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La impotencia de Argentina

¿Adónde va el Mercosur? La pregunta no apunta tanto a las dudas suscitadas por la crisis actual, como al largo plazo. Si se toma como referencia el más antiguo y exitoso de los modelos conocidos, la Unión Europea (UE), las lagunas y deficiencias del Mercosur saltan a la vista: no es más que un acuerdo comercial entre gobiernos en representación de los sectores más poderosos de cada país, en general multinacionales. Menos que eso: vistas las diferencias de peso entre Brasil y Argentina por un lado y Paraguay y Uruguay por otro, se trata en los hechos de un acuerdo comercial parcial entre los dos primeros, cuyos vaivenes los otros no tienen más remedio que soportar.

Todo funcionó aceptablemente cuando la coyuntura económica resultó favorable, y aún así se presentaron problemas relativamente menores que debieron solucionarse con contactos o viajes presidenciales, a falta de estructuras adecuadas. Pero apenas cambiaron algo las cosas, el esquema trastabilló: Brasil devaluó, Argentina se mantuvo atada a su convertibilidad y ahora ambos se encuentran poniendo parches a los problemas automotriz, textil, etc., y postergando un sinceramiento que no tardará en hacerse inevitable.

En un mercado común digno de ese nombre, cuyo objetivo es la integración de largo plazo, una situación así es sencillamente inimaginable. En Argentina se han levantado desde voces proteccionistas hasta el reclamo, más lógico en principio, de "mecanismos compensatorios". Pero ¿qué clase de mecanismo podría compensar el diferencial de tipo de cambio actual entre los dos países? Lo esencial, no obstante, es que es absurdo reclamar compensaciones a posteriori, cuando de lo que se trata es de prever en común aspectos claves como el tipo de cambio, fiscalidad, inflación, etc.

El Mercosur, si quiere sobrevivir, deberá replantearse, profundizarse, fijando en primer lugar objetivos políticos estratégicos que, por el momento, Brasil tiene mucho más claros que Argentina (ver pág. 20). El principal, formar un bloque -si es posible ampliado a otros países- en condiciones de negociar con los grandes países y bloques como la UE o el Tratado de Libre Comercio (TLC, Estados Unidos, Canadá y México) y, sobre todo, en instancias como la Organización Mundial de Comercio (OMC), sus opciones estratégicas: economía autocentrada, desarrollo industrial y agropecuario, papel del Estado, aspectos sociales, relaciones con los organismos financieros internacionales, etc.

Por supuesto, se trata de un largo y complicado proceso, de un camino plagado de dificultades que habrá que ir resolviendo paso a paso, pero es imprescindible que todos los países acuerden una meta y, luego, las etapas del viaje. Todos los países del Mercosur tienen enormes recursos y graves problemas, sobre todo sociales. Comenzar, como en su momento la UE, colocando bajo control supranacional algunos sectores esenciales (por ejemplo la energía) supondría no sólo su racionalización y control estratégico -y un beneficio ecológico- sino una manera de empezar a pensar y actuar en común. Los "mecanismos compensatorios" tardíamente solicitados por Argentina no deben concebirse sólo para el comercio, sino para regiones atrasadas, el reciclaje de sectores productivos afectados por la integración, el apoyo a economías con alto déficit fiscal, el intercambio y desarrollo científico y tecnológico, etc. En el proceso de integración de España a la UE, las regiones de Andalucía y Extremadura, las más atrasadas, recibieron de la UE sustanciales apoyos a su desarrollo; la floreciente Asturias, en cambio, fue compensada económicamente por la indefensión de su industria lechera ante los productores franceses y holandeses. Dicho así parece fácil, pero el proceso no estuvo (ni está) exento de conflictos sociales, protestas nacionalistas, idas y venidas e incluso escandaletes de corrupción; dificultades que vienen jalonando todo el proceso de integración europea. Pero los resultados están a la vista: de seis países que en los primeros años ´50 acordaron la gestión conjunta del carbón y el acero, hoy tenemos una UE de 15 miembros y una moneda común.

Conviene hacerse esta pregunta: ¿qué sería hoy de cada uno de esos países ante la potencia económica, política, militar y cultural de Estados Unidos si la UE no existiese? El siglo que acaba de comenzar será el de los grandes bloques, con inmenso poder: China y los países asiáticos (quizá también Rusia, ver pág. 14); la UE ampliada a los Balcanes y países de Europa Central, quizá incluso a la inmensa Rusia.

¿Debe América Latina resignarse a su actual destino? Desde el Norte, Estados Unidos hace oir su canto de sirena: el Area de Libre Comercio Americana (ALCA), cuyo nombre lo dice todo. Se trata de abrir el gallinero para que entre el zorro. ¡La primera potencia mundial, cuyo PBI triplica al de todos los demás juntos, propone comerciar "libremente"! Si hasta la UE, un conglomerado de países potentes, debe defender con uñas y dientes su desarrollo industrial y tecnológico, su modelo agropecuario, sus conquistas sociales y hasta su identidad cultural ante el aliado en la OTAN…

El Mercosur, en cambio, es un vivero de posibilidades. En este momento tiene muchos problemas y deficiencias, pero debe superar un escollo importante: la impotencia de la economía argentina para salir del corsé en que se ha metido1. Que el Mercosur no tenga trazado estratégico es un problema de todos sus miembros, pero tal como está no es responsabilidad de Brasil que el peso argentino esté exageradamente sobrevaluado y que un sinceramiento cambiario, aún acotado, resulte inimaginable, más por razones de mentalidad, desconfianza y corrupción que estructurales. Argentina no puede culpar a Brasil por su asumida dependencia de los dictados del Fondo Monetario Internacional, su década de "relaciones carnales" con EE.UU., su apertura indiscriminada -que lo condujo al déficit crónico y la liquidación de empresas-, su falta de política industrial y su mercado interno exangüe. Resulta extraordinario que se echen culpas a Brasil, con el que a pesar de todo la relación comercial sigue siendo favorable, mientras se pasan por alto los enormes déficits con EE.UU. y la UE. Los socios del Mercosur no son responsables de los problemas argentinos.

Dicho esto, el problema argentino es de todos, porque podría acabar con el Mercosur. Con el apoyo de los demás, Argentina podría encontrar una salida a mediano plazo en el Mercosur, siempre que asuma su situación y enfoque de otra manera sus prioridades y alianzas para volcarse a la construcción de un espacio capaz de promover el desarrollo y multiplicar la capacidad de negociación de todos sus miembros.

Un mercado de más de 200 millones de personas -muchas sin alimentar- un interland despoblado y una naturaleza prodigiosa reclaman un proyecto razonable y a la vez grandioso, capaz de movilizar a las sociedades hacia una meta digna, necesaria y posible.

  1. A.E. Calcagno y E. Calcagno, "El precio de la convertibilidad" y Jorge Beinstein, "La coartada de la globalización", en Le Monde diplomatique, Ed. Cono Sur, febrero 2000 y julio 1999 respectivamente.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 10 - Abril 2000
Páginas:3
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Mercosur y ALCA, Políticas Locales
Países Canadá, Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, China, Rusia