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Los tigres, con la lengua afuera

Tres años después de la crisis financiera de 1997-1998, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA), supuestamente encaminada a una rápida integración regional y a convertirse en actor político mundial, se encuentra resquebrajada. Las divisiones redujeron su importancia geopolítica. En Filipinas, un trámite de destitución obligó a renunciar al presidente Joseph Estrada, mientras que Indonesia sufre una dinámica de fragmentación. ¿Significa esto que la regionalización ha muerto? Sería arriesgado suponerlo. Pero cabe prever la formación de un bloque asiático integrado por China, Japón y Corea, además de la ANSEA, frente a América del Norte y la Unión Europea, de colosales dimensiones.

Para quienes aún dudaban, la reunión de ministros de Economía de los diez miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA), en octubre pasado, confirmó la existencia de importantes controversias. A las disputas políticas, desde siempre ostensiblemente enmascaradas por divergencias no expresadas y por una fachada de unidad, se agregan ahora desacuerdos económicos, incluso sobre la concreción del Acuerdo de Librecambio Regional, que parecía contar con una adhesión sin reservas. Durante la reunión realizada en octubre pasado en Chiang Mai (Tailandia), esos apóstoles del librecambio se enfrentaron respecto de la industria automotriz1. Malasia reivindicó el derecho de proteger su automóvil "nacional", el Proton, y de mantener su mercado interno, mientras Tailandia quería ampliar la apertura comercial. Más allá de lo anecdótico, ese conflicto revela puntos de vista muy diferentes sobre la mundialización: de un lado Malasia, con estrategias de sustitución de importaciones; del otro Tailandia, defendiendo la apertura hacia las empresas transnacionales estadounidenses y japonesas.

Estas divergencias son manifestación de las aparecidas con la crisis financiera y económica de 1997-982, que puso claramente en evidencia las disparidades económicas y políticas de los países de la región3. A nivel económico, Tailandia e Indonesia padecían un endeudamiento externo importante y problemas de sobreinversión vinculados con los flujos de capitales especulativos a corto plazo, mientras que la economía de Malasia gozaba de inversiones extranjeras a más largo plazo y contaba con una estructura de deudas más interna que externa. Filipinas, poco afectada por la crisis a causa de su relativo subdesarrollo y de su menor exposición a los flujos de capitales especulativos, se vio menos perjudicada.

Por otra parte, las propuestas para solucionar la crisis variaron considerablemente de un país a otro. Tailandia e Indonesia se vieron obligadas a aceptar programas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM). Por su parte, la Malasia de Mohamed Mahatir optó por una política totalmente diferente de control de cambio y de reactivación de la demanda, a través de la asignación de importantes fondos públicos para mantener la solvencia de las grandes empresas. En el primer caso, la aplicación de las medidas preconizadas por el FMI fue dolorosa. En Tailandia, 56 instituciones financieras fueron declaradas insolventes, sus activos vendidos a bajo precio y la deuda nacionalizada. Al igual que en Indonesia, las subvenciones a los bienes de primera necesidad y a productos de base como la gasolina fueron inicialmente suprimidas. El nivel de vida medio de la población de ambos países bajó fuertemente. En el segundo caso, Malasia logró salir mejor del trance.

La ANSEA no es menos heterogénea en el plano político que en el económico. En su seno se pueden distinguir tres grandes categorías de regímenes políticos: el pluralismo democrático liberal (Tailandia, Filipinas); el autoritarismo soft semi-democrático (Malasia, Singapur); y el autoritarismo (Vietnam, Laos, Camboya), para no mencionar el Estado totalitario de Myanmar (Birmania). ¿Hasta dónde Indonesia -el mayor país de la asociación- encaja en ese esquema? Hoy en día la respuesta no es totalmente clara. En todo caso, sería ilusorio considerar a la ANSEA como una entidad política coherente y, menos aún, homogénea.

De la crisis a la desestabilización

Ninguna respuesta coordinada, ni económica ni política, pudo lograrse para afrontar la crisis. En Indonesia ésta generó grandes manifestaciones, que provocaron la caída del régimen de Suharto y la elección de Abdurrahman Wahid, cuarto presidente del país desde la independencia. En Tailandia, el gobierno, desprestigiado, fue reemplazado y se promulgó una nueva Constitución con el objeto aparente de erradicar la corrupción endémica y promover la transparencia política. En Vietnam, el régimen aminoró el ritmo de la liberalización económica, mientras que la junta birmana aprovechó para intensificar la represión y aislarse aún más. Por último, las perturbaciones políticas que afectaron a Malasia fueron provocadas por el propio régimen.

Malogrando su transición, Filipinas se convirtió en una nación sin Estado, suponiendo que se pueda calificar de nación a un país fracturado por movimientos separatistas de inspiración religiosa (Mindanao). Desde la caída del régimen de Ferdinando Marcos en 1986, los dirigentes políticos no estuvieron a la altura del entusiasmo popular despertado por las perspectivas de democratización del sistema. En muchos aspectos, la presidencia de Cory Aquino (1986-1992) constituyó un periodo de oportunidades perdidas. Tal fue el caso, en particular, de la reforma agraria, fundamento de las revoluciones económicas de países vecinos como Corea del Sur y Taiwán. Luego, bajo la presidencia de Fidel Ramos (1992-1998) se perdió la esperanza de que el Estado terminara finalmente con la corrupción endémica y con el sistema político oligárquico.

Muchísimos filipinos consideran el régimen de Joseph Estrada, acusado de corrupción activa y obligado a renunciar el 20 de enero último, tan malo como el del dictador Marcos. Estrada dejó que numerosísimos actores de los años del régimen Marcos recolonizaran el poder, mientras que los hijos de sus tres esposas oficiales aprovecharon escandalosamente una tradición de enriquecimiento personal del príncipe y de su corte. A pesar de una prensa libre y cuestionadora, la corrupción y los abusos de poder jamás cesaron. Eso se explica en parte por el sistema de caciquismo reinante en los partidos políticos, en un país políticamente dominado, desde hace mucho tiempo, por los notables locales4.

Pero también se explica por la debilidad del Estado. El sector público filipino es uno de los más pequeños del sudeste asiático, y hasta la misma seguridad está privatizada. En esas zonas fortificadas en que se convirtieron los barrios ricos de Manila, sólo pueden entrar aquellos que autorizan los vigilantes privados. Una parte importante del sistema educativo, fundamentalmente en los niveles secundario y universitario, también está privatizada. La ausencia de cualquier noción de interés público aumenta el malestar permanente de la sociedad.

En cuanto a Indonesia, si bien desapareció el "Nuevo Orden" suhartiano, no se ve claramente qué hay en su lugar5. Uno de los éxitos -para llamarlo de alguna forma- del general Suharto, fue dar a Indonesia la imagen de un Estado perfectamente capaz de mantener la unidad nacional en un imperio de 7000 islas y miles de kilómetros de extensión. La realidad, por supuesto, era muy diferente: sólo en apariencia el régimen dominaba esa sociedad, en general atomizada y dirigida por comendadores militares o gobernadores de provincia que gozaban de una considerable autonomía. Mientras que la sociedad civil, ya atrofiada bajo el régimen de Sukarno, tenía muy poco peso, por no decir ninguno, en el debate político.

La caída de Suharto fue tan repentina como su ascenso treinta años antes. La extraordinaria eclosión de los medios indonesios, el surgimiento de un parlamento celosamente aferrado a sus derechos y decidido a rivalizar con el ejecutivo, y la aparición de un sistema judicial que descubrió rápidamente y luego afirmó su independencia, marcan indiscutiblemente una victoria de la democracia6. Sin embargo, la realidad sobre el terreno es un poco diferente. Al menos algunos elementos del pasado régimen no desaparecieron, sino que conservan un perfil bajo. En Yakarta, los observadores más pesimistas, entre ellos algunos miembros del gobierno presidido por Abdurrahman Wahid, atribuyen los atentados con bombas registrados a comienzos del otoño a facciones del propio ejército que buscan generar el caos, lo que les permitiría reafirmar su papel político. Los 18 atentados simultáneos contra iglesias católicas y protestantes cometidos el 24 de diciembre pasado parecen inspirados por la misma estrategia.

En momentos en que muchos indonesios ven con nostalgia la época de Suharto, hay que admitir que son considerables los desafíos que debe enfrentar la administración de Wahid, cada vez más parecida a un gobierno transitorio. El más urgente es hallar un modelo federal apropiado para controlar las poderosas fuerzas centrífugas que siempre existieron en Indonesia, pero que repentina y brutalmente volvieron a emerger en cuanto desapareció el férreo dispositivo suhartiano. Como en Filipinas, la debilidad del Estado constituye un obstáculo mayor a las reformas necesarias, a la estabilidad política y al desarrollo económico.

Reaparece el temor al colapso

A comienzos de octubre pasado el bath, la moneda tailandesa, cayó a su nivel más bajo en 28 meses, es decir, desde el aparente fin de la crisis económica y financiera. Los occidentales comenzaron entonces a considerar seriamente la hipótesis de una nueva etapa recesiva en el país y de una repetición del contagio financiero de 1997-19987. En efecto, los resultados de las exportaciones de la región, motor esencial de la muy frágil reactivación económica de esos dos últimos años, comenzaron nuevamente a decaer por dos motivos. En primer lugar, por el aumento de los precios del petróleo, que perjudicó a la mayoría de esos países, excepto a Indonesia. Luego, por la perspectiva del ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC)8, que fue percibida como una amenaza a la competitividad de los países emergentes del Sudeste asiático. Ambas tendencias se vieron exacerbadas por la significativa caída de las inversiones directas en Malasia y sobre todo en Indonesia.

En este último país se puede comprobar que si bien la economía informal recuperó un poco de su vigor, la economía "moderna" está paralizada y los inversionistas aguardan que vuelva la estabilidad política. Hay que señalar que la democratización regional, esperada por Estados Unidos para el día siguiente de la crisis, fue más bien ilusoria. El gobierno de coalición reformista tailandés del primer ministro Chuan Leekpai parece cada vez más frágil, al tiempo que, bajo una nueva fachada, reaparecen los viejos políticos. El estallido de cinco bombas el 30-12-00 en Manila (14 muertos y un centenar de heridos) genera malos augurios sobre la futura estabilidad de Filipinas, donde la vicepresidente Gloria Matapagal sustituyó a Estrada.

La ANSEA, que en el pasado supo aprovechar su posición geográfica de encrucijada de Asia para afirmar su centralidad política, ya no parece por lo tanto en condiciones de conservar su papel preeminente. Se había generado la esperanza de que una organización regional coherente favoreciera el desarrollo y la consolidación de sus miembros. Paradójicamente, las debilidades políticas internas, sumadas a una parálisis regional, amenazan ahora tanto a los proyectos nacionales como la construcción regional. Sin embargo, la aparición de una agrupación más amplia que reuniría a China, Japón y Corea del Sur, además de la ANSEA, puede preverse en función de algunos indicios: frecuentes reuniones informales, mayor coordinación entre los bancos centrales sobre temas monetarios, reiteración de propuestas para crear un Fondo Monetario asiático, debates sobre una zona yen… Si esa tendencia se confirma, un "bloque" asiático podría formarse y hacer contrapeso al Tratado de Libre Comercio (TLC, EE.UU./Canadá/México) y a la Unión Europea. Claro que la ANSEA ya no será su centro, que está desplazándose a raíz de la entrada de China en la economía mundial capitalista y de las ambiciones niponas para desempeñar un papel político más amplio. Actualmente imaginable, la perspectiva de la reunificación coreana refuerza esa idea de un triángulo de poder en Asia, centrado en el Noreste.

  1. Financial Times, Londres, 11-10-00.
  2. Sobre esa crisis, ver Manière de voir, Nº 47,"La mondialisation contre l'Asie", septiembre-octubre 1999.
  3. Para un análisis más profundo de la crisis, ver Philippe Richer (dir.), Crises en Asie du Sud-Est, Presses de Sciences Po, París, 1999.
  4. John Sidel, Capital, Coertion and Crime: Bossism in the Philippines, Stanford (CA), Stanford University Press, 1999.
  5. Romain Bertrand, "Le désordre nouveau.Violence sociale et changement politique en Indonésie", Critique internationale, Nº 8, París, verano de 2000.
  6. Donald Emerson (dir.), Indonesia Beyond Suharto, Armonk Nueva York/Londres, ME Sharpe, 1999.
  7. Financial Times, Londres, 12-10-00.
  8. Roland Lew, "Los riesgos de conciliar socialismo ymercado", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, diciembre de 2000.
Autor/es David Camroux
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 20 - Febrero 2001
Páginas:18, 19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación, Terrorismo, Corrupción, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Justicia), Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales
Países Canadá, Estados Unidos, México, Birmania (ver Myanmar), Camboya, China, Corea del Sur, Filipinas, Indonesia, Japón, Laos, Malasia, Singapur, Tailandia, Taiwán, Vietnam