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Recuadros:

Un apetitoso mercado para las multinacionales

La problemática que plantea este artículo es por ahora casi exclusiva de los países desarrollados, cuyas reglamentaciones sanitarias y bromatológicas, impulsadas por una ciudadanía preocupada por la ecología, son muy estrictas. Pero es importante que en nuestros países comience a debatirse la cuestión de los alimentos orgánicos y transgénicos, por su implicancia en la salud y calidad de vida de la población.

¿Logrará sobrevivir la producción biológica al flujo de inversiones y al interés de las grandes compañías en ese mercado? El impulso actual de la agricultura biológica, cuya demanda nunca fue tan elevada, es una de las consecuencias de la "vaca loca" y, más recientemente, del "pollo loco" . Los hípermercados abren cada vez más espacio a los productos biológicos. Los almacenes, autoservicios y supermercados naturales (o al menos autoproclamados como tales) crecen como hongos. Beneficiada por subvenciones y dejando atrás su condición marginal, la agricultura biológica es, para muchos oportunistas, tan sólo un jugoso nicho del mercado a explotar. Ante las presiones de los industriales que intentan acapararla, es lícito -y prudente- preguntarse qué orientaciones seguirá.

En principio, comprar productos biológicos es participar en el desarrollo de una agricultura generadora de vida y luchar contra la devastación del medio ambiente; es rechazar el consumo a ultranza, respetar a los animales, proteger la salud. Es también un modo de resistencia a la fealdad invasora, es ser responsable de las propias elecciones en un terreno aún relativamente preservado, es una forma de libertad, una esperanza. Es combatir a favor del futuro del mundo.

En la primavera de 1998 se podían comprar yogures Grandeur Nature en varios Biocoops de Bretaña1. Pero bajo esta marca, distribuida por la lechería Le Gall, cuyo nombre figuraba sólo en el envase, se ocultaba la firma Even, gigante de la industria agroalimentaria bretona y proveedora de pesticidas.

Otro ejemplo significativo es el de los yogures Bio d'Armor, en venta en los supermercados Géant, que se venden también en los Biocoops, pero bajo otra marca: Grandeur Nature. La única diferencia está en el envase, y en el precio. La empresa bretona Triballat, por su parte, fabrica productos lácteos biológicos bajo dos marcas distintas: Vrai, para la distribución en gran escala, y Les Fromagers de Tradition, para el comercio especializado. Pero el nombre Triballat ¡no figura en los segundos! Como en el caso de Distriborg, que distribuye la misma línea de productos biológicos bajo las marcas Bjorg y Evernat. ¿Dónde está la libertad de elección del consumidor si no está informado?

Vender estos artículos producidos -o en ciertos casos distribuidos- por sociedades cuyo primordial objetivo es el lucro, no es muy congruente con la producción biológica. "¿De veras queremos garantizar una evolución así con nuestras compras?", pregunta Antoine Bosse-Platière, redactor de una revista de jardinería biológica2.

Detrás de estas marcas-pantalla se perfila el riesgo de la industrialización de los productos biológicos, dado que la gestión agroalimentaria apuesta cada vez más a este tipo de agricultura. Las conversiones florecen, y vemos aparecer una "industria biológica" con monocultivos y monoganaderías. Más grave aún: muchos operadores presionan para conseguir abaratar sus cargas impositivas bajo pretexto de acelerar las conversiones y de posibilitar el suministro de mayor cantidad de productos a precios más bajos. Agricultura biológica de costo mínimo, estandarizada, de espectro reducido: ¿será ése su futuro?

"Hay que abrir los productos biológicos a las personas de ingresos más bajos" . Así se expresan muchos de los productores. Bajo tan loable y deseable intención, se adivina mala conciencia frente al reproche de elitismo. Incluso Carrefour se ha comprometido a "hacer más accesible el consumo de los productos biológicos" . De allí se desprende que ejercerá presión sobre los precios, echando así agua al molino del sistema neoliberal, que condujo a la agricultura convencional al callejón sin salida en que se encuentra. Reducir precios significa reducción de la mano de obra y de los salarios, aumento del rendimiento, vía libre a una agricultura "bio-intensiva" y a un tipo de industria biológica que acabará en la desaparición de las pequeñas estructuras productivas. Un contrasentido total.

Una información manipulada

La única forma de preservar la independencia de las pequeñas empresas consiste en dar una justa remuneración a los productores y a los fabricantes, en relación con la calidad del trabajo y del producto. Así se crearán empleos y más personas podrán comprar productos biológicos. De lo contrario, habrá que inventar otro tipo de respaldos, distintas etiquetas, nuevas bocas de venta. En cuanto a lo excesivo de los precios de los productos biológicos, se trata de un falso problema, porque los costos de los productos convencionales deben calcularse también en términos de salud, descontaminantes o subvenciones.

Otro ejemplo de la industrialización de los productos biológicos se relaciona con ciertas derogaciones gracias a las cuales algunos ingredientes no biológicos, a veces dudosos, pueden ser introducidos hasta en un 5% del volumen total. Hoy por hoy con frecuencia se agregan espesantes-gelificantes -carragenatos, harinas de guar o de algarroba, goma xantano- todos ellos fijadores de agua, utilizados en la alimentación industrial, y cuyo efecto sobre la salud dista bastante de ser considerado inofensivo3.

Por si esto fuera poco, desde hace varios meses están en venta en muchos comercios unos chocolates y tortas que contienen lecitinas que, no siendo en todos los casos biológicas, tampoco ofrecen garantías sobre el origen de la soja, persistiendo la duda de si es transgénica o no. Por toda respuesta, se adelanta como argumento que esos productos llevan el logo AB4, que no hay suficiente lecitina de soja biológica, y que entonces la lecitina no biológica puede ser utilizada en ese 5% permitido por las derogaciones establecidas. También se dice que de todas maneras esos productos están referenciados, e incluso permitidos por Biocoop, y no existe ninguna razón para retirarlos de las góndolas. Una explicación que suele esgrimirse es que el proveedor irá evolucionando paulatinamente hacia un 100% de productos biológicos.

No basta con lanzar acusaciones contra los organismos genéticamente modificados (OGM), entre ellos el maíz de la empresa Novartis. La única coherencia posible sería el boicot. En caso contrario, se abusa de la credulidad de muchos clientes que compran sin leer las etiquetas, confiando en el logo AB, y que suelen creer que toda la mercadería en venta es biológica en un cien por ciento, y por tanto exenta del riesgo de contener OGM. Por lo demás, ¿este aditivo de la industria agroalimentaria será realmente indispensable?

Novartis, multinacional fármaco-agroquímica planetaria cuyo maíz transgénico "antipírico" se cultiva en Francia desde la primavera de 1998, es la presencia más importante detrás de los productos biológicos a base de soja de la marca Soy, fabricados por la sociedad Nutrition et Soja y vendidos en gran cantidad de negocios de productos biológicos de Francia. Vender y comprar soja es participar en la expansión de Novartis y estimular no sólo este tipo de agricultura, sino también un cierto tipo de civilización. No obstante, Biocoop y buena parte del medio bio-ecológico mantienen en secreto esta información para "no sembrar pánico en las filas de los consumidores" , según ellos mismos dicen.

Efectivamente, Biocoop resolvió conceder el ingreso a la casa Soy en octubre de 1996, a sabiendas de que hacía años que pertenecía a Sandoz, otro gigante de la química y las simientes, conocido por los ecologistas como "contaminador del Rhin" desde el accidente ocurrido en las fábricas Sandoz de Basilea, Suiza, el 31-10-86, en el que toneladas de insecticidas y de fungicidas a base de mercurio inundaron el río. Además Biocoop rescató la marca Céréal. Recién a comienzos de 1998 se dio a conocer el supuesto "caso de conciencia" planteado por la decisión de incorporar a Soy, según lo publicado en la revista Consom'action5, editada por la confederación Biocoop. Desde entonces, no apareció en ninguna parte huella alguna de la fusión Sandoz-Ciba-Geigy (que dio origen a Novartis en 1997), ni siquiera en la ficha de admisión de Soy del 17-3-98.

Biocoop echa mano a toda clase de argumentos para justificar esta admisión. Así, en la respuesta de junio de 1998 a las preguntas de una consumidora, dice: "Nos encontramos ante una situación en que una empresa perteneciente al grupo francés líder de los OGM colabora con la gestión de productos biológicos para establecer un protocolo de viabilidad que garantice en forma valedera la ausencia de OGM" . Colaborar con Novartis para, en el futuro, "proteger las semillas de soja" ¡son dos proposiciones difícilmente conciliables! Se llega a manipular la información: "Actualmente, Soy es el único operador de esta gestión que utiliza prioritariamente en la elaboración de sus productos una soja biológica de origen francés; todos los demás fabricantes trabajan con soja importada de Estados Unidos o de Canadá (documento del 17-3-98)".

Afirmación falsa: la sociedad cooperativa de producción Tofoulie, creada en 1991 en el departamento provenzal de Drôme, elaboró siempre sus productos a partir de soja biológica francesa, mientras que Soy utiliza también soja no biológica (25% del suministro total) y soja biológica extranjera (7,5%)6. De ahí el riesgo de que resulte un producto genéticamente modificado por contaminación. Por último, la soja está lejos de representar al conjunto de esas "leguminosas tan apreciadas en la rotación de los cultivos" . En cuanto a la ética, no tiene demasiado peso frente a los negocios: "Si se detiene la venta de productos Soy, ¿con qué llenar los anaqueles?".

Es evidente que Novartis encontró en Soy la llave que abre las puertas del mercado de los productos biológicos y que le permite, de un modo más o menos directo, captar dentro de su radio de influencia a los productores de soja del sudoeste que también cultivan cereales, a otros proveedores de productos biológicos de Soy (Markal, Celnat, Hervé, Lima, Petite, Viver, etc.), a los distribuidores (Biocoop, Distriborg, etc.) y a los consumidores. Mientras tanto, la agricultura biológica ya ofrece una coartada y una imagen de marca al "capitalismo ecológico" de Novartis.

Se habla de industria biológica, en alusión al mismo tiempo a la industrialización de la agricultura biológica y a esa colosal industrialización de lo viviente en que podría transformarse la revolución biotecnológica emergente7: una ambigüedad fácilmente explotable. De cara al futuro de los productos biológicos, ¿cómo asumir la propia responsabilidad?, ¿cómo creerse en condiciones de luchar contra una multinacional cuyos objetivos son la maximización de los beneficios y la expansión ilimitada, pero no el respeto por la naturaleza?8 De hecho, a fuerza de querer "salvar la soja" , se omite el interés principal, que es la supervivencia de la agricultura biológica en el mundo transgénico que se perfila.

Con el fin de resistir su recuperación por parte de los industriales del agro, ¿existirá para la agricultura biológica una salida distinta, que no implique posicionarse en el territorio de las grandes empresas (competencia, productividad, carrera en pos de mayores ganancias, etc.) y aceptar los modelos y comportamientos que durante tanto tiempo ha rechazado, arriesgando así su especificidad? La mayoría de las veces la "ética" es sólo un argumento publicitario, sin ningún vínculo con la realidad: "transparencia, calidad, convivencia, ecología, productos naturales, consumacción, etc.: palabras convertidas en consignas del doble discurso adoptado por numerosos profesionales de los productos biológicos, especialmente los distribuidores- transformados en técnicos de márketing. Grandes concentraciones empresarias, proliferación de productos anónimos y de las marcas de los distribuidores, negocios biológicos… todas tendencias que se generalizan, trivializándose, al tiempo que el sector naturista y ecológico tolera ciertos compromisos que antes eran impensables. Cada vez hay menos empresas de productos biológicos independientes. Más aún, la misma autonomía de la agricultura biológica está en discusión. Una posible solución sería "una agricultura biológica autárquica9"que retomara los objetivos del principio: una agricultura local, respetuosa del medio ambiente, preservadora de las pequeñas explotaciones y restauradora de los espacios rurales desiertos que permitiría, además, el encuentro entre el consumidor y el productor.

Las presentes desviaciones de una fracción de la agricultura biológica ponen en peligro al conjunto. Codiciada por empresas tentaculares, sus consumidores tienen que optar urgentemente entre ser sólo testigos e incluso cómplices de lo que se está preparando, o asumir el rumbo de una mayor calidad de vida, de los productos naturales. Todo pasará por una nueva discusión en torno a las conductas de los consumactores o eco-consumidores, tan a la moda en estos días10, y por el análisis de esa noción de "desarrollo a largo plazo11"donde se intenta encerrar a la agricultura biológica, desarrollo que sigue siendo el mismo, sea cual sea el adjetivo que se le adjunte.

Se trata de una elección civilizadora, porque se inscribe en el corazón de un debate cuya resolución incidirá sobre nuestra forma de alimentarnos, nuestra salud, nuestra forma de pensar y de percibir el universo.

  1. La confederación Biocoop, creada en 1987, es una red de distribución de productos biológicos que agrupa cerca de 180 cooperativas. Afirman poner en práctica una forma distinta de relación entre el consumidor y el productor.
  2. "Où acheter bio demain?", Les Quatre Saisons du jardinage, Nº110, Ediciones Terre vivante, mayo-junio de 1998.
  3. Fabien Perucca y Gerard Pouradier, Des poubelles dans nos assiettes, Michel Lafon, París, 1996.
  4. La agricultura biológica es un modo de producción agrícola exento de productos químicos de síntesis, sometido al control de uno de los organismos certificadores aceptados por el Ministerio de Agricultura. Una vez pasadas las certificaciones que atestiguan su conformidad con las normas de la agricultura biológica, un producto biológico confiere el derecho a la mención obligatoria "producto de la AB" o "producto procedente de la AB" y facultativamente, al logotipo verde y blanco AB, propiedad del Ministerio de Agricultura.
  5. NdlT: El nombre de esta revista funde en una sola las palabras consommation (consumo) y action (acción), apelando a una actitud activa de los consumidores.
  6. Cf. la ficha de admisión de Soy del 17-3-98.
  7. Jeremy Rifkin, Le siècle biotech; le commerce des gènes dans le meilleur des mondes, La Découverte, París, 1998.
  8. Dorothée Benoît-Browaeys y Pierre-Henri Gouyon. "Faut-il avoir peur des aliments transgéniques?", Le Monde diplomatique, mayo de 1998.
  9. Cf. el editorial de Nature &Progrès, mayo de 1998.
  10. Raoul Vaneigem, Nous qui désirons sans fin, Le Cherche Midi, París, 1996.
  11. Véase Bernard Charbonneau: Une vie entière a dénoncer la grande imposture, Erès, Ramonville-Saint-Agne, 1997. Esta obra colectiva está consagrada a Bernard Charbonneau (1910-1996) quien denunció durante toda su vida "la dictadura de la economía" , "la mentira de la tecnociencia" y "los extravíos de la ecología política".

Carlos el ecológico

Quizás necesite seguir remontando su imagen. Quizás como futuro Rey ya se siente con autoridad para desafiar al poder político. Lo cierto es que el príncipe Carlos de Inglaterra no dudó un instante en enfrentarse al mismísimo Anthony Blair para convencer a todos de que, en cuestiones alimenticias, no hay nada mejor que la agricultura biológica.

Justo en el momento en que en la vieja Europa no sólo las vacas, sino también una buena parte de los pollos y los huevos parecen haber enloquecido contaminados por la dioxina, la polémica acerca de los productos transgénicos está al rojo vivo.

Según cuenta Patrice Claude en su nota publicada en Le Monde, el heredero de la corona británica -practicante de una agricultura natural en uno de sus tantos castillos- ha acusado duramente a los grupos industriales que se dedican a alterar el estado natural de las materias primas alimenticias. Para Carlos, dichas compañías ejercen un "chantaje afectivo" al alegar que con estas prácticas se eliminará el hambre del mundo. Luego de las denuncias del príncipe todas las miradas convergieron sobre Blair, que sólo atinó a pedir a las empresas -en su mayoría estadounidenses- que llevan a cabo sus experimentos transgénicos en Gran Bretaña, que respeten un código de buena conducta.

Esto enfureció a Carlos, quien insistió en un mayor control sobre las áreas donde se experimenta: "Ningún medicamento genético es vendido sin antes ser rigurosamente testeado. ¿Por qué las reglas de aprobación de alimentos que utilizan las mismas técnicas no son igualmente exigentes?".

¿Quién lo hubiera dicho? Un Windsor alertando al laborismo sobre las actividades de las grandes empresas. La Tercera Vía se ha corrido tanto al centro que hasta la monarquía queda a su izquierda.


Autor/es Chantal Le Noallec
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:34, 35
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Transgénicos, Agricultura, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Políticas Locales, Consumo, Medioambiente, Salud
Países Canadá, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Suiza