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Recuadros:

Contraofensiva del Vaticano en América Latina

La Legión de Cristo, fundada en México en 1941, es una organización de combate ideológico inspirada en la preparación, la organización y la disciplina tradicional de los jesuitas. Formados con dureza en largos años de estudio, sus miembros (la Legión es una de las congregaciones que cuentan con más vocaciones desde el Concilio Vaticano II), se consideran "militantes en el sentido espiritual" y combaten ardientemente a su principal adversario: la Teología de la liberación.

En enero de 1998, cuando aceptó visitar Cuba respondiendo a una invitación de Fidel Castro, Juan Pablo II envió un mensaje a los católicos latinoamericanos: es a este "Papa reaccionario" -como lo califican los partidarios de la Teología de la liberación- a quien el Líder Máximo de la revolución cubana pide ayuda. La Iglesia, que no dudó en condenar el injusto embargo impuesto a Cuba por Estados Unidos (reforzado por la ley Helms-Burton), se impone desde entonces como uno de los actores clave en la larga y difícil transición política cubana.

Atento a que el avance de otras confesiones y de poderosas sectas sustrae cada vez más fieles a los feudos tradicionales de la Iglesia, y a que la actitud conservadora del Papa en materia de hábitos y de moral es criticada por los sacerdotes y religiosos progresistas, el Vaticano ha pasado a la contraofensiva en toda América Latina. Para ello recurre, en general, a organizaciones católicas de derecha entre las cuales, en primera línea, se halla una congregación particularmente combativa: la Legión de Cristo.

Militantes de Cristo

Suelo de mármol, empleado en la recepción, sofisticados sistemas de seguridad: el hall de este edificio romano parece el de un banco católico. Sin embargo se trata del Ateneo Regina Apostolorum, el principal seminario de la enigmática congregación católica Legión de Cristo, fundada en México en 1941. Con la encíclica papal Veritatis splendor bajo el brazo, un joven cruza la sala. Viste sotana negra, ceñida en la cintura por una banda igualmente negra cuyo extremo pende a la derecha. La severidad de su atuendo recuerda la indumentaria tradicional de los jesuitas y acentúa la palidez del rostro imberbe del joven aspirante a sacerdote, de apenas veintiún años. En grupos de dos, otros jóvenes se unen a él en un frufrú de sotanas. Cada mañana, 400 seminaristas de 18 países se reúnen en la entrada de la capilla.

La Legión da una importancia capital a la educación, que puede durar de 13 a 18 años, tres veces más que el ciclo exigido por la Iglesia. Los estudios comienzan con dos años de noviciado, cuando los futuros sacerdotes tienen apenas diecisiete años, la edad mínima fijada por el derecho canónico. Los jóvenes clérigos cumplen a continuación dos años de estudios clásicos y científicos, seguidos de cuatro años de filosofía. Luego vienen dos o tres años de trabajo apostólico, antes de que la carrera termine con una licencia de teología, en general de cinco años. Recién entonces los alumnos son ordenados sacerdotes.

Esta congregación parece haberse inspirado en la preparación, la organización y la disciplina tradicional de los jesuitas. Con éxito, ya que figura entre las que cuentan con más vocaciones desde el Concilio Vaticano II, que sacudió a la Iglesia a comienzos de los años ´60. Por ahora es una congregación de 430 sacerdotes, pero con 2370 que proceden de 38 países.

Todo permite pensar que la Legión, apoyada por un movimiento de 51.000 laicos, seguirá creciendo. Sin embargo, su nombre es su cruz. Si los légionnaires portan en Francia un nombre con evidentes connotaciones militares, en España los Legionarios de Cristo fueron a veces confundidos con los Guerrilleros de Cristo Rey, una banda de estudiantes de extrema derecha con la cual no mantienen ninguna relación. Incluso en el Nuevo Testamento el término es ambiguo. En los Evangelios, Jesús pide a un espíritu del mal que diga cómo se llama: "Legión, pues somos numerosos", responde el demonio. Fue además una legión (romana) la que crucificó a Cristo. La terminología militar impregna la historia de la congregación. Pío XII bendijo la obra en 1946 citando el Cantar de los cantares: la Legión debía ser, dijo, "ut castrorum accies ordinata" (fuerte como un ejército en posición de combate). Su objetivo, según ese Papa, era "preparar y ganar a la causa de Cristo a los líderes de América Latina y de todo el mundo". Por su parte, Pablo VI les exige en 1974 que sean "combatientes en nombre de Jesús (…) hay que ser (…) conquistadores, legionarios para combatir y defender".

La Legión de Cristo asume perfectamente ese carácter militante. La divisa del jubileo sacerdotal de su fundador, el padre mexicano Marcial Maciel, dada en 1994 en ciudad de México, podría haber sido una consigna guevarista: "La lucha es ya una victoria". Por su parte, el padre Javier García, profesor del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, precisa: "En sentido espiritual, nos consideramos como militantes".

Entusiastas y activos, los jóvenes legionarios desbordan de confianza y de certidumbre. "¡Son boy scouts dinámicos y llenos de salud!" exclama el padre Robert White, jesuita estadounidense que los frecuenta en la Universidad Pontificia Gregoriana, el más ilustre vivero de la elite católica: por sus aulas pasaron 12.000 sacerdotes, la cuarta parte de los obispos, un tercio de los cardenales, veinte santos y dieciséis Papas. Frente a la monumental escalinata de la Universidad, en Piazza della Pilota, es fácil distinguir al futuro jesuita del futuro legionario: el primero viste un jean, el segundo cuello a la romana y un elegante traje negro digno de un sastre italiano.

La Legión impulsa a sus jóvenes clérigos a buscar "un equilibrio entre la contemplación y la acción", lo que implica un nuevo paralelo con los jesuitas que -según la fórmula de San Ignacio, su fundador- aspiran a alcanzar "la contemplación en la acción". Los futuros legionarios son, sin complejos, conservadores. "Son los descendientes de Ronald Reagan y de Juan Pablo II", proclama el padre Jared Wicks, jesuita estadounidense y decano de la facultad de teología de la Gregoriana. Pero a pesar de las apariencias, no se trata de integristas. La Legión de Cristo, según el padre García, no se considera "ni conservadora ni progresista, sino del lado de la Iglesia", es decir, del Papa.

Hay que sumergirse en la historia de México para entender ese férreo militantismo. A pesar de que los mexicanos son fervientes católicos, su país es oficialmente ateo. Cuando Juan Pablo II llegó por primera vez a México, en 1979, el presidente José López Portillo lo saludó con un seco "Buenos días señor", sin molestarse en disimular que las relaciones entre ese país y el Vaticano fueron durante mucho tiempo rencorosas.

Después de la revolución de 1910 los católicos mexicanos sufrieron graves persecuciones. A partir de 1926, el Estado estuvo en guerra abierta contra la Iglesia, considerada como una "fuerza oscurantista". Por instigación del Partido Nacional Revolucionario (aún en el poder, con el nombre de Partido Revolucionario Institucional, PRI), se nacionalizaron los templos, conventos y monasterios, se suprimieron las órdenes religiosas, se expulsó a centenares de sacerdotes extranjeros y se suspendió toda educación religiosa en nombre de la educación socialista (prevista en la Constitución mexicana hasta los años 40 incluidos).

Los Estados de la federación mexicana llegaron incluso a fijar el número de curas que estaban dispuestos a tolerar en sus respectivos territorios. En Tabasco, por ejemplo, se aceptaron apenas cinco, con dos condiciones: que tuvieran más de cuarenta años, ¡y que fueran casados! Indignado, el Vaticano decide entonces suspender el culto, aunque un puñado de sacerdotes continuarían administrando los sacramentos en la clandestinidad. Fue uno de esos personajes, un heroico cura alcohólico, el que inspiró al escritor inglés Graham Greene su célebre novela El poder y la gloria (1940).

En 1927, un movimiento de resistencia, los Cristeros, toma las armas. Esos hombres y mujeres -éstas jugarían un papel fundamental- sólo abandonarán su lucha dos años más tarde, a instancias del Vaticano. Una vez desarmados, los insurgentes son perseguidos y a veces asesinados. Muchos católicos mexicanos conservarán el sentimiento de haber sido abandonados por la lejana Iglesia de Roma, pues a pesar del acuerdo logrado entre México y el Vaticano, las persecuciones continuarían hasta 1934: los "camisas rojas" del ministro de agricultura -el ex gobernador de Tabasco que había reprimido duramente a la Iglesia- podían abrir fuego contra los fieles con total impunidad.

El fundador de la Legión de Cristo, el padre Maciel, fue protagonista de esa época turbia. A los dieciséis años, el joven pelirrojo de cuerpo escuálido y ojos azules encabeza una multitud de manifestantes que logra la reapertura de las iglesias en el Estado de Veracruz. A los veinte años, aún seminarista, reúne en ciudad de México a trece niños que quieren ser sacerdotes (uno de ellos, de por entonces doce años, es hoy obispo).

En la historia secreta del Vaticano no es difícil encontrar señales de acercamiento entre el padre Maciel y Juan Pablo II. Maciel dirigió la primera visita del Papa a México -primer viaje triunfalista, que daría el tono de todos los siguientes- y jugó un importante papel en la organización de los dos últimos sínodos sobre la formación de los sacerdotes y la vida consagrada. En México, tres centros universitarios de la Legión llevan el nombre del Papa (Instituto Juan Pablo II para la familia), lo que sería inconcebible sin su consentimiento.

Por una restauración cristiana

Juan Pablo II firmó el decreto de aprobación definitiva de las constituciones de la Legión. Además, en 1991 ordenó personalmente sesenta legionarios en una ceremonia sin precedentes en la basílica de San Pedro de Roma. En 1995 beatificó a monseñor Rafael Guizar Valencia, obispo, padre espiritual y tío abuelo de Marcial Maciel1. En El tiempo de la Iglesia, que subrayaba la "confianza" de Juan Pablo II en la Legión, el padre Maciel señala que el Papa "considera a la Legión como una de las esperanzas que el Espíritu Santo suscita hoy en día"2. Sin nombrarlos, evocaba así a los nuevos movimientos (Renovación Carismática; Opus Dei; Cursillos, Comunión y Liberación; Neocatecumenado, etc.) cuya emergencia es habitualmente atribuida por la Iglesia al Espíritu Santo3. Los legionarios no consideran que su misión sea una "reapropiación" de la Iglesia latinoamericana, sino más bien una "recristianización" de continentes que se "alejaron de la Iglesia". La Legión es, por lo tanto, una respuesta a los peligros que enfrenta el Vaticano, muy particularmente en América Latina: desde la izquierda la Teología de la liberación, y desde la derecha las sectas y las iglesias protestantes4.

¿Pero, cuál es su teología? Los legionarios son el testimonio del agotamiento de una cierta concepción del papel de los cristianos: "la levadura de la masa", tal como fue definida en el Concilio Vaticano II. La Legión anuncia el regreso de una Iglesia "organizada y visible", en general cercana al poder, que busca la "restauración cristiana".

La Legión prepara 60.000 alumnos en sus más de 120 escuelas y sus 8 universidades, principalmente en América Latina (México, Chile, Brasil, Colombia y Venezuela), pero también en Europa (España, Italia, Irlanda y Alemania). Estados Unidos, donde los hispanoparlantes católicos son cada vez más numerosos, es un objetivo de importancia capital. Allí la Legión tiene un centro de estudios superiores en Westchester County, cerca de Nueva York, semejante al Ateneo Regina Apostolorum de Roma.

La congregación consagra permanentes esfuerzos al trabajo apostólico, principalmente a las misiones. Cerca del 10% de sus sacerdotes son misioneros, y realizan un trabajo considerable. En el Estado mexicano de Quintana Roo, donde existen bolsones de pobreza absoluta, la Misión inauguró en veintitrés años 235 iglesias y capillas.

Pero el objetivo de los legionarios es -según los deseos de Pío XII- "formar a los líderes", es decir, a la elite. En ciudad de México, la prestigiosa universidad privada Anahuac, (una de las más caras del país) que dirigen los legionarios, capta sus alumnos en los medios más acomodados. La Legión otorga becas a los estudiantes con pocos recursos y también mantiene un amplio programa de distribución de alimentos a los pobres. Pero esas iniciativas no logran convencer a quienes le reprochan su papel de benefactora, de practicar la pura caridad.

El financiamiento de la Legión proviene principalmente de fundaciones privadas estadounidenses (entre ellas la Dan Murphy Foundation y la Family Foundation (NdlR: hecho que los Legionarios niegan)) y de grandes organizaciones católicas alemanas (Adveniat, Misereor y Kirche im Not).

Si bien su indumentaria y sus intervenciones hacen que esos sacerdotes sean particularmente visibles -una preocupación de la Iglesia de Juan Pablo II- los legionarios son discretos.

En España, los legionarios buscan reclutar adolescentes para los colegios apostólicos o para los seminarios menores (escuelas secundarias donde los alumnos siguen la carrera sacerdotal, aunque no de manera obligatoria). En Francia, el último seminario menor cerró sus puertas a comienzos de los años 70, cuando la Iglesia consideró que un alumno de doce o trece años era demasiado joven para comprometerse en una vocación sacerdotal y que era preferible permitirle frecuentar muchachos y muchachas de su edad. En su boletín semestral Carta a los Amigos, los legionarios se defendieron citando a su fundador. "La desconfianza respecto (…) del fomento de las vocaciones", decía el padre Marcial, se debería a "una concepción errónea del respeto de la libertad del adolescente y del joven". Juan Pablo II -recordaba Maciel- ya señaló la importancia de los seminarios menores "abandonados en una época, y cuyo restablecimiento se prevé actualmente en muchas partes del mundo".

En un libro publicado recientemente en Madrid, titulado La Formación integral del sacerdote, el padre Maciel advertía a los jóvenes sacerdotes: "El relativismo propio de la sociedad pluralista, el bombardeo hedonista, el retroceso de la educación religiosa (…) llevan a la deformación de la conciencia moral"5. Para enderezarla, los legionarios de Cristo serán dentro de poco miles "dispuestos al combate", desde el Vaticano hasta La Habana.

  1. Un legionario mexicano escribió una biografía de monseñor Guizar Valencia, primer obispo de América Latina en ser beatificado, que evoca los orígenes de la Legión. Pedro A. Barrajón, Monseñor Rafael Guizar Valencia, amigo de los pobres, Editorial Diana, México, 1995.
  2. "El tiempo de La Iglesia" Nº 26 México 1995.
  3. Ver "El poder del Opus Dei", en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur Nº 7, enero 2000.
  4. Juan Pablo II declaró durante su último viaje por América Latina: "La Teología de la liberación, ya no es un problema hoy en día" (Le Monde, 7-2-96).
  5. Marcial Maciel, La Formación integral del sacerdote, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1994, p. 68.

Biografía de Juan Pablo II

Corbière, Emilio J.

Testigo de esperanza

George Weigel

Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1999,

1311 págs., 24 pesos.

Probablemente esta obra sea la más importante biografía del Papa Juan Pablo II, escrita con solvencia de fuentes y mediante una investigación exhaustiva acerca de una de las personalidades claves del mundo occidental en el último cuarto de siglo. Hay varias líneas fuertes en el estudio de Weigel: la juventud de Karol Wojtyla durante la ocupación nazi de Polonia; su ideología conservadora en lo teológico y política interna de la Iglesia; su discurso populista en lo social y su trabajo para asegurar que el próximo Papado continúe la línea que él trazó para los católicos evitando la dispersión de la Iglesia Romana frente a los signos evidentes de división en Europa y en América Latina.

Weigel rescata una juventud de Wojtyla preocupada por su formación intelectual, artística y espiritual, en la que debió enfrentar el drama de la ocupación de Polonia, las persecuciones contra los patriotas polacos que defendían su tierra en el marco del feroz antisemitismo y racismo nazi. Del libro de Weigel surge claramente el rechazo de Wojtyla al nazifascismo, tan fuerte como el que luego mostraría hacia el comunismo de matriz soviética.

El reinado de Juan Pablo II se ha caracterizado por una lucha constante contra las corrientes más progresistas dentro del catolicismo. Wojtyla ha ratificado un poder eclesial vertical, contrario a las divergencias y adversario de la Teología progresista europea y la Teología de la Liberación latinoamericana. El Papa declaró la guerra a los que trataban de pensar de manera distinta los resultados del Concilio Vaticano II, no tanto por ser él mismo exponente de un pensamiento integrista como por miedo a que las divergencias dentro de la Iglesia romana pudieran devenir un nuevo cisma.

De allí que Juan Pablo II se constituyera en un Papa que ha defendido férreamente los dogmas de la Iglesia y que condujo un poder centralizado -su poder político- por los caminos sinuosos del Vaticano y de la Iglesia universal.

Derrotado el gran satán, el comunismo soviético, el Papa ha proclamado hacia todas las latitudes un cierto anticapitalismo, en el que condena los excesos de la globalización imperial y la injusticia social, junto a otros temas caros al catolicismo romano: la secularización, las restricciones al poder eclesiástico, el derecho al aborto, el divorcio vincular y el laicismo, lacras que en Occidente han cercado al poder de todas las iglesias y confesiones.

Siguiendo con atención los textos papales que Weigel consigna en su obra, es posible advertir que la utopía católica consiste en imaginar un "capitalismo sin sus defectos", entendiendo por tales los efectos de la injusticia, que tendrían un origen moral antes que social y económico. Este presunto anticapitalismo es en realidad una defensa del "capitalismo verdadero": una crítica que no supera las lamentaciones del Papa León XIII en la Encíclica Rerum Novarum, del siglo XIX.

Es notable el análisis de Weigel sobre la sucesión Papal, porque Wojtyla ha tratado -como Pío XII- de atar todos los nudos para la elección de su sucesor. De esa paciente tarea no es ajena la mano del Opus Dei, organización integrista en la que Juan Pablo II se ha recostado durante su gestión. Pero puede ocurrir que a pesar de esos esfuerzos por mantener la hegemonía política vaticana a favor de los sectores conservadores, el Paráclito les juegue una mala pasada, tal como ocurrió al ser elegido Juan XXIII a pesar de todos los esfuerzos en contra de los que secundaron a Eugenio Pacelli y su controvertida gestión papal.


Autor/es Michel Arseneault
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:26, 27
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Iglesia Católica
Países Estados Unidos, México, Brasil, Cuba, Chile, Colombia, Venezuela, Alemania (ex RDA y RFA), España, Francia, Irlanda, Italia, Polonia, Vaticano