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¿Cuánto tiempo le queda al modelo?

Agoniza el modelo neoliberal basado en la explotación rentística del sector financiero, de los recursos naturales y de los servicios públicos. Fue implantado en 1976 y duró hasta ahora. Destruyó la dupla productiva beneficio-salario y vivió del endeudamiento externo. Culmina con el blindaje. Todavía no se han dado por enterados de esa situación terminal ni la clase política argentina ni el establishment económico.

"El hombre ha muerto / La barba no lo sabe / Crecen las uñas."

Jorge Luis Borges1

El modelo vigente creció como un organismo parasitario del Estado, al que vampirizó desde 1976. Desangrado el cuerpo parasitado, el parásito no podía sobrevivir demasiado. El modelo no se encuentra agotado por la oposición generada, sino por su incapacidad para establecer un modo de acumulación, distribución y consumo sustentable, pese a devorar los recursos públicos y a funcionar con la suma del poder.

Los gurúes del establishment, economistas y políticos, mueven cielo, tierra y contactos internacionales. Pero es tarde. Giran en el vacío, creen que el problema es de corto plazo y de caja, estiman que con el solo equilibrio presupuestario la situación mejorará. Parece no haber más horizonte que el equilibrio fiscal2, ni más impulso que el endeudamiento externo. Reza el credo neoliberal: una vez que se baje el déficit fiscal vendrá el visto bueno del FMI, augur de la inversión extranjera directa. El blindaje es la garantía que asegura el cobro de la deuda, evita fugas de capitales, permite la disminución de la tasa sobre la deuda argentina, lo que a su vez daría margen para una reducción del costo del crédito interno.

Así, la prosperidad queda a la vuelta de la esquina. No atinan a imaginar que el problema es otro. Escapa a su entendimiento (y a sus intereses) la implosión del sistema rentístico-financiero implantado por el establishment que, con sus épocas salvajes y moderadas, rigió desde 1976 hasta ahora. No advierten la agonía del modelo. El fin de una época es un fenómeno histórico que tiene ritmos mucho más lentos que las ansiedades cotidianas y las urgencias populares.

Cambios de régimen

¿Es factible un cambio de régimen? Ya ha ocurrido varias veces en la historia argentina. La generación de 1880 construyó un país nuevo. Su modelo consistió en la incorporación al mercado mundial a través de la articulación con Gran Bretaña; en la inmigración y la educación primaria masivas; en la construcción de ferrocarriles, puertos y silos. En el plano político, la oligarquía terrateniente garantizó -como profetizara el presidente Julio A. Roca (1880-86 y 1898-1904)- 50 años de paz y administración. A partir de 1930 comenzó a resquebrajarse esa Argentina agraria, a crecer el país industrial y, en el plano político, en 1945 el agotado modelo conservador fue reemplazado por el sistema popular-estatista justicialista. Este fue un claro ejemplo de cambio de régimen económico y político, que pasó de la economía agraria a la sustitución de importaciones, con hegemonía del sector industrial, mayor justicia social y renovación casi total de la elite política. Duró, con altibajos e intervalos, idas y vueltas, hasta 1976.

Ese año, el gobierno militar de Videla-Martínez de Hoz implantó el régimen que no había podido imponer el ministro de economía peronista, Celestino Rodrigo. Se produjo un cambio profundo, con la aparición del modelo neoliberal rentístico-financiero. Sus principales características fueron: endeudamiento creciente del Estado, dependencia de Estados Unidos, redistribución de ingresos adversa a los asalariados, liberalización del sistema financiero, apertura comercial y financiera, además de una política antiinflacionaria basada en la sobrevaluación de la moneda nacional. Tales medidas fueron eficientes para destruir el esquema de crecimiento de posguerra, pero no para establecer uno nuevo: de allí su naturaleza parasitaria. Este modelo llevó al país a la desestructuración del aparato productivo y al sobreendeudamiento interno y externo3. Una vez cumplida la brutal represión (1976-1983) para acallar toda resistencia y rotos los lazos sociales con las hiperinflaciones (1989 y 1991), se avanzó sobre terreno devastado. Ya no eran necesarios los generales y los tanques; bastaba con las transferencias financieras.

Un modelo inviable

Durante los años noventa, la oligarquía financiera cumplió con su programa de máxima. Nadie discutía ya la injusticia del modelo, pero algunos le vieron viabilidad: mal que mal, la inflación estaba controlada y durante varios años creció el PBI. El discurso oficial prometía hasta la saciedad la pronta creación de empleos, además de predicar el "derrame" de la prosperidad hacia los bajos estratos, siempre que venerasen la intangibilidad del modelo.

Pero los hechos son tercos. Existe una inviabilidad macroeconómica fundamental, asociada al régimen de la convertibilidad, con su apertura comercial y su atraso cambiario. Si el país crece, las importaciones aumentan y se produce el déficit externo; si no crece, existen menos recursos fiscales y hay déficit presupuestario. Ninguno de los dos déficits es compatible con la convertibilidad. Durante algunos años existió crecimiento porque llegaron cuantiosos capitales extranjeros para especular con la bolsa y las tasas de interés, al tiempo que compraban empresas y aumentaba la deuda pública y privada. Pero ningún país puede vivir eternamente de prestado, a menos que emita la moneda internacional. Así es como el hilo conductor y el reaseguro del modelo es el endeudamiento externo, que de acuerdo con las cifras del Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, pasó de 7.900 millones de dólares en 1975 a 45.000 millones en 1983, 60.000 millones en 1990 y 155.000 millones en 2000. Si se incorporan otros rubros, que también constituyen deuda externa y se recalcula la deuda privada se superan los 200.000 millones de dólares4.

El estrangulamiento externo no es la única traba macroeconómica al crecimiento: está la ausencia de demanda agregada, vinculada al alto desempleo, los bajos salarios y jubilaciones, los sucesivos "ajustes" fiscales regresivos y la baja inversión. Esta fatalidad macroeconómica desnuda la imposibilidad de estructurar un modelo económico que reemplace al que murió -de muerte violenta- en 1976.

Un modelo viable (no digamos justo y deseable, tan sólo viable) requiere la implantación de un régimen sustentable de acumulación de capital, así como la generación de suficiente consenso social: ninguna de esas premisas puede durar sin la otra. Tras su colapso de los "80, la recuperación de la inversión en los "90 trajo alguna esperanza; pero esa inversión se concentró en sectores selectos, poco intensivos en mano de obra y poco generadores (en términos netos) de divisas. La falta de creación de empleos, el deterioro de la salud, de la educación pública y la desigual distribución del ingreso y del patrimonio, hicieron de este esquema económico un modelo de exclusión, incapaz de generar consenso social duradero. Con el tipo de cambio fijo de la convertibilidad y los contratos "intocables" de los nuevos monopolios, el modelo arribó a una nueva paradoja: el neoliberalismo -cuya base doctrinaria es la fe en los mercados libres y flexibles- ha prácticamente abolido nada menos que el mecanismo de los precios relativos.

En espera de lo que no ha de venir

La búsqueda desesperada de un "blindaje" financiero revela la dependencia completa en que se encuentra el modelo respecto de los capitales extranjeros. En el corto plazo, el blindaje corresponde a la necesidad de evitar una crisis financiera extrema, con salida de capitales y sin renovación de los vencimientos de la deuda externa, lo cual llevaría a la cesación de pagos y el fin de la convertibilidad.

En el mediano plazo, el esquema económico del establishment postula un axioma: las inversiones directas extranjeras son determinantes para el crecimiento. Pero este análisis parece olvidar que entre 1992 y 1998 la inversión extranjera directa (IED) creció extraordinariamente en Argentina, sin dar lugar a un proceso de crecimiento sostenido. En ese período, los aportes de capital sólo fueron el 31% de la inversión externa directa total. El resto fue reinversión de utilidades (13%), deudas con las casas matrices (11%) y cambio de manos de empresas ya existentes (30% en el sector privado y 16% en las privatizaciones). Mientras tanto, la renta que cobraron fue de 13.083 millones de dólares. En síntesis: los aportes "limpios" (11.500 millones de dólares) fueron menores que las rentas percibidas (13.083 millones); además, las compras de empresas ya instaladas ascendieron a 17.300 millones de dólares (en esos casos no hubo inversión nueva). La conclusión es obvia: esta inversión extranjera directa no ha generado transferencias positivas de recursos hacia el país, no ha dado lugar a una expansión de exportaciones (netas de importaciones), y en cambio se están generando remesas de utilidades que pesan de modo estructural sobre la balanza de pagos Públicos, "La inversión extranjera directa en Argentina 1992-1998", Buenos Aires, diciembre de 1999. Hay que distinguir dos tipos de flujos de capitales. El primero es el endeudamiento -en su mayoría en bonos- para tapar los agujeros fiscales y del comercio exterior

y pagar la deuda externa; es condición de supervivencia e implica alrededor de 25.000 millones de dólares anuales. El segundo es la inversión extranjera directa, la realizada para adquirir el manejo duradero de una empresa que opera en un país distinto al del inversor.

El establishment afirma además un mecanismo: para que los inversores vengan es necesaria una política económica que genere confianza (para ello serviría también el blindaje y los ajustes fiscales) y satisfaga en plenitud a los presuntos inversores. Así, hay que obrar en consecuencia: la necesidad de generar confianza lleva a aplicar la política que quieren "los mercados". Pero no se sabe cuándo éstos se dan por satisfechos y, aunque lo estén, si vendrán o acudirán a alternativas más rentables. El mito queda completo con este "círculo virtuoso": "buena letra", confianza, inversiones, crecimiento económico. Eso sí, que nadie se mueva. Cualquier cuestionamiento de la política o la economía neoliberales es sinónimo de insensatez que hace subir el riesgo país.

Pero la realidad es otra. Aparecen los hechos, que para los neoliberales son esas interferencias absurdas que se meten en los esquemas, en las prolijas ecuaciones. La penosa evidencia es que nadie invierte cuando no hay demanda. Imaginemos reducir a cero el costo laboral y el alquiler del dinero; pero ¿quién va a invertir y para producir qué, si no tiene compradores? En el mercado interno, la recesión es larga, creciente, penosa. En cuanto a las exportaciones, el tipo de cambio sobrevaluado en 30% respecto de su nivel de 19915 dificulta las ventas externas que no consistan en productos básicos y en comercio administrado con Brasil. En el área fiscal, se pudo comprobar que un "ajuste" basado en impuestos regresivos y reducción de salarios sencillamente no ajusta, debido a que profundiza la recesión lo que, a su vez, disminuye los ingresos fiscales. En síntesis, la recesión y el "riesgo país" son la consecuencia de la política económica seguida y no de las afirmaciones o críticas abiertas que comprueban esa realidad.

Con este esquema, los fondos de pensiones y fondos mutuos de Estados Unidos, así como la banca internacional, son los que rigen el sistema. El árbitro sigue siendo el FMI. Las calificadoras de riesgos pasan a ser los "jueces de línea", marcan el "off-side". No las favorece el diccionario. Los dos principales son Standard & Poor"s y Moody. Como standard significa regla, y poor es pobre, no se sabe si las reglas de la calificadora son pobres, o aplica reglas para generar pobres. Por su parte, moody quiere decir caprichoso e irritante. Etimologías aparte, las susodichas calificadoras son poco confiables. En la crisis del Sudeste asiático, primero elogiaron con exageración sus políticas económicas y no advirtieron la crisis; después, las maltrataron en medio de las dificultades, en el momento de su recuperación.

Apoteosis del endeudamiento

Ahora asistimos a los últimos intentos de prolongar el modelo rentístico-financiero. La nueva pieza maestra es el blindaje, elemento fundamental en la búsqueda de más capitales extranjeros, sin los cuales el modelo termina de derrumbarse. Igual que al principio de los "80, el país necesita que le presten dinero en gran escala para pagar deudas. Los acreedores y posibles prestamistas lo saben. Nadie le presta a quien no podrá pagar, a menos que los intereses sean muy altos, que los préstamos sean de corto plazo y que haya una "red" de seguridad que garantice el repago. Los dos primeros requisitos se cumplían, pero no alcanzaban. El último se consiguió con el blindaje, con el apoyo del FMI y otros financistas. Veamos de qué se trata.

Este blindaje asciende a cerca de 40.000 millones de dólares entre nuevos préstamos y compromisos de renovación de deudas anteriores. Aquí se suman cosas muy diferentes: el Fondo Monetario Internacional aportará en total 13.700 millones de dólares. El gobierno de España se comprometió a aportar 1.000 millones en condiciones análogas a las del FMI. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) concurrirá con 2.500 millones para áreas sociales, vivienda, reformas financieras y aumento de la competitividad. El Banco Mundial pondrá 2.500 millones para programas específicos. Por su parte, los principales bancos privados que operan en la Argentina se comprometieron a refinanciar vencimientos de títulos públicos por 10.000 millones y las AFJP comprarán títulos de la deuda argentina por 3.000 millones de dólares (ambos "en condiciones de mercado"). También se contabilizan otros 7.000 millones por canje de bonos de deuda por otros títulos de vencimiento a plazo mayor. Pese al despliegue mediático de las primeras espadas del modelo, no esta claro ni el cronograma de desembolsos de este dinero, ni la naturaleza de esos aportes; si se trata de compromisos ya tomados o en vías de ejecución; si apenas son refinanciamiento de deuda que vence, o una combinación de todas estas cosas.

Como contrapartida, aumenta la condicionalidad política: aparte de fijar metas macroeconómicas ahora redactan las leyes. En la carta de intención, el gobierno argentino promete ejecutar "un plan de reformas estructurales de gran alcance en el ámbito de las finanzas públicas, el sistema financiero, el mercado laboral, el sistema de salud y otros sectores importantes de las economía"6. En particular, establece la disminución de los haberes de los futuros jubilados; la libre competencia entre las obras sociales y las empresas de medicina prepaga; el congelamiento del gasto público en las provincias; vetos a la ley de presupuesto para 2001 con el fin de recortar gastos; la fijación de metas para el déficit fiscal; la reestructuración de organismos de la administración pública nacional; la baja de costos en el sistema de seguridad social (en especial en el régimen de asignaciones familiares); la eliminación de lo que queda del sistema jubilatorio público; así como la tercerización y privatización de la recaudación de algunos impuestos. Aquí el modelo desnuda su comportamiento, que insiste en la instrumentación de políticas más ligadas a preferencias ideológicas, a buenos negocios, que a los problemas concretos. Así comprendemos la entrega de cuantiosas rentas futuras a cambio de limitados pagos inmediatos. Es el sentido de prolongar los contratos y concesiones del menemismo y de ceder (sin siquiera llamar a concurso, licitación, algo…) por diez años más la renta del mayor yacimiento de gas del país, Loma de la Lata. Todo a cambio de módicas inversiones que las empresas hubiesen realizado de cualquier manera, por su propio interés.

La función del blindaje es asegurar el pago de las deudas que vencen el año 2001. Los verdaderos rescatados no son los países sino los acreedores, porque pueden pagarse los servicios de los préstamos, cuya altísima tasa de interés se basaba en un riesgo que ya no existe de modo inminente7. Pero el negocio no termina allí. El gobierno cumple su parte: rebaja los encajes bancarios, con lo que los bancos pueden prestarle más al gobierno, cobrando intereses; además, las AFJP le van a prestar al gobierno -por supuesto con cobro de intereses- más fondos de los que antes ingresaban directamente a las arcas fiscales8. Se consuma así el difícil arte de pagar intereses para utilizar el dinero propio.

¿Para qué se utiliza el blindaje? El propósito del financiamiento es evitar la cesación de pagos. Así se procedió, con éxito variable, en los casos de México9, Indonesia10, Corea del Sur11, Rusia12, Brasil13 y Turquía14. Lo importante son los acontecimientos posteriores: insistir en las políticas que llevan a la cesación de pagos, o intentar un cambio de modelo.

Veamos el caso de Brasil. Allí, el Plan Real estaba en crisis, empantanado en estancamiento económico, atraso cambiario, altas tasas de interés y crecimiento incontrolado de las deudas pública y externa. El salvataje financiero facilitó la salida de ese esquema económico, impidiendo una desvalorización incontrolada del real. Devaluaron, realizaron una sustitución de importaciones, redujeron las tasas de interés que desangraban las cuentas fiscales, no tuvieron aumento de la inflación, aumentaron la rentabilidad de la industria y el agro. En este caso, el apoyo financiero se utilizó en el momento de abandonar un esquema de funcionamiento económico agotado, incapaz de hacer crecer las economías y generador de fuertes déficits externos. Sirvió para reencauzar la economía hacia un camino de crecimiento más sustentable, no para mantener un sistema económico caduco. ¿Cuál será el caso de la Argentina?

A juzgar por el texto de los acuerdos con el FMI y las declaraciones oficiales, el blindaje se dirige a asegurar el pago de las obligaciones externas que vencen en el corto plazo, a costa de nuevo endeudamiento y de la aceptación de condicionalidades más estrictas para consolidar el modelo rentístico-financiero. Apunta pues a prolongar el actual modelo, pero la pregunta es: ¿hasta cuándo? Se "gana" (con suerte) un año más. ¿Y después?

Abandonar el modelo de renta

¿Qué significa un cambio de modelo y cuántos trastornos producirá? ¿Deben alterarse las bases de la organización económica y social? La respuesta depende de la intensidad que tenga la transformación. En la actual situación argentina, parece que todavía hay margen para transiciones pacíficas, siempre que el modelo cambie en profundidad. Cuanto más tiempo pase, el gobierno dispondrá de menos margen de maniobra. En una hipótesis de mínima, lo importante es que termine la hegemonía del sector rentístico y que el poder de decisión pase a los grupos sociales vinculados a la producción.

El problema de fondo es la continuidad o el cambio del modelo. En el medio, están las dificultades de la transición. En la actualidad el país vive en el reino de la renta financiera, de la renta de los recursos naturales y de la renta de los servicios públicos monopólicos privatizados. Poco queda del capitalismo productivo. La dupla productiva beneficio/salario fue reemplazada por la renta y el aprovechamiento de situaciones de monopolio. Esto comenzó hace 25 años, se exacerbó hace 10 y ahora termina. Aun con el análisis más optimista respecto de las propias variables que el modelo privilegia, los signos de descomposición son múltiples. En síntesis, el modelo rentístico-financiero no tiene ningún futuro porque carece de mecanismos de acumulación y distribuye con extrema injusticia. Aún subsiste por el endeudamento creciente, generando exclusión social. La inviabilidad fundamental del modelo ya es reconocida, algo tarde, por algunos de sus mentores ideológicos, como Miguel Angel Broda: "Siempre creí que la recesión argentina era coyuntural o causada por factores externos y domésticos, pero hoy veo problemas estructurales del sistema"15. ¿Cómo? ¿No era que hacíamos bien los deberes y que la culpa la tenían los demás? ¿ O las "altas" remuneraciones de los asalariados? ¿O los derechos sociales?

Lo preocupante es que la implosión del modelo actual puede ocurrir antes que se perfile el modelo que lo reemplazará. Puede producirse entonces una transición caótica. El ejemplo trágico de esta situación es Rusia. El sistema burocrático-comunista hizo implosión; el FMI se abalanzó para imponer un esquema capitalista ultraliberal, que fracasó rotundamente. No apareció el modelo alternativo y la situación fue dominada por las mafias. El nivel de vida y la red social anterior se desplomaron y no surgió nada nuevo aún.

En Argentina existe una situación peculiar. Con el blindaje, el Fondo Monetario Internacional cubre las deudas de los acreedores internacionales y queda, como nunca antes, dueño de acreencias financieras, presupuesto nacional y decisiones políticas. El gobierno y los partidos políticos se han especializado en discutir temas menores, esperan repetir un esquema parecido a "la plata dulce" o a la fascinación por los primeros años de la convertiblidad, que les otorgue si no la confianza, al menos el silencio de una parte de la población. Mientras esto ocurre en el escenario visible de los diarios, la televisión y la radio, el "país profundo" está en otro proceso. Cientos de grupos en todo el país, de todas las tendencias y extracciones sociales, hacen reuniones, cada uno por su lado, para discutir los problemas. Sólo los vincula la aspiración de tener una sociedad con cierto bienestar y una nación soberana. Albert Camus señalaba que el primer acto de libertad es decir "no" frente a lo inaceptable; las grandes transformaciones surgen del rechazo absoluto a lo existente, mucho más que a la elaboración formal y acabada de un proyecto alternativo. Quienes pueden protagonizar estos cambios son los sectores más humildes de la sociedad y los grupos medios marginalizados. La etapa de la oligarquía rentística-financiera llega a su fin. ¿Cuánto tiempo pasará antes que se establezca una comunicación entre los grupos de reflexión existentes? ¿Podrá surgir de ellos el germen de una nueva corriente política y económica?

  1. Jorge Luis Borges, "La cifra", Obras Completas, Vol. 3, Emecé Editores, Buenos Aires, 1989.
  2. El jefe de analistas de Standard & Poor"s, Sr. John Chambers, afirmó que "la historia de la Argentina fue, es y será la solvencia fiscal". La Nación, Buenos Aires, 5-11-00.
  3. Jorge Beinstein, "Es posible salir del desastre neoliberal", Le Monde diplomatique, Ed. Cono Sur, diciembre de 2000.
  4. Ibid.
  5. CEPAL, Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe, 2000, Santiago de Chile, 2000.
  6. Clarín, Buenos Aires, 24-12-00.
  7. Julio Nudler, "El submarino Kursk también estaba blindado", Página 12, Buenos Aires, 19-12-00.
  8. Ibid.
  9. 1995
  10. 1997
  11. 1997
  12. 1998
  13. 1998
  14. 2000
  15. 10
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 19 - Enero 2001
Páginas:9, 10, 11
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Políticas Locales
Países Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Chile, Corea del Sur, Indonesia, España, Francia, Rusia, Turquía