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República contra teocracia en IránLa evaluación del mandato del reformista Mohamed Jatami en Irán rehúye toda simplificación. El poder del clero iraní conservador se expresa a través de la represión de la prensa independiente y de duras condenas judiciales a distinguidos disidentes. Las campañas de terror no han quedado atrás. Las mujeres no han logrado todavía el más elemental de sus objetivos: elevar de los 9 años a los 15 la edad mínima en que una familia puede casar a una chica. Impotente ante el desempleo y la inflación, la presidencia reformista encara las inminentes elecciones como un referéndum que arranque a los jóvenes del abstencionismo y los haga votar de nuevo por la República y contra la teocracia.Esa tarde Teherán parecía una fiesta. Una gran cantidad de autos donde se apretaban familias con sus hijos, pero sobre todo bandas de adolescentes, taponaban las grandes avenidas. La estridencia de las bocinas se mezclaba con el clamor que subía de la multitud que invadía la calzada y las calles peatonales. Sin embargo, los centros comerciales, los cafés, los restaurantes y los fast-food al estilo estadounidense estaban cerrados, por tratarse de un feriado. La masa, en general compuesta de jóvenes, avanzaba lentamente, mientras aquí y allá la gente formaba grupos y -tímidamente- se generaban conversaciones entre muchachos y chicas, en un evidente clima de buen humor. Las chicas, en gran cantidad, no llevaban el chador que imponen las normas del Islam riguroso, sino vestidos de colores de mangas largas, el rostro descubierto, algunas estaban maquilladas, con el pañuelo "islámico" negligentemente atado en torno de la cabeza, que deja escapar algunos mechones cuidadosamente arreglados. Algunas parejas se tomaban púdicamente de la mano o del brazo. Este espectáculo, insólito en el pasado, ya no sorprende más en un país donde las costumbres evolucionan irresistiblemente bajo la mirada reprobatoria pero resignada de los guardianes de la ortodoxia islámica1. De pronto, bruscamente, la fiesta deriva en violentos enfrentamientos. Un grupo de basij, las milicias urbanas, embiste a la multitud. Vestidos con camisa y pantalón negro y una bufanda del mismo color en torno al cuello, unos a pie, otros en pequeñas motocicletas, se abalanzan contra los jóvenes, los golpean con bastones, detienen a quienes se niegan a dispersarse, amontonándolos en vehículos policiales. Interrogado, uno de los milicianos, dice: "Estos bandidos vinieron aquí para flirtear". Esa tarde los iraníes conmemoraban la ashura, el martirio del imán Hussein, que en el siglo VII fuera asesinado junto a un grupo de sus partidarios por el poderoso ejército del califa Omar, considerado por los insurgentes como un usurpador. Unánimemente venerado por los musulmanes de rito chiíta, el imán Hussein simboliza el supremo sacrificio en la lucha contra la tiranía y la injusticia. La jornada de duelo nacional comienza por la mañana con autoflagelaciones colectivas y sigue en la tarde con procesiones de fieles que llevan velas. El comportamiento de los jóvenes de Teherán no correspondía evidentemente a esa piadosa tradición. Uno de ellos, tomando a un extranjero como testigo, grita: "¡Nosotros somos tan creyentes como estos brutos! ¡Pero ellos quieren imponernos sus dogmas, quitarnos la más mínima libertad a la que tengamos derecho! ¡Sí, ellos entendieron claramente que nuestra manera de celebrar la ashura era también, y sobre todo, una manifestación contra la dictadura!". Una sociedad jovenEl acontecimiento es excepcional, porque se ha instaurado un pacto implícito de no agresión entre las fuerzas del orden y los jóvenes. Estos se abstienen de oponerse activamente al sistema teocrático, evitando por ejemplo las huelgas o las manifestaciones -que en los últimos años terminaron en baños de sangre- a cambio de lo cual los milicianos renunciaron a inmiscuirse en la vida privada de los ciudadanos. Así, las antenas parabólicas de televisión, prohibidas por la ley, proliferaron de un extremo al otro del territorio. Asimismo, los cassettes de audio o de video con temas musicales o películas de origen occidental, igualmente sacrílegos, se venden en la vía pública en medio de la aparente indiferencia de los milicianos. Estos tampoco intervienen cuando, en la intimidad de sus hogares, los jóvenes organizan ruidosas fiestas bailables, conciertos de rock o de pop, durante los cuales no es raro el consumo de alcohol de contrabando, en medio de una total promiscuidad entre chicos y chicas. Es como si el establishment puritano hubiera aceptado una contracultura que sólo podía erradicar poniendo en peligro la paz civil. En efecto, la mitad de los iraníes tiene menos de 18 años, y dos tercios de la población es menor de 35; la gran mayoría de los jóvenes, en particular las mujeres, constituye la masa electoral que posibilitó las victorias de los reformistas en las diversas consultas electorales. Los conservadores abandonaron el frente social para concentrarse en el político, atacando en particular a la prensa independiente, cuya función se había revelado decisiva. Durante el período de gracia posterior a la elección del presidente Mohamed Jatami, en mayo de 1997, se autorizó la circulación de varios cientos de publicaciones, diarios o revistas de contenido político, cultural o social, de acuerdo con las libertades inscriptas en la Constitución. Envalentonados, los periodistas no se privaban de desafiar al poder y a sus dogmas. Los tabúes, que eran muchos, caían uno tras otro. Miembros eminentes del clero y filósofos defendían las tesis "revisionistas" de un Islam abierto a conceptos tales como los derechos individuales, la democracia, y un laicismo que no confesaba su nombre. Las medidas intimidatorias tuvieron poco efecto: se clausuraron algunos diarios, pero al poco tiempo volvían a aparecer con otro nombre. El Parlamento, por entonces dominado por los conservadores, destituyó al ministro del Interior, Abdallah Nouri, prelado progresista y uno de los principales dirigentes reformistas, pero el cargo fue inmediatamente ocupado por un hombre cercano al Presidente. Los asesinatos en serie de opositores en el otoño de 1998 dieron resultados inversos a los esperados. El presidente Jatami logró que se abriera una investigación y se juzgara a los autores de los crímenes, todos ellos miembros de los servicios de Informaciones, tres de los cuales fueron condenados a muerte. Al mismo tiempo, el jefe de Estado logró la destitución del ministro de Informaciones, hombre ligado al ayatola Alí Jamenei, el "Guía Supremo", sucesor del imán Jomeini, y su reemplazo por un moderado. Fue un acontecimiento sin precedentes: los asesinatos políticos, generalmente disfrazados de accidentes o de delitos comunes, eran moneda corriente en la historia de la República islámica y nunca habían sido reconocidos como tales, menos aún sancionados. Los conservadores observaban los sucesivos éxitos de Mohamed Jatami durante la primera fase del mandato presidencial, y veían que la sociedad civil no cedía terreno a pesar del hostigamiento contra los medios más cuestionadores. El poder teocrático se reducía cada vez más, a medida que se acercaban las elecciones legislativas de febrero de 2000. Los reformistas ya habían logrado dos victorias espectaculares en los comicios presidenciales (mayo de 1997) y municipales (febrero de 2000), obteniendo cada vez cerca del 70% de los votos. Las medidas adoptadas por los conservadores para falsear el resultado de las legislativas también fueron contraproducentes. La oleada reformista permitió a los partidarios del cambio obtener los dos tercios de las bancas, generando un principio de pánico en el campo conservador. La asamblea saliente, desesperada, enmendó la ley de prensa entre las dos vueltas electorales. En adelante, las publicaciones clausuradas no podrán volver a aparecer con otro nombre y sus periodistas no podrán trabajar en otros medios. La mayoría reformista adopta un proyecto de ley que anula esas enmiendas, pero el "Guía Supremo", ayatola Jamenei, opone su veto argumentando que el texto es contrario a los preceptos del Islam, dejando así amordazada a la nueva mayoría. El cuarto y último año del mandato presidencial estuvo signado, a partir de la primavera de 2000, por una campaña de represión sin precedentes desde la muerte del imán Jomeini en 1989. El ayatola Jamenei declara sin rodeos que el Islam legitima la violencia en caso de que sus preceptos sean pisoteados. El ayatola Mesbah Yazdi, líder de la extrema derecha, había proclamado poco antes que el uso de la violencia era "obligatorio" en caso de que la República islámica no pudiera defenderse de otro modo, "aunque deban morir miles de personas". Y agregó que todo buen musulmán debía, por propia iniciativa, "liquidar inmediatamente" a cualquier infiel que "insultara al islam o al Profeta". La incitación al asesinato fue escuchada por un joven estudiante, que entre una y otra vuelta electoral disparó a quemarropa contra el estratega de la victoria reformista, Said Hajjarian, consejero y amigo personal del presidente Jatami. Alcanzado en la columna vertebral, actualmente en silla de ruedas y con dificultad para expresarse, el líder reformista evocaba recientemente la "amabilidad" del "Guía Supremo" que esta primavera, un año después del atentado, lo recibió para desearle un pronto restablecimiento. Said Hajjarian explica que se negó a pedir reparación ante la justicia, como lo autoriza la ley islámica, pues estima que su agresor no fue más que el instrumento utilizado por "la torre de los fantasmas". Esta expresión, usada habitualmente por los opositores, evoca el sitio mítico donde los grandes personajes urden desde las sombras la campaña de terror. RepresiónParalelamente a la intimidación se desarrolla la represión. Además de la clausura definitiva de unas treinta publicaciones, se produjeron varias oleadas de detenciones contra diversas categorías sociales: periodistas, abogados, universitarios, dirigentes estudiantiles, editores, miembros del clero, políticos. Acusados por actividades, declaraciones o textos considerados sediciosos, algunos fueron condenados a largas penas de cárcel en procesos a veces públicos y a veces llevados a cabo a puerta cerrada; otros están encarcelados en sitios ignorados de sus familias y de sus abogados. Todos ellos son sometidos, con los ojos vendados, a interminables y enérgicos interrogatorios, y son conminados a retractarse, "confesando" públicamente ante las cámaras de televisión. Pero ninguno cedió a esa extorsión. Al contrario, todos confirmaron sus convicciones y su derecho a expresarlas. El hodyatoleslam Hasan Yussefi-Eshkevari, un teólogo de renombre, autor de una monumental enciclopedia del chiísmo, fue acusado de apostasía por haber sostenido, entre otras cosas, que el Estado y la religión deberían estar separados y que el Islam no obligaba a las mujeres a llevar velo: fue condenado a la pena capital en un juicio secreto. Mashallah Shemsol-Vaezin, el joven y dinámico jefe de redacción de varios diarios prohibidos, justificó su decisión de publicar un artículo donde demandaba, en nombre del islam, la supresión de la pena de muerte: hoy purga una pena de cárcel de 30 meses, a la espera de comparecer por otros "crímenes". Akbar Ganji, el más popular de los periodistas reformistas, un piadoso musulmán célebre por sus denuncias del "fascismo islámico" y por su último libro "en clave" sobre los ayatola, titulado Las eminencias grises, reveló durante su juicio el nombre de algunos de ellos, acusándolos de haber telecomandado un centenar de asesinatos durante la última década: fue condenado a diez años de cárcel. Ezzatollah Sahabi, un septuagenario con graves problemas cardíacos, ex miembro del Consejo de la Revolución instaurado en 1979 por el imán Jomeini, había sostenido en sus escritos que los partidarios de un islam totalitario habían torcido el rumbo de la revolución: a fines de mayo pasado se desconocía su suerte, al igual que la de unos sesenta responsables políticos del movimiento de los "nacionalistas religiosos", detenidos esta primavera. Todopoderoso "poder judicial"Antiguos adversarios del sistema teocrático, pero hasta hace poco tolerados por el poder, están ahora acusados de confabulación para derrocar al régimen por medio de la fuerza, crimen pasible de la pena capital. Dos organizaciones estaban en la mira, el Movimiento de los Musulmanes Militantes, de tendencia socialdemócrata, dirigido por el doctor Habibollah Peyman, actualmente detenido; y el Movimiento para la Libertad, del doctor Ibrahim Yazdi, ministro durante el primer gobierno republicano, actualmente hospitalizado en Estados Unidos por un cáncer, quien anunció que se presentará ante los jueces en cuanto termine su tratamiento. La represión es orquestada por el todopoderoso "poder judicial" que depende exclusivamente del "Guía Supremo", pero que funciona de manera casi autónoma. Dispone de sus propios servicios de informaciones y de policía; de lugares de detención secretos. Sus agentes asumen alternativa o simultáneamente las funciones de asistente del fiscal, de fiscal y de juez; maneja un abanico de tribunales, llamados revolucionarios, sobre asuntos clericales, de prensa, de derecho común. Los acusados no siempre asisten a su "proceso"; en esos casos, un fiscal o un juez se encargan de informarles en su celda sobre el fallo que ha recaído sobre ellos. Acusado, sobre todo por la mayoría parlamentaria, de violar la Constitución y las leyes en vigor, el presidente del Poder Judicial, el ayatola Hashemi Shahroudi, replicó que sólo los miembros del clero están facultados para interpretar los textos. Se refería a sus colaboradores, en su mayoría religiosos de la escuela teológica de Haqqani. Esta, que otrora fuera una prestigiosa institución dirigida por ayatolas relativamente esclarecidos, en estos últimos años se transformó en un semillero de oscurantistas de extrema derecha, calificados en nuestra presencia por un prelado progresista como los "talibanes" iraníes. Su influencia se extiende a todo el aparato del Estado, incluso al gabinete del "Guía Supremo", llegando hasta el interior del imperio mediático Keyhan, dirigido por un ex miembro del servicio de informaciones, Hossein Shariat-Madari. El líder de esa corriente es el ayatola Mesbah Yazdi, apólogo de la violencia y de los asesinatos políticos, que enseña precisamente en la escuela Haqqani de la ciudad de Qom. A pesar de todo, las "eminencias grises" ya no asustan a nadie. Por cierto, los militantes políticos más o menos clandestinos toman precauciones inhabituales para entrevistarse con un periodista de paso: evitan las citas en lugares públicos, desconectan sus teléfonos celulares y exigen el anonimato. Pero son la excepción. Los periodistas que trabajan en la prensa independiente -siete diarios y diversas publicaciones reformistas sobrevivieron a la hecatombe- no se privan de criticar al régimen, aunque, es cierto, en términos menos agresivos que antes. Los responsables políticos entrevistados, aun los que están en libertad condicional, hablan con una sorprendente calma. Las declaraciones amenazadoras de altos personajes del Estado son habitualmente tomadas en broma y hasta causan hilaridad. La tranquilidad que muestran los reformistas se debe en gran parte a su convicción de que la violencia estatal desprestigia aún más al régimen y está condenada al fracaso. Les preocupa en cambio el efecto que la represión tendrá sobre el electorado ¿No podría acaso confirmar la impotencia del presidente Jatami para proteger a sus partidarios, aumentando así el número de los abstencionistas en las elecciones presidenciales de este 8 de junio? La mayor de las organizaciones estudiantiles -500.000 miembros- reprochó públicamente al jefe del Estado su pasividad; dentro de la Universidad, los manifestantes repitieron consignas que exigen su renuncia. Las causas de ese hartazgo son muchas. El porcentaje de desocupados -20% según estimaciones independientes- no se redujo durante el primer mandato de Jatami, ni tampoco la inflación (17%); los poseedores de buenos diplomas se resignan a ocupar puestos subalternos o sueñan con irse a otros países. El año pasado, según cifras oficiales, más de 200.000 personas de la clase media abandonaron definitivamente Irán, sumándose así a los tres millones que ya emigraron. Los servicios sanitarios ya dieron la alarma, indicando que las perturbaciones psíquicas -depresión, esquizofrenia- alcanzan proporciones exorbitantes entre los jóvenes, condenados a llevar una doble vida: una pública, dictada por las coacciones de un islam puritano, y otra clandestina, conforme a la contracultura que practican en la intimidad de sus hogares. A los sociólogos les inquieta el creciente consumo de drogas, en particular de heroína, importada a bajo precio de Afganistán (en Irán existen más de dos millones de drogadictos identificados). Los responsables políticos, de derecha como de izquierda, temen una peligrosa polarización: por un lado, jóvenes que, frustrados por la ineficacia de las reformas, reclaman una política voluntarista que cambie radicalmente el régimen; por otro, jóvenes que se despolitizan, leen poco, se interesan sólo por los programas de variedades transmitidos por los canales internacionales, escuchan únicamente radios extranjeras (la BBC, la Voz de América, Radio Israel) y que, por reacción a la propaganda oficial, alimentan una admiración incondicional por Estados Unidos, país que consideran la patria de la libertad, de la cultura y de la abundancia, a la vez que manifiestan una ostensible indiferencia respecto de la militancia antisionista de los dirigentes. Mujeres inquebrantablesLas mujeres, que junto con los jóvenes constituyen la vanguardia del movimiento reformista, continúan por su parte un combate inquebrantable2. Comprueban con amargura que el Parlamento elegido el año pasado tiene menos mujeres que el precedente (11 sobre 290 diputados, contra 14 en la asamblea anterior, dominada por los conservadores); que los partidos y las organizaciones progresistas están controladas por hombres; que ciertos dirigentes o parlamentarios reformistas las tratan con condescendencia. "Muchos de ellos nos aconsejan moderar nuestras reivindicaciones, tener paciencia hasta que se instaure la democracia", se indignan dos responsables feministas, Mahbubeh Abbas Gholizadeh, una militante islamista, y Sarvanez Vafa, una laica convencida (calificación que ella rechaza por razones evidentes). Esta última agrega: "Estos sexistas olvidan que los elegimos para emancipar prioritariamente a la sociedad". Nuestras dos interlocutoras admiten sin embargo que, gracias al impulso de los movimientos feministas, los diputados oficialistas adoptaron varios textos tendientes a suprimir prácticas discriminatorias dentro del matrimonio y en temas de divorcio y de herencia. Pero sin resultado, pues el Consejo de los Guardianes -organismo encargado de verificar la validez "islámica" de cualquier legislación- opuso su veto. "Nuestro más urgente objetivo -declaran al unísono- es elevar a 15 años la edad mínima para el matrimonio de las niñas, actualmente establecida por la sharia (la legislación islámica) en 8 años y 9 meses, una disposición que consideramos una forma de pedofilia legalizada". La única divergencia entre ambas mujeres tiene que ver con la sharia: la islamista considera que esa ley debería adaptarse a las exigencias de la vida moderna pues "el Señor y su profeta son favorables a la igualdad de los sexos"; mientras que la laica reclama una legislación fundada en la "razón", pero "conforme a los valores espirituales". Sin embargo, ambas militantes respetan al presidente Jatami, el cual, afirman, trabaja sinceramente por la promoción femenina. Entre otras medidas, Jatami designó una mujer como vicepresidenta de la República; creó en cada ministerio un servicio encargado de defender los intereses de las mujeres y brinda generosas ayudas financieras a decenas de ONG feministas, a algunas de las cuales ha asociado a la elaboración del plan quinquenal. Visto desde Teherán, el balance del primer mandato del presidente Jatami no resulta tan negativo como podría parecerlo a primera vista (ver recuadro). Sobre todo si se tienen en cuentan factores que perjudican a los reformistas: una constitución dualista, que contiene a la vez disposiciones democráticas y teocráticas, pero que atribuye a estas últimas una posición dominante en la gestión del Estado; las fallas de un movimiento renovador joven que reúne 18 partidos y organizaciones, incapaces de adoptar una estrategia y una dirección común; y un Presidente que se limita a ser el portavoz pero no el jefe del movimiento. Jatami es sobre todo un intelectual humanista, muy interesado por la filosofía y la moral, desprovisto de ambiciones personales, propulsado contra su propia voluntad a una escena política particularmente compleja y desconcertante. Cansado de las "ilusiones alimentadas en el extranjero", el ayatola Jamenei quizás no se equivocó al declarar recientemente que Irán no es la Unión Soviética y que Jatami no es su Gorbachev. Los dirigentes conservadores "racionales", como se los llama en Irán, estarían convencidos de ello, pues estiman que Jatami, fuente inevitable de legitimidad popular, sería aún más inofensivo si fuera reelecto con una mayoría relativamente restringida. Por temor a un elevado abstencionismo en las elecciones del 8 de junio, sobre todo a falta de un candidato conservador creíble, los reformistas intentaron movilizar a la población dándole otro sentido a esa consulta: ya no se trata solamente de una elección presidencial, afirmaban, sino de un "referéndum". De esta manera dan a entender claramente que la opción fundamental es entre democracia o teocracia. Todo un programa para el segundo mandato de Mohamed Jatami.
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