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París-Berlín, l’entente cordiale

La crisis diplomática provocada por la invasión a Irak, la incertidumbre de una Europa ampliada, la necesidad de influir en la negociación por la Constitución de la UE y problemas económicos y sociales comunes llevaron a Francia y Alemania a relanzar un proyecto de integración que incluiría una posición común en política exterior, defensa, educación y economía. La victoria del socialista José Luis Rodríguez Zapatero traerá seguramente consigo la adhesión de España a esta alianza de conveniencia.

Un fino conocedor de la relación franco-alemana 1, tal como surgió en la segunda mitad del siglo XX, la denominó "la Alianza incierta". En efecto, esta relación es desconcertante: así como no parece haber nacido de una atracción recíproca de ambos países, parece siempre a punto de deshacerse y, también, siempre se reconstruye. Es que responde a la vez a motivaciones circunstanciales y a razones profundas cuya historia se divide en dos períodos: antes y después de la unificación de Alemania.

Cuando el general De Gaulle retoma el poder en 1958, no es con Alemania, sino con los anglosajones con quienes primero intenta congeniar, exigiendo ser tratado en pie de igualdad con el fin de que el "mundo libre" sea gobernado, de facto, por un directorio de tres potencias: Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Es con este espíritu que el memorándum francés del 17 de septiembre de 1958 reclama la reforma de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): el derecho, para Francia, a ser consultada sobre el uso de armas nucleares y la provisión por parte de Estados Unidos de los conocimientos necesarios para la construcción tanto de misiles de mediano alcance como de la bomba atómica. La fabricación del arma nuclear había sido decidida el 26 de diciembre de 1954 por Pierre Mendès-France, por entonces presidente del Consejo, en respuesta al estatuto de la República Federal de Alemania (RFA) resultante de los Acuerdos de París del 23 de octubre de 1954 2. Todas estas peticiones fueron rechazadas definitivamente en 1960.

Condiciones y objetivos

Fue este triple rechazo el que llevó a De Gaulle a una revisión total de su política. Tomó la decisión, pero con pesar, teniendo en cuenta que Alemania era para Francia el último aliado posible para modificar el statu quo. Porque si como militar la admiraba, como hombre de Estado desconfiaba: ¿acaso no había reclamado infructuosamente ante los Aliados, en 1945, un desmembramiento del muy poderoso vecino? Al tomar conciencia de su supervivencia como Estado, sabía perfectamente que su situación geográfica la condenaba a un destino común con Francia, sobre todo ante una eventual invasión proveniente del Este. Al fin y al cabo, incluso antes de la capitulación del Reich, había intuido cuál podría ser, frente a los anglosajones, el sentido de una alianza franco-alemana 3.

Al momento de tomar la decisión, De Gaulle sabe que están dadas las condiciones psicológicas para una reconciliación entre ambos países. Mientras que en 1870 Prusia había derrotado a Francia, y en 1918 Francia había logrado vencer a Alemania con la ayuda de sus aliados, en 1945 ambos países habían salido exangües del conflicto: Alemania, destruida por las bombas, despojada de un tercio de su territorio y dividida en tres zonas de ocupación en la parte que le quedaba; Francia, sin duda entera, pero luego de haber sufrido el mayor desastre militar de su historia y cuatro años de una ocupación humillante en la que, por primera vez desde el siglo XV, el Estado había dejado de existir. Además, el ex jefe de la Francia libre no ignora que es el único con la autoridad moral necesaria para llevar a cabo una reconciliación semejante.

En su acercamiento, ambos países persiguen objetivos diferentes. De ahí la ambigüedad de la alianza que consagrará el Tratado del Elíseo de 1963. Francia concibe el eje París-Bonn como el motor de una Europa de los Seis que se imponga entre el mundo soviético y el mundo anglosajón. Tal eje debe conferir a Francia ese excedente de potencia que, a pesar del armamento nuclear del que dispone sin ayuda exterior, aún le hace falta para hablar de igual a igual con las "superpotencias" 4.

Alemania, por su parte, espera de esta alianza otros efectos. Su problema esencial es la reconstrucción de la unidad de su territorio, al menos de lo que queda de él. Una parte de este resto está ocupada por las fuerzas soviéticas. Le interesa pues evitar, gracias a un acuerdo con París, quedar atenazada en una alianza transversal que uniría a la URSS con Francia. En cambio, con la garantía diplomática y estratégica de su prolongación continental que constituye Francia, podrá enfrentar con mayor eficacia las presiones, numerosas e intensas, del bloque soviético. Más aun: Francia la apoya en su deseo de reunificación, que De Gaulle considera ineluctable 5.

Límites

Si la alianza continúa siendo incierta es porque tiene límites. Alemania la concibe como un caso particular de la solidaridad atlántica, que fortalece aquella ya pactada en el Tratado del Atlántico Norte de 1949 y materializada en la OTAN. El otro límite proviene del lado francés. Para atraer a Alemania a una alianza que le permita apartarse de la OTAN sería necesario, frente a la amenaza nuclear soviética, que Francia comparta con ella su arma atómica.

Ahora bien, al reasumir el poder, De Gaulle denunció el acuerdo secreto, celebrado en noviembre de 1957, entre Jacques Chaban-Delmas, por entonces ministro de Defensa, y su homólogo alemán Franz-Josef Strauss, que contemplaba la fabricación conjunta de armas nucleares. El hecho de que Alemania las poseyera generaría, a su modo de ver, una reacción inmediata de los soviéticos: "Es el último casus belli que existe en el mundo, o uno de los últimos. La guerra estallaría sólo por eso" 6. Por lo demás, una bomba atómica franco-alemana habría significado el fin de la preminencia francesa sobre el continente. Mediante su rechazo, De Gaulle renunciaba sin embargo a la única medida que hubiese unido definitivamente a Francia con la República Federal y, por consiguiente, obligado a los anglosajones a una revisión de la OTAN o permitido a los alemanes retirarse de ella en el momento oportuno. Se alcanzaba así un punto en que las segundas intenciones entraban en contradicción con la estrategia que inspiraban, y se volvían en su contra.

Esta alianza no sólo tenía límites en sus principios: también los tenía en el tiempo. Sin duda, los dos objetivos a los que apuntaba -para Francia, una Europa independiente de Estados Unidos; para Alemania, una reunificación- no eran a priori contradictorios. Pero si estos objetivos no se alcanzaban conjuntamente, se corría el gran riesgo de ver al aliado que hubiera concretado su objetivo abandonar al otro. Si Francia hubiese logrado una Europa independiente bajo su dirección, sin duda habría apoyado en menor medida el deseo de reunificación de Alemania; si Alemania se hubiera reunificado antes de que Europa fuera independiente, tal vez se habría comprometido aun menos en una separación de los anglosajones. E incluso suponiendo que los fines de ambos aliados se concretaran juntos, nada indicaba que una Alemania reunificada estaría dispuesta a permanecer diplomáticamente bajo la sombra de Francia.

Errores estratégicos

Luego, como de costumbre, todo lo esperado se cumplió, pero de modo diferente al previsto. François Mitterrand consideraba que la unificación alemana se estancaría durante años. Al revelarse inminente con la abrupta caída del muro y la URSS, realizó varias gestiones desesperadas, entre ellas un viaje a una Berlín-Este ya moribunda, con la vana esperanza de frenarla aun más. La lógica de la política implementada hasta entonces hubiera querido que Francia apoyara a Alemania en el momento decisivo y que, al haberse disuelto el Pacto de Varsovia, Francia terminara de retirarse de la OTAN, cuya razón de ser había desaparecido: no hubiese corrido ningún riesgo y habría servido de modelo a otros, tal vez incluso inducido a un movimiento general.

La inmensa paradoja fue el hecho de que la diplomacia francesa, aterrada ante la perspectiva de un vecino de 80 millones de habitantes, cambió la política seguida hasta entonces. Sus tergiversaciones destruyeron el débil capital de confianza que le había procurado su política en la opinión pública allende el Rin. Toda la ventaja recayó sobre Estados Unidos, el único de los cuatro vencedores de la Segunda Guerra Mundial que apoyó la reunificación.

Frente a lo ineluctable, Francia cometió un segundo error. Contrariamente a todas las intenciones proclamadas desde hacía tres décadas, no ocultó su intención de "atar" a Alemania: económicamente, mediante la creación del euro; política y estratégicamente, mediante la creación de una política exterior y de seguridad común europea (PESC). Ahora bien, teniendo en cuenta el atlantismo de la casi totalidad de los Doce de la época, esta PESC, que supuestamente conformaría el "segundo pilar" del Tratado de Maastricht (1992), iba a inscribirse necesariamente en el marco de la OTAN: en lugar de lograr que Alemania se retirara de ella, no podía tener otro efecto que la total integración de Francia a la OTAN. París dilapidaba uno tras otro los beneficios de su larga política de distensión en el Este y consolidaba el instrumento de la hegemonía estadounidense que era la OTAN, contribuyendo así a permitir su próxima extensión a toda Europa.

En este punto, Alemania había concretado las ambiciones que, a su modo de ver, habían justificado el Tratado del Elíseo. En cuanto a Francia, fracasaban sus sueños de independencia nacional y europea que treinta años antes habían suscitado su acercamiento a Alemania. El miedo a Alemania había sido finalmente más fuerte y Francia prefirió, para protegerse, alinearse detrás de los estadounidenses, lo que se materializó, entre otras cosas, en su participación en la primera guerra del Golfo. A mediados de los años '90, la relación privilegiada franco-alemana parecía no tener prácticamente sentido.

Intereses comunes

Cuando, al asumir el poder en 1998, el canciller Schröder declaró que Alemania era de ahora en más un país "normalizado", significaba el fin de toda relación preferencial, especialmente con Francia. Acompañando sus palabras con hechos, este alemán del Norte, para quien sólo existía el mundo anglosajón, intentó establecer con Londres una relación acorde a sus sentimientos. En ese momento, Francia estaba dirigida por un presidente, Jacques Chirac, y primeros ministros que no miraban hacia Alemania. Sin embargo, las relaciones entre las diplomacias francesa y alemana los indujeron, contra su voluntad, a reconstruir una comunidad de intereses y a retomar el diálogo que parecía interrumpido.

He aquí las razones profundas mencionadas anteriormente. Por un lado, los intentos de acercamiento a Londres no tardaron en revelar sus limitaciones a la diplomacia de Berlín. Por otro lado, cuanto más se amplía la Unión Europea, menos disponen Alemania y Francia, por sí solas, del peso suficiente para influir sobre el creciente conjunto de países en el que se encuentran inmersas. Por añadidura, la oposición de países como España y Polonia a una organización de Europa a su modo de ver demasiado favorable a Francia y a Alemania trae aparejado que la UE esté forzada a regirse según los procedimientos de decisión del Tratado de Niza (2000), que la condenan a la ineficacia y a la impotencia. De ahí, paradójicamente, la necesidad de una alianza fundamental en el propio seno de este conjunto.

Ahora bien, ni el Reino Unido -que sólo ingresó a la construcción europea para impedir que se hiciera en su contra, y con el propósito de limitarla a una zona de librecambio-, ni Italia, inestable, ni España, con un peso económico y estratégico aún insuficiente, podrían ofrecer a Francia o a Alemania una alianza de recambio. A lo que se suma el hecho de que ambos países constituyen una continuidad espacial de más de 140 millones de habitantes. Por último, contrariamente a lo que piensa el canciller Schröder, Alemania sólo será un país "normalizado" cuando la cuestión de su normalidad ya no se les plantee ni a ella ni a los demás, tal como lo señaló el ministro de Relaciones Exteriores Joschka Fischer. Y dado que aún no es el caso, el aval de Francia todavía no es para ella, y no lo será por mucho tiempo, superfluo.

En tales circunstancias, el desprecio manifestado por un Presidente estadounidense hacia el derecho internacional y una Europa que sólo es útil para servirle de auxiliar en las cruzadas que decida, actuó como revelador, tanto en París como en Berlín, de la necesidad de hacer un frente común para no ser arrastrados en conflictos ajenos. Circunstancias fortuitas -promesas electorales pacifistas, la posesión por Alemania, durante la crisis, de un lugar no permanente en el Consejo de Seguridad- favorecieron esta toma de conciencia de los intereses comunes. Estados Unidos descubrió con estupor que, tras la reunificación y al haber desaparecido el peligro soviético, Alemania ya no necesitaba su protección nuclear y disponía finalmente de los medios para implementar una política más independiente desde su punto de vista, y más acorde no a intereses nacionales inmediatos, como antes de la reunificación, sino a intereses europeos a largo plazo.

Si la oposición demócrata-cristiana asumiera el poder en Alemania, sin duda retornaría a una dependencia respecto de Washington; pero no puede afirmarse que dicha elección perdure. La evolución de las mentalidades, ligada a las necesidades geopolíticas y geoestratégicas que acercan a Alemania a Europa, y dentro de Europa a Francia, no tardarían en hacerse sentir y en recrear esta alianza de mutua conveniencia, la única valedera entre las naciones.

  1. Georges-Henri Soutou, L'Alliance incertaine. Les rapports politico-stratégiques allemands, 1954-1996, Fayard, París, 1996.
  2. Cf. ibid., pág. 35. Los Acuerdos de París preveían el ingreso de la RFA a la Unión Occidental, convertida en Unión de Europa Occidental (UEO), y su futura admisión en la OTAN, el 5 de mayo de 1955.
  3. Véase Pierre Béhar, "Les principes des relations franco-allemandes du retour au pouvoir du général de Gaulle à la réunification de l'Allemagne", en Nicole Parfait, Une entente de raison. La chute du mur de Berlin et les relations franco-allemandes, Desjonquères, París, 2000, págs. 19-26.
  4. Alain Peyrefitte, C'était de Gaulle, t. I, París, Fayard, 1994, págs. 158-159.
  5. Cf. ibid., págs. 160-161.
  6. Cf. ibid., pág. 346.
Autor/es Pierre Béhar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 58 - Abril 2004
Páginas:24,25
Traducción Gustavo Recalde
Temas Geopolítica, Unión Europea
Países Irak, Alemania (ex RDA y RFA), España, Francia