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Recuadros:

El apartheid sanitario

El planeta asiste a la reaparición de enfermedades casi olvidadas, como la tuberculosis, mientras cientos de millones de personas en el mundo carecen de acceso a los medicamentos. Las grandes multinacionales farmacéuticas disponen a su antojo la oportunidad de introducción y precio de mercado de fármacos que podrían aliviar los sufrimientos la humanidad. Una escandalosa situación que sin embargo deja impávidos a la mayoría de los gobiernos e indefensos a los ciudadanos.

La enfermedad del sueño está en pleno recrudecimiento. Transmitida por la mosca tsé-tsé, mata a 150.000 personas por año, especialmente en Africa. Existe un fármaco para su tratamiento -la eflornitina (Ornidyl)- desarrollado en 1985 por la firma estadounidense Merell Dow. Vendido al principio a un precio muy alto -por lo tanto inaccesible para las poblaciones más afectadas- fue dejado de lado después. Al comprar la firma, Hoechst Marion Roussel heredó el medicamento y aceptó finalmente transmitir sus derechos de comercialización a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero ésta no posee los medios necesarios para su producción. Luego de tres años de negociaciones, Médicos Sin Fronteras (MSF) y otras Organizaciones No Gubernamentales (ONG) esperan que a comienzos de este año el producto esté disponible, al menos de forma parcial, ya que para asegurar su permanencia habrá que contar con la buena voluntad financiera de un mecenas. Bill Gates, gerente general de Microsoft, se encuentra entre los candidatos.

La molécula contra la leishmaniosis, enfermedad parasitaria frecuente en Africa, que provoca gravísimas lesiones cutáneas o incluso la muerte, existe en los registros de laboratorios, pero no se ha comenzado a producir puesto que no está garantizada "la recuperación de la inversión". Se trata sólo de un ejemplo: la lista de moléculas descubiertas y dejadas de lado, así como la de los medicamentos útiles pero abandonados, es muy extensa. El Doctor Bernard Pécoul, coordinador del Proyecto Medicamentos de MSF, advierte que de 1223 moléculas colocadas en el mercado entre 1975 y 1997, solamente 13 están específicamente destinadas a las enfermedades tropicales. Y aun así, sólo cinco de ellas son fruto de la investigación veterinaria1.

Muchas enfermedades que se creían erradicadas están regresando masivamente y con más virulencia que nunca -el paludismo (malaria), la enfermedad del sueño o la tuberculosis- porque los antiguos medicamentos ya dejaron de ser siempre eficaces debido al incremento de bacilos multiresistentes, mientras que los nuevos resultan muy costosos.

Así es como, a pesar de que cada año se contaminan de tuberculosis 8 millones de personas, no se realiza ninguna investigación seria para encontrar una vacuna que sustituya al buen BCG. Según MSF, la cantidad de pacientes solventes (¿debiéramos decir clientes?) entre esos nuevos enfermos se estima en 400.000. Muy por debajo del nivel requerido para arriesgar una inversión. Cada diez segundos muere un ser humano de tuberculosis en el planeta2.

Para comercializar un fármaco, no sólo se necesita que el mercado sea importante, sino también que genere dinero. Mucho dinero. Lo más rápido posible. La doctora Gro Harlem Brundtland, directora general de la OMS, plantea: "Más de mil millones de personas van a llegar al siglo XXI sin haberse beneficiado con la revolución sanitaria"3. De hecho, las cuatro quintas partes de los gastos mundiales de salud están al servicio de la quinta parte de la población. Entre 1993 y 1999 se dispararon las ventas de medicamentos en América del norte y en menor medida en Europa; pero disminuyeron en los países de Africa y Asia, con excepción de Japón. En lo referente al sida, el balance es aún más agobiante: el 92% de la población mundial sólo tiene derecho al 8% de los gastos totales. El profesor François Bricaire, jefe del servicio de parasitología y enfermedades tropicales del hospital de la Pitié-Salpêtrière (París), alerta: "Si los países ricos no hacen algo, este desequilibrio humanitario acabará por estallar. La gente sabe por un lado que existen medicamentos para vencer la enfermedad y, por otro, que no puede obtenerlos por falta de recursos." De este modo, la triterapia (asociación de tres tipos de fármacos antiretrovirales), que ha permitido reducir en un 60% la tasa de mortalidad de los enfermos de sida en Occidente, es prácticamente inaccesible en los países del sur, especialmente en Africa. "A nuestro servicio llegan enfermos africanos que han ahorrado peso sobre peso para venir a curarse", añade el profesor Bricaire. "Los restablecemos a sabiendas de que la inmensa mayoría no podrá continuar el tratamiento una vez que regrese a su país. ¿Y qué decir de los que llegan clandestinamente? ¿Alguien podría abandonarlos a su suerte? Entonces nos las arreglamos. Pero son casos demasiado puntuales como para sentirnos satisfechos". Según el Banco Mundial, "muy pronto la cantidad de decesos a causa del sida en Africa sobrepasará el número de víctimas -20 millones- de la epidemia de peste que arrasó a Europa entre 1347 y 1351"4. La diferencia está en que en aquella época no se sabía cómo enfrentar la tragedia, pero actualmente la ciencia está en condiciones de frenar la epidemia.

Esta es la realidad que muchos intentan esconder alegando la ausencia de una infraestructura sanitaria confiable en esos países. Se plantea que sería imposible e incluso peligroso implementar en esas regiones algunos tratamientos largos, como las triterapias contra el sida. El obstáculo es real: las guerras y el éxodo de las poblaciones han hecho añicos los sistemas de salud en algunos países. En otros, las políticas preconizadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, con sus exigencias de reducción drástica del gasto público, han acarreado un resultado casi idéntico. Resulta una cruel ironía que los mismos que contribuyeron al desmantelamiento de las estructuras asistenciales nieguen programas de emergencia ¡escudándose en las carencias de esos sistemas! No sólo se podrían reconstruir las redes de salud, sino que ya existen en estos momentos lugares y personal calificado (médicos y paramédicos permanentes y en misiones) para curar las enfermedades infecciosas clásicas y articular tratamientos de larga duración contra el sida. Siempre y cuando se pueda contar con medicamentos de avanzada a precios accesibles.

Los empresarios farmacéuticos no parecen dispuestos a allanar nuevos caminos. En su despacho de director general del Sindicato Nacional (francés) de la Industria Farmacéutica, Bernard Lemoine no oculta su disgusto ante la campaña que llevan adelante las asociaciones sobre este tema. Destaca las operaciones positivas de los laboratorios: descenso temporal de los precios, donación de molécula sin utilizar, ayudas a fundaciones. No obstante, su conclusión es inapelable: "No veo por qué se le exigirían esfuerzos específicos a la industria farmacéutica. Nadie le pide a Renault que regale autos a quienes no los tienen." Como si las necesidades fuesen las mismas… pero esa es la lógica de los grandes laboratorios.

Las compañías farmacéuticas no sólo imponen sus precios y eligen los únicos mercados que harán subir sus acciones en la bolsa, sino que además combaten cualquier iniciativa que se tome fuera de ellas. Para combatir la meningitis criptocócica, enfermedad mortal asociada a menudo con el sida, hasta el primer semestre de 1998 en Tailandia sólo existía una droga, el fluconazole, fabricada allí mismo por el laboratorio estadounidense Pfizer con el nombre de Triflucan. Eficaz, pero demasaido caro: 12.000 baths (aproximadamente 350 dólares) la caja de cincuenta comprimidos. Para un enfermo que empezaba su tratamiento, esto representaba un costo mensual de 15.000 baths, una vez y media el salario de un ejecutivo. Dos empresas tailandesas lograron finalmente comercializar un producto semejante a un precio de 4.000 a 4.500 baths la caja. Seguía siendo demasiado caro para gran parte de la población, pero evidentemente más accesible que el Triflucan. Seis meses después se prohibía su venta: el gobierno de Estados Unidos, alertado por Pfizer, había amenazado a las autoridades tailandesas con gravar sus principales exportaciones (maderas, joyas, microprocesadores…) si no renunciaban a producir el fluconazole.

Sudáfrica estuvo a punto de correr la misma suerte. En 1997, el gobierno adoptó leyes sanitarias que autorizaban a las empresas locales a producir tratamientos contra el sida -o a importarlos- sin tener en cuenta las patentes de las grandes compañías. Inmediatamente, las grandes firmas farmacéuticas estadounidenses -algunas con filiales en Ciudad del Cabo- iniciaron denuncias y más tarde incitaron a su gobierno a tomar medidas de represalia como las impuestas a Tailandia. El vicepresidente Al Gore, que encabezaba la Comisión de Relaciones Bilaterales Estados Unidos-Sudáfrica, se hizo cargo personalmente del asunto. Desde el comienzo de la pulseada, las asociaciones de lucha contra el sida (Act Up-New York, AIDS) o el Consumer Project on Technology de James Love y Ralph Nader, hostigaron a los dirigentes de Estados Unidos. Gore no podía aparecer en público sin que lo interpelaran sobre ese tema. Esta campaña y la tenacidad del gobierno sudafricano obligaron al gobierno de Clinton y Gore a renunciar, en septiembre de 1999, a todo tipo de persecución o medida de represalia y los laboratorios retiraron sus demandas. Desde luego, Sudáfrica demorará en producir su primer medicamento genérico. Pero se logró una primera victoria.

Para medir el alcance de esta situación hay que volver a los cambios en las reglas del comercio mundial a partir de la creación de la Organización Mundial de Comercio (OMC)5. Hasta 1994, cada nación podía definir su política de salud y producir medicamentos genéricos, sin esperar que la patente ya fuera del dominio público. Así fue como India, Egipto y Argentina, por ejemplo, pudieron implementar una política de sustitución de importaciones y crear una industria farmacéutica local. A partir de 1994, los países miembros de la OMC fueron conminados a acatar los acuerdos sobre los Adpic ("Aspectos de los derechos de propiedad intelectual relativos al comercio", en inglés TRIPs). En el marco de esos Adpic, ya no es posible, en principio, fabricar un medicamento o comprarlo en el extranjero sin la autorización (contra pago de regalías) del propietario del invento, que conserva ese poder durante veinte años. Sin embargo, bajo la presión de países como España o Canadá6, los Adpic prevén cláusulas de excepción: en caso de urgencia sanitaria o de frenos a la competencia (negativa de venta por parte del inventor o precios demasiado elevados), todo gobierno tiene derecho a recurrir a las "licencias obligatorias"(compulsory licences) y a las importaciones paralelas. Las primeras autorizan la fabricación de un producto sin el consentimiento del inventor, y las segundas permiten su compra allí donde se venda más barato.

Sudáfrica, donde según la OMS uno de cada seis adultos es seropositivo, constituye un caso evidente de urgencia sanitaria. Los grandes grupos farmacéuticos lo saben. Pero como plantea crudamente Jeffrey Trewhitt, vocero de la Internacional del Medicamento (la FIIM, Federación Internacional de la Industria del Medicamento), esas leyes sudafricanas sentarían "un pésimo precedente, que podría socavar la legítima protección de las patentes a escala mundial. Cabe prever que ese peligro potencial se extienda a muchos países en vías de desarrollo"7.

Por lo demás, todos los países emergentes soportan presiones espantosas. En el marco de la OMC, la India, a pesar de que sólo un tercio de su población puede acceder a los medicamentos, debería renunciar al control de los precios y a la producción de medicamentos genéricos. Las consecuencias son fáciles de prever: cierre de pequeñas empresas y menos personas atendidas… "Pero las reformas emprendidas y la liberalización en marcha abren nuevas perspectivas a los laboratorios farmacéuticos", señala la revista Pharmaceutiques, en honor al empresariado8.

Sería prematuro deducir una enseñanza profunda de los acuerdos sobre los Adpic. Pero hoy por hoy ya se conocen los estragos ocasionados por las medidas de desregularización impuestas a partir de 1988 a los países de América Latina. Según la OMS, el alza de los precios de los medicamentos alcanzó en cuatro años el 44% en México, el 24% en Brasil y el 16% en Argentina. Sin embargo, los lobbies farmacéuticos esperan poder franquear una nueva etapa en ocasión de la Ronda del Milenio inaugurada en Seattle a fines de noviembre: pretenden imponer la eliminación de toda excepción a los derechos de patente. Asímismo, quieren conseguir un mayor acceso -gratuito y sin restricciones- a la flora de los países en vías de desarrollo, el conocimiento de cuyos genomas constituye una de las claves de los futuros medicamentos. Dicho de otro modo, pretenden disponer a su antojo de la materia prima y levantar protecciones cada vez más herméticas alrededor de los descubrimientos realizados a partir de esas plantas, volviéndolos inaccesibles para los países de donde esas plantas proceden9.

Además, el registro de patentes se hace cada vez más tempranamente, lo que entraña "un impedimento importante para la libertad de creación", explica el profesor Alex Kahn, ex presidente del Comité Consultivo Nacional de Ética. Hasta hace pocos años, "se establecía la diferencia entre los conocimientos -que se descubren y constituyen un bien común- y los productos o procedimientos- que se inventan y son patentables"10. Al establecer protecciones tempranas, se reduce el campo de los conocimientos comunes. Hoy por hoy, los bancos de datos privados -de acceso restringido y rentable- tienen cinco a diez veces más información sobre los genomas que el sector público, de libre acceso. Y a partir de 1998, siete años después de Estados Unidos, Europa autoriza patentes sobre los inventos biotecnológicos11.

Vamos camino a una monopolización de lo viviente, acompañada de la confiscación de la diversidad genética, por parte de un puñado de firmas. Existe el riesgo cierto de que se instaure oficialmente un directorio tecnológico y financiero de los países ricos, una especie de "G8" del medicamento, que lo decida todo, desde el nivel de las investigaciones hasta el lanzamiento (o no) de tal o cual producto. Esto acentuaría aún más los desequilibrios: los países desarrollados, muy solventes, dispondrían de terapias de avanzada, onerosas y protegidas por el derecho de propiedad intelectual; los demás podrían beneficiarse de ellas una vez extinguidos los derechos de patente. veinte años más tarde y después de algunos cientos de miles de muertos.

Contra estos peligros se están movilizando las ONG, asociaciones de enfermos, médicos e investigadores. Aunque difieran en la estrategia, todos concuerdan en que durante las negociaciones de la Ronda del Milenio es necesario mantener como mínimo las excepciones previstas en los actuales acuerdos Adpic. Esta base permitiría ganar tiempo para conseguir, como propone MSF, una "excepción sanitaria", así como ya existe una "excepción cultural".

De ningún modo se puede ubicar el derecho de patentes por encima de las necesidades elementales de la humanidad (ver págs. siguientes artículo de Carlos Correa). No sería desatinado decretar que las investigaciones sobre el genoma humano y sobre la biodiversidad forman parte de los bienes públicos mundiales. Se considera que algunos monumentos, como el templo de Angkor, o ciudades como Venecia pertenecen al patrimonio de la humanidad. ¿Por qué no la genética humana? De igual modo, hay que poner fin al saqueo del Tercer Mundo: no sólo habría que pagar un canon por la utilización de vegetales procedentes de esos territorios (ver gráfico), sino que esos países debieran tener garantizado el beneficio de las terapias que se inventan a partir de esas plantas.

Monopolios de la salud

¿Cómo combatir las epidemias que arrasan a los pueblos de los países más pobres? Para que los medicamentos sean accesibles, se puede conseguir rápidamente una reducción de los precios, sin poner en riesgo la salud financiera de los grupos farmacéuticos. Por ejemplo, los que están establecidos en Francia destinan una proporción casi igual de fondos a la publicidad y promoción que a la investigación: el 11,3% contra el 14% del volumen de negocios, respectivamente12.

Germán Velásquez, Sara Benett y Jonathan Quick, a quienes la OMS encargó estudiar detenidamente los sistemas de salud, apuntan que "a la inversa de lo que sucede en el resto del sector de la salud, el farmacéutico padece graves problemas relacionados con la ausencia de competencia"13. Lo cual repercute en los precios. De hecho, cerca de veinte empresas son dueñas de los dos tercios del mercado mundial. Y como atestigua la fusión entre HMR y Rhône Poulenc, o el acercamiento en curso entre la suiza Novartis y el gigante estadounidense Monsanto, el movimiento de concentración se acelera. De los 25 fármacos de mayor venta, 20 son estadounidenses. Existe prácticamente un precio mundial único, calcado de las tarifas que se aplican en Estados Unidos, que están entre las más elevadas del planeta. Por este motivo, algunas personalidades como el Dr. Pécoul proponen aplicar un impuesto sobre las ganancias de las compañías farmacéuticas, destinado a enriquecer un fondo para el estudio de las enfermedades tropicales y para la fabricación de productos de primera necesidad.

Los grupos farmacéuticos tienen indudablemente una abrumadora responsabilidad, pero no se puede eximir a las organizaciones internacionales y a los gobiernos. A decir verdad, Francia hizo algunos intentos: participó en el Programa de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (Onusida); fue de los pioneros en la creación del Fondo de Apoyo Terapéutico Internacional (FATI) que suscitó muchas esperanzas en los países pobres. Pero esos programas están estancados: Francia dejó caer los brazos, Europa está paralizada y Estados Unidos rechaza la casi totalidad de las acciones colectivas de envergadura.

Por su parte, la OMS acabó apoyando a los países que recurren a las "licencias obligatorias", pero se queda muy por debajo de las necesidades. Sigue cautiva de un modo opaco de funcionamiento y de una concepción caduca de sus misiones. Lo que entorpece su capacidad de innovar con vistas a promover nuevas ambiciones sanitarias a escala mundial. Claro que la falta de recursos financieros también es crucial. Sin embargo, se podrían imaginar campañas de emergencia, donde se entreguen los medicamentos a precio de costo, e incluso por debajo, al personal de salud de los países pobres. Las compañías farmacéuticas, los gobiernos de los países en cuestión y los países desarrollados pagarían la diferencia. Después de todo, se adoptó un modelo parecido en los años ´50 y "60 para luchar contra la viruela, enfermedad erradicada del planeta desde 1977.

"El verdadero enemigo no es la prudencia financiera", explica el economista y Premio Nobel Amartya Sen, sino "el uso de los fondos públicos para fines cuyo interés social está lejos de ser evidente, por ejemplo los gastos militares masivos en muchos países pobres (…) Que el médico, el maestro de escuela o la enfermera se sientan más amenazados por el conservadurismo financiero que un general o un comandante de la fuerza aérea, es revelador de la demencia del mundo en que vivimos"14. Y añade: "Enfermedad y muerte es el posible precio a pagar por la inacción y la apatía."

  1. Bernard Pécoul, Pierre Chirac, Patrice Troille, Jacques Pinel, "Access to essential Drugs in poor countries. A lost Battle?" Journal of the American Medical Association, Chicago, vol. 281, 27-1-97. Leer también el informe de la revista Messages, Nº 102, enero-febrero de 1999, publicado por Médicos Sin Fronteras, 16, rue Saint Sabin, 75011 París. http://www.msf.org/
  2. Cifras de la OMS. En el 98% de los casos, las víctimas viven en los países del Tercer Mundo.
  3. Gro Harlem Brundtland, discurso pronunciado durante la quincuagésimo segunda Asamblea Mundial de la Salud, "El futuro de la OMS después de un año de cambios", Informe sobre la salud en el mundo, OMS, Ginebra, marzo de 1999.
  4. "Se fortalece la lucha contra el VIH/SIDA en Africa", Banco Mundial-región Africa, Ginebra, junio de 1999. En América Latina, varios gobiernos destinan sumas importantes para garantizar los tratamientos gratuitos. Es el caso de Brasil (600 millones de dólares anuales) y Argentina (80 millones). También México y Colombia tienen programas de asistencia.
  5. Véase el dossier "OMC- Ronda del milenio" en Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, noviembre de 1999. También André Ferron, Philippe Herzog, Bernard Marx "Pour un contrôle social du cycle du Millénaire à l"OMC", L´Option de Confrontations, Montreuil, noviembre de 1999.
  6. España sólo reconoció totalmente el sistema de patentes para los medicamentos en 1992, Canadá en 1993.
  7. Citado por Mike McKee, "Tripping over Trips", IP Magazine, San Francisco, septiembre de 1999. http://www.ipmag.com/
  8. Jean-Jacques Cristofari, "Facettes indiennes aux 23.700 firmes pharmaceutiques", Pharmaceutiques, París, Nº 53, enero de 1998.
  9. Marie Angèle Lhermite, "Les arborigènes, les chasseurs de gènes… et le marché", Le Monde diplomatique, París, febrero de 1992, y Jean-Paul Maréchal, "La biodiversidad asimilada a una mercancía", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, diciembre de 1999.
  10. Axel Kahn, "Et l´homme dans tout cela", NIL, Paris, 2000.
  11. Directiva 98/44/CE del Parlamento y del Consejo sobre la protección jurídica de los descubrimientos biotecnológicos, del 6-7-98. A disposición en la dirección http://www.ipr-helpdesk.org/fr/i/i405_022.htm
  12. "L"industrie pharmaceutique: Réalités économiques 1999", documento editado por el sindicato nacional de la industria farmacéutica (SNIP), 88, rue de la Faisanderie, París.
  13. Germán Velásquez, Sara Benett y Jonathan D. Quick, " El papel de los sectores público y privado en el campo de la farmacéutica. Repercusiones sobre la igualdad de acceso y sobre el uso racional de los medicamentos", OMS, Ginebra, 1997.
  14. Amartya Sen, "Salud y desarrollo", discurso pronunciado en la quincuagésimo segunda Asamblea Mundial de la Salud, Ginebra, mayo de 1999.

El caso de Sudáfrica

Al menos 16% de la población de Sudáfrica está infectada con HIV. El tratamiento disponible, basado en costosos medicamentos, está fuera del alcance de la mayoría de los sudafricanos. El 20% de las mujeres embarazadas padecen de sida. Debido a la imposibilidad de acceder a las terapias disponibles, deben asistir impotentes en la mayoría de los casos al (evitable) traspaso de la enfermedad a sus hijos.

Para favorecer la adquisición de medicamentos a los menores precios posibles, respetando empero los derechos de patentes, el gobierno de Sudáfrica adoptó en 1998 la Medicines Act, que facultó al Ministerio de Salud a comprar medicamentos protegidos por patentes en el país donde los precios fueran más bajos y a importarlos, si fuese necesario, sin la autorización del titular de la patente. De esta manera admitió la legitimidad de las llamadas "importaciones paralelas", permitidas bajo el Acuerdo ADPIC de la OMC. Asimismo, la ley consagró la posibilidad de conceder licencias obligatorias sobre medicamentos.

No obstante la legitimidad de estas medidas, en el marco de los acuerdos internacionales, el gobierno de EE.UU. puso en marcha una serie de mecanismos de presión para derogar esas disposiciones. Incluyó a Sudáfrica en la "lista negra " de la sección 301 de la ley de Comercio de EE.UU. y condicionó la ayuda externa a la eliminación de esas cláusulas. Además, empresas estadounidenses iniciaron una acción judicial para bloquear la entrada en vigor de la ley.

La reacción contra la injusticia de estas presiones no se hizo esperar. Sudáfrica buscó (y encontró) solidaridad entre los miembros de la OMC, donde su caso fue expuesto como ilustrativo de una peligrosa supremacía de los intereses comerciales sobre los de la salud pública. Diversas ONGs de EE.UU. (el Consumer Technology Project de Washington y Médecins Sans Frontières, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1999, entre otras), cuestionaron la política estadounidense y, especialmente, el papel del vicepresidente Al Gore, constituido en vocero de los intereses de las empresas farmacéuticas de su país. Manifestaciones ante el Congreso y la Casa Blanca demostraron que una parte de los ciudadanos de ese país rechazan la visión mercantilista de sus dirigentes.

En oportunidad de la fracasada reunión de Seattle, a principios de diciembre de 1999, el presidente Bill Clinton anunció, para sorpresa de muchos, el levantamiento de la amenaza de sanciones contra Sudáfrica bajo la Ley de Comercio, admitiendo la legitimidad de las medidas que ese país había adoptado para atender la emergencia pública en la que se encuentra como resultado de los estragos causados por el HIV. También las empresas estadounidenses suspendieron la acción judicial que habían incoado contra la ley sudafricana.

La retractación estadounidense demuestra, por un lado, la importancia en la opinión pública expresada a través de las ONGs, cuando sus posiciones -como en este caso- se fundan en el derecho internacional y en la reparación de una clara injusticia. Por el otro, el caso sudafricano evidencia que los países miembros de la OMC tienen margen de maniobra para legislar en materia de patentes de manera coherente con los intereses de la salud pública. Para eso solo hacen falta la valentía y consistencia exhibidas por el gobierno de Sudáfrica ante el poderoso lobby farmacéutico de EE.UU.


Autor/es Martine Bulard
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:30, 31, 32
Traducción Teresa Rodríguez Loeches
Temas Deuda Externa, Neoliberalismo, Patentes, Salud
Países Canadá, Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Egipto, Sudáfrica, Colombia, India, Japón, Tailandia, España, Francia