, no contenta con estar, más que ninguna otra, obsesionada por el montón de secretos y por los medios de husmearlos, aboga para colmo por la inmanencia del supradicho ego, hundido en un océano de pulsiones que lo gobiernan a su antojo? ¡Ah el horror de esta alma negra, hormigueante de fantasmas y de humores, reptiliana, impenetrable! ¡Oh, esas caras encapotadas, esas arrugas indescifrables, arañas de la desdicha y del tiempo, tugurios del alma, borracheras ruines, todo lo que la primera filosofía sartreana sueña con poder dominar a favor de su querida libertad, todo acerca de lo cual el freudismo le notifica la terrible realidad!" Otro desahogo de Lévy a propósito de la visita de Sartre a Cuba en 1960: "La fachada democrática de Cuba, con sus muchedumbres histerizadas y el dictador Castro con su uniforme de "barbudo"… Y Sartre, locamente, increíblemente, se maravilla sobre fondo de "salsas", ante este San Castro". En cuanto a Sartre mismo, sobresale un personaje cómico. Si lo patético brota de las circunstancias menudas, estas hacen aparecer a un Sartre o anticomunista o cretino estalinista; o lánguido masturbador de mujeres o su membrudo desflorador; o ateo o talmudista; o autoritario o antiestatista; o sectario o antifanático; o sovietista o partidario del mundo libre; o defensor encarnizado de la paz o imbécil apologista del terrorismo; o elocuente defensor de los derechos de los judíos o silencioso ante el sangriento antisemitismo de la URSS; o noble o innoble; o el buen Dios o el Diablo… Entonces lo cómico de Sartre reside en la contradicción, pero no es la contradicción dialéctica (que el autor ignora, en el sentido analfabeto de la palabra "ignorancia"), sino la contradicción paradójica, sin mediación. Esta última es la que Lévy, proponiéndoselo o no, despliega a partir del estilo interjectivo y tremebundo, de la carencia de tensión y de economía verbal y también a partir del señalamiento afiebrado de mil trivialidades minuciosas sin ninguna importancia. La filosofía moderna y contemporánea -desde Descartes, Hume, y Kant, Hegel, Marx y Sartre- ha establecido el ser y el deber ser de la tarea filosófica: el hacer el mundo y transformarlo. El sujeto es ahora principalmente praxis misma y no la mera pasividad que contempla, interpreta, se impresiona, estampa, se presta a la recepción y sólo elabora escolásticamente el caos inicial. Ese hacer y transformar es la filosofía. Lévy, precartesiano, está fuera de la filosofía. El adjetivo philosophique del subtítulo de este libro ("Investigación filosófica") está ahí sólo en un sentido coloquial. Es muy probable que esta obra sea un idóneo manual de consulta acerca de la cultura francesa del siglo XX para alumnos de segunda enseñanza y cursos preuniversitarios. Para quienes conocen y admiran a Sartre, se trata de un libro completamente inútil en sus cansinos denuestos y acritudes, en sus pasiones invariablemente mecánicas, en la técnica del patetismo.1
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