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Alternativas al neoliberalismo

¿Existen en Argentina opciones viables al cepo neoliberal? Las hay, pero no son milagrosas: un estilo de desarrollo vive de la acción y la construcción cotidiana de los grupos sociales que lo apoyan, que ven reflejados en él sus principios y sus intereses. Hay que definir el modelo de país que se desea, empezando por las consideraciones éticas, morales y políticas; luego ver qué política económica -y dentro de ella qué régimen cambiario- son los más adecuados. Pero las alternativas existen.

Las sociedades que duraron ayer, las que mejor duran hoy (esos países que llamamos desarrollados), tuvieron siempre un funcionamiento más o menos laxo, más o menos estricto pero siempre operativo en torno de cierto ordenamiento básico: desde el punto de vista de los valores, la primacía de la ética (¿cómo vivir?); después la moral (¿qué debo hacer?), en tercer lugar la política (entendida como ejercicio del poder) y por último la esfera de la economía (con eje en la acumulación de ganancias). Cada uno de estos órdenes no reconoce límites internos. Para que exista vida civilizada, el orden superior pone límites al inferior e impide, por ejemplo, que el aumento del poder se base en la violación generalizada de los derechos humanos, o que la acumulación económica utilice el trafico de droga en gran escala, la explotación de los trabajadores o la depredación del medio ambiente1.

La faz negativa de la globalización, hoy dominante, invierte la jerarquía de los valores. El neoliberalismo predica un orden económico sin límites internos, a la vez que impone al mercado como horizonte de la ética, la moral y la política. La corrupción desmesurada que se observa actualmente en muchos países, por ejemplo, no es más que la implantación de una norma económica -obtener ganancias- en el orden político, por encima de los órdenes moral y ético. El neoliberalismo conduce a una sociedad en la que la ética, la moral y la política responden a criterios de rentabilidad. En este contexto de poco valen los progresos tecnológicos, si sus frutos redundan en la creación y mantenimiento de una superelite mundial y no en una mejoría del nivel de vida de la mayoría de la población.

A escala de las naciones, las consecuencias del neoliberalismo son la degradación del Estado y la subordinación de los gobiernos frente a los deseos -reales o imaginarios- de la potencia hegemónica. Para sobrevivir, una nación debe rescatar hoy fragmentos de soberanía y, sobre todo, reconstruir y redimir lo nacional a través de lo regional: en el caso de Argentina, con una política de integración en el Mercosur o a partir de él. Los emprendimientos conjuntos (del tipo de la vieja Comunidad Europea del Carbón y del Acero) podrían ser el instrumento de un renacimiento de la soberanía regional compartida.

De otro modo, la alternativa es la disolución en una globalización dominada por la especulación financiera, que no significa "ser Estados Unidos" sino no ser nada. Sería la Argentina como no man´s land, manejada por la especulación, el bandidaje y -cuando resulte necesaria- la represión. Lo ocurrido en Rusia prueba, por desgracia, que el planteo de esta alternativa no es un desvarío. En el plano de la identidad nacional, Argentina está ante la opción latinoamericana o devenir una nación latina del primer mundo. En otras palabras, de generar en el Mercosur una integración entre iguales, o entrar como extranjera de cuarta categoría en el imperio estadounidense.

El neoliberalismo agudiza hasta el límite la falta de articulación entre civilización, nación y política perceptible desde hace al menos un cuarto de siglo en Argentina. Transforma la política en una cuestión de gerencia: sólo se trata de administrar lo mismo de la mejor manera. En la actual crisis económica y social -quizá pronto política- que sufre Argentina, la alternativa es profundizar el régimen neoliberal o abrir un camino político reformista.

Tanto en el gobierno como en la oposición, desde sectores empresarios y por supuesto financieros, con el apoyo acrítico de casi todos los medios de comunicación, el abordaje del problema es unilateral. El problema es presentado ante la ciudadanía como irresoluble, ineluctable, casi como una catástrofe natural. ¿Salir de la convertibilidad? Ni hablar, sería la debacle. ¿Refinanciar la deuda? Nos quedaríamos sin inversión extranjera. ¿Gravar las ganancias, la riqueza, la especulación financiera? Huirían los capitales, perderíamos competitividad. Esta lógica omite que la soberanía económica y financiera y un sistema tributario justo son justamente el requisito de las grandes economías desarrolladas y sus democracias políticas.

Una política económica favorece o perjudica a grupos sociales específicos. Con el modelo neoliberal el sector hegemónico es el financiero y las mayores empresas, extranjeras y nacionales, manejan la política económica y concentran riqueza en su favor. Frente a este modelo, el reformista distribuye mejor la riqueza y el ingreso, industrializa y practica una política nacional independiente. Significa un cambio de rumbo, con rechazo total de la contrarrevolución neoliberal2.

He aquí cinco modelos posibles, tres neoliberales y dos reformistas. Tomamos el tipo de cambio como punto de ruptura, mucho más por lo que implica en el imaginario colectivo que por su valor intrínseco.

1. Neoliberal con paridad 1=1

La convertibilidad nunca logró superar un dilema de hierro: si la economía crece, con el tipo de cambio 1=1 y la apertura comercial irrestricta, las importaciones aumentan a una tasa mucho más rápida, generando un déficit comercial y en cuenta corriente incompatible con el mantenimiento del tipo de cambio. Si la economía no crece (o si decrece debido al estrangulamiento externo), entonces los ingresos fiscales caen y el Estado tiene que buscar financiamiento, ya que le está vedado financiarse con emisión. Esta contradicción permaneció enmascarada mientras entraron grandes cantidades de capitales del exterior, pero no ha sido resuelta.

El gobierno actual parece tener conciencia del problema y trata de solucionarlo sin tocar el tipo de cambio y sin afectar los intereses del establishment; esto es, manteniendo las definiciones básicas del modelo neoliberal. Usó el poder político con el que asume cada nuevo gobierno en la sanción de la ley de flexibilización laboral y en la reducción de los salarios nominales públicos, que no son más que parches.

Con esta política es posible durar, siempre que se consigan préstamos por 20.000 millones de dólares al año y puedan evitarse conflictos sociales mayores; pero no se advierte cómo podrán resolverse los desequilibrios externo y fiscal. Si no entran suficientes capitales para permitir una reactivación, es probable que en pocos meses se replantee la "dolorosa necesidad" de un nuevo ajuste. Si entran capitales, pero no se cambia nada estructural, entonces sólo se postergará el momento en el que se deberá optar entre una alternativa falsa (devaluación o dolarización), o por la verdadera: profundizar el modelo neoliberal o pasar al reformista.

2. Neoliberal sin paridad 1=1

En una devaluación es importante determinar quién pagará los costos: si serán los beneficiarios del modelo o quienes lo han sufrido. En otras palabras, los grupos de ingresos altos o los medios y bajos.

Antes que nada: ¿qué significa una devaluación? Sus efectos son múltiples. Ante todo, modifica los precios de unos bienes con respecto a otros (por ejemplo, la relación entre bienes y servicios); pero no termina allí, ya que también altera el valor recíproco de haberes y deudas.

Es normal que con una devaluación aumenten los precios de los bienes susceptibles de comercio exterior, ya que se encarecen las importaciones y se hacen más rentables las exportaciones; pero no siempre los precios de esos bienes subirán en la misma proporción que la devaluación. También es posible que aumenten algunos precios de bienes no sujetos a comercio exterior (en especial los servicios), por algún comportamiento de indexación, como se vió en el pasado.

Sin embargo, es muy probable que las tasas de crecimiento de los precios sean muy inferiores a la de la devaluación; después de casi una década con muy baja inflación y con recesión, el traslado de precios sería hoy mucho menor que en el pasado. Esto se verificó, por ejemplo, con la devaluación brasileña, y otras recientes3.

Aquí conviene aclarar un tabú: que suban algunos precios no es en sí mismo negativo, en la medida en que se corrijan algunas distorsiones de precios que traban la producción nacional. No tiene por qué ser perjudicial si le da rentabilidad a la industria y el agro nacionales, permite que productos nacionales sustituyan importaciones (hoy anormalmente baratas) y promueve el aumento del empleo productivo. El inconveniente es que si no se compensa el aumento de precios con una corrección de salarios se reduce el ingreso real de los asalariados. ¿Es posible evitar o minimizar esa pérdida y al mismo tiempo conseguir que los bienes exportables sean competitivos? En teoría sí, porque los bienes que no se exportan ni importan tienen un peso muy grande en el índice de precios al consumidor; además, los salarios han perdido importancia en los costos de las empresas frente, por ejemplo, al costo financiero. Pero en la práctica del modelo neoliberal no es así, porque los salarios son la variable de ajuste.

Además de su influencia sobre los salarios, la devaluación actúa en el plano financiero. Aquí se contraponen los que tienen deudas en dólares y quienes los atesoraron. Hoy, en la Argentina, el principal "perdedor" con una devaluación sería el Estado: a fines de 1998, el saldo de la deuda externa del sector público no financiero era de 70.300 millones de dólares, mientras que el saldo de activos del Banco Central era de 20.700 millones. Es decir, quedaba una deuda de casi 50.000 millones. En cambio, al sector privado no le iba tan mal: tenía 88.000 millones de dólares en activos y sólo 35.700 millones en deuda. A su vez, el sistema financiero (excluido el Banco Central) tenía 6.100 millones de dólares4,

En otras palabras, si sólo se consideran las deudas con el exterior, el sector privado en su conjunto está más que cubierto con activos en el exterior; una devaluación representaría para él una importante ganancia patrimonial (salvo algunos agentes en particular, que tengan más deudas que activos en divisas). Muy distinto es lo que ocurre con las deudas y activos en el sistema financiero nacional: una parte significativa de los agentes privados que han asumido deudas en dólares (por un monto total de 41.200 millones de dólares a fines de marzo de 2000), no son los mismos que tienen depósitos en dólares (44.800 millones de dólares a la misma fecha)5. Si se devalúa sin más, una parte de esos agentes se verá beneficiada y otra perjudicada, pudiendo enfrentar problemas para pagar su deuda o caer en insolvencia. La clave política está en quiénes son unos y quiénes son los otros.

Dentro de este modelo neoliberal, que ha beneficiado al sistema financiero y perjudicado a empresarios y consumidores, una eventual devaluación se haría sin compensaciones, por lo que resultarían afectados el Estado y algunos agentes privados. Entre los favorecidos estarían las empresas y personas que tienen saldos positivos en dólares (que significan poco en cuanto al número y mucho en poder económico). Entre los damnificados, varios cientos de miles de personas de ingresos medios y bajos que han contraído en dólares créditos hipotecarios y comprado automóviles o artículos electrodomésticos.

Se continuaría así con la vocación del modelo neoliberal: cargar los costos al Estado y a los grupos de ingresos medios y bajos; beneficiar a los grupos de altos ingresos, en este caso los dueños de los dólares.

3. Neoliberal con dolarización

En la dolarización un país adopta el dólar estadounidense como su moneda oficial. Desaparece la moneda nacional: se contabiliza, compra y ahorra en dólares. Consecuencias y limitaciones:

- al renunciar a la política económica se hace imposible integrar el Mercosur;

- desaparece el Banco Central, prestamista en última instancia del sistema bancario, con lo cual en caso de crisis los únicos bancos que subsistirán serán los extranjeros (puesto que sus casas matrices son las únicas que pueden aportar dólares);

- se deberán destinar 15.000 millones de dólares de las reservas a la función del circulante, lo que disminuiría las reservas a niveles que apenas cubrirían cuatro meses de importaciones;

- se perdería el señoreaje, que significa alrededor de 750 millones de dólares anuales;

- la deuda externa aumentará inexorablemente, pues cualquier salida abrupta de dólares se reflejará en el circulante y para mitigar una recesión será necesario inyectar más dólares, lo cual sólo es posible con más endeudamiento;

- ante un desequilibrio en la balanza de pagos no quedará más recurso que la cesación de pagos o la recesión para reducir importaciones;

- cualquier inestabilidad económica se ajustará por recesión y provocará desocupación.

El crecimiento -o el retroceso- económico queda subordinado en exclusividad a las exportaciones, las inversiones extranjeras directas y el endeudamiento externo, que ciertamente no lleva a un desarrollo sustentable. Para postergar el momento de la crisis, se seguirá dependiendo de las decisiones de los financistas internacionales. Además -y como si esto fuera poco- es inconstitucional6.

4. Reformista con paridad 1=1

Si se resolviera el paso al modelo reformista sin aplicar una devaluación durante algún tiempo, puede incidirse sobre el sector externo y el fiscal manteniendo el tipo de cambio 1=1. Para ello es necesario distinguir entre las varias políticas superpuestas de que consta la convertibilidad. Entre ellas, sobresalen tres: primero, el tipo de cambio fijo de 1=1 dólar; segundo, la apertura irrestricta a las importaciones y los flujos de capital y; tercero, el equilibrio fiscal. Si bien constituyen un sistema global, el pasaje hacia otro modelo puede hacerse por etapas; al mismo tiempo, se podría cambiar la distribución del costo del ajuste.

En cuanto al sector externo, el tipo de exportaciones que hace Argentina ha hecho posible que los valores exportados se mantengan o incluso aumenten a pesar del tipo de cambio: algunas son exportaciones intensivas en recursos naturales, otras son exportaciones manufactureras orientadas al Mercosur, en muchos casos intrafirma, por lo que el volumen exportado es poco sensible al tipo de cambio real. El problema consiste en diversificar exportaciones, en incrementar fuertemente su valor, y sobre todo en que se pueda reactivar sin que se disparen las importaciones. Para ello, se podrían utilizar diversos instrumentos diferentes del tipo de cambio. Por ejemplo: de acuerdo con el compromiso asumido ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), a la mayor parte de los productos que importa la Argentina se les puede fijar aranceles hasta del 35%, pero en la actualidad la tasa promedio es del 14%. Existe, pues, un margen importante para aplicar una política arancelaria selectiva, que debería coordinarse con los socios del Mercosur. Con respecto a las exportaciones, puesto que en gran parte se trata de comercio administrado y de transacciones intrafirma, deberían buscarse las mejores condiciones en el intercambio, sobre todo con Brasil.

En cuanto al tema fiscal, si se persiguiera un equilibrio -lo cual es un objetivo inadecuado en épocas de recesión- lo primero que debe decidirse es si se van a cortar gastos o a aumentar ingresos. El gobierno ha optado por la reducción de gastos, alegando que es imposible aumentar impuestos. Esto es cierto en lo que respecta a los impuestos que pagan los asalariados, que representaban en 1997 sólo el 31,7% del ingreso total7. ¿Por qué no cobrar impuestos sobre el 68,3% restante?8. En todo caso, cabe recordar que la presión fiscal en Argentina no se caracteriza por lo elevada: en 1997, los ingresos del sector público no financiero representaron 17.2% del PIB, pudiendo llegar a 21% si se le suman los recursos de jurisdicción provincial, porcentaje muy inferior al de otros países9.

Una simple enumeración, incompleta, de la importante cantera de recursos inexplotados:

a) las transferencias de aportes a las AFJP significan alrededor de 5.000 millones de pesos anuales, que deja de cobrar la ANSES, que no obstante paga la casi totalidad de las jubilaciones y pensiones. Si se reestatizara el sistema, esos fondos volverían al Estado. Si además se restablecieran en parte y de modo selectivo los aportes patronales, podrían recaudarse hasta otros 1.000 millones de pesos10.

b) según el ministerio de Economía, hay una evasión fiscal de 22.000 millones de pesos anuales.

c) renegociación de la deuda externa, cuyos intereses implicaron una carga presupuestaria de 8.663 millones de dólares en 1999.

d) la posibilidad de gravar con nuevos impuestos a las empresas que obtienen las mayores ganancias y realizan operaciones de gran magnitud. Cuando se analiza el sistema fiscal, se comprueba que la transferencia de bienes inmuebles y los contratos de concesión sólo pagan un impuesto provincial de sellos, que además se elude en gran escala, puesto que no rige en la Capital Federal. El profesor José Sbattella ha propuesto que se implante un impuesto a la transferencia de bienes, incluyendo inmuebles y activos financieros, que grave a las transacciones superiores a ciertos montos11. Otra área de posibles impuestos nuevos atañe a las empresas privatizadas. Debería estudiarse la viabilidad de un impuesto análogo al que aplicó el primer ministro inglés Anthony Blair a las empresas que su antecesora Margareth Thatcher había privatizado a bajos precios (altos no obstante, si se los compara con los remates efectuados en Argentina). El tesoro inglés obtuvo así 5.200 millones de libras, que las empresas pagaron sin chistar.

La segunda parte del modelo reformista consiste en saber para qué se van a utilizar los fondos recaudados. Aquí también parece haber un amplio margen para aumentar la eficiencia del gasto público y hacerlo parte de un programa de reactivación económica.

5. Reformista sin paridad 1=1

La salida de la paridad puede adoptar distintas formas y variar su significado según el modelo global de país en que se inserte. Como es un instrumento, se subordina a los objetivos políticos que se persigan.

Una forma puede ser el mantenimiento del tipo de cambio fijo, pero definido en función de las monedas de los países con los que la Argentina más comercia, y no únicamente con el dólar. Esto significaría considerar, además del dólar estadounidense, al euro y al real, monedas que se depreciaron con respecto del dólar en los últimos 18 meses: la paridad del peso tomaría en cuenta esa depreciación. De este modo, recuperaría su valor real del peso de fines de 1998. Ello, más que una devaluación respecto del valor real promedio que ha tenido el peso durante la convertibilidad, significa eliminar los efectos de la sobrevaluación del dólar respecto del euro y de la devaluación de las monedas latinoamericanas.

Tal forma de salir de la paridad con el dólar tiene ventajas e inconvenientes. Ventajas, porque minimizaría los riesgos de una presión contra el peso; inconvenientes porque no se recuperaría la capacidad de tener políticas monetarias y cambiarias flexibles y acordes con las necesidades de la coyuntura y del desarrollo de largo plazo.

La necesidad de ir más allá dependerá de si alcanza con ajustar de este modo el tipo de cambio, de manera que se pueda volver a crecer sin generar inmediatamente un desequilibrio en la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Otro aspecto que el modelo reformista debe tener en cuenta es cómo amortigua los efectos distributivos indeseados de una devaluación. El problema se centra en los efectos fiscales y en el endeudamiento de un grupo de agentes privados, en tanto otro grupo de agentes privados se beneficia con ganancias financieras. Dentro de un modelo reformista, bien se podría cobrar impuestos sobre las ganancias de capital, como ocurre en los países desarrollados: se oculta interesadamente que ésta es una de las claves de la transformación del déficit fiscal estadounidense en superávit. En cuanto a los agentes endeudados en dólares, no se debería repetir la experiencia de 1981-1983, de dar generosos seguros de cambio (a veces a posteriori) a quienes no los necesitaban (grandes empresas que habían fugado capitales); pero sí debería revisarse la situación de quienes se endeudaron en dólares para, por ejemplo, comprar su única vivienda12, equipos de trabajo o artículos para el hogar.

Un problema serio es el de los mayores intereses que el Estado debería pagar por la deuda externa. Para enfrentarlo, se requerirán impuestos como los señalados en la hipótesis 4, algunos de los cuales gravarían las ganancias generadas por la propia devaluación. Además, en la medida que se recupere el crecimiento, también aumentaría la recaudación fiscal.

Por último, y tal vez más importante, la devaluación debe ser parte de un esquema global de desarrollo. Haría factible en el mediano plazo un crecimiento sin estrangulamiento externo, con reindustrialización y aumento del empleo, pero en modo alguno lo garantizaría. Para ello, el Estado deberá desarrollar políticas activas, mejorar y convertir en más progresiva la recaudación de impuestos y hacer buen uso de su mayor margen de maniobra.

Sin el cepo de la convertibilidad se recupera el control de la política económica. Es posible entonces una política de expansión productiva que utilice todos los instrumentos y se base sobre los ingresos fiscales adicionales. A su vez, el tipo de cambio que le convenga al modelo reformista deberá facilitar el aumento de las exportaciones. A mediano plazo, el nuevo sistema debería tender a modificar la naturaleza de los bienes que se exportan; ya es hora que Argentina deje de ser vendedora de productos básicos y comience a producir y exportar manufacturas y servicios de alto contenido de mano de obra y "materia gris".

Nada de esto es simple. Requiere estudios profundos, voluntad política y discusión amplia. Ni la convertibilidad es el tótem que protege a la tribu, ni la devaluación el tabú cuya violación desencadenaría todas las calamidades.

  1. Véase André Comte-Sponville, Valeur et verité, Presses Universitaires de France, Paris, 1995.
  2. Hasta hace algunas décadas, se llamaba "contrarrevolucionarios" a aquellos que se oponían a las revoluciones de tipo socialista, inspiradas por la de 1917 en Rusia. Hoy les cabe más a aquellos que se oponen a los principios de la Revolución Francesa de 1789 y a la de Mayo de 1810.
  3. Alfredo F. Calcagno, "El régimen de convertibilidad y el sistema bancario en la Argentina", Revista de la CEPAL, 4-1997; A.E. y E. Calcagno, "El precio de la convertibilidad", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, febrero de 2000.
  4. Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, La Posición de Inversión Internacional de la Argentina, Buenos Aires, noviembre de 1999.
  5. Banco Central de la República Argentina, Boletín Monetario y Financiero, Buenos Aires, mayo de 2000.
  6. A.E. y E. Calcagno, "La deuda externa, un proyectopolítico", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, junio de 2000.
  7. Ministerio de Economía y Obras y ServiciosPúblicos, Sistema de Cuentas Nacionales, Argentina Año Base 1993, Buenos Aires, junio de 1999.
  8. Al defender el reciente recorte de salariospúblicos, el secretario de Hacienda afirmó que "lo nuestro fueun ajuste equitativo porque las empresas privadas ya bajaron los sueldos yahora le toca al Estado" (Página 12, 1-6-00).
  9. Ese año, los ingresos del sector público nofinanciero fueron de 33.6% del PIB en Colombia, 25.4% en México, 31.9% enVenezuela, 28.9% en Brasil (subiendo a 32.1% en 1998) y 23.7% en Chile (sólo el gobierno central). En Estados Unidos los ingresos del gobiernofederal son 33% del PIB, en Japón 37%, en Francia 54%, en Alemania 47%, en el Reino Unido, España y Nueva Zelandia, 41%…
  10. Jorge Beinstein, "Para salir de recesión y superar el círculo vicioso del ajuste", en trespuntos, Buenos Aires, 8-6-00; "La coartada de la globalización" y "El saqueo de las jubilaciones", en Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, julio y diciembre 1999 respectivamente.
  11. Propuesta presentada por José Sbattella en la cátedra de Economía de las Facultades de Humanidades y Ciencias de la Educación y de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata, mayo de 2000.
  12. A fines de 1999, el total de los créditos hipotecarios en moneda extranjera era de 11.869 millones de dólares. Banco Central de la República Argentina, Boletín Monetario y Financiero, cuarto trimestre de 1999.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Páginas:6, 7
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Venezuela, Japón, Alemania (ex RDA y RFA), España, Francia, Rusia