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Todo sobre Almodóvar y el posfranquismo

La derecha española, representada por el Partido Popular (PP) del jefe de Gobierno José María Aznar, acaba de ganar por mayoría absoluta las elecciones generales del 12 de marzo pasado, inflingiendo a socialistas y comunistas su más grave derrota electoral desde el final del franquismo, en 1975. ¿Cómo explicar que un país cuya mayoría social se suponía claramente escorada a la izquierda, haya dado paso a una tan abrumadora victoria de la derecha? El autor toma el imprevisto sesgo de analizar la filmografía de Pedro Almodóvar, reciente ganador de un Oscar de la Academia de Hollywood, para esbozar un análisis del fenómeno.

Las razones más a la mano para explicar esta victoria por KO de la derecha son dos. Por una parte, una buena coyuntura económica eficazmente administrada por el Partido Popular (PP) desde 1996, que ha dado a José Maria Aznar y a su gobierno la patente de excelentes gestores, algo que han sabido poner de relieve durante la campaña electoral. Por otra, la pesada hipoteca de ilegalidades y corrupción del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), herencia de sus años en el poder (1982-1996); la fractura entre sus militantes y el aparato del partido, que les impuso un candidato, Joaquín Almunia, que las bases habían rechazado en las elecciones primarias de 19981; una improvisada unión de la izquierda -percibida como mera maniobra electoral- y una pésima campaña, atona y confusa, sin pulso ni perfil.

Pero estas circunstancias, positivas para el PP y negativas para los socialistas, han producido este resultado porque la antecedencia franquista de la derecha no se vive en España como invalidante, ya que el sepultamiento de la memoria política durante la transición (1975-1982), que se tradujo en una primera fase en una banalización de la dictadura, se ha transformado en naturalización histórica del franquismo. El régimen del general Francisco Franco (1939-1975), se afirma, fue un periodo más de la historia de España, un sistema autoritario necesario para poner fin al caos de la República (1931-1939), salvarnos del comunismo, modernizar el país, proporcionarnos un Rey demócrata e incorporarnos a Europa. La generalización cada vez mayor de esta tesis, tan incomprensible en Europa y el resto del mundo, es la que explica que, 25 años después de muerto el dictador, su nombre, el de sus generales, el del fundador del partido fascista español (la Falange) y el de un largo etcétera de jerifaltas de aquel régimen, sigan titulando muchas plazas y calles de España.

¿Cómo ha sido posible esta perversión de la memoria democrática de los españoles? Y desde otra perspectiva: ¿cómo entender, cómo conciliar la izquierdización de usos y prácticas cotidianos en la sociedad; la "movida" y, en general, la progresía de su vida social y privada con la derechización de sus preferencias políticas, expresada el 12 de marzo?

En los paises desarrollados de Occidente, los años ´70 y "80 fueron tiempo de desencanto. Desmovilización y apatía ciudadana, ruptura de los vínculos sociales, enclaustramiento en lo privado, dualización de la sociedad, desafección hacia lo público, impugnación del Estado, rechazo de la política. La democracia, considerada como una realidad consabida, hace agua por todas partes. Si en el primer tercio del siglo XX el paso de la democracia de minorías a la democracia de masas hubo de pagarse al alto precio de los fascismos, en el último tercio la práctica de la democracia en una sociedad mediática de masas priva de efectividad, cuando no de sentido, a la representación, la opinión pública, el debate político, la alternancia en el poder, la participación y el pluralismo, dimensiones esenciales del modelo democrático.

Esas graves disfunciones de la democracia son concomitantes con la patrimonialización del Estado y de la sociedad por los partidos que secuestran la política y reservan su ejercicio sólo a los profesionales reclutados y formados por ellos. La deserción de la política por parte de los ciudadanos es, en gran medida, reacción a esta exclusión programada, que revela no el agotamiento de los principios y valores democráticos -que están más en alza que nunca- pero sí de unas instituciones y procedimientos incapaces de gobernar nuestas sociedades complejas y dar respuesta a las expectativas políticas y sociales de los ciudadanos.

La gobernabilidad se convierte en el tema central del sistema democrático y de todas las propuestas de solución a la crisis de la democracia. Entre ellas prevalece la democracia concebida como instrumento de legitimación y control, que revindica la desmovilización ciudadana y el pluralismo limitado y define al consenso y a la negociación entre los grupos como los nuevos pilares de la vida democrática.

En este contexto tienen lugar la entrada en democracia de Grecia, Portugal y España, el deshielo de los países comunistas de la Europa Central y Oriental y su progresivo acceso al sistema democrático. Todas estas transiciones, presididas por el modelo de la democracia consensual y de control, se hacen siempre desde arriba y sus actores principales son los partidos y las instituciones que marginan a las fuerzas populares, aunque éstas hayan sido los motores del cambio. El olvido del pasado autocrático y la tutela de las potencias occidentales como garantes del resultado completan el esquema.

Las tres transiciones políticas sur-europeas corresponden a ese modelo, tienen en común el mismo propósito y llegan al mismo resultado: cambiar el régimen político confirmando el sistema social. Difieren sin embargo en la modalidad del tránsito, pues mientras Grecia y Portugal rompen radicalmente con el régimen anterior y en consecuencia condenan al retiro a la inmensa mayoría de su personal político, en España la ruptura muere a manos de los únicos que pueden -y en principio quieren- realizarla: los partidos de izquierda. La razón fundamental que éstos aducen para justificar esa defección es que mantener la ruptura equivalía a provocar un choque frontal con las fuerzas armadas, colisión que se traduciría en la prolongación y refuerzo del tardofranquismo, cuando no en la regresión hacia la dictadura. Pero la hipótesis de la inevitable intervención militar es insostenible, como prueban los documentos oficiales de los Estados Unidos relativos a ese proceso, a los que ahora hemos tenido acceso. Los contactos de Vernon A. Walters, personaje capital de los servicios de inteligencia USA y enviado personal de Richard Nixon, con el general Franco y la cúpula del Ejército español permiten afirmar que la permanencia de España en la órbita occidental estaba asegurada despues de la desaparición del dictador. Quizá cuando este afirmaba que "todo esta atado y bien atado" se refería a esa garantía USA.

No pudieron ser por tanto los miedos militares los que llevaron a cambiar la ruptura con la dictadura por su reforma pactada, con lo que la transición se convierte en máscara y coartada de la autotransformación del franquismo y de sus actores y beneficiarios. Gracias a ella, desde el jefe del Estado y su jefe de Gobierno hasta la casi totalidad de la estructura de poder de la dictadura -incluida la policía política- adquieren una nueva legitimidad: la de compartir la paternidad de la democracia. A partir de ahí, la resistencia al franquismo queda cancelada y subsumida en la transición, que otorga a todos, franquistas y antifranquistas, el mismo tratamiento de autores del cambio. Lo que hace que la anunciada ruptura inicial, pronto reducida a simple ingeniería institucional, se revele como el mecanismo más idóneo para la confirmación definitiva del entramado franquista: grupos económicos, grandes familias, cúspide del estamento profesional, poderes mediáticos, cuadros superiores de la administración pública, establishment académico. Ahí estaban y, con algunos retoques y aditamentos, ahí están. Desde esa perspectiva, la intransitiva transición española fue efectivamente ejemplar.

Pero la crónica leal de los hechos, ajustada a lo realmente sucedido, no correspondía ni a las expectativas de los grandes centros mundiales de poder (que para alistarnos gloriosamente entre sus súbditos reclamaban una España postfranquista libre de toda mancha), ni a la urgencia ética de las democracias occidentales. Estas, después de haberse culpabilizado durante 40 años por el abandono de la República española, necesitaban creer que en unos pocos meses, sin tiros ni traumas, Franco y los franquistas se habían extinguido y el país se había poblado de demócratas de toda la vida. Un milagro y, sobre todo, un modelo excepcional que había que elogiar y repetir.

Almodóvar y la Movida

Ahora bien: por debajo de esta prodigiosa normalización democrática, una España tan en estricta continuidad con la anterior, era incompatible con la nostalgia de la otra España, la de Goya, Mérimée y las Brigadas Internacionales, que en el imaginario social de los europeos seguía siendo el referente de lo insólito, lo heroico. Esa espera incumplida ha venido a remediarla Pedro Almodóvar a caballo de su cine y de la Movida.

En Francia, la celebración Almodovariana ha sido triunfal, unánime. Desde la presentación y premio en Cannes de Todo sobre mi madre, en mayo del pasado año, hasta la obtención del Oscar el 26 de marzo pasado, Almodóvar es una presencia que no cesa. La Pequeña Biblioteca de los Cuadernos del Cine publicó en español y en francés el guión de la película premiada; durante 32 semanas una sala realizó una retrospectiva completa de sus películas y Todo sobre mi madre ha totalizado en los últimos 10 meses cerca de 700.000 entradas sólo en los cines de Paris y su periferia. Con todo, lo más sobresaliente de esta apoteosis es que ha venido acompañada no sólo de la referencia a la crítica social, indisociable de toda consideración sobre el universo fílmico de Almodóvar, sino de su subrayada vinculación al antifranquismo. Frédéric Miterrand escribió en Télépoche: "Durante cuarenta años España durmió con un sueño de plomo bajo los efectos de tres poderosos somníferos : la policía, la censura y la iglesia. El paso a la democracia en 1975 no pudo acabar con esa realidad comatosa (…) sólo lo consiguió la Movida (…) y Pedro Almodóvar fue (es) el hombre de la Movida, esa revolución dulce y radical…"

Pero ¿cómo Almodóvar, más allá de la indudable calidad cinematográfica de su obra y de sus extraordinarias condiciones de public relations, ha podido convertirse en el símbolo de la ruptura con la España de Franco? Para conseguirlo, se ha identificado con una opción que tenía vocación de dominante y ha procedido al desmantelamiento implacable del franquismo cotidiano. ¿De qué opción se trata? De la posmodernidad, que a caballo de la ola liberal, rechaza los valores social-públicos y consagra los social-privados: absolutización del invididuo y de sus prácticas interpersonales, o sea la pareja y las tribus sociales. Con sus temas predilectos: la religión del ego, el fin de las certezas, el culto del éxito, la glorificación de la indiferencia, la dogmática del placer.

Almodóvar hace suya esa opción, radicaliza sus planteamientos y utiliza como arma de combate la provocación, cuyo uso ha puesto de moda la publicidad, invadiendo todos los campos de la comunicación. En sus manos, el tratamiento provocativo es burla de los valores de la España franquista, mofa de las instituciones públicas y privadas de la dictadura, sarcasmo de los modos sociales de su clase dirigente. En Tacones lejanos Almodóvar ridiculiza a la magistratura, al presentar al juez instructor Dominguez (Miguel Bosé) al mismo tiempo como un chivato de la policía (Hugo) y como un travesti de cabaret (Letal); se pitorrea de la religión cada vez que ésta asoma la cabeza y se sirve de la vida conventual de Entre tinieblas (Julieta, la madre superiora de las Redentoras Humilladas, es lesbiana y drogadicta), para un ajuste de cuentas definitivo con sus representantes más cualificados: monjas y sacerdotes. Almodóvar escarnece inexorablemente a la policía en todas sus apariciones y la instituye en protagonista de la contraepopeya del orden que es Carne Trémula; hace objeto de chirigota a la patria y sus monarquías en Laberinto de Pasiones y nos presenta a la familia tradicional como pura coña, un viejo armatoste que, sin dinero (¡Qué he hecho yo para merecer esto!), o con dinero (Todo sobre mi madre), sólo merece el desguace.

Pero es en las formas más que en los contenidos donde culmina el rompimiento con los usos de la dictadura. Almodóvar subvierte radicalmente las formas franquistas. Frente a la alergía de la ordinariez y a la veneración por lo distinguido que la burguesía franquista ha escogido como divisa, Almodóvar revindica la preferencia por lo chabacano y las maneras groseras. Para imponerlo se enrola en la causa de lo políticamente correcto y lo desborda en su tratamiento. Más allá de la simple rebelión de las minorías, lo que su cine reclama es la vocación axiogenética de los grupos minoritarios. A Almodóvar no le basta con que se conceda a las minorías -étnicas, sexuales, de marginados sociales, etc.- el pleno reconocimiento de su derecho a existir, es decir, su normalidad minoritaria: pretende que se enaltezca la calidad moral de los protagonistas de los comportamientos anómicos, lo que confiere a su horizonte simbólico la condición de excelencia. Los últimamente buenos en el universo Almodovariano, los redentores de la maldad del mundo, son los travestis, los drogadictos, los excluidos sociales, las malas madres. Para que se conviertan en expresión mayoritaria de la sociedad, es fundamental primar públicamente los valores de la marginalidad minoritaria. Su aceptación pública y colectiva es la única que puede constituirlos en referencia dominante.

Por dicha razón los contenidos rupturistas de la Movida madrileña (en sí mismos irrelevantes, en cuanto simples remedos de comportamientos más radicales que les habían precedido en otros contextos), sólo alcanzaron valor de referente cuando el poder político los generalizó, haciéndolos suyos. Los escándalos de la Movida, si los comparamos con las acciones lúdicas de contestación social de los años ´60 y "70 fueron de una gran ingenuidad; como lo fueron las celebradas jeringuillas de las madrugadas locas de Malasaña2 en relación con los 25 millones de drogadictos USA. Lo significativo de la Movida no residía en la intensidad de la fractura social que pudiera producir sino en la eficacia de su recuperación institucional, en la perfección del tránsito desde la minoritaria disidencia cultural del último franquismo a la adopción pública y social de la contracultura urbana del "68 -un poco pasada de tiempo- como expresión de la libertad sin límites de los ocios democráticos de masa en el primer posfranquismo.

Almodóvar perfecciona esta oficialización de la ruptura socialprivada con el franquismo aumentando el coeficiente popular de sus films, llenándolos de buenos sentimientos y de happy ends, acentuando su dimensión melodramática y adoptando el modelo de las fotonovelas, en las que el amor lo gobierna todo. Los Romeo y Julieta de la anomia son la abogada María Cardenal y el torero Diego Montes de Matador, para los que el orgasmo es indisociable del acto de matar, por lo que el morir de amor, que es su único destino posible, se realiza en la acción conjunta de amar y matar y consiste en matarse para amarse. La sentencia de Agustin de Hipona ama et fac quod vis (ama y haz lo que quieras) podría ser, casi sin provocación, el leitmotiv de la obra almodovariana.

Combinando subversión marginal y correción política, Almodóvar ha puesto punto final al franquismo cotidiano. Pero su triunfo, que ha servido en alguna medida de revancha a los vencidos de la guerra civil ¿no ha funcionado, a pesar suyo, como coartada para perennizar la cúpula social y los poderes económicos que nos venían de la dictadura? Y la aceptación casi unánime, en todos los paises, de las últimas modalidades de su contestación social, la inacabable cosecha de premios cinematográficos de Todo sobre mi madre, ¿no desvelan esta ambiguedad básica en la que se funda la recuperación por parte del sistema de los elementos de fractura que su obra comporta? El binomio ruptura social-privada e indiferencia conformista por lo social-público nos deja sin saber de qué lado acabará inclinándose la balanza. Aunque el reciente triunfo de la derecha en España tal vez sea un indicador fiable. Y preocupante.

  1. Carlos Gabetta, "El hombre que mordió un perro"; "El Punto Final español" y "Delirio paranaoico del PSOE", en revista trespuntos Nros. 99, 78 y 57, del 21-5-99, 26-12-98 y 2-8-98, respectivamente
  2. Barrio de Madrid.
Autor/es José Vidal Beneyto
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 10 - Abril 2000
Páginas:16, 17
Temas Cine, Deuda Externa, Políticas Locales
Países Estados Unidos, España, Francia, Grecia, Portugal