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Manu Chao, la otra mundialización

Este mes Manu Chao estrena su segundo álbum solista, Próxima estación, Esperanza. Ex integrante de Mano Negra, la banda que revolucionó el rock alternativo de Francia e incluso de América Latina, este músico internacional por adopción es el mejor representante de los jóvenes anticapitalistas. Sus principios no se ven reflejados en discursos grandilocuentes ni en ataduras partidarias, sino en sus actos cotidianos.

Fue hace quince años, en abril de 1986, en una sala helada, grande y casi vacía de la Casa de la Juventud y la Cultura (MJC) de Palaiseau, en las afueras de París. Manu Chao, integrante de Los Carayos, tocaba esa noche en apoyo a los jóvenes presos por delitos comunes. Concierto militante, gratuito, con un sonido vacilante invadido por una extraña interferencia: de las viviendas adormecidas que nos rodeaban llegaba como ruido de fondo la banda sonora de una serie televisiva. Los Carayos tocaron igual. Se entregaron al máximo.

Aquella noche, movido por la misma energía misteriosa que ofrece ahora a los centenares de miles de aficionados distribuidos por todo el planeta, Manu cantó ante exactamente cuarenta y tres personas. A los periodistas de la época no les interesaba un cabeza dura del rock alternativo.

Acodado en el bar después del recital, tímido y terco, no se quejaba por la poca cantidad de gente, y, no, jamás se le había ocurrido dejar de tocar por cuestiones técnicas: "Oye, hace dos meses que lo vienen armando… ¡No los vamos a dejar plantados sólo porque Supercopter suena junto a nosotros! Además, la pasamos bien igual… Si encima les podemos dar una mano… Sólo espero que el flete con los equipos aguante hasta París…". Es la última imagen que guardaba de Manu Chao: al margen y solidario, vago y ciudadano, generoso y sin un mango.

Creció en Sèvres, no muy lejos de la fábrica Renault, entre amigos, hijos de obreros portugueses y armenios, locos de fútbol y aventuras, y, en casa, un padre de izquierdas, periodista, escritor, gallego y músico, piano y retrato del Che en el living. Con los Hermanos de la Calle, era un tránsfuga, tenía que pasar sus pruebas, prenderse sin miedo en las trapisondas. Dedicó su adolescencia al Rock"n"roll de los años ´50 -Chuck Berry, Gene Vincent…-; era como pertenecer a una secta, un monje guerrero dispuesto a combatir la capilla vecina. Así, poco a poco, Manu redescubrió sus raíces ibéricas, deslizando algo de flamenco en su repertorio hillbilly. Armó los Hot Pants, Los Carayos, y finalmente Mano Negra, grupo legendario del rock independiente francés, crisol de un mestizaje latino-rock-reggae-raí. La Mano funcionaba como una comunidad anarquista española en 1936, un kibbutz de pioneros, un laboratorio igualitario e individualista donde todas las sensibilidades debían poder expresarse.

Fiel a sí mismo

Luego vino el éxito, después el dinero, y con él los primeros disensos. En 1994, después de seis años de una carrera mágica, la Mano explotó. Manu, destruido, partió a curarse por el camino. América Latina, España, África. Cuatro años, el tiempo de un luto. Viajó solo, con un mini-estudio, grabando músicas por la ruta. Hizo un album un poco triste, casi intimista, para saldar las cuentas, lo contrario de un producto de marketing para las FM. Clandestino salió en 1998. Sin promoción, devino lentamente un éxito gigantesco. Hoy, Clandestino lleva vendidos casi tres millones de ejemplares en todo el mundo…

Tengo cita con Manu en un café del este parisino, cerca de la Place des Fêtes. Una zona popular, un "barrio difícil", diría la tele. Allí vive cuando viene a París, en lo de su hermano. Jóvenes con ropa deportiva, de los suburbios vecinos, entran y salen sin parar, se aferran a sus celulares con aire de mafiosos y vuelven a sentarse en la mesa del fondo para una ruidosa partida de cartas. Espero a un millonario. Un hombre que vende diez veces más discos que las estrellas cuyas promociones estacionales nos machacan los oídos. Siento curiosidad… ¿Cómo resistió a la celebridad?… ¿Permanece fiel a sí mismo?… Hace escala en París para cerrar los últimos detalles de su segundo álbum: Próxima estación, Esperanza que sale a principios de junio.

A primera vista no cambió. Tiene cuarenta años y el mismo aire vagabundo, humilde y entero, el mismo brillo en los ojos que traiciona su fe obstinada. Tal vez su sonrisa se extendió un poco, más confiado… Le da un beso a la joven dueña del bar que le cuenta sus problemas: dispararon contra su vitrina la semana pasada. Escucha atentamente, serio. "Esto parece Rio, dice, ya tocamos aquí para treinta o cuarenta personas pero por culpa de la guerra entre las bandas de los suburbios, se van a ver obligados a cerrar. Es una lástima que los lugares así no puedan sobrevivir".

Manu habla como un pibe del barrio. Dentro de dos días vuelve a España, nunca está en Francia, pero en todas partes está en su casa. En cada país, parece lograr este pequeño prodigio: convertirse en cuestión de días en un pibe del barrio. Su método, dice, para quedarse del otro lado de la barrera: "Créeme que es muy simple, te diviertes más en estos bares que en las fiestas de imbéciles en Beverly Hills. Ahora puedo hablar, estuve en ambas…".

En estos lugares ambiguos, los simples cafés, las tascas, las tabernas donde se juntan y entremezclan clases trabajadoras y clases peligrosas, encuentra su inspiración. La elección del pueblo. Aquí, nadie se fija en él, es un joven como cualquier otro, sentado frente a un vaso de vino blanco. "A veces toco en la calle en Barcelona -me gusta ensayar en la calle- y la gente me dice: tocas bien, ¡parece el auténtico Manu Chao!… Es importante no ser nadie… Estar aquí, en un bar, escuchar las historias de la gente, la cantidad de canciones que se me habrán ocurrido en los bares escuchando tipos que habían tomado de más y se desahogaban…".

Después de dar la vuelta de América Latina, como un cazador de mariposas, para traer algunas rarezas delicadas y desharrapados cocinados en su salsa, este nómade sin hoja de ruta, eterno músico de barrio, se convirtió en el mayor trovador de la otra mundialización, una alternativa a la aplanadora de la música por metro con la que Estados Unidos inunda el mundo. En Praga, en septiembre de 2000, durante las manifestaciones en contra de la reunión del Fondo Monetario Internacional (FMI), sus canciones servían de himnos a los jóvenes anticapitalistas. En México, su concierto gratuito del año pasado reunió en la plaza del Zócalo a 150.000 personas que aclamaron de una misma voz al subcomandante Marcos y al rockero franco-gallego de los suburbios parisinos. En Argentina, su excepcional popularidad llegó incluso a hacer rechinar algunos dientes: "¿Quién se cree este francés que posa como chico de la calle con 16 tarjetas de crédito para venir a darnos clases de moral?", protestó Fito Paez, que sin embargo es un cantante comprometido.

Ilusión óptica. Manu Chao no es candidato a la Estatua de Comendador. A aquellos que quisieran confiarle la agobiante tarea de convertirse en el José Bové de la música, vocero exclusivo que no sería más dueño de sus días, responde de manera lúcida y educada, reclama su derecho a la incoherencia: "Sin parar, la gente me exige respuestas políticas. Les contesto, estoy como ustedes: perdido en el siglo; sigo buscando la tumba del Quijote. Aquí o allá, veo pequeñas luces, puntos febriles, lugares que resisten, como en Chiapas… Hablo, lo canto, un poco, tampoco me tiene que quemar la cabeza…".

Manu no es un cantor de textos. No se siente cómodo con las palabras. Es inútil buscar un manifiesto en su próximo disco. Su compromiso pasa más por los actos que por las palabras. "Cuando un tipo me interpela para preguntarme cómo se hace la revolución, le contesto: empieza por hacer orden alrededor tuyo hermano, ¿estás seguro de que tratas bien a tu mujer?… Desconfía de los grandes discursos que terminan mal, comienza por hacer la limpieza en tu barrio con proyectos concretos que podrás realizar".

Durante su última gira por América Latina, Manu Chao aplicó su método de agitación-proposición artística. En cada ciudad descubrió una lucha, un movimiento, una experiencia local inédita… Es allí donde eligió dar sus conferencias de prensa.

"Los periodistas vienen para entrevistarme, pero antes los militantes locales los meten en el ambiente… y tuve suerte, la historia me acompañó por el camino…". En Bolivia, llega en medio de las luchas en contra del aumento del precio del agua. Había barricadas en todo el país. En México, toca durante las grandes huelgas de los estudiantes de la Universidad Autónoma de México (UNAM). En Uruguay, ofrece una conferencia de prensa en Cabo Polonio, un sitio natural amenazado por negocios inmobiliarios, mientras los ecologistas arman barricadas para impedir el paso de las topadoras. En Chiapas se cruza, en la Realidad, con los periodistas a quienes Marcos acababa de anunciar que iba a marchar sobre Ciudad de México.

"Fue extraño, recuerda, estábamos a oscuras en una cabaña, un hombre nos vino a buscar para que nos encontráramos con Marcos. Nos esperaba junto a los otros comandantes zapatistas. Marcos nos dijo: Soy malísimo tocando guitarra, pero te vas a medir con Tacho. Nos lanzamos duelos de canciones toda la noche…".

Paradoja: este rebelde abigarrado y punta de lanza, que canta más seguido en español que en francés (en su nuevo disco: nueve canciones en castellano, cuatro en inglés, tres en portugués, una en árabe y una en francés) es también uno de los primeros productos de exportación cultural tricolor. Un producto distribuido por una multinacional, una gran máquina con su aparato de marketing. ¿Cómo se vive de rebelde en la piel de un producto?

"A la larga, lo que descubres es que el tipo del marketing, cuando le propones transformar la promo en agitación, a veces está contento de salir de su mundo publicitario, de darle un sentido a lo que hace. En las multinacionales hay mucha gente normal, que sueña con algo distinto que vender jabones. Por ejemplo, en España, la promoción del álbum Clandestino la hice en torno de un evento que organicé en Santiago de Compostela, en Galicia: la "feria de las mentiras", un encuentro entre los "brasileños repentistas" y los "gallegos regueifeiros", improvisadores poéticos que resuelven los conflictos por medio de duelos verbales: es lindo, gratuito y efímero, no existe nada más anticomercial… Y bueno, el de la casa de discos estaba muy contento de ayudarme a organizar ese evento… Hay esperanza".

Es incluso la próxima parada, si se cree en Manu…

Autor/es Paul Moreira
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 24 - Junio 2001
Páginas:32
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Movimientos Sociales, Consumo
Países Estados Unidos, México, Argentina, Bolivia, Uruguay, España, Francia