|
|
Ucranianos, rusos y armenios, de profesionales a vigilantesAsí como en Europa se llama "inmigrante" a la población extranjera de escasa calificación laboral y bajos recursos, en Argentina el recelo xenófobo es mayormente suscitado por la población procedente de los países limítrofes. Sin embargo, hay un grupo de población inmigrante de alto nivel educativo a quien le cabe el dudoso beneficio de ser fácilmente empleado en puestos que no exigen calificación: son los inmigrantes de Europa del Este, particularmente ucranianos y rusos, y también armenios.Un acuerdo entre los presidentes Boris Yeltsin de Rusia, Stanilas Chuchkevich de Bielorrusia y Leonid Kravchuk de Ucrania, selló en Bielojev, Bielorrusia, el 8-12-1991, la disolución de la URSS, un imperio que abarcaba casi la sexta parte del territorio mundial. Luego, las quince Repúblicas que componían esta estructura supranacional fueron proclamando su independencia y transformándose en nuevos estados nacionales1. El proceso de transición de una economía socialista a una economía de mercado, así como el de un sistema político centralizado a una "democracia liberal", generó un importante flujo migratorio hacia el occidente capitalista, compuesto por los sectores de población gravemente afectados en su nivel social y económico por la transición. No sólo emigran a Europa o América del Norte. Argentina aparece también como un polo de atracción, más por su tradicional carácter de país de inmigración y por sus principios constitucionales que por su actual realidad socioeconómica. Tratamiento especial"Argentina es el único país que nos da una visa", responde Serguei Veresyuk, de 28 años, cuando le preguntamos por qué eligió este país. La mayoría de los ucranianos que abandonan su patria lo hace por razones económicas. Estos nuevos inmigrantes son generalmente profesionales con títulos universitarios que tenían un trabajo mal pago en su país de origen y a quienes la esperanza de un futuro prometedor los llevó a emigrar: "Quiero pensar en un futuro, quiero construir un futuro y pienso que acá lo puedo hacer", agrega Serguei. Los ciudadanos de la región de Europa Oriental y Eurasia, encuentran un incentivo para emigrar a Argentina en el Programa de Inmigración para Europa Central y Oriental, que otorga en sede consular un permiso de ingreso en calidad de residente temporario por el plazo de un año2. Este permiso les da la ventaja de poder pedir trabajo "en blanco". La concreción del Programa fue una iniciativa del gobierno menemista, que adecuó su política exterior al momento internacional desarrollando una política migratoria "a medias". Al desintegrarse la URSS, el canciller argentino Guido Di Tella imaginó una invitación a los ciudadanos de aquella región para disfrutar de los beneficios de la convertibilidad. La iniciativa respondía a las expectativas de una Europa miedosa ante la posible afluencia de incontrolables aluviones de inmigración y Argentina esperaba un apoyo económico europeo que después no se concretó. Según cifras de la Dirección Nacional de Migraciones, entre 1994 y 1998 se registraron 8.255 ingresos de ciudadanos de diferentes países de Europa Oriental. Las cifras fueron en aumento: 575 ingresos en 1994; 1105 en 1995; 1288 en 1996; 1936 en 1997 y 3351 en 1998; en su gran mayoría ucranianos, seguidos por rusos y armenios3. Serguei es médico veterinario y su intención desde que salió de Odessa es desempeñarse como tal. Sin embargo, la integración en la vida laboral argentina no es fácil. Llegó en 1998 y los primeros meses se albergó junto a su mujer en casa de unos conocidos en Berisso. Luego, decidieron trasladarse a Buenos Aires "donde hay trabajo". Serguei empezó como vigilante en una obra de construcción. Con un salario aceptable, vivía en una pensión cerca de Plaza Once. Después trabajó como vigilante en una playa de estacionamiento, pero allí experimentó lo que muchos. "Trabajé 4 meses, y el dueño no me quería pagar, no sé por qué, solamente no quería". La mayoría de los ucranianos pasan por un empleo en alguna empresa de vigilancia que aprovecha su desesperación de recién llegados, los hace trabajar unos meses y no les paga. Comienzan con salarios extremadamente bajos, como por ejemplo 10 pesos diarios por 14 horas de trabajo, que además cobran con atraso. Pero para ellos se trata del "derecho de piso". Al llegar "casi todos pasan por ahí, pero después de uno, dos o tres meses consiguen otro trabajo y así de a poquito salen para adelante" agrega Serguei. No se puede negar que la inmigración de ultramar fue diseñada con un marco regulatorio más benévolo que el que rige la inmigración fronteriza, pero esto no impide la existencia de empleadores clandestinos y de mafias que se ocupan de engañarlos4. Estos inmigrantes son gente joven en busca de nuevas oportunidades, que se encuentran a veces confrontados con opciones laborales ilegales. Las facilidades inmigratorias no están complementadas con programas de inserción apoyados por entidades públicas para evitar situaciones de riesgo y de precarización del empleo. Actualmente, Serguei alquila un departamento de 2 ambientes en el barrio de Once junto a otros tres amigos ucranianos y trabaja los fines de semana como mozo en un restaurante de San Telmo. Su única prioridad, después de encontrar un buen trabajo, es concentrarse en el idioma y preparar las 6 materias necesarias para dar las equivalencias del secundario y posteriormente las de la carrera de veterinaria. Una gran falencia de este tratamiento especial es la no inclusión de un reconocimiento de títulos y certificados de estudios. La gran mayoría de los inmigrantes tiene un nivel de educación universitaria y desea insertarse en la vida laboral argentina como profesional. Pero el requisito de revalidar primero 6 materias del secundario y después otro tanto para el título universitario, necesita de una dedicación imposible trabajando 14 horas diarias promedio. Tatiana Churujina (37) y su marido Mijail (38), ella pediatra y él cirujano, arribaron con expectativas similares a las de Serguei: trabajar en su profesión. Ambos provienen de Khabarovsk, ciudad sobre el río Amor, provincia de Khabarovsk, en el Lejano Oriente ruso, a pocos kilómetros de la región china de Manchuria. Trabajaban como médicos en el hospital de la ciudad, pero en los últimos años era imposible mantenerse. Tatiana cuenta: "La situación allá es desastrosa, vivíamos a duras penas con dos sueldos, yo ganaba 35 dólares mensuales y mi marido 55. Luchar ahí para lograr algún proyecto, o pensar en un futuro era imposible. Acá, pensamos que podemos llevar a cabo nuestros proyectos, y sobre todo el de nuestros hijos. Queremos dar las equivalencias y así poder ejercer como médicos". Eligieron la Argentina porque allí estaban los padres de Tatiana. Tuvieron que viajar dos veces a Moscú para tramitar los papeles. El viaje en tren de Khabarovsk a Moscú dura siete días de ida y siete de vuelta, para recorrer una distancia de 8500 km. Sus trámites se realizaron con relativa rapidez: tardaron 8 meses en obtener su visa especial y solamente pagaron 33 dólares de gastos generales. Para poder viajar hasta Buenos Aires vendieron su departamento y algunas pertenencias. Tatiana comenta que hace dos años "los rusos tenían que pagar en la embajada argentina de Moscú 3.000 dólares por persona para recibir la residencia temporaria, ahora por suerte eso cambió". En efecto, no existe mención alguna en las resoluciones del tratamiento especial sobre la necesidad de un pago para solicitar el permiso de ingreso al país. A tres meses de haber llegado, Tatiana y Mijail ya consiguieron trabajo y sus dos hijos, Nikita (12) y Alina (10) asisten a la escuela primaria. Ella se desempeña como masajista-kinesióloga y él como profesor en la misma especialidad en una peluquería de Capital. Se hospedaban en un hotel como la mayoría de los inmigrantes al llegar, pero ahora pueden alquilar un departamento compartiendo los gastos con sus padres y vivir más cómodamente. Los armeniosAdemás de ucranianos y rusos, los armenios también emigran hacia Argentina. Pero su condición migratoria es distinta y su inserción laboral también. Hasta diciembre del año pasado, las resoluciones sobre este tratamiento especial incluían a Armenia5. Sin embargo, en los últimos años varios armenios ingresaron con una visa de turismo. En este caso el engaño comienza en Armenia. Al no haber sede consular argentina sino en Moscú, los armenios confían sus deseos y sus ahorros (sacar una visa turista cuesta 700 dólares) a personas que les tramitan su ingreso a Argentina desde la capital rusa. Todos vinieron con visas de 15 días, cuando pudieron haberlo hecho con una residencia temporaria, como lo establecen las resoluciones al respecto. De esta manera no quedan registrados como beneficiarios del tratamiento y no se los incluye como una significativa corriente migratoria. La falta de información los excluye de las ventajas a las que podrían acceder. Además, pagan un pasaje de avión de 1.200 dólares por persona sin la vuelta, de modo que aunque se arrepientan les resulta prácticamente imposible regresar. Esta situación los obliga a vivir aun más en la marginalidad. Natella, de 56 años, doctora en física y abogada, y su hija Mari, de 14, sobrevivían en Yerevan con un sueldo de 25 dólares mensuales. Como muchos otros, Natella vendió sus pertenencias, compró su pasaje y su visa y le quedaron 900 dólares para insertarse en Argentina. Al llegar aquí en febrero de 1999 con un visado de 15 días, su mayor preocupación era "poder vivir legal". Tuvieron que vivir un año sin abonar la cuenta total del hotel, pagando lo que podían con algunas joyas de oro. Sin saber adónde ir para recibir información en materia de documentos, recurrió a la Comisión Católica para las Migraciones, que no la orientó lo suficiente y se dirigió entonces al organismo gubernamental Comité de Elegibilidad para Refugiados (Cepare) como último recurso. Allí inició el trámite para peticionar refugio político. Mientras espera la resolución, tiene una residencia precaria: "Con esto estoy tranquila, por lo menos soy legal". Después de nueve meses, aún no tiene el resultado final. Actualmente, Natella y su hija viven en un cuarto del Bajo Flores donde aclaran que "de alquiler pagamos 150 pesos mensuales sin gas natural". Natella trabaja limpiando 4 casas que le permiten sacar un promedio de 400 pesos por mes para "pagar el alquiler, la luz, el agua y la comida". Ahora su prioridad es aprender el idioma español a la perfección "este año voy a ir al colegio, por la noche, a estudiar". Al principio, la integración en la sociedad argentina es difícil, pero poco a poco entre todos estos inmigrantes se van formando redes de contención. Rusos, ucranianos y armenios, procedentes de un imperio desmembrado, se conocen y se ayudan entre sí. Existe entre ellos un lazo más fuerte como ciudadanos de la ex-URSS que con sus respectivas comunidades, asentadas en Argentina desde hace más tiempo. Redes de inmigrantesAl no haber orientación desde el Estado, el inmigrante recurre a las instituciones de su comunidad, pero la respuesta que encuentra es generalmente ineficaz: en efecto, esas instituciones, adecuadas en su momento para acoger a armenios, rusos y ucranianos llegados a mediados del siglo XX y hoy ya plenamente integrados al país, no se adecuan a la nueva idiosincracia y costumbres de quienes provienen de la sociedad soviética. No reconocer el pasado soviético de sus naciones como parte integral de su historia no hace más que perjudicar el proceso de inserción del nuevo inmigrante. Alex, compañero de departamento de Serguei, comenta: "El armenio, el ruso y el ucraniano, si bien cada uno tiene sus tradiciones y su sentimiento nacional y cultural, todos formamos parte de la URSS. Con un armenio, vimos las mismas películas y nos reímos de los mismos chistes. Al ucraniano o armenio de Argentina le encanta hablar el idioma con nosotros, hablar de la historia ancestral de nuestra tierra y hasta contarnos a nosotros nuestra propia historia. Pero no se interesan por los ucranianos de ahora, los que estuvimos viviendo en la URSS, hasta se asombran de que seamos profesionales". Los nuevos inmigrantes ucranianos, rusos y armenios fueron invitados por un gobierno ansioso de formar parte de los cambios históricos producidos por el fin de la guerra fría. Argentina resultó entonces tentadora no sólo por las facilidades migratorias sino también por la paridad del dólar con el peso. Pero cuando se les pregunta si viven mejor ahora que bajo el régimen comunista, la respuesta es en todos los casos similar: "Se trata de dos máquinas diferentes. Antes, con la URSS, no teníamos libertad para salir del país, para elegir, ahora con el capitalismo tenemos la posibilidad de hacerlo pero no tenemos plata. Antes la represión era política, ahora es económica. Al final, es lo mismo".
|
|||||||||||||||||||||