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El prudente resurgir judío en Polonia

Los estereotipos presentan a Polonia como un país antisemita por definición. Sin embargo la comunidad judía polaca se aferra al componente nacional de su historia. Se trata del territorio elegido por Hitler como la principal sede del exterminio judío, pero al mismo tiempo es el sitio privilegiado de la cultura judía, del principio de la identidad judía moderna. La historia reciente volvió a hacer indisociable la búsqueda de la liberación de Polonia con la de la identidad judía. El resurgir judio actual es tema de algunos debates mediáticos en un país ansioso por desmentir su imagen xenófoba.

El 12 de octubre de 1999 la Fundación Lauder inauguró en Varsovia una escuela primaria judía: un gran edificio de cuatro pisos que puede albergar ocho clases. El acontecimiento fue muy mediatizado y contó con la participación de varias personalidades. Unos días antes, el primer ministro polaco Jerzy Buzek y Hillary Clinton ya habían visitado el lugar.

La Fundación, una organización estadounidense presente en varios países de Europa del Este, propicia el retorno del judaísmo en los países víctimas del nazismo. Propone cursos de hebreo y de yiddish, historia del judaísmo y aprendizaje de la Torá, la ley judía. En su local de Varsovia, 6 calle Twarda, hay un jardín de infantes, un centro de estudios pedagógicos y dos diarios (Midrasz y Jidele).

Existen varios signos del resurgimiento de los judíos de Polonia. Numéricamente, la comunidad crece en distintas ciudades del país: la gmina (comunidad religiosa) de Wroclaw pasó de cincuenta y cuatro personas en 1993 a ciento noventa en 19971. Varias organizaciones, como la Unión polaca de estudiantes judíos, la Fundación judía Forum, la agencia Sojnut, la Fundación Shalom, etc., se movilizan para restaurar la vida judía en Polonia. Asimismo, desde fines de la década de los ochenta surgen o resurgen varias revistas, como Jestemy.

Por supuesto, nada que ver todavía con la rica vida judía de antaño, antes de que Hitler decidiera convertir a Polonia en la principal zona de exterminio. Antes de la Shoah, el país contaba con la comunidad judía más numerosa, mayor que la de Rusia: de los 3.250.000 de judíos polacos de antes de la guerra, en 1945 sólo habían sobrevivido 250.0002. Este terrible traumatismo, reavivado por una serie de pogroms de los que fueron víctimas varios sobrevivientes -como el de Kielce, el 4 de julio de 19463- indujo a muchos judíos a huir, después de la guerra, de aquel gigantesco cementerio en que se había convertido el país. Bajo el régimen comunista, varias olas de antisemitismo (especialmente en los años 1968-69) terminaron de aniquilar toda vida judía en Polonia. Actualmente, se calcula que en Polonia hay entre 2.000 y 15.000 judíos.

Las raíces del actual resurgimiento se remontan a los años setenta. La resistencia de los polacos judíos contra el régimen comunista fue un combate a la vez político e identitario. El despertar de su conciencia se produjo más a menudo en el marco de las corrientes de oposición, pero también de la iglesia católica, cuya ala progresista les ofreció en esa época un lugar de expresión relevante. Es allí, tanto como en el seno de los movimientos democráticos laicos, donde nace la nueva generación judía polaca, que en 1979 se constituye en "Universidad itinerante": cada cual empieza entonces a evocar sus orígenes y a cuestionar su sentido. Era algo "a mitad de camino entre el grupo de terapia, de autoeducación y de acción disidente", atestigua Konstanty Gebert, director de la revista , quien participó en ese movimiento.

Por la misma época, los nacionalistas polacos también evolucionan: empiezan a soñar con la Polonia de antes de la guerra, poblada de judíos. Por su lado, los católicos se impregnan progresivamente del espíritu de la generación del Concilio Vaticano II4. Esta tendencia se acentuó a lo largo del proceso de democratización del país: los polacos van a descubrir entonces nuevos aspectos de su historia; estudian la cultura judía en la universidad, se interesan por la historia de los judíos en Polonia y leen libros de autores judíos polacos, tal como lo testimonia el éxito de las obras de Isaac Bashevis Singer5.

Un factor externo, la intervención de la comunidad judía de Estados Unidos desde mediados de la década de los ochenta, desempeña un papel determinante. Financiero en primer lugar: organismos estadounidenses financian varios proyectos (restauración de monumentos, campamentos para jóvenes, revistas). Además de la mencionada Fundación Lauder, existen el Joint Distribution Committee (Comité Conjunto de Distribución), la Fundación Shalom, la Fundación visual de la Shoah. Este dominio de las actividades bien podría derivar en una cierta americanización de la comunidad, pero los judíos polacos no pueden seguir el modelo del judaísmo estadounidense, y muchos son conscientes de ello.

En efecto, tienen su propia historia y mantienen lazos muy particulares con su país, razón por la cual el resurgimiento actual no puede sino provocar una reflexión sobre la identidad judía. Esta se expresa por un lado en forma de "bricolaje identitario"6, esencialmente fundado en un simple retorno hacia las raíces, en buena medida nostálgico. Se redescubre la propia historia, se adhiere a la comunidad, se opera un vuelco a la religión. Pero también se trata de una positiva búsqueda de identificación7. Algunos encuentran un sentido a su identidad judía y adoptan una actitud consciente frente al pasado, por ejemplo esforzándose por pensar en el genocidio sin volver necesariamente a la religión o a la tradición. Muchos de los que nacieron entre 1944 y 1955 hicieron este recorrido identitario. El conocimiento de la historia de su familia alimenta esta concientización y fortalece el sentido de continuidad de su propia vida. Evidentemente, este fenómeno se acentúa a medida que mejoran sus relaciones con la "polonidad" y decrece el miedo al antisemitismo.

Se observa una evolución de la relación de los judíos polacos con su identidad judía a lo largo de su historia8. En el siglo XIX, antes de la emancipación, su identidad era el resultado de un apego a la tradición y más específicamente a su aspecto más esencial: la religión. La personalidad judía hallaba su fuente en la comunidad misma, donde el individuo era reconocido como un semejante (asignación desde el interior). Después de la emancipación, las cosas cambian: ya no está el grupo para reconocer a la persona. La identificación se produce entonces desde el exterior, por parte de los no judíos, específicamente a través de lugares comunes antisemitas (asignación desde el exterior). Habrá que esperar el período "post genocidio" para que la identidad se convierta en una cuestión de elección. La terrible ruptura acaecida en la historia de los judíos de Polonia exige de ellos una auténtica voluntad para volver hacia su pasado. "Ser judío aquí se convirtió en una suerte de misión", relata un hombre interrogado por la socióloga Malgorzata Melchior9.

Una vez decidido el regreso al judaísmo, queda por saber cómo expresarlo. La expresión judía es plural. Cambia de acuerdo con los medios socioculturales y las corrientes judaicas. En el siglo XVIII, en Polonia, la comunidad se dividió entre la corriente mística y popular de los Jasidim y el movimiento de las Luces o Jaskala. En el siglo XIX, los partidarios de ésta última, en general habitantes de las ciudades con un mayor capital económico y cultural, optaron por la alternativa de la asimilación después de la emancipación. En cambio los Jasidim, fuertemente implantados en los ámbitos populares y en el campo, siguieron viviendo en comunidad, respetando los ritos religiosos y culturales. Solamente el genocidio y sus sufrimientos reunieron a ambos grupos, durante la segunda guerra mundial.

Este pluralismo religioso, político y cultural sigue siendo el sello del judaísmo polaco. Por ahora, la herramienta de integración más corriente parece ser la religión, porque la guerra y el comunismo bloquearon la transmisión del judaísmo por varias décadas, hasta el punto de que los judíos experimentan grandes dificultades para comprender qué los define como tales. La cuestión siempre fue compleja, pero antes de la guerra concitaba una respuesta simple: el vínculo con la comunidad pasaba o bien por la religión, o bien por la cultura yiddish. De ahora en más esta cultura está muerta y sólo la practican algunos irreductibles, más bien símbolos del pasado que de manifestación de vida.

"Imaginemos a un judío que no sea religioso, que quiera vivir en Polonia y tener una identidad judía. Va a tener problemas. Porque si la identidad no es religiosa, ¿entonces qué es? Conmemoración de la muerte, idioma que nadie habla, etc. ¿Pero qué transmitir a los niños? Este es el problema. Es por eso que padres totalmente asimilados mandan a sus hijos e hijas al jardín de infantes judío, que presenta componentes religiosos. Pero no por ello son asociaciones religiosas. No enseñamos a los niños a rezar: les explicamos que existe un rezo. No les pedimos que observen el shabat (descanso obligatorio del sábado), sino que les explicamos por qué el jardín está cerrado los sábados. Lo cual no deja de estimular la reconstrucción de una identidad religiosa, por imprecisa y poco ortodoxa que sea", explica Konstanty Gebert.

La imposible edad de oro

Este concepto del judaísmo da lugar a dos críticas contradictorias. A algunos, en nombre del rigor religioso, no les gusta nada esta concepción: recientemente renunciaron dos rabinos porque consideraban que la comunidad de Varsovia no era bastante ortodoxa. A la inversa, hay laicos que empiezan a decir que se puede ser judío sin ser creyente. Adoptada por los jóvenes, esta tendencia es aún minoritaria y no tiene ninguna organización que la represente. Sin embargo, logró instalar el debate sobre la identidad judía, del cual se hizo eco en el otoño de 1999 Gazeta Wyborza, el primer periódico nacional polaco, permitiendo así que se expresen todas las sensibilidades. Simultáneamente, la Asociación sociocultural de los judíos de Polonia organizó una discusión sobre el mismo tema.

En todo caso, la comunidad optó en un punto: conserva el componente polaco de su historia. Este país fue durante mucho tiempo una sede privilegiada de la cultura judía. Tierra de asilo para los exiliados desde el siglo IX, fue la cuna de las grandes corrientes del judaísmo. En la memoria judía, Polonia evoca el Yiddishland y todo lo relacionado con él: el idioma, la práctica de la religión, el shtetl10, etc. La comunidad actual desea rehabilitar al país como una tierra judía en el seno de la diáspora. El modelo sigue siendo aquella edad de oro, aunque todo el mundo sea consciente de que ciertamente será imposible igualar la situación de antes de la guerra: antes de 1939, un polaco de cada diez, y hasta un habitante de la ciudad de cada tres, era judío. "Tenemos el fuerte sentimiento de ser el principio de la identidad judía moderna. ¡La vida judía sin Polonia es impensable!", declara la socióloga Helena Datner.

El anclaje en la sociedad polaca también se explica por la historia reciente. En la lucha contra el régimen comunista, el sindicato Solidarnosc de Lej Walesa fue el ámbito de debate de la cuestión judía11. Fue en ese contexto que Konstanty Gebert publicó en la prensa clandestina artículos identitarios, bajo el seudónimo de Dawid Warszawski. La búsqueda polaca de libertad y el despertar de la identidad judía son indisociables. También por ese motivo Polonia sigue siendo una tierra de judíos.

Todo esto no siempre facilita las relaciones con Israel. De hecho, los judíos polacos cultivan con este Estado una extraña mezcla de amor y distanciamiento. Amor, porque Israel es el sitio sagrado, destinado a reunir a los judíos del mundo entero. Es también el único lugar que pertenece por derecho a los judíos como tales, al menos para quien se atenga a la promesa que hizo Dios a Abraham. En la memoria colectiva, Israel es sitio de lucha y de esperanza. Por otro lado, muchos judíos polacos fueron a vivir a Israel desde la creación del Estado en 1948. La mayoría de las asociaciones judías polacas organizan viajes e informan sobre lo que sucede allí.

¿Y el sionismo? En general, los judíos que no se fueron a Israel eligieron deliberadamente permanecer en suelo polaco. Y cuando los israelíes van de visita, a menudo se encuentran con reacciones hostiles. En efecto, la gran mayoría de los israelíes son antipolacos, a tal punto que acusan al país de ser responsable del genocidio de la segunda guerra mundial en idéntica medida que la Alemania nazi, un fenómeno que muestra muy bien la película Shtetl, de Marían Marzynski12. En ella vemos cómo el director participa de una clase de alumnos secundarios israelíes acompañado por un polaco no judío (que lo asistió en sus investigaciones), y que prácticamente fue insultado por los alumnos: a sus ojos, no era más que un antisemita, como todos los polacos.

En este sentido, aún persiste la incomprensión entre los judíos de Israel y los de Polonia. Se funda en una experiencia totalmente diferente de la vida judía y aún más de la Shoah. Los que se quedaron vieron cómo las cosas evolucionaban, se abrían. Los que se fueron aún conservan el traumatismo de los campos de exterminio. Y los que nunca vivieron en Polonia creen en la propaganda antipolaca desarrollada en Israel. Luchar contra ella es por otra parte uno de los objetivos de los judíos de Polonia. El antisemitismo, en este país como en otros, se acrecentó en contextos particulares y sería falso creer que Polonia sería genética o irremediablemente antisemita (como Alemania, según la tesis del historiador estadounidense David Jonah Goldhagen)13.

En el siglo XIX Polonia, ocupada por Rusia, Alemania y Austria- Hungría, construye su nacionalismo resistiendo a los cristianos ortodoxos del Este y los protestantes alemanes del Oeste. Los estudiantes atacan entonces a los judíos en nombre de la religión católica. Es la época del desarrollo del capitalismo y los burgueses polacos no quieren que su progreso se vea frenado por la burguesía judía. Cuando la crisis los golpea de lleno, después de la primera guerra mundial, los polacos ricos (urbanos y campesinos) buscan la solución de sus problemas en el nacionalismo económico. Después de la guerra, el poder utilizó de nuevo el antisemitismo para distraer a la población de los verdaderos problemas de la sociedad.

En la actualidad la situación es totalmente diferente. No sólo retrocedió el antisemitismo, aun cuando se observan secuelas chocantes, sino que el renacer judío suscita un interés que se refleja en su mediatización. El semanario Polityka le dedicó un informe en mayo de 1998. Y como ya vimos, el periódico Gazeta Wyborza lanzó en el otoño de 1999 un debate sobre la identidad judía polaca contemporánea. Si bien la parte tradicionalista de la iglesia se muestra ambigua frente al fenómeno, éste no parece conmover demasiado a la gran masa de polacos no judíos.

"La cuestión judía ya no genera grandes reacciones en Polonia", sostiene Konstanty Gebert, opinión compartida por Anna Bikont, periodista de la Gazeta Wyborza: "El antisemitismo ya no es ni un tabú ni un gran tema de debate". Una nueva asociación -la República Polaca Abierta, organización contra el antisemitismo y la xenofobia- es la primera en su estilo que reúne a polacos judíos y no judíos. Por su lado, las autoridades polacas adoptan una actitud muy positiva frente al mundo judío. Sin dudas, evalúan también en qué medida la afirmación de una minoría cultural contribuye a probar al mundo exterior que, contrariamente a su reputación, Polonia no es un país xenófobo.

  1. The best of Midrasz, recopilación de artículos de la revista del mismo nombre, Varsovia, 1997.
  2. De ellos 150.000 repatriados de la URSS en 1946.
  3. Marc Hillel, Le Massacre des survivants. En Pologne 1945-1947, Plon, París, 1985.
  4. La declaración conciliar aprobada el 27 de octubre de 1965 se propone en especial normalizar las relaciones entre la iglesia y las religiones no cristianas, y en particular acercar catolicismo y judaísmo.
  5. Isaac Bashevis Singer (1904-1991), escritor judío de origen polaco que emigró a Estados Unidos, nunca dejó de escribir sus novelas y relatos en yiddish. Premio Nobel de literatura en 1978, es autor de Gimpel le naïf (Gallimard, París, 1994) y de Yendl (Denoel, París, 1993).
  6. Paul Zawadski, "Juifs de Pologne, le malaise de la filiation", Les Cahiers du judaïsme, París, Nº 1, 1998.
  7. Malgorzata Melchior, "Jewish Identity: between ascription and choice", Polish Sociological Review, Varsovia, 1995.
  8. Idem.
  9. Ibidem.
  10. El Yiddishland representa el inmenso territorio donde florece la cultura yiddish (Alemania, Polonia, Países Bálticos, Rusia…).
  11. Michel Wieworka, Les Juifs, la Pologne et Solidarité, Denoel, París, 1984.
  12. Marian Marzynski es un judío nacido en Polonia. Después de la guerra, fue a vivir a Estados Unidos. Shtetl, presentado en París en el curso del Festival de cine de la realidad, es un documental que muestra al autor en busca de la verdad, no sólo la de la guerra (¿quién denunció?, ¿quién ayudó?) sino también la de antes de 1939: ¿cómo se vivía en los Shtetl?
  13. Dominique Vidal, "De Mein Kampf à Auschwitz", Le Monde diplomatique, París, agosto de 1998.
Autor/es Cécile Liège
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:17, 18, 19
Traducción Dominique Guthmann
Temas Historia, Genocidio, Minorías, Ultraderecha, Judaísmo
Países Estados Unidos, Alemania (ex RDA y RFA), Austria, Hungría, Polonia, Rusia, Vaticano, Israel