Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Indivisible y eterna Jerusalén

Las negociaciones sobre el estatuto final de los territorios palestinos que Israel ocupó en 1967 encontraron su principal obstáculo en la cuestión de Jerusalén, especialmente de los Lugares santos. Para justificar su negativa a retirarse de la parte oriental de Jerusalén, el primer ministro israelí Ehud Barak invocó el consenso que supuestamente une a los israelíes respecto de su "capital unificada";. Luego, habiendo aceptado el principio de coexistencia de dos capitales en la misma ciudad, "Jerusalén" y "Al Qods", hizo de la soberanía israelí sobre la Explanada de las Mezquitas (la Colina del Templo, según Israel) la condición sine qua non de un acuerdo. Pero por sorprendente que parezca, hasta la guerra de los Seis Días en 1967 ésa no fue nunca la posición de los dirigentes sionistas, desde Teodoro Herzl hasta David Ben Gurion.

Una imagen y una voz quedaron grabadas en la memoria colectiva de los israelíes desde la guerra de los Seis Días: la foto de los paracaidistas, con el rostro extasiado, al pie del Muro de los Lamentos y la voz del comandante de esa brigada, general Motta Gur, anunciando: "La colina del Templo está en nuestras manos".

En efecto, el 7-6-1967 el ejército israelí conquista la Explanada de las Mezquitas de Al Aqsa y del Domo de la Roca, y toda la Ciudad Vieja de Jerusalén. Al abandonar la Explanada, el ministro de Defensa Moshe Dayan, proclama por la radio: "Esta mañana, Tsahal liberó Jerusalén, la capital dividida de Israel. Hemos regresado al más sagrado de nuestros lugares santos y jamás nos separaremos de él"1.

De ese día data el mito de la indivisibilidad de Jerusalén, "capital reunificada y eterna del Estado de Israel". Ese dogma fue inculcado de tal manera que resulta difícil imaginar que hasta 1967 la dirección del Estado, y previamente la del movimiento sionista, nunca hubieran hecho nada serio para anexar Jerusalén-Este. Más aún: la cuestión de la soberanía judía sobre la Colina del Templo no se había formulado nunca en términos temporales.

Como todo mito, el de la "Jerusalén liberada" tiene raíces lejanas. Traduce el apego de los judíos, desde hace dos milenios, a Sión, una de las colinas que simboliza Jerusalén. Jerusalén es única para los judíos, mientras que los cristianos y los musulmanes dirigen en primer lugar sus miradas hacia Roma o La Meca. Desde un punto de vista religioso, el lugar más sagrado de la Tierra es el Templo, según la Biblia erigido por el rey Salomón sobre el monte Moria, donde Abraham había sacrificado un carnero en lugar de su hijo Isaac. En ese templo se hallaba el "santo de santos", donde sólo podía penetrar el gran sacerdote. Su destrucción por los romanos en el año "70 no pone en tela de juicio la santidad del lugar, según una tradición que se remonta al menos hasta Maimónides, el filósofo judío del siglo XII. "A la orilla de los ríos de Babilonia, nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sión", cantaban ya los primeros exiliados, luego de la caída del primer templo, en el año 587 a. J.C. Para no olvidar ese duelo, en todas las bodas judías los esposos rompen una copa y proclaman en voz alta: "Si te olvido, Jerusalén, que olvide mi (mano) derecha".

Durante los últimos cuatro siglos el Muro de los Lamentos, o Kotel, adquirió una importancia religiosa creciente. Los fieles acudían allí a llorar la caída del Templo, cuyo último vestigio es el muro. Rogaban por la llegada de los tiempos mesiánicos, que coincidiría con el fin del exilio. El Templo sería entonces restaurado, pero no antes, como está escrito en el Talmud: "La reconstrucción del Templo y del altar no parece incumbir a la obra humana".

Guardián de los bienes musulmanes, el Waqf toleraba más o menos esos ruegos en el Kotel, pero excluía cualquier culto judío sobre la misma Explanada: establecido sobre el sitio del Templo, seis siglos después de la ruina de éste, el Haram Esh Sharif (Noble santuario) es en efecto el tercer lugar santo del islam, luego de La Meca y Medina. Ni siquiera los judíos religiosos lo reclamaban, temiendo cometer un abominable sacrilegio al hollar el sitio sagrado del Templo sin haber podido purificarse.

Política de lo posible

Por entonces, judíos piadosos "subían" a Tierra Santa empujados por las persecuciones, animados por la esperanza de la inminente llegada del Mesías, o aun, en el caso de los más pobres, deseosos de beneficiarse con la ayuda de la Haluka2. Pero ninguno venía ni a erigir un Estado ni a establecer una capital en Jerusalén.

Surgido a fines del siglo XIX, el sionismo no espera los tiempos mesiánicos para "reunir a los exiliados", lo cual le vale los anatemas de la ortodoxia, que asiste impotente a la apropiación de sus símbolos religiosos por parte del nacionalismo. Paradójicamente, el nuevo movimiento adoptará una actitud ambivalente respecto de la ciudad que le da nombre.

El abismo entre la Jerusalén celeste y la Jerusalén terrena produce entre los primeros sionistas esa decepción ineluctable que relataron tantos visitantes de Tierra Santa. "La maldición de Dios parece planear sobre la ciudad, ciudad santa de tres religiones que estalla de aburrimiento, de marasmo y de abandono", escribe Gustave Flaubert en sus Cuadernos de viaje (11-8-1850). El padre del hebreo moderno, Eliezer Ben Yehuda, evocará por su parte el impacto recibido al hallarse frente a "la ciudad de David, destruida y desierta, envilecida hasta el abismo"3.

Teodoro Herzl, que busca ante todo obtener la protección de los poderosos para su proyecto de Estado judío, tendrá mucho cuidado en no alienarse simpatías a causa de reivindicaciones exageradas o prematuras sobre Jerusalén. Ya en El Estado de los judíos el fundador del sionismo político promete a la cristiandad "una forma de extraterritorialidad" de los Lugares santos. En ocasión de una entrevista con el nuncio apostólico en Viena, monseñor Agliardi, el 18-5-1896, considera incluso la extraterritorialidad de todo Jerusalén, dado que la capital del futuro Estado judío debía instalarse al norte de la ciudad santa. Hasta llega a dar las mismas seguridades a sus interlocutores turcos4, aunque es cierto que tales promesas, tácticas, no costaban nada…

Haim Weizmann, que asumió la dirección del movimiento al fin de la primera Guerra Mundial, no soportaba Jerusalén, que "para él encarnaba lo contrario del sueño sionista y simbolizaba el judaísmo obsoleto", según el historiador israelí Tom Segev5. David Ben Gurion, a quien el general Barak toma como modelo, fue particularmente consciente de las trampas de la santidad. Si bien deseaba que algún día toda Jerusalén se convirtiera en la capital de un Estado judío, se proponía prioritariamente crear ese Estado, objetivo infinitamente más crucial que las reivindicaciones histórico-religiosas sobre la ciudad santa. Así, frente a la derecha sionista, que a fines de la década del 20 organiza "comités de defensa del Kotel", Ben Gurion aboga por la política de lo posible. En 1937 acepta el plan de la comisión Peel, que propone dividir Palestina en dos Estados, uno judío, que ocuparía una pequeña parte del territorio, y el otro árabe, dejando a Jerusalén como un enclave británico. Acusado de promover un "sionismo sin Sión", el presidente del ejecutivo sionista responde que no hay que desperdiciar la oportunidad de constituir un Estado judío independiente en Palestina, conservando la posibilidad de extenderlo para más adelante. "Siempre distinguí la diferencia entre Eretz Israel (el Gran Israel, es decir, toda la Palestina) y un Estado en Eretz Israel", escribe por entonces. "Conozco el valor de las plegarias y de los cánticos sobre Sión, pero haberlos repetido tres veces por día, trescientas sesenta y cinco veces por año, durante mil ochocientos años, no nos ha dado una pulgada de territorio, ni nos ha acercado un solo paso a la redención", ironizó.

Pero algunos sionistas se oponen entonces a una división municipal de Jerusalén. Resultado: la alcaldía queda en manos de los palestinos. "Hoy en día, nuestra situación en Jerusalén sería mucho mejor" (…) escribe Ben Gurion, "si hubiéramos entendido que era necesario dividir Jerusalén y crear una municipalidad judía autónoma. Por desgracia, un supuesto patriotismo, estéril, idiota y pretencioso, hizo que se decidiera otra cosa (…) El resultado es que la ciudad está efectivamente unificada, pero bajo la autoridad de los Nashashibi y de los Khaladi (dos grandes familias palestinas), y todo porque tal o cual politicastro de Jerusalén quería que reináramos sobre la Colina del Templo y la mezquita de Omar".

Como antes Herzl, Ben Gurion se interesa ante todo por la nueva Jerusalén, situada en la parte oeste. Considera que ésta debe ser una "ciudad judía", pero separada de la ciudad vieja, destinada a convertirse en un "museo espiritual y religioso para todas las religiones"6. De acuerdo con esas concepciones, la Agencia judía, rama ejecutiva del movimiento sionista dirigido por Ben Gurion, presenta en 1938 un plan muy detallado proponiendo que la parte oriental, incluida toda la ciudad vieja, permanezca bajo control británico, mientras que la parte occidental se convertiría en la capital del Estado judío.

El 29-11-1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas adopta un plan de reparto inspirado en esa idea. La resolución 181 prevé un Estado judío, un Estado árabe y un "régimen internacional especial" para Jerusalén y los Lugares santos. Ben Gurion tiene la sensatez de aceptar, mientras la derecha sionista, minoritaria, se opone. Pero los palestinos rechazan el plan y la batalla que se desencadena termina para ellos en un desastre: la Nakba. No sólo no se crea el Estado palestino, sino que las fuerzas judías aprovecharon la guerra para aumentar en un tercio el territorio asignado al Estado de Israel, lo que genera la expulsión de cientos de miles de palestinos.

Sin embargo, en Jerusalén la victoria israelí no es completa. El ejército jordano se ha apoderado del barrio judío de la ciudad vieja, cuyos dos mil habitantes debieron refugiarse en el sector oeste, a fines de mayo de 1948. Los defensores, rodeados, desprovistos de armas y de efectivos, no tenían ninguna posibilidad de resistir sin ayuda exterior. Por lo tanto era necesario evacuarlos o bien enviarles refuerzos. Pero la dirección sionista no hizo ni una cosa ni otra: no quería renunciar al barrio judío a causa de su significado simbólico, ni tampoco destinar fuerzas que eran más útiles en otra parte.

Pasando por alto las resoluciones de la ONU sobre la internacionalización de Jerusalén, el 13-12-1949 Ben Gurion anuncia solemnemente en el parlamento que "Israel tiene y tendrá una sola capital, la Jerusalén eterna". Se daba por sobreentendido que se refería a Jerusalén-Oeste, pero el primer ministro no lo dijo explícitamente. Poco antes, el jefe de la derecha nacionalista, Menahem Begin, había propuesto establecer claramente que la capital de Israel comprende la ciudad vieja y los Lugares santos. Sarcástico, el jefe del gobierno le pregunta si prepara una conquista militar de la ciudad vieja, y como no es el caso, concluye en que semejante proclama no tiene el menor sentido7.

Hasta junio de 1967 los dirigentes israelíes no plantearán la cuestión de la reunificación, es decir, de la conquista de la parte oriental de la ciudad. Sólo la derecha, que se mantiene en la oposición hasta la formación de un gobierno de unión nacional en vísperas de la guerra, evoca ritualmente una "liberación de Jerusalén". Los israelíes parecen olvidar la parte oriental de Jerusalén.

La noche del 5-6-1967 el primer ministro Levy Eshkol se inquieta. "Hay que pesar cuidadosamente las consecuencias políticas que tendría la ocupación de la ciudad vieja", declara a su gabinete. A la mañana siguiente el general Moshe Dayan, ministro de Defensa, también duda en ordenar la toma de la ciudad vieja: "¿Qué vamos a hacer con ese Vaticano?", confía al general encargado de la operación8. Irresistible, la tentación se impone. Se sabe lo que siguió: la fiebre místico-nacionalista se extiende a segmentos muy amplios de la población judía; se celebra a la vez una victoria que parece milagrosa y el "reencuentro del pueblo de Israel con Eretz Israel". Se abría el camino para el ascenso de una extrema derecha religiosa.

Ya el 10-6-67 las topadoras israelíes demuelen el barrio árabe de Mograbis, para abrir un amplio espacio frente al Muro de los Lamentos: más de cien familias son expulsadas de sus casas manu militari, con un preaviso de tres horas. El 27 de junio el Knesset adopta una enmienda que extiende la legislación israelí a la parte oriental de la ciudad, lo que equivale a anexarla.

Las nuevas fronteras municipales abarcan, al este, un máximo de territorio y un mínimo de palestinos. Sin embargo, para no enemistarse con los musulmanes de todo el mundo, las autoridades evitan tocar la Explanada de las Mezquitas. Cuando ésta es ocupada, Moshe Dayan hace arriar una bandera israelí izada por los soldados. El 17 de junio confirma al Waqf su control del Haram Esh Sharif. El 20 de agosto el gobierno prohibe a los judíos rezar en la Explanada, con el objetivo de contrarrestar peligrosas iniciativas del gran rabino del ejército, Shlomo Goren9.

Pero ese rabino loco no es el único que ve en la conquista de la Colina del Templo el comienzo de la redención final. Hasta el punto de que el filósofo Yeshayahu Leibovitz se indignará con el culto, fundamentalmente pagano, del Kotel, al que llegará a calificar de "discotel"10. Más adaptado a los tiempos que corren, André Neher escribiría que "esa mañana de Chavuot (el Pentecostés judío, que ese año cayó el 7 de junio) todos los judíos sintieron que una etapa mesiánica acababa de ser traspuesta". La consigna "Jerusalén no es negociable" constituye un acto de fe, al menos una "plataforma común a todos los partidos políticos israelíes, sin excepción"11.

Mientras tanto, se descubrió que Jerusalén es perfectamente negociable, y aun negociada, conforme a los acuerdos de Oslo de 1993. En pocas semanas del verano de 2000 la idea de un consenso estalló en mil pedazos. Pero no lo suficiente, ni lo suficientemente rápido como para impedir que decenas de palestinos perdieran a su vez la vida. Por la mezquita de Al Aqsa…

  1. Ver Israel's Foreign Relations, selected document, Ministry for Foreign Affairs, Jerusalén, 1976.
  2. Ayuda suministrada por la diáspora a las instituciones religiosas de Jerusalén.
  3. Eliezer Ben Yehuda, Le rêve traversé, col."Midrash", Desclée de Brouwer, París,1998.
  4. Teodoro Herzl, L'Etat juif, L'Herne, París, 1969; Journal de Herzl, Berlín, 1922, 19-5-1896 y 18-6-1896: "Ich versprach einezeitgehende Extraterritorialität".
  5. Lo que no impidió a Weizman renovar los intentos de comprar el Muro. Ver Tom Segev, C'était en Palestine au temps des coquelicots, Liana Lévi, París, 2000.
  6. Carta al comité central del Mapai, 1-7-1937, in Mémoires de David Ben Gurion, (Zihronot, en hebreo) Am Oved, Tel-Aviv,1976.
  7. Debate parlamentario del 9-11-1949.
  8. Ver Memorias del jefe del gabinete militar de Eshkol, Israel Lior, Hoy estalla la guerra (en hebreo), Tel-Aviv, 1987, Y Haaretz, TelAviv, 29-9-2000.
  9. El rabino Goren estaba convencido de conocer la ubicación del "santo de los santos", y por lo tanto de poder entrar en la Explanada sin hollar ese sitio, el más sagrado de todos.
  10. Citado por Haaretz, Tel Aviv, 21-7-00.
  11. André Néher, "Jérusalem l'irremplaçable" y "Les grandes retrouvailles", in Dans tes portes Jérusalem, Albin Michel, París, 1972.
Autor/es Marius Schattner
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 17 - Noviembre 2000
Páginas:4, 5
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Geopolítica, Judaísmo
Países Vaticano, Israel, Palestina, Islas Salomón