Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Encuentro dificultoso entre las dos Coreas

Luego del encuentro del 13 y 14 de junio de 2000 en Seúl entre los presidentes sur y norcoreanos Kim Dae-jung y Kim Jong-il, se alejan los temores por una nueva guerra y comienza un complejo final de juego en Corea. Tras cinco décadas de una rivalidad en la que primero el Norte y luego el Sur intentaron conquistar o absorber al otro, los dos Estados se comprometieron oficialmente a instaurar una confederación flexible, primer paso hacia una eventual reunificación. Pyongyang y Seúl incrementaron sus vínculos económicos, pero en ambas capitales, como así también en Washington, poderosos intereses militares e industriales frenan el cambio y prosigue una lucha encarnizada en torno a la definición de una futura coexistencia.

Se ha entrado al meollo del problema. Luego de la reunión cumbre de los dos presidentes coreanos, luego de iniciado el diálogo y de las mutuas visitas, las consultas giran en torno al diferendo más espinoso, aquél que dificulta todo acercamiento duradero: cómo reducir la confrontación militar entre el Norte y el Sur. Este problema concierne directamente a Estados Unidos. Este país tiene 37.000 soldados y 100 aviones de combate último modelo destacados en Corea. Con el "paraguas nuclear" que despliega sobre el Sur inclina la relación de fuerzas a favor de Seúl.

Corea del Norte sostiene que para disminuir el umbral de la confrontación no bastaría con que Norte y Sur negocien una nueva reducción, reubicación y reestructuración de sus respectivas fuerzas armadas. Pyongyang está dispuesto a reducir sus fuerzas convencionales de avanzada y poner fin a su programa misilístico y nuclear, a cambio de un diálogo amplio en el que se aborde el porvenir de la presencia militar estadounidense en la península, asunto que el Pentágono por el momento se niega a discutir. Sus portavoces afirman que esa presencia no sólo es disuasiva, sino importante para la estabilidad de todo el noreste asiático.

Desde el punto de vista de Washington, Corea del Norte se verá obligada a hacer concesiones militares unilaterales a causa de sus dificultades económicas. Al precio de una ayuda económica y una normalización diplomática, la administración Clinton procuró obtener de Pyongyang la renuncia a los ensayos, el desarrollo, la producción y el despliegue de todos sus misiles de un alcance superior a las 180 millas (290 kilómetros) y el desmantelamiento de sus instalaciones nucleares, mucho antes de la fecha límite estipulada en los acuerdos sobre el tema nuclear firmados con Estados Unidos en 1994.

Pero este análisis oculta una dimensión importante del asunto. Corea del Norte tiene una real preocupación en materia de seguridad, dada la presencia estadounidense y su superioridad tecnológica, así como la de la aviación surcoreana sobre sus Mig. Se siente vulnerable frente a posibles ataques preventivos estadounidenses. A su regreso de una misión presidencial en Corea del Norte, en septiembre de 1999, el Secretario de Defensa William Cohen fue interrogado acerca del programa de misiles balísticos de largo alcance de Pyongyang. "¿A quién quieren disuadir? A Estados Unidos. Nosotros no nos consideramos una amenaza para Corea del Norte, pero realmente creo que ellos nos consideran una amenaza".

Por otra parte, las perspectivas económicas de Corea del Norte, si bien siguen siendo lúgubres, no son tan desesperantes. Según las evaluaciones estadounidenses predominantes, Kim Jong-il, prisionero de su ideología, no se atrevería a emprender reformas económicas, ya que éstas provocarían un importante descontento popular. No obstante, el dirigente norcoreano continúa con su política prudente y mesurada que podríamos calificar como "reforma mediante la astucia".

Así, durante la crisis de 1995, se desplomó el sistema de compra y distribución alimenticia y los mercados agrícolas privados proliferaron espontáneamente en las regiones rurales. En lugar de cerrarlos por la fuerza, Kim Jong-il se alineó con ciertos funcionarios que pensaban que ese tipo de cambios favorecerían el avance hacia una economía de mercado. Administradores extranjeros de la ayuda alimenticia residentes en el Norte relevaron la existencia de más de trecientos mercados privados que abarcaban tanto bienes de consumo como productos agrícolas. Y sin embargo ninguna declaración oficial los ratificó…

Corea del Norte sigue viviendo al día, pero sólo en ciertas regiones dispersas1 se presentan situaciones de hambruna o penuria alimenticia. Esta mejora se debe sobre todo a la ayuda alimenticia, en particular de Estados Unidos. El hecho de que Kim Jong-il haya autorizado a más de cincuenta administradores de esta ayuda a vivir en Pyongyang y a coordinar su distribución en 163 de las 210 regiones del país es la prueba fehaciente de que no comparte los comportamientos xenófobos e insulares de los ideólogos de la vieja guardia del Partido de los Trabajadores.

Una de las consideraciones más sorprendentes que Kim Jong-il expuso a la secretaria de Estado estadounidense Madeleine Albright, durante su visita a Pyongyang en octubre pasado, aludía a los modelos económicos alternativos para Corea del Norte: el mandatario hizo referencia directa al "modelo sueco". Pero la rapidez y envergadura de los cambios dependerá de la resistencia de la vieja guardia del Partido y de su voluntad de no resquebrajar su control político. Es entonces probable que se oriente indirectamente en el sentido del cambio, como lo hizo China en los años "80, abriendo el país a la ayuda extranjera, al comercio y a las inversiones, y en particular desarrollando las relaciones con Corea del Sur.

"Sunshine policy"

Seúl busca prevenir activamente un desmoronamiento del Norte, que enviaría a millones de refugiados hacia el Sur e impondría nuevas cargas a su ya maltrecha economía. Este razonamiento sustenta la "sunshine policy " (política de mano tendida) del presidente Kim Dae-jung. Desde el punto de vista de Seúl, la lección de Alemania consiste en que una súbita absorción del Norte sería mucho más costosa que un proceso gradual y estructurado.

El diálogo entre las dos Coreas pudo avanzar porque hace ocho años que las negociaciones con Washington están estancadas. En 1994, Corea del Norte aceptó congelar su programa nuclear a cambio de un progresivo levantamiento de las sanciones económicas impuestas a Pyongyang durante la guerra de Corea (1950-1953).

Cuando bajo la presión de los dirigentes republicanos del Congreso el presidente Clinton no pudo cumplir sus compromisos, Kim Jong-il organizó ensayos de misiles de largo alcance destinados a presionar a Washington, a fines de 1998. Esta política derivó en el acuerdo de septiembre de 1999 en el que la Casa Blanca volvió a ofrecer una atenuación de las sanciones a cambio de una moratoria temporaria sobre los ensayos misilísticos. Pero una vez más la Casa Blanca faltó a sus promesas. Y el 18 de marzo pasado, después de las abortadas negociaciones, Estados Unidos exigió nuevas concesiones sobre el tema de los misiles.

Kim Jong-il reaccionó aceptando la reunión cumbre de junio de 2000 con su homólogo surcoreano, carta que utilizó en su negociación con Washington. Ese gesto brindó al presidente Clinton el pretexto político que necesitaba para atenuar las sanciones. Así fue como el segundo de a bordo del régimen norcoreano, vice mariscal Jo Mong Rok pudo viajar a Washington, y la señora Albright a Pyongyang.

A diferencia de su padre, Kim Jong-il no es un dirigente carismático dotado de una autoridad absoluta. Durante mucho tiempo tuvo que afrontar la resistencia de la vieja guardia del Partido de los Trabajadores2. Por esta razón creó una nueva estructura constitucional, dentro de la cual las fuerzas armadas consolidan la base de su poder personal. Fue así como Corea del Norte vivió una suerte de golpe de Estado militar sin derramamiento de sangre, con el reemplazo de más de 800 generales veteranos. Los nuevos comandantes en jefe y las fuerzas armadas conforman desde entonces la base política de Kim Jong-il. Mañana lo serán de su sucesor, si él desaparece.

En cualquier caso, Kim Jong-il parece estar bien protegido contra un posible golpe de Estado. Instaló a varios hermanos de Chon Song Taek, marido de su hermana, en tres puestos claves. El mayor de los hermanos, general Chang Sung Woo comanda el primer cuerpo del ejército, que controla Pyongyang; el general Chang Sung Kil es el jefe político de otro cuerpo del ejército de la capital; por último, el más joven, general Chang Song U es el director del departamento político del Ministerio de Seguridad Pública.

A seis años de la muerte de Kim II Sung, la mayoría de los norcoreanos están unidos por una ideología nacional comúnmente llamada "kimilsungismo". Si es cierto que, en su origen, esta mística se desarrolló a partir de su rol en la guerrilla contra la colonización japonesa, su perennidad proviene en primer lugar del recuerdo de los sacrificios compartidos durante la guerra de Corea. Las marcas dejadas por ésta son excepcionalmente profundas en el Norte.

Mientras el Sur conoció sólo un breve período de angustia en la segunda mitad del año 1950 (Pyongyang recurrió limitadamente a las operaciones aéreas) el Norte, en contrapartida, debió soportar tres años de bombardeos intensivos que se sumaron a la ofensiva terrestre de Yalu. En su explicación de la "mentalidad de sitiado permanente", Carter Eckert, director del Centro Harvard para los estudios coreanos, subraya que "toda la población vivió y trabajó en cuevas artificiales subterráneas durante tres años, para escapar a los implacables ataques de los aviones estadounidenses, entre los cuales cualquiera, según el punto de vista norcoreano, era susceptible de transportar una bomba atómica"3.

La guerra y la paz

A casi medio siglo del fin de los enfrentamientos, la guerra de Corea no está oficialmente terminada. El armisticio de 1953 todavía debe ser reemplazado por un tratado de paz. Las dos partes siguen empantanadas en un laberinto jurídico, que enmascara interrogantes más fundamentales. ¿Debería Estados Unidos firmar un tratado de paz entre las dos Coreas? Washington y Pyongyang discrepan también en cuanto al reemplazo de los procedimientos de armisticio y acerca de si hay que reemplazarlos antes o después de que Corea del Norte haya retirado sus fuerzas convencionales desplegadas en la frontera.

Los signatarios del armisticio de 1953 fueron Corea del Norte, China y el general estadounidense Mark W. Clark, en representación de los altos mandos de las Naciones Unidas, organismo que avaló multilateralmente la intervención estadounidense en el conflicto. Pyongyang quiere un tratado de paz estadounidense-norcoreano para reemplazar la tregua, pero Washington y Seúl piden que el tratado se firme entre las dos Coreas. La posición estadounidense y la de Seúl no son defendibles, en la medida en que Corea del Sur no sólo no firmó el armisticio, sino que activamente intentó impedir su realización. Syngman Rhee (presidente de Corea del Sur entre 1948 y 1960) quería continuar la lucha, aceptó con reticencia el armisticio y sólo después de que Estados Unidos firmara con él un tratado de mutua seguridad y una batería de ayuda económica y militar, que ascendió a más de veintidós mil millones de dólares de la época.

Pero Estados Unidos alega no haber participado en el acuerdo de 1953, ya que pese a ser estadounidense, el general Clark lo firmó en nombre de las autoridades de las Naciones Unidas. Sin embargo, lo único multilateral de estas autoridades era su nombre. Trygvie Lie, Secretario General de la ONU (1946-1952) criticó severamente a Washington en sus memorias, por haber bloqueado sus esfuerzos por establecer un control de las Naciones Unidas sobre ciertas operaciones efectuadas en su nombre4.

Durante más de dos décadas, los altos mandos de la ONU no tuvieron una función militar: eran sólo una pantalla. La insistencia de Estados Unidos en sostener que no fue parte interesada en el armisticio se explica con argumentos políticos, no así legales. En el fondo, éstos revelan una inquietud del Pentágono: ¿la normalización de las relaciones con Corea del Norte y el reemplazo de las cláusulas del armisticio no pondrán en peligro la presencia militar estadounidense en Corea?

Si Corea del Norte insiste en lo indispensable de un tratado de paz bilateral con Estados Unidos, es porque sabe que en caso de guerra el comandante estadounidense de las fuerzas mixtas de Estados Unidos y Corea del Sur tendría un control operativo sobre las fuerzas surcoreanas. Washington es entonces el adversario principal para Pyongyang. Sin embargo, resulta significativa la solución propuesta como último recurso por Corea del Norte, anticipándose a la firma oficial de un tratado de paz: un "acuerdo de paz" con Estados Unidos, primera etapa hacia la normalización de las relaciones y hacia la negociación de una reducción de la tensión militar.

En un comunicado del 16-6-1998, Pyongyang propuso analizar "la pausa de nuestro desarrollo misilístico luego de la firma de un acuerdo de paz con Estados Unidos y una vez que la amenaza militar estadounidense se haya alejado por completo". Los diplomáticos estadounidenses argumentaron que la utilización del término "acuerdo" en lugar de "tratado" no era fortuita. Lo mismo que la referencia a la "amenaza militar" antes que a la "presencia militar", es una importante señal, ignorada hasta el momento por Washington, de que Corea del Norte ya no se opone a toda presencia militar estadounidense, sino a una presencia que representa una "amenaza militar". Pyongyang espera incluso que Estados Unidos desempeñe un rol de intermediario honesto entre el Norte y el Sur, como ya lo hacen Rusia y China.

Las razones de EEUU

En tal caso, las fuerzas estadounidenses en Corea no se limitarían a defender el Sur, sino que contribuirían a la estabilización de la península en su conjunto y participarían en la creación de una Comisión de Seguridad Trilateral, con Corea del Norte y Corea del Sur. Poco antes de la declaración de 1998 concerniente a los misiles, el primer viceministro de Relaciones Exteriores declaró, en Pyongyang, que esta nueva comisión "contribuiría a alejar toda amenaza para la paz, ya sea del Sur contra el Norte o del Norte contra el Sur", argumento repetido desde entonces en varias oportunidades.

La Comisión de seguridad mutua reemplazaría progresivamente al estado mayor estadounidense y a la Comisión Militar de Armisticio creada en 1953, consideradas ambas como símbolos de una relación antagónica. Ésta supervisaría la paz sobre el paralelo treinta y ocho. En esta instancia, Estados Unidos estaría representado directamente y ya no a través de autoridades de las Naciones Unidas, que sólo existen en los papeles. Por último, la Comisión asumiría un rol de foro de negociaciones para la reducción de la tensión y el control de armamentos.

Por otra parte, Pyongyang busca obtener el retiro de ciertos elementos de la presencia militar estadounidense considerados como amenazantes, en particular los aviones de combate. Sobre todo si Washington exige que Corea del Norte ponga punto final a su programa de misiles. La presencia transitoria de fuerzas terrestres durante diez años o más podría ser aceptable en el contexto de un cambio del rol estadounidense. Pyongyang podría entonces retirar su artillería de primera línea y sus tanques, que actualmente amenazan a Seúl, a cambio de equivalentes retiros estadounidenses y surcoreanos, así como del retiro de una parte de las fuerzas terrestres estadounidenses.

Las cuestiones más espinosas son las de los misiles y las armas nucleares norcoreanas. En el transcurso de las negociaciones, durante y después de la visita de Madeleine Albright a Pyongyang, Corea del Norte propuso congelar el desarrollo de sus misiles de largo alcance, pero Washington exige mucho más: un cese total de su programa misilístico, que cubriría no sólo los ensayos con misiles de largo alcance Taedopong, sino también la producción y el despliegue de los misiles de mediano alcance Nodong, capaces de alcanzar Japón y las bases estadounidenses allí instaladas.

Como señalaba William Cohen, Corea del Norte utiliza sus misiles como arma de disuasión contra "una amenaza estadounidense". El precio de su eliminación debería ser una mayor reducción de las fuerzas convencionales de Washington, así como concesiones en materia de "paraguas nuclear". En el artículo 3, párrafo 1, del acuerdo de congelamiento nuclear de 1994, Estados Unidos se había comprometido a dar "garantías oficiales a la República Popular y Democrática de Corea contra la amenaza o utilización de armas nucleares por parte de Estados Unidos".

Seis años después, esta promesa sigue incumplida, pues tanto en Corea como en Europa, Estados Unidos se pliega a la doctrina de la guerra fría, reservándose el derecho de ser el primero en utilizar armas nucleares en la eventualidad de lo que considere una agresión militar convencional.

Preocupados por la supervivencia del régimen, los dirigentes norcoreanos están dispuestos a negociar. ¿Por qué entonces semejante reticencia de Estados Unidos? Ésta se explica, claro está, por la desconfianza que el régimen orwelliano de Pyongyang despierta en muchos estadounidenses, pero también por los intereses militares e industriales.

En Washington, las industrias de defensa y algunos dirigentes políticos favorables a un sistema de defensa antimisiles5 exageran la amenaza norcoreana, que es además la principal justificación de la presencia estadounidense en el Pacífico. Un despliegue tan costoso (42.000 millones de dólares al año) sería difícil de sostener políticamente si esta amenaza se atenuara.

En Corea del Sur, Kim Dae-jung es permeable a la idea de que Estados Unidos desempeñe un rol de "agente honesto", pero teme que ciertas iniciativas de su parte en tal sentido favorezcan la emergencia de una oposición a su "sunshine policy", dentro de las fuerzas armadas y del complejo militar-industrial del Sur. 83 empresarios de defensa producen 119 categorías de equipamientos militares en 130 fábricas, y la mayoría de ellos están estrechamente ligados a las empresas estadounidenses. El Presidente surcoreano también se ve afectado por la desconfianza en relación a Pyongyang, que tiene sus raíces en la guerra de Corea y es utilizada por la poderosa oposición política, que le reprocha el exceso de concesiones sin nada a cambio.

Kim Dae-jung y Kim Jong-il se encuentran así entrampados en un círculo vicioso. Ambos enfrentan presiones internas que reducen su margen de maniobra y ambos quieren que el otro dé el primer paso en relación a cuestiones difíciles. Si asumiera el rol de agente honesto, Estados Unidos podría quebrar el atascamiento y hacer entrar a toda la península en la era de la posguerra fría.

  1. Itala María Sala, "Corea del Norte mirada al telescopio", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre 1999.
  2. Selig S. Harrison, "Derrière la façade durégime de Pyongyang", Le Monde diplomatique, París, septiembre1998.
  3. Carter J. Eckert, "Korean Reunification in Historical Perspective", artículo preparado para una conferencia sobre la reunificación coreana respaldada por Seúl Shinmun, Seúl, República de Corea, 3-2-1996, p.7.
  4. In The Cause of Peace, Macmillan, New York,1954.
  5. Paul-Marie de La Gorce, "El rearme de EEUU", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre 1999; y "Hacia la supremacía nuclear", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre 2000.
Autor/es Selig S. Harrison
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 19 - Enero 2001
Páginas:20, 21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Historia, Armamentismo, Conflictos Armados, Deuda Externa, Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales
Países Estados Unidos, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Japón, Alemania (ex RDA y RFA), Rusia