Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

¿“Genocidio” o “masacre”?

A principios del siglo XX los civiles eran “sólo” el 10% de las víctimas en las guerras. Hacia fines de ese siglo representaban del 80 al 90%. No es de extrañar, pues, que se hayan desarrollado los genocide studies, empeñados en dilucidar en qué condiciones una matanza de civiles puede considerarse genocidio: ¿Debe existir la voluntad de exterminar a una etnia o nacionalidad en tanto tal? ¿Es posible prevenir un genocidio?

Desde que el 9 de diciembre de 1948 Naciones Unidas (ONU) adoptó el convenio sobre prevención y represión del crimen de genocidio, esta palabra se instaló en el habla corriente para significar el mal absoluto, el horror extremo que destruye poblaciones civiles desamparadas. Creado en 1944 por el jurista polaco Raphael Lemkin, el término tuvo una creciente aceptación internacional. Así fue como se habló de "genocidio" en casi todos los conflictos de la segunda mitad del siglo XX que provocaron muchas víctimas civiles: de Camboya a Chechenia, pasando por Burundi, Ruanda, Guatemala, Colombia, Irak, Bosnia, Sudán, etc.

El concepto se empleó de manera retroactiva para calificar la masacre de los habitantes de Melos por los griegos (siglo V a.C.); de los vandeanos en 1793; de los indígenas de América del Norte; de los armenios en 1915; sin olvidar tampoco los casos de hambruna en Ucrania, las distintas deportaciones de poblaciones en la URSS estalinista y, por supuesto, el exterminio de judíos europeos y gitanos, pero también los bombardeos atómicos estadounidenses de Hiroshima y Nagasaki. Y la lista no es exhaustiva...

La aplicación de la noción de "genocidio" a estas situaciones históricas tan heterogéneas suscita múltiples objeciones y apasionados debates. Estos usos del vocablo expresan la necesidad de recurrir a una palabra de alcance universal capaz de designar en el siglo XX un fenómeno masivo: la destrucción de las poblaciones civiles. Aparecieron otros términos, como "politicidio" (1988) o "democidio" (1994). Pero el de "genocidio" sigue primando, hasta el punto que se han creeado los genocide studies, que encuentran eco en el nuevo Journal of Genocide Research 1.

El primer problema que plantea la palabra "genocidio" se relaciona pues con su uso. Forma parte de todo tipo de retóricas identitarias, humanitarias o políticas. Es un tema de investigación de pleno derecho, que pone en evidencia lo que está en juego en su empleo. En principio cuestiones de memoria, para que todos reconozcan "El" genocidio del cual un pueblo afirma haber sido víctima en el pasado. En este ámbito el combate más emblemático es el de la comunidad armenia. También cuestiones propiamente humanitarias, cuando organizaciones no gubernamentales (ONG) declaran que un pueblo está en peligro de "genocidio". El empleo de la palabra tiene por objeto conmover a la opinión pública y así abrir la vía a una intervención internacional. Por supuesto cuestiones judiciales, una vez que el mal está hecho y se trata de procesar en los tribunales internacionales a tal o cual responsable por el "crimen de genocidio".

El concepto puede también ser la pieza clave de una muy agresiva retórica contra un adversario político. Así es cómo a partir de mediados de la década de 1980 los serbios de Kosovo denunciaron ser víctimas de un genocidio por parte de los albaneses, mientras que en 2001 delegados de la conferencia de Durban acusaron a Israel de perpetrar un verdadero genocidio contra los palestinos. Conclusión evidente: la palabra sirve tanto de escudo simbólico, para hacer valer la identidad de pueblo víctima, como de espada levantada contra un enemigo mortal.

¿Cabe esperar alguna aclaración por parte de los investigadores? No realmente. La gama de definiciones es extensa: desde la del psicólogo Israel Charny, que considera que toda masacre es un genocidio (incluido el accidente nuclear de Chernobyl), hasta la del historiador Stephan Katz, quien sostiene que en la historia fue perpetrado un único genocidio: el de los judíos.

En cuanto al lugar que debe ocupar la definición en la ONU, las opiniones tampoco son unánimes. Algunos aceptan considerar el convenio de 1948 como base de trabajo, al punto de realizar una "traducción sociológica", como hace la estadounidense Helen Fein. Por otra parte, la mayoría de los libros pioneros sobre el genocidio se inician con un debate acerca de este convenio 2. Otros objetan que las investigaciones sociológicas, históricas, etc. no tienen que estar basadas a priori en un texto jurídico, es decir, normativo. Por esa razón se proponen desarrollar los genocide studies con las herramientas de análisis propias de las ciencias sociales. Con ese objetivo parten del análisis de la masacre (como forma de acción, a menudo colectiva, de destrucción de no combatientes), preguntándose en qué circunstancias y bajo qué condiciones una masacre o una serie de masacres pueden convertirse en un genocidio 3.

Un problema entre otros: en la definición de genocidio el convenio de 1948 otorga un lugar central a "la intención de destruir a un grupo como tal". Pero la transposición de este concepto en historia es problemática. Algunos acontecimientos-catástrofe no parecen haber sido "deseados", como por ejemplo la hambruna de 1958-1962 en China comunista (entre 20 y 43 millones de muertos). Nadie pudo probar hasta ahora que Mao, en su delirio del "Gran Salto hacia adelante", haya tenido la intención de destruir a su pueblo. Esta hecatombe remite más bien a la rigidez del partido, a su utopismo voluntarista, a su incompetencia económica, etc.

En cambio, en el caso de la hambruna en Ucrania de 1932-1933 (6 a 7 millones de muertos), la voluntad criminal de Stalin es mucho más identificable. No cabe duda de que Moscú quería destruir definitivamente todo núcleo de resistencia. ¿Entonces se trata de un genocidio? Para algunos sí, para otros no, en la medida en que la intención destructiva de Stalin no apuntaba a eliminar a los ucranianos en tanto tales. Otras poblaciones fueron diezmadas por el hambre (países cosacos, Kuban, Asia Central...). De todas maneras, la trampa que acecha permanentemente al historiador es transformarse en fiscal para probar que todo estaba calculado de antemano, mientras que la historia se construye mediante el concurso de circunstancias, de incertidumbres; en suma, no está determinada.

Más allá de estas divergencias, los investigadores tienen una misma convicción: piensan que los progresos de los genocide studies suponen el desarrollo de investigaciones comparativas. Allí también se reprochará una falta de rigor metodológico, dado que algunos no vacilan en comparar casos muy heterogéneos. Sin embargo, desde hace una decena de años aparecen importantes obras colectivas que reúnen distintos estudios de caso. El último en fecha es el de dos historiadores, Ben Kiernan y Robert Gellately 4. Si bien este ejercicio comparativo confirma siempre que cada caso histórico es singular, permite también poner de manifiesto interrogantes comunes, como por ejemplo sobre el pasaje al acto.

Delirio de unidad y pureza

A partir de la obra maestra de Christopher Browning, Des Hommes ordinaires, los trabajos sobre la Shoah suelen servir de referencia. Ya sea que se examine el caso de Camboya, Ruanda o Bosnia, este vuelco hacia la violencia masiva obliga al investigador a movilizar varios tipos de interpretaciones para resolver los enigmas.

Por ejemplo, ¿es necesario acordar un peso determinante a la ideología y más específicamente a un imaginario político de negación del otro que prefigura el acto de masacrar? Al respecto se conoce el papel esencial que desempeñan los intelectuales en esta construcción previa de figuras del enemigo. Pero esta matriz ideológica, trampolín al asesinato en masa, nunca explica suficientemente el pasaje al acto. En la masacre también hay que tener en cuenta la parte de cálculo, es decir, la fría decisión de masacrar en masa (o una secuencia de decisiones), tomada por un reducido grupo de responsables. Muy a menudo la masacre revela una estrategia deliberada, ya sea que su objetivo consista en "limpiar el territorio", conquistar el poder o purificar la raza.

Pero entonces, ¿no se corre el riesgo de eludir la dimensión puramente irracional de la masacre y aun más del genocidio, como empresa casi delirante de construcción de un orden que garantice unidad y pureza? De la psicopatología a la antropología, pasando por la historia y las ciencias políticas, los genocide studies atraen necesariamente miradas interdiciplinarias, sin por ello tener la pretensión de explicarlo todo.

Existe otra cuestión: ¿el genocidio es cometido por Estados fuertes o Estados débiles? La tesis del Estado fuerte parece imponerse de entrada, tanto es el poder que se necesita para cometer una masacre y aun más un genocidio: poder de destrucción, organización, propaganda, etc., como lo piensa por ejemplo Rudolf Rummel: "El poder absoluto mata absolutamente".

Pero esta tesis del Estado fuerte es cuestionada por quienes llaman la atención sobre el contexto general en el cual se ubican estos poderes. Señalan que aunque sean poderosos, se encuentran en una posición de vulnerabilidad cuya naturaleza precisamente explica su compromiso de masacrar. Aquí es esencial tomar en consideración el contexto de la guerra.

Así es como historiadores como Philippe Burrin o Christian Gerlach sostienen que la decisión de la "solución final" tomada por los nazis -muy probablemente a partir del mes de diciembre de 1941- no puede aislarse de que se hubieran dado cuenta de que no podrían ganar la guerra que desataron contra la Unión Soviética. Es pues con la conciencia de un fracaso futuro, reforzada por la entrada en guerra de Estados Unidos después del bombardeo de Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941), que Hitler habría tomado la decisión de lograr al menos su otro objetivo fundamental: el exterminio de los judíos.

Un razonamiento bastante similar puede aplicarse también al caso de los armenios, cuya masacre se produjo tras una severa derrota de los turcos ante los rusos, en un contexto de guerra donde esta minoría armenia del Imperio Otomano era percibida por el gobierno de los "Jóvenes Turcos" como cómplice y aliada de los rusos. Este enfoque afianza la tesis de los que piensan que las masacres son más bien propias de Estados débiles o que se perciben como vulnerables, o incluso que creen que no pueden ganar la guerra sin destruir a las poblaciones civiles.

Desarrollar el conocimiento de las violencias que conducen a la masacre, o incluso al genocidio, constituye una tarea prioritaria de las ciencias sociales, habida cuenta de la historia especialmente difícil de la humanidad en ese terreno. A principios del siglo XX el 10% de las víctimas de guerra eran civiles. A fines del mismo siglo la relación se invirtió: del 80 al 90% son civiles.

Acciones preventivas

Semejante esfuerzo de investigación significa también importantes aplicaciones prácticas.

En primer lugar, en la manera de pensar el futuro de países que padecieron esos acontecimientos. Suele ser considerable el desfasaje entre el discurso de algunos expertos internacionales que llaman a la "reconciliación", mientras que in situ esa reconciliación parece inconcebible, dado que los episodios de masacres causaron traumatismos profundos en las poblaciones. Pretender construir la paz en estos países supone tomar en cuenta esa pesada herencia de traumatismos en lugar de negarla proponiendo soluciones "pos-conflicto" copiadas del exterior.

Asimismo se impone una reflexión práctica sobre la pre-crisis: ¿se puede prevenir un genocidio y en qué condiciones? Algunos preconizan medidas de alerta (early warning) destinadas a detectar las situaciones pre-genocidas e imaginan los medios que deben instaurarse para auxiliar eficazmente a las poblaciones en peligro. Al respecto citemos el interesante enfoque de Gareth Evans y Mohamed Sahnoun 5. Pero estas propuestas de acción preventiva pueden ser simples deseos piadosos en la medida en que los Estados, esencialmente guiados por intereses egoístas, no manifiesten la voluntad política de aplicarlas.

Por eso el trabajo de las ONG y de los periodistas es tan importante, aunque más no sea para impedir que una tragedia en curso sea simplemente borrada de la atención pública internacional, como sucedió en el caso de Chechenia. Al mismo tiempo la opinión pública se cansa de los dramas con que la asedian los medios de comunicación. Y por eso el "Nunca más" se reinicia a pesar de todo: desgraciadamente, la humanidad no ha dejado atrás el fantasma del genocidio.

  1. Fundado en 1999 por el historiador estadounidense Henry Huttenbach.
  2. Por ejemplo, los de Frank Chalk y Kurt Jonassohn, The History and Sociology of Genocide, New Haven, Yale University Press, 1990; e Yves Ternon, L'Etat criminel, Seuil, París, 1995.
  3. Es mi procedimiento. Cf. "Du massacre au processus génocidaire", Revue internationale des sciences sociales, París, diciembre de 2002.
  4. Ben Kiernan y Robert Gellately, Spectre of genocide: Mass murder in a historical perspective, Cambridge University Press, Cambridge, 2003.
  5. Gareth Evans y Mohamed Sahnoun, "The Responsibility to Protect", Foreign Affairs, Nueva York, noviembre-diciembre de 2002.
Autor/es Jacques Semelin
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 58 - Abril 2004
Páginas:26,27
Traducción Teresa Garufi
Temas Conflictos Armados, Genocidio