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Recuadros:

Desafío taiwanés para Pekín

Se dio vuelta una página en la historia de Taiwán. El Kuomintang (KMT), en el poder desde hace cincuenta años, se derrumbó en las elecciones presidenciales del 18 de marzo pasado y su candidato Lien Chan (23% de los sufragios) quedó muy atrás del vencedor Chen Shui-bian (39%). Esta afirmación de la democracia en la isla representa un desafío importante para Pekín, que ve alejarse cada vez más la perspectiva de una reunificación bajo las condiciones que pretende el Partido Comunista. Aunque improbable, sigue siendo posible una peligrosa escalada entre ambas orillas.

Cuatro años después del 23-3-96, fecha de la primera elección presidencial por sufragio universal en Taiwán, el Partido Comunista de China (PCC) se dedicó a una de sus actividades favoritas: proporcionar una publicidad mundial a la democracia política de sus compatriotas taiwaneses, dramatizando lo que se jugaba en esas elecciones. Los misiles disparados a través del estrecho de Formosa en marzo de 1996 habían convalidado el avance electoral del candidato del Kuomitang (KMT)1, Lee Teng-hui, denostado por el gobierno chino debido a sus posiciones a favor de una nueva identidad taiwanesa2, aunque se presentaba enfrentando al candidato independentista.

Ahora, las amenazas de Pekín beneficiaron a Chen Shui-bian, ex alcalde de Taipei y candidato designado por el Partido Demócrata Progresista (PDP). Aunque este partido no cuenta con una fuerte mayoría (39% de los sufragios), resultó el gran vencedor por sufragio universal. Chen Shui-bian, hijo de campesinos pobres del sur de la isla, valiente opositor a la dictadura del KMT y un moralista que erradicó la prostitución de Taipei, se manifiesta como un hombre de Estado pragmático, que no vacila en presentarse como chino antes que taiwanés. Sin embargo, China sólo recuerda su pertenencia al PDP, cuya carta contiene una (herética) referencia a la autodeterminación de Taiwán.

El resultado de las elecciones es tanto más espectacular cuanto que la sucesión de Lee Teng-hui ya se perfilaba como dudosa: el PDP, socavado por querellas personales y debilitado por el irrealismo de su plataforma independentista, no se había encolumnado detrás de Chen Shui-bian. Moralista estricto, Chen nada tiene de los tribunos populistas que encienden fácilmente al electorado. El poder vigente sabía bien que la vieja guardia del KMT, que no le perdona al presidente Lee Teng-hui su acercamiento a los nativos de la isla3, intentaría oponerse a su sucesión, lo mismo que en 1996. Tarea facilitada de antemano por el hecho de que el designado delfín, el vicepresidente Lien Chan, es cualquier cosa menos carismático y nunca ha emitido opinión alguna sobre ningún tema.

En fin de cuentas, esto debía redundar en una campaña electoral animada pero barroca, una réplica caricaturesca de los desfiles estadounidenses más "kitsch", con gorras de béisbol, bastoneras y karaoké. Tal como se preveía en julio de 1999, el designado candidato Lien-Chan no despegaba en los primeros sondeos: alguien que a diario bloquea con su comitiva las ya atiborradas calles de la capital para ir a a almorzar con su madre difícilmente podía entusiasmar al electorado. China, debido sin duda a las desastrosas consecuencias de las maniobras de intimidación de marzo de 1996, se disponía a enviar a Wang Daohan, amigo íntimo del presidente Jiang Zemin, para entablar la primera negociación con las autoridades de la isla.

Es el momento que eligió el presidente en ejercicio, Lee Teng-hui, para hacer, en una voltereta, su testamento político: el 9-7-99, en el transcurso de una anodina entrevista acordada a la emisora alemana Deutsche Welle, planteó como condición previa a cualquier negociación el reconocimiento de una "relación especial de Estado a Estado entre la República Popular de China y la República de China". Emoción y escándalo en Pekín: no solo el reconocimiento de un Estado, aun de facto, es totalmente inadmisible allí, sino que presuponer una relación de igualdad entre una nación de mil trescientos millones de habitantes y una "provincia" de veintiún millones conmociona el amor propio y el chauvinismo imperial.

Con una sola frase, Lee Teng-hui acababa de redefinir el espacio político: en primer lugar en Taiwan, donde los tres principales candidatos se vieron obligados a suscribir su fórmula, sean cual fueren las reservas que inspira a los partidarios de una China única. Y sobre todo en Pekín, donde se volvió a representar una obra convenida: el gobierno chino, desde la indignación oficial hasta la escalada partidaria y la puja de los militares, se vuelve a encontrar, como en 1996, en plena escalada belicista, magnificando involuntariamente la distancia que separa a una dictadura nacionalista de una democracia integrada a la economía internacional.

Contrariamente a lo que a veces se escucha, la escalada china no es puramente verbal: se acompaña de la instalación de un número creciente de misiles de carburantes sólidos frente a Taiwán, cuya velocidad de encendido y de vuelo (siete a ocho minutos) aseguran un efecto devastador sobre la economía geográficamente más concentrada del mundo y también la más vulnerable, debido a la máxima reducción de los stocks y a su dependencia del comercio exterior. Por iniciativa de las fuerzas chinas, los incidentes aéreos en el estrecho de Taiwán se multiplicaron.

Pero lo esencial es el enfrentamiento de dos lógicas temporales. En primer lugar, la de Lee Teng-hui (y según las encuestas la del 97% de la población de Taiwán), que no quiere oír hablar de reunificación rápida. El abismo político entre ambos sistemas y los permanentes y bruscos cambios en las posiciones políticas del PCC bastan para desalentar a las almas más patrióticas. En segundo lugar, la de los dirigentes de China Popular, que ante la cada vez más frecuente idea de una independencia de facto de la isla, se ven tentados a acelerar la reunificación mediante presiones y amenazas.

Esta lógica ha sustentado las teorías del reciente Libro Blanco, hecho público el 28 de febrero, en plena campaña electoral en Taiwán, sobre la que sin duda pretendía influir: propiciaba el uso de la fuerza no sólo si las autoridades de Taipei (en la práctica el KMT, único reconocido como interlocutor válido) postergan sine die las negociaciones, sino asimismo si éstas últimas no llegan a desenlace alguno.

En las cancillerías, se han puntualizado a veces otros aspectos del Libro Blanco: en primer lugar, se admite explícitamente (aunque el argumento sea retórico), que la fuerza no constituye más que un último recurso; además, se admite la igualdad entre los dos protagonistas, lo que es efectivamente un elemento nuevo. El simple hecho de publicar tal documento en plena campaña electoral taiwanesa atestigua sin embargo un persistente desprecio por la democracia que podría costar muy caro: las reacciones de la opinión pública, en Taiwán y en Estados Unidos podrían ser violentas.

Los pretendientes a la presidencia empujaron al electorado hacia el centro, dando prueba de moderación ante China; sin embargo, endurecieron su posición en materia de defensa, del mismo modo que James Soong, uno de los tres candidatos, ex miembro del KMT, quien no replantea la unificación. Cuando se fue del partido, con el apoyo de Pekín, declaró ser partidario de la instalación de misiles balísticos de largo alcance para defender a Taiwán, pero el 15 de marzo propuso firmar un tratado de paz con China en caso de ser electo.

En Estados Unidos, las declaraciones chinas lograron mover montañas: la administración demócrata, que apostó ante la historia a la "asociación estratégica" con Pekín, se ve prácticamente obligada a aceptar el fortalecimiento de los vínculos de seguridad con Taiwán, empezando por la próxima venta de algunas de las más modernas armas del arsenal estadounidense. Sin duda sólo a ese precio el Congreso ratificará las "relaciones comerciales normales" con China, antes de su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC)4.

Discrepancias cívico-militares

Los dirigentes de la República Popular China parecían estar dispuestos, tal como en 1996, a investigar la fuente de sus errores de apreciación. El 5 de marzo, en su discurso ante la Asamblea Nacional Popular, el primer ministro Zhu Rongji había hablado de interlocutores en Taiwán, sin mencionar al KMT: al menos él parece haber comprendido la incertidumbre de la democracia. A la inversa de los militares -que insisten en hacerse aprobar un presupuesto para la "reconquista" de Taiwán- el vice primer ministro Qian Qichen, muy callado en estos últimos tiempos, esboza declaraciones más conciliadoras, transluciendo claramente, de manera inusual, las discrepancias de alto nivel entre civiles y militares, que ni siquiera en 1996 se habían hecho públicas.

Aún se ignora qué posición adoptan los miembros del Comité Permanente del Buró Político. Si bien no se pone en duda la intención de Li Peng de llegar hasta el fin, la actitud del presidente Jiang Zemin es misteriosa: apostó en gran medida a la normalización de las relaciones con Estados Unidos, pero asimismo a la nueva estatura internacional de China: el mismo Zhu Rongjii, reiteradamente proclamado arcángel del reformismo liberal por los occidentales con intereses en los asuntos comerciales con China, dio a veces pruebas de su ortodoxia en cuanto a la cuestión de Taiwán, como por ejemplo en noviembre de 1998, frente a un público de militares chinos.

En el ámbito de las luchas políticas de alto nivel, los principales dirigentes, que en nombre de la supervivencia colectiva tienen prohibido manifestar públicamente divergencias demasiado acentuadas, dan vueltas unos alrededor de otros como luchadores de sumo, intentando expulsarse mutuamente fuera del ring. Esta irresponsabilidad colectiva y el riesgo inherente de enfrentamiento es lo que provoca, tal como en 1996, la escalada y la posibilidad de incidentes.

En cuanto a la elección presidencial, los factores que determinaron su resultado son indescifrables para Pekín. La campaña enfrentó a tres personalidades y supuestas filosofías muy diferentes. El vencedor, Chen Shui-bian (PDP), es taiwanés y hostil al partido continental que sigue siendo el KMT, en el poder desde 1949; Lien Chan (KMT) es continental, pero nativo de Fujián (o sea que hablan el mismo dialecto) y sobre todo está apoyado por Lee Teng-hui, símbolo de la evolución del KMT.

Por último, James Soong, un tecnócrata puro, dio sin embargo el paso de aprender el dialecto local, en un clásico esfuerzo por no quedar confinado en una de las puntas del triángulo. Pero hubo una sola vuelta, ya que los sondeos hicieron las veces de primera vuelta o de "primarias". Las amenazas chinas de las semanas previas al sufragio y en especial los agresivos ademanes de Zhu Rongjii, hicieron que la opinión moderada o indecisa se inclinara por Chen Shui-bian.

El otro factor radica en la fuerza de los aparatos existentes. James Soong careció de partido, de modo que se vió desfavorecido. El Partido Demócrata Progresista de Chen Shui-bian pudo capitalizar los resortes afectivos del patriotismo local y el resentimiento contra la maquinaria del KMT (el partido político más rico del mundo). A éste le correspondieron evidentemente las palmas de los servicios prestados a los electores, un poco apresuradamente calificados hoy como mafiosos por ciertos observadores que parecen olvidarse del funcionamiento de la democracia en general. El KMT cuenta con una estricta mayoría parlamentaria, así que no puede desaparecer del tablero político como resultado de las elecciones presidenciales. A menos que elecciones legislativas anticipadas acaben finalmente con él.

Los últimos días de la campaña se desarrollaron en función de estos factores. Todos los golpes fueron permitidos: el presidente Lee Teng-hui mismo bajó a la arena para proclamar la inexperiencia de Chen Shui-bian, evaluado como incapaz de tratar con China. Una sospechosa baja en la bolsa de Taipei, el 13 de marzo, alimentó las suspicacias de manipulación por parte del KMT. Paradójicamente, el mismo Lee Teng-hui, quien había edificado su victoria electoral sobre la resistencia frente al eco de las botas chinas en 1996, utilizó las mismas tentaciones marciales de Pekín para defender al candidato más centrista… Sin duda entendió antes que los demás (y con razón, ya que los hechos confirmaron ese análisis), que China, al amenazar al electorado y vituperar a Chen Shui-bian, no hacía más que favorecerlo involuntariamente: la incomprensión de la democracia es el límite absoluto de los partidarios de la dictadura, por adeptos que sean al neorrealismo estratégico.

El resultado de las elecciones escapa en efecto a todos los cálculos. Por un lado, el electorado tomó partido por la resistencia a las amenazas de Pekín. Pero al desautorizar a Lien Chan se polarizó, fenómeno inmediatamente visible en las calles de Taipei: los partidarios de James Soong apedrearon la sede del KMT. Este ya no pudo contemplar la posibilidad de una cohabitación con Chen Shui-bian y Lee Teng-hui fue obligado a dejar la presidencia del KMT. El maestro titiritero llevó tan bien a cabo su juego que finalmente lo perdió todo en el plano político. Sin embargo, bien puede declararse vencedor en otro plano: las elecciones legitimaron una democracia independizada de las presiones de Pekín, objetivo que Lee persiguió durante los doce años de su presidencia.

Por su parte los dirigentes chinos perdieron prestigio y actualmente se enfrentan con las consecuencias de sus declaraciones belicistas. Se les presentan varias opciones. Una de ellas fue esbozada por Zhu Rongjii en vísperas de las elecciones cuando, a la vez que amenazaba a Taiwán con las peores consecuencias, afirmaba que el gobierno chino "cedía" y aceptaba discutir con cualquier interlocutor, siempre que no reclamara la independencia. Pero esta condición fue reafirmada al día siguiente de las elecciones por el presidente Jiang Zemin, quien exigió la previa y explícita adhesión al principio de una única China. Es imposible que Chen Shui-bian satisfaga de ahora en más este pliego de condiciones.

Existe pues una segunda alternativa, intermedia: China no tomaría ninguna decisión importante, ni en el sentido de la negociación ni en el de las hostilidades inmediatas. Especularía más bien con las dificultades políticas que afrontará el nuevo presidente. El espectáculo de las violentas manifestaciones de Taipei puede incitar a los dirigentes chinos a apostar a un Taiwán ingobernable, y por qué no, librado al "caos". Esta hipótesis, elaborada desde hace tiempo por Pekín, justificaría también apelar a la fuerza. A falta de caos, el régimen chino podría esperar que la presidencia de Chen Shui-bian sea un paréntesis seguido por la llegada de "buenos" dirigentes. Tal hipótesis supone no establecer un plazo demasiado cercano para la reunificación.

Existe lamentablemente una tercera hipótesis, la del conflicto abierto y rápido. Se funda en la subestimación que hace China tanto de la importancia de Taiwán como de la reacción estadounidense ante un conflicto abierto. Lo que sigue escapando al entendimiento de los estrategas de Pekín y de las diplomacias clásicas, desconocedoras a la vez de las nuevas lógicas de la economía mundial y de la guerra moderna, es que de las dos China, la más poderosa podría no ser la que se cree. La isla, auténtica turbina de las industrias de la información, se convirtió en un irremplazable eslabón estratégico de las nuevas modalidades de crecimiento fundadas en las tecnologías de la comunicación. Como bloque de industrias de alta tecnología que rebosa de recursos financieros, Taiwán ya no depende meramente del espíritu defensivo de sus habitantes. Llegada la hora de las cuentas, se constituye en uno de los primeros centros de la economía política mundializada.

Se entiende perfectamente el malestar de los responsables estadounidenses, a quienes les disgusta tanto como a los dirigentes chinos ver sus iniciativas contrariadas por las necesidades y las iniciativas de un "enano político". Pero su pliego de condiciones, que incluye también la defensa tradicional de la democracia en territorio chino, no está verdaderamente sujeto a un replanteo. Al contrario, las amenazas chinas no hacen más que fortalecer la automaticidad de una defensa estadounidense, que Washington hubiera preferido evitar.

Ante esta lógica, que no es simplemente efecto de la moral internacional o de las opiniones públicas, China despliega amenazas militares en extremo suicidas. Es cierto que sus misiles balísticos pueden impactar en centros militares o tecnológicos de la isla y pronto los destructores Sovremenny con sus misiles Sunburn estarán en condiciones de hundir algunos buques taiwaneses. Pero una vez que haya lanzado ese veneno, el ejército popular ya no tendrá ni un potencial serio de desembarque ni, sobre todo, defensa alguna para su arcaica flota y sus depreciados aviones. China está hoy tan desprovista de ojos y de oídos como Siria en 1973, frente a Israel. ¿Qué peso real tiene la hipótesis de un bloqueo naval garantizado por submarinos, cuando China corre el riesgo de perder, en una sola contraofensiva estadounidense -y hasta taiwanesa- la casi totalidad de la flota y de la aviación en combate?

El verdadero terreno en el cual China se juega el todo por el todo no es en consecuencia militar, sino psicológico y político. Ciertos comentaristas chinos se hacen gárgaras con la idea de que la doctrina de "cero muertes" impide a Estados Unidos comprometerse militarmente. Dado que esta condición evidentemente no se cumple frente a China, ¿es acaso la Séptima Flota estadounidense un "tigre de papel"? La ilusión puede ser mala consejera.

Al suscitar un conflicto armado, por perdido que esté de antemano, China asestaría un golpe análogo a la ofensiva del Têt en Vietnam en 1968: le impondría a la comunidad internacional, al costo de pesadas pérdidas, la idea de que la reunificación de Taiwán prevalece sobre cualquier otra consideración, especialmente sobre la integración global, donde se supone que deben disolverse todas las ideologías y todos los nacionalismos. Además obligaría a Estados Unidos tanto como a Taiwán a un compromiso militar activo de muy larga duración.

La experiencia de la guerra del Golfo en 1991 demuestra que este tipo de movilización y de coalición rara vez se mantiene más allá del mediano plazo. No cabe la menor duda de que, una vez pasado el primer impacto, la mayoría de los occidentales buscaría lograr un arreglo con Pekín y obligaría a Taiwán a sentarse a la mesa de negociaciones. Lo que hoy es imposible dejaría de serlo si Taiwán volviera a mostrarse constantemente dependiente de un aliado privilegiado. Por otra parte, la isla no puede encarar el futuro sin provechosas relaciones comerciales con el continente.

Con su arriesgada dialéctica, China no compromete su fuerza pura, que sigue siendo limitada, sino su ya considerable peso económico y político. El régimen chino se enfrenta a otras contradicciones, la principal de las cuales es la imposibilidad de mantener una dictadura política más allá de cierto punto de reforma económica sistémica. Pero un enfrentamiento en torno a Taiwán aplazaría otro tanto la necesidad de un aggiornamento interno, lo que no disgustaría a una parte de la nomenclatura china.

  1. Selig S. Harrison, "Nationalisme taiwanais", Manière de voir Nº 47, París, septiembre- octubre 1999.
  2. Selig S. Harrison, "Pékin-Taiwan, par delà des diktats", Le Monde diplomatique, París, abril de 1996.
  3. Descendientes de los inmigrantes de los siglos XVII y XVIII, presentes antes de la llegada en 1946 del KMT, que reprimió violentamente su identidad y expresión políticas. Hoy representan a una amplia mayoría de la población.
  4. Philip S. Golub, "Los dos grandes rivales del siglo XXI", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 1999.

Alianza estratégica

Bilbao, Luis

Jiang Zemin se adelantó unos minutos a William Clinton cuando, en la noche del domingo 26 de marzo, llamó a Vladimir Putin para felicitarlo por la victoria electoral que lo consagró presidente de la Federación Rusa. Jiang instó al nuevo Presidente ruso a "profundizar la asociación estratégica entre Rusia y China". Inmediatamente la agencia de noticias Nueva China informó que Putin había confirmado un viaje a Pekín este año.

Antes de hacer mutis por el foro, el ex presidente Boris Yeltsin firmó en Pekín un acuerdo de colaboración militar estratégico. Se trata de un drástico giro geopolítico que hizo converger a dos de las tres mayores potencias nucleares del planeta. No por casualidad ocurrió luego de la campaña militar de la OTAN en Yugoslavia y el bombardeo "por error" de la embajada china en Belgrado.

Todo lleva a creer que esa alianza se fortalecerá. Putin representa un desplazamiento, a favor del ejército, del eje en el poder político ruso. Sus fuerzas armadas necesitan el respaldo chino con tanta premura como las autoridades de Pekín requieren la asistencia rusa: entre las armas que Taiwán trata de obtener del Pentágono -con el visto bueno de la Casa Blanca- figuran cuatro destructores Arleigh-Burke, equipados con misiles teledirigidos y radares de última generación, capaces de poner nerviosos a los militares chinos pese a la cruda solidez de su argumentación cuando, semanas atrás, advirtieron al mundo que "estamos en condiciones de ganar una guerra atómica contra Estados Unidos"1.

China tiene además otros motivos de preocupación. Tiene actualmente una sobreproducción masiva de todo tipo de bienes. En Shangai, perla del desarrollo capitalista, el 70% de las fastuosas nuevas oficinas está sin ocupar. Por primera vez en 30 años cayó la inversión externa: de 45.000 millones de dólares en 1998, a 30.000 millones en 1999. Peor aún: el 75% de estas inversiones proviene de Taiwán y Hong Kong. Por 26 meses consecutivos, los precios se deflacionaron. Esto, según el Financial Times, "es una enfermedad económica clave, que lleva a la guerra de precios, deprime los márgenes de ganancia de las ya presionadas empresas del Estado y afecta el ingreso de una población rural de 900 millones de personas"2.

  1. Araceli Viceconte, "China lista para la guerra nuclear", Clarín, Buenos Aires, 20-2-00
  2. Financial Times, Londres, 26-12-99


Autor/es François Godement
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 10 - Abril 2000
Páginas:12, 13, 14
Traducción Dominique Guthmann
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Estado (Política), Geopolítica
Países Estados Unidos, China, Taiwán, Vietnam, Rusia, Yugoslavia, Israel, Siria