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El arduo come back de la izquierda estadounidense

Luego de las manifestaciones en contra de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, la izquierda estadounidense puede haber encontrado un nuevo oxígeno. Pero le queda mucho camino por recorrer para influir en política: por un lado para redefinir su axiología y por otro para establecer cómo llevarla a cabo.

La semana de manifestaciones que dejó su marca en la reunión cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle, en noviembre y diciembre de 19991, representó uno de los momentos más alentadores que haya conocido la izquierda estadounidense en las últimas décadas. Si se consolida la emergente coalición entre sindicatos, juventud radicalizada y organizaciones de defensa del medio ambiente y de los derechos humanos, la izquierda estadounidense podrá, luego de un largo declive, afianzar su existencia en el seno de un movimiento más amplio de defensa de la democracia contra las afrentas de las megaempresas que operan a escala internacional.

Pero para que esa perspectiva se concrete, antes será necesario que el agrupamiento emergente en Seattle se extienda a los hispanos y los negros, mantenidos hasta ahora a distancia. El peligro sería que los distintos componentes de la coalición progresista retomen su camino por separado, en lugar de construir el movimiento que se manifestó en forma puntual el año pasado. Al comienzo, la movilización de Seattle fue efectivamente el producto de acciones inconexas lanzadas por organizaciones disímiles sobre la base de sus objetivos específicos. La embestida policial sobre el conjunto de los manifestantes transformó a una coalición circunstancial en un movimiento aparentemente unido. ¿Durará? En el contexto de la política estadounidense, la concentración militante del año pasado presenta dos innovaciones estimulantes. En primer lugar, se cuestionó el poder absoluto de los mercados. En un principio, el objetivo declarado de la movilización fue el rechazo a la imposición por parte de la OMC de un nuevo ciclo de liberalizaciones comerciales, pero los manifestantes apuntaron de manera más amplia (e implícita) a las empresas multinacionales, cuyo apoderado es la OMC.

La lucha contra el poder de esas empresas representa una prioridad novedosa para la izquierda estadounidense. Las acciones militantes de los años ´60 se dirigieron primero contra el Estado: el movimiento por los derechos cívicos le exigía garantizar los derechos de los negros, el movimiento pacifista reclamaba el cese de la guerra en Vietnam y los militantes radicales subrayaban los estrechos vínculos entre el poder público y las grandes empresas. En la medida en que el cuestionado poder aparecía muy ampliamente monopolizado por el partido demócrata (presidencias de John Kennedy y de Lyndon Johnson de 1961 a 1969, mayoría demócrata en el Congreso de 1954 a 1980), los movimientos radicales de los años ´60 llegaron a considerar que un Estado benefactor sólo servía para legitimar los actos de esos mismos poderes a los que se enfrentaban. A medida que el poderío de las empresas creció, al punto de circunscribir considerablemente el del Estado, esta versión de la radicalidad perdió su pertinencia. La disposición de la izquierda estadounidense a criticar a los grandes actores (privados) de la economía mundial es la traducción lógica de la nueva orientación.

Las divisiones del pasado

Para la izquierda estadounidense, la concentración en contra de la OMC ejemplificó también otra transformación importante, ya que la constitución de una coalición entre el mundo del trabajo y los grupos progresistas y radicales confirió a la movilización de Seattle un carácter militante. La última vez que confluyeron estos dos sectores fue en los años ´30, cuando el movimiento obrero contaba con los comunistas para atraer hacia los sindicatos a los trabajadores no organizados, y cuando en la izquierda demócratas y sindicalistas trabajaban al unísono para que el New Deal incluyera un fuerte componente social, así como una considerable legislación laboral.

Esta alianza estalló después de la segunda guerra mundial: sindicatos y demócratas defendieron las políticas de la guerra fría y las prácticas macartistas ("caza de brujas" y Comisión de Actividades Anti-americanas) y la izquierda, que se opuso a la guerra fría, devino el blanco del macartismo. En los años ´60, la división se acentuó: los sindicatos más importantes aprobaron la guerra de Vietnam (en 1972, el AFL-CIO se negará incluso a apoyar al adversario de Nixon, George Mc Govern, candidato demócrata que tuvo el descaro de reclamar la paz) y no mostraron ninguna disposición para apoyar la movilización de los negros (Martin Luther King, Malcolm X) o para asociarse a los movimientos contestatarios blancos (estudiantes, feministas, homosexuales, ecologistas). De todas maneras, la falta de apoyo sindical no constituyó en ese momento un obstáculo insalvable: la oposición a la guerra de Vietnam y la crítica al racismo y al sexismo bastaban para movilizar multitudes2.

Sin embargo, en las dos décadas siguientes la división entre izquierda y movimiento obrero perjudicó a ambos, permitiendo a la derecha dominar el debate público y cuestionar no pocos valores igualitarios. La ausencia de un lazo entre el movimiento progresista y los sindicatos contribuyó a la desvitalización de un sindicalismo encerrado en una representación perimida de los asalariados (demasiado masculina, demasiado blanca, demasiado industrial). El divorcio entre las categorías populares y la izquierda encerraba a esta última dentro de un gueto cultural burgués en el cual sólo podría languidecer3. La alianza que se esbozó en las calles de Seattle podría, por el contrario, constituir la osamenta de un movimiento capaz de dirigirse a la mayoría de los estadounidenses.

En este punto, es imposible exagerar el rol de la movilización sindical: le ha conferido legitimidad al movimiento y probado que la cólera contra el poder de las grandes empresas está profundamente diseminada en Estados Unidos, dando a la protesta -en parte a partir de los lazos entre el AFL-CIO y el partido demócrata- un poder político que de otro modo no hubiese tenido. Tratando de afianzar el apoyo aportado por la confederación sindical a la candidatura de Albert Gore a la Casa Blanca, el presidente Clinton reprochó a la OMC, antes de las manifestaciones, el carácter secreto de sus deliberaciones y propuso que la organización creara un grupo de estudios encargado de elaborar un código mínimo de trabajo aplicable a todos sus miembros. Ese grupo no hubiese tenido el poder de hacer respetar sus recomendaciones, pero para el presidente de Estados Unidos se trataba sobre todo de presentarse como un aliado de los sindicatos.

De todos modos, en el punto álgido de la movilización contra la OMC, Clinton llegó más lejos, explicando al Seattle Post-Intelligence que Estados Unidos iba a exigir la adopción del código de trabajo, así como sanciones contra los Estados que lo infringieran. Por más que sus colaboradores se dedicaron, solícitos, a desmentir los dichos, el mal ya estaba hecho: muchos representantes de los países del Tercer Mundo que mostraron una total disponibilidad -y solicitud- para ofrecer a las empresas multinacionales la mano de obra barata que buscan, se ofuscaron por los dichos del presidente de Estados Unidos y contribuyeron al fracaso de la reunión cumbre. El AFL-CIO, marginal desde principios de los ´804, pudo presumir legítimamente de haber ejercido su influencia en este asunto.

Pero las relaciones entre el partido demócrata y la dirección sindical también pueden incitar a esta última a la prudencia en materia de estrechar vínculos con la izquierda. Durante décadas, el movimiento obrero estadounidense evitó asociarse a movimientos militantes que harían recaer sobre él sospechas de radicalismo. Cierto es que la elección de John Sweeney como presidente del AFL-CIO permitió finalmente establecer contactos regulares en el marco de las campañas comunes contra la sobreexplotación del trabajo -en particular del de los inmigrantes- y contra la liberalización de los intercambios. Sin embargo, Sweeney, quien en 1993, aun antes de la primera elección primaria, se comprometió a apoyar la candidatura de Albert Gore, partidario encarnizado del Tratado de Libre Comercio5, preferiría que el sindicalismo estadounidense mantuviera distancia de un movimiento anti-OMC cuya vanguardia está integrada por jóvenes militantes muy radicales.

En cierto sentido, la ausencia actual de un candidato portador de los valores de la izquierda dentro del partido demócrata (en 1984 y en 1988, Jesse Jackson consiguió apreciables victorias en las elecciones primarias), indica la relevancia del camino a recorrer. Y quizás invita a cada cual a preferir el diálogo al anatema. Efectivamente, los cuatro principales candidatos a la Casa Blanca apoyan las políticas comerciales cuestionadas en noviembre-diciembre pasados. Si no deriva en una campaña simbólica y casi invisible, como sucedió en 1996, la entrada en carrera del líder de los consumidores Ralph Nader le abrirá quizá un (pequeño) espacio electoral a los críticos de la mundialización.

Un movimiento difícil de abarcar

La coalición reunida en Seattle incluyó distintas generaciones, pero sigue siendo casi exclusivamente blanca. Pese a ser un componente crucial de todas las alianzas progresistas de los últimos años, el movimiento negro brilla por su ausencia. Sin embargo, ni el movimiento obrero ni el ecologista son monoraciales. Pero sus fracciones más activas en la lucha contra la OMC (gremios que temen la deslocalización del empleo -siderúrgicos, maquinistas, camioneros, estibadores- y ecologistas preocupados principalmente por los efectos del comercio internacional sobre el medio ambiente), apenas si movilizan a los negros estadounidenses. Así, el movimiento por la justicia ecológica, preocupado por la implantación de plantas contaminantes en los barrios y regiones de Estados Unidos donde viven las minorías etnoraciales6 -que despierta el interés de una clientela menos burguesa y menos blanca que la ecología que defiende la flora y la fauna- tuvo poca presencia en Seattle.

También los grupos que preconizan la acción directa son casi exclusivamente blancos. Estos jóvenes militantes critican a la vez el capitalismo y la sociedad de consumo. En su negativa a convertirse en funcionarios del sistema, terminan frecuentemente en empleos mal pagados. El hecho de que esta tradición radical aparezca (o resurja) constituye sin lugar a dudas una excelente noticia. Pero el rechazo a integrarse en la economía capitalista atrae mucho menos a los jóvenes negros e hispanos, poco proclives a rechazar las oportunidades de promoción social que se presenten. Y si las rechazan, se sienten menos atraídos por la no violencia que los jóvenes blancos y menos dispuestos que ellos a subordinar sus acciones al acuerdo general con un movimiento que sigue siendo muy monocolor.

En lo inmediato, la coalición que apareció en Seattle también debe remediar otras divergencias internas. Las perspectivas acerca de una nueva modalidad para la OMC y para el orden económico internacional que esta organización sustenta son variadas. Van desde el rechazo radical de una y otra hasta el pedido expreso de los sindicatos y la mayoría de las organizaciones ecologistas de reglas y códigos que impongan a las empresas y a los Estados, vía OMC, obligaciones en materia de derecho laboral, de derechos humanos y de protección del medio ambiente. Esto explica en parte que mientras la prioridad del sindicalismo estadounidense es la oposición al ingreso de China en la OMC y a la atribución a este país de la cláusula de nación más desfavorecida (el régimen comercial normal), los grupos más militantes apuntan al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional (FMI). Pero estas divergencias son menos destructivas que las de los años ´60: ya ningún grupo o sindicato pretende ser infalible cuando se trata de esbozar a qué se tendría que parecer una organización económica que rompa con el modelo actual.

Hay que decir también que la movilización de Seattle no contribuyó sólo al fracaso de un nuevo round de liberalización comercial. También dejó establecido que las exigencias en materia de derecho laboral y de protección del medio ambiente, lejos de competir entre sí, se complementan. Y permitió también que sindicalistas y jóvenes radicales se reunieran y trabajaran juntos, demostrando así que el nuevo orden económico internacional suscita oposiciones reales. Nada garantiza aún la perennidad de un tal encuentro; ninguna situación de emergencia como la guerra de Vietnam sirve de aglutinante a la coalición progresista. Hay quienes reaccionan ante una mutación económica que los amenaza en forma personal, pero la mayoría se movilizó porque ha comprendido la naturaleza del peligro.

En tiempos en que el crecimiento bate records, ninguna crisis cuestiona la confianza que la mayoría de los estadounidenses sigue teniendo en el actual modo de regulación económica y social, al punto de empujarlos a actuar. Aun cuando la marcha de la economía mundial, que conlleva una separación creciente entre los ricos y los demás, provoca infinidad de situaciones insoportables, la mayoría sigue esperando que con un poco más de trabajo y un poco de suerte, ellos también formarán parte de los elegidos. Hasta que esta fe se quiebre, el movimiento de lucha contra el poder absoluto de las empresas seguirá siendo prometedor, pero minoritario.

  1. S. George, "Seattle, antes, durante y después", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero 2000.
  2. S. Halimi, "Les guerres de trente ans d'un journaliste militant", Le Monde diplomatique, París, nov.1995.
  3. Eric Alterman, "Intellectuels et syndicalistes américains se redécouvrent", Le Monde diplomatique, París, diciembre 1997.
  4. T. Daley, "Nouvel espoir pour les syndicats aux États-Unis", Le Monde diplomatique, París, nov. 1993.
  5. Firmado en la noche del 11 al 12-8-92, ratificado en EE.UU. el 17-11-93 y vigente desde el 1-1-94, el TLC (NAFTA, en inglés), agrupa a Estados Unidos, México y Canadá.
  6. B. Epstein, "The environment justice/toxics movement: Politics of race and gender", Capitalism, nature, socialism, sep.1997. Eric Klinenberg, "La gauche américaine découvre la "justice écologique", Le Monde diplomatique, París, febrero 1998.
Autor/es Bárbara Epstein
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:20, 21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Canadá, Estados Unidos, México, China, Vietnam