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Imperceptible traición de los intelectuales

La tendencia al eufemismo del gobierno de "izquierda plural" francés exigía que la misma evolución que se produce en Estados Unidos se ocultara tras los términos de "asociación" y "profesionalismo". Esta invasión de las lógicas de mercado, que culmina en una segmentación entre "investigadores-empresarios" y docentes que trabajan a destajo, pone en peligro la unidad universitaria.

"La ley del intelectual cuando todo el universo se arrodilla ante la injusticia convertida en dueña del mundo es mantenerse de pie y oponerle la conciencia humana". En esos términos Julien Benda recordaba a los intelectuales los valores centrales de una vocación que les reprochaba traicionar.

La actual "traición de los intelectuales" presenta un aspecto específico. Se caracteriza por un cambio de costumbres que erosiona las instituciones universitarias desde adentro, bajo el doble efecto de las políticas social liberales impulsadas por los poderes públicos desde comienzos de la década de 1980 y de una lógica de "servidumbre voluntaria" que rige en el ámbito de los docentes-investigadores. En ocasión de la huelga de funcionarios que paralizó a Francia en diciembre de 1995, se hubiera podido creer que la Universidad seguía siendo un bastión del pensamiento crítico. Vistas desde dentro, las cosas resultan menos tranquilizadoras.

Por el momento, son pocos los que abogan por una privatización de la Universidad. En nombre de la amenaza que significaría semejante ultraliberalismo (que según el informe de la comisión presidida por Jacques Attali publicado en 1998, "barrería los fundamentos mismos de la República"), la enseñanza superior francesa debería "aceptar una competencia controlada, una emulación científica y pedagógica entre establecimientos"1. Se trata, por tanto, de un liberalismo de imitación, civilizado y eufemístico, y por eso mismo capaz de seducir y enrolar con más facilidad a las burocracias universitarias y a las instancias "mandarinescas". Pero a pesar de su falso pretexto, este liberalismo mimético tiene efectos deletéreos sobre la vida de las universidades. Esta evolución está en consonancia, más bien, con la práctica de la izquierda gubernamental, que se esfuerza por ganar en los dos frentes: merecer una patente de liberalismo por parte de los mercados financieros y presentarse, ante el "pueblo de izquierda", como una barrera frente a los excesos de un liberalismo radical.

"Empresa", esa es la palabra-clave que resume la concepción en ascenso de la nueva Universitas que, bajo el impulso de los sucesivos ministerios, se concibe cada vez más por analogía con el campo económico. Es elocuente la terminología que sirve para designar las actividades universitarias más valorizadas. Ahora se trata esencialmente de "gestionar los flujos", de "responder a una demanda social de diplomas profesionales", de "adaptar la oferta de formación", de "crear sinergías", "en asociación con…", etc. El Contrato cuatrienal de desarrollo firmado entre el Ministerio de Educación Nacional y el Instituto de Estudios Políticos de Lyon, el 10-7-2000, es un ejemplo de este nuevo lenguaje: "Con el fin de preparar a sus estudiantes para integrarse en las instituciones europeas de derecho público y privado, sometidas a la competencia mundial, el establecimiento desea ampliar progresivamente la duración de su formación pluridisciplinar a cuatro años, para darle un carácter internacional, profesionalizado y más adecuado para las formaciones universitarias del tercer ciclo".

Profesores-gerentes

Inmersos en un ambiente de sumisión a las "obligaciones económicas internacionales", muchos profesores han llegado a considerar, explícita o implícitamente, que su trabajo consiste en dar, a "clientes" deseosos de una formación rápida, una calificación profesional conforme al "perfil" exigido por un mercado de trabajo cada vez más internacionalizado, dominado por las expectativas y necesidades de las empresas de tal o cual sector, de manera que el diploma no es más que un sello de conformidad puesto sobre el "producto" diplomado. Como corolario, en muchos casos esos profesores que tienen una visión casi empresarial de la Universidad, han terminado por asimilarse, a su vez, a managers cuyo negocio es preparar "para la competencia" a "actores económicos eficientes, dinámicos, móviles y flexibles", sin preocuparse por saber qué tipo de humano han contribuido a formar, más allá del homo oeconomicus. Tampoco piensan en cuestionar esa evidencia del economicismo contemporáneo según la cual la "apertura internacional" debería estar asociada prioritariamente a "la competencia económica".

Bajo este doble impulso, desde arriba y desde abajo, la formación se ha reestructurado privilegiando los aspectos "pre-especializados" o "profesionalizados" de la enseñanza y desdeñando las enseñanzas de cultura general fundamentales y críticas, especialmente en las ramas tecnológicas. Casi todos los sectores de la enseñanza superior se ven afectados por esta evolución, en diversos ritmos y modalidades. Este es el sentido de la creación del ministro de Educación Claude Allègre, en noviembre de 1999, de un nuevo diploma: "las licenciaturas profesionales", pensadas y organizadas "en el marco de estrictos acuerdos de asociación con el mundo profesional". El Instituto de Estudios Políticos de Lyon, siguiendo las huellas del de París2, redujo este año sus enseñanzas de filosofía política, sociología política y economía de primer año, en cerca de un 20% cada una. En el terreno del poder universitario se ha producido progresivamente una disociación entre el polo del conocimiento y el de la administración; y dentro del primero se ve cómo se separan los que se dedican fundamentalmente a la investigación -que se inscriben en las redes nacionales, e incluso internacionales- y los que se dedican localmente sobre todo a tareas de enseñanza. De lo que resultan tres tipos de inversión, dotado cada uno de gratificaciones específicas: la aparición de revistas universitarias para "los más investigadores"; salarios suplementarios para "los más docentes" (con amplio recurso a las horas llamadas complementarias), y posiciones de poder para "los más gestores".

Esta división del trabajo casi institucionalizada resulta patógena: contribuye a producir una mezcla explosiva de ansiedad y arrogancia externa sobre un trasfondo de decepción y resentimiento; y multiplica territorios yuxtapuestos, incluso cotos de caza y satrapías, favoreciendo la aparición de conflictos de jurisdicción y de personas y mantienendo un clima de guerra intestina en los departamentos.

La tela de araña

Todo esto mina desde dentro la envidiable condición del profesor-investigador3, que los más liberales de nuestros políticos quisieran hacer desaparecer como "privilegio de otros tiempos". La amargura de muchos universitarios se ve agravada por el contexto político y los sucesivos desencantos con respecto a los diversos componentes de la izquierda. Después de haber acariciado muchos sueños intelectuales, pedagógicos y/o políticos, nuestro homo academicus ha visto cómo se reducían progresivamente sus horizontes y ha terminado por escuchar, a veces de mala gana, a veces complacido, los cantos de sirena del "realismo", que le invitan a acomodarse a las transformaciones decretadas como ineluctables del mundo tal y como es. Como escribiera Robert Musil en otra época, a los universitarios les ha ocurrido "lo que les sucede a las moscas con el papel cazamoscas: algo se les ha pegado, atrapando un pelo aquí, impidiendo sus movimientos allá, algo los va envolviendo lentamente hasta verse sepultados en una funda espesa que no corresponde sino de muy lejos a su forma primitiva. A partir de entonces sólo piensan oscuramente en su juventud, cuando tenían fuerzas para resistir"4.

El actual éxito del estilo gerencial en la Universidad sin duda no habría sido tal si el contexto político-ideológico no hubiera estado sellado por el triunfo del economicismo. La universidad no hace otra cosa que retomar los modelos y las normas preconizadas o impuestas por nuestros príncipes y sus consejeros. Nos limitaremos a recordar, de nuevo, el informe de la comisión Attali, compuesta por universitarios y empresarios que comulgan en el consenso de la "democracia de mercado", como el patrón de la Lyonnaise des Eaux, Jérôme Monod, cercano a Jacques Chirac, y el sociólogo Alain Touraine, ex teórico de la "segunda izquierda", que define así una de las "cuatro revoluciones" que debe hacer la Universidad: "Las relaciones con las empresas, las empresas innovadoras, que crearán la mayor parte de los empleos de mañana, sólo podrán desarrollarse en una relación estrecha y confiada con el sistema universitario"; a lo que se añade una de las "siete misiones de la enseñanza superior: adaptar a los oficios de pasado mañana y al espíritu de empresa". Sería inútil buscar en este breviario una recomendación para que la Universidad desarrolle el espíritu crítico y el sentido del servicio público.

Anti intelectualismo

Al economicismo del vocabulario y de las formas de razonamiento responde algo que hubiera sido inimaginable hace veinte años en el seno de la Universidad: el ascenso de un verdadero anti-intelectualismo, a veces declarado, a veces disfrazado de devoción por las nuevas tecnologías. Hay demasiados universitarios que no sólo no creen que su misión sea dedicarse a los asuntos del espíritu, sino que manifiestan una ironía un tanto despectiva por los que se obstinan en este talante "vetusto". El solo hecho de abordar en los locales universitarios cuestiones propiamente intelectuales en conversaciones con estudiantes o con colegas parece algo descolocado…

Esto debe achacarse especialmente, sun dudas, a los efectos del relativo desclasamiento social que afecta a los profesores en su conjunto. Han vivido dolorosamente una evolución que tiende a restar valor al capital cultural en beneficio del capital económico y del capital "mediático", lo que ha llevado a que incluso entre quienes encarnan el mayor capital escolar aumente el número de los que encuentran más gratificante socialmente "salir en la tele", presidir con un concejal un coloquio pretendidamente "cultural" o vender su participación en diversas manifestaciones, que hablar de sociología, lingüística o epistemología en un anfiteatro.

Frente a esta evolución de las políticas ministeriales y de los reajustes cotidianos y repetidos de la vida universitaria, las reacciones de los profesores-investigadores fueron débiles. Hay que decir que las fuerzas sindicales organizadas se han vuelto cruelmente insuficientes, en el caso de que existan. En esas condiciones, tal vez se encuentre una relativa satisfacción en aplicar a los universitarios lo que Max Weber decía a propósito de los periodistas: "Lo sorprendente en estas circunstancias no es que muchos (individuos) se hayan salido de sus carriles o que hayan fallado desde el punto de vista humano, sino que a pesar de todas esas dificultades, el gremio tenga una cantidad tan grande de personas de auténtico valor e incluso de (personas) honestas mucho más importante de lo que suponen los profanos"5.

Sería preciso que esos universitarios escrupulosos no cometan el mismo error de uno de ellos, que denunciaba en un artículo "la triple miseria", material, intelectual y moral, del universitario francés. No cabría sino suscribir las críticas formuladas ("clientelismo exacerbado"; "mandarinato profesoral"; "conservadurismo intelectual"; imposición de "juegos de influencias" en detrimento de los "auténticos intereses intelectuales"; "localismo" en manos de "feudales"; "burocracia de amargados", etc.) si no vinieran acompañadas de un altivo elitismo asociado con juicios estigmatizadores sobre los estudiantes ("estudiantes sin motivaciones" que hacen "como que estudian"; la "glorificación de la pereza") y la autocelebración de una grandeza universitaria que tendría derecho a los cuidados de toda la colectividad. Por no hablar de la propensión a convertir en fetiche el modelo universitario estadounidense y a través de éste la analogía con el mercado competitivo como principal factor de flexibilidad y de inteligencia. En esta perspectiva, Estados Unidos debería tomarse como ejemplo en cuanto a los métodos de reclutamiento, opuestos a los de una universidad francesa, que se asemejarían "a los del Tercer Mundo más que a los de los países desarrollados", y que estaría carcomida por "la funcionarización de los profesores", "el principio de uniformidad territorial" y "la obsesión igualitaria"…6

Curioso itinerario que lleva a algunos aspirantes a la docencia de la nostalgia implícita de un esplendor filosófico propio de la Tercera República al liberalismo mimético, a través del "sueño americano". No se puede reparar un mal con un mal todavía mayor.

  1. Pour un modèle européen d'enseignement supérieur, Stock, París, 1998; sobre el informe Attali, Christophe Charle, "Université et recherche dans le carcan technocratique", Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1999.
  2. Alain Garrigou, "Comment Sciences-Po et l'ENA deviennent des business schools", Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2000.
  3. Se supone que todo universitario es docente e investigador.
  4. Robert Musil, El hombre sin atributos, Seix Barral, Barcelona, 1980.
  5. Max Weber, El político y el científico, Alianza Editorial, Madrid, 1998.
  6. 6 Jean-Fabien Spitz, "Les trois misères de l'universitaire ordinaire", Le débat, Nº 108, París, enero-febrero de 2000.
Autor/es Alain Accardo, Philippe Corcuff
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:29, 30
Temas Neoliberalismo, Educación
Países Estados Unidos, Francia