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El fascismo posible

El peor fascismo es el del hombre común", nos previno Agnés Heller. Cuando el nazi Adolf Eichmann fue secuestrado en Buenos Aires por un comando israelí, en 1960, este gran criminal de guerra vivía en una casa muy modesta y trabajaba como electricista en una pequeña industria de los suburbios. Ya en la antesala de la muerte, mientras aguardaba su ejecución, escribió unas anodinas memorias con el único objetivo de que su familia pudiese afrontar los gastos del juicio y el futuro. Allí indica que siempre obedeció a sus padres y maestros, que su sentido del deber y la disciplina le hacían impensable desobedecer una orden. Fue por obediencia debida que asumió la tarea de ejecutar un genocidio.

Un hombre común, de esos que la gente común pondera y hasta admira en tiempos comunes. No todos los hombres y mujeres comunes, la mayoría en cualquier sociedad, son capaces de meter gente indefensa en una cámara de gas, pero sí de cerrar los ojos ante la injusticia y el crimen, adorar sin reservas a demagogos, apoyar guerras insensatas o apalear extranjeros, como acaba de ocurrir en España (ver pág. 8). Son los hombres y mujeres comunes, los vecinos de enfrente, quienes dan sustento al fascismo. Forma extrema del populismo, sin apoyo de masas no hay fascismo, sino vulgares dictaduras. La pregunta es entonces: ¿qué lleva a un trabajador, a un pequeño comerciante, a campesinos y hasta a estudiantes, profesores e intelectuales a adherir al fascismo? La respuesta es compleja, según las sociedades y el momento de la historia, pero es posible rastrear un denominador común: el miedo. Se dirá que es perfectamente comprensible el miedo de los alemanes de la devaluada y humillada República de Weimar, pero ¿a qué temen los votantes de Haider en la rica y bucólica Austria? Una respuesta posible es que en la era de Internet tienen miedo del mundo tal como va y pretenden no ya arianizarlo, sino módicamente encerrarse en sí mismos, protegerse, rechazar el desempleo, al extranjero, la inseguridad, la Unión Europea, todo lo que su común educación e inteligencia les señala como peligro, real o inminente. Subestiman o desprecian a los partidos políticos democráticos, es decir a la democracia, en una progresión ineluctable.

¿Hay razones para el miedo y esa secuela en el hombre común? En casi todo el mundo las hay actualmente. La globalización es un hecho, producto necesario y deseable de los prodigiosos desarrollos de la ciencia y la técnica. Pero no es inevitable que deba producirse de manera salvaje. Los Estados pierden el control de sus economías y sus gobernantes políticos, izquierda y derecha confundidas, devienen simples agentes de intereses distintos de las sociedades que representan. La industria, el agro y los principales recursos de los países menos desarrollados pasan a manos de las multinacionales, esos entes anónimos e ilocalizables, a precio de remate. Se deterioran o pierden por completo derechos sociales -educación, salud, vejez- que costó décadas y enormes sacrificios conseguir. Se agranda escandalosamente la brecha entre países ricos y pobres, entre ricos y pobres de cada país, incluso en los países ricos; enormes sectores de población quedan aparte, librados a su suerte. Las clases políticas, instituciones, empresas y ciertos sectores de las sociedades se mafistizan. Se deteriora el medio ambiente, aparecen enfermedades nuevas y reaparecen otras viejas que se creían vencidas.

La globalización, tal como ocurre, mata el pasado, ennegrece el presente y borra futuro. ¿Cuál es la razón por la que los jóvenes deberían abrevar en la experiencia de los mayores, respetar las instituciones, no inclinarse al nihilismo? Tomemos por caso el tema de la inseguridad. Dejando de lado por un momento que los grandes problemas de inseguridad son producto de la mafistización (el lavado de dinero del narcotráfico es el maná de los bancos, del "crecimiento" de algunas economías y de muchos partidos políticos) y de la corrupción institucional, la pregunta que hay que responder sinceramente es: ¿por qué un trabajador injusta y súbitamente empobrecido hasta la desesperación, un marginal sin presente ni futuro debería respetar a instituciones y personas que no lo respetan, de los que nada le cabe esperar? Desde este punto de vista, es asombroso que la inseguridad no sea mayor. La gran paradoja de este tiempo es que mientras exploramos y habitamos el espacio, nuestras sociedades regresan poco a poco al tribalismo. Hoy por hoy el mundo entero es en todo, en la especulación y la riqueza ostentosas y desenfrenadas, en las instituciones y Estados devaluados y humillados, en la miseria insufrible, el futuro incierto y la identidad inasible, una gran República de Weimar.

Se ha hablado mucho de la implosión de la Unión Soviética, del "socialismo real", esa monstruosa deformación del humanismo y el marxismo. Poco o nada de la implosión de una democracia de medio siglo, en Venezuela. O de la Democracia Cristiana italiana, a la que podría seguir la de la alemana, luego del affaire Kohl (en el rebufo de esta crisis y la ascensión de Haider, se acaba de fundar en Alemania un nuevo partido de extrema derecha)1. En España, un jefe de Estado socialdemócrata, Felipe González, toleró o apañó el terrorismo de Estado para "luchar" contra los terroristas de ETA. Otro, François Mitterrand, ordenó en Francia actos de terrorismo contra los ecologistas de Greenpeace y protegió a sus autores; su administración fue una de las más corruptas de este siglo. El inglés Anthony Blair acaba de apañar un fraude escandaloso en el Partido Laborista londinense para impedir que Ken Livingstone, un militante que se opone a su política liberalizadora, resulte candidato2. La popularidad de Blair ha descendido del 70 al 27% y existen riesgos de división en el viejo Labour3. En Argentina el nuevo gobierno, que suscitó enormes esperanzas, aprobó una reforma tributaria que exime a los bancos y multinacionales y grava a las clases medias y sectores populares, acentuando así las perspectivas de recesión y deslocalización de empresas; pactó una reforma laboral absurda, sólo por dar gusto al FMI, con los sindicalistas más corruptos y devaluados y concedió al gobernador Carlos Ruckauf, un político con el estilo duro y las maneras suaves de un Haider potencial, las leyes represivas que éste solicitaba4.

Son sólo algunos ejemplos. El hombre común tiene razones para sentirse desorientado. Incluso en Estados Unidos la gente se aparta del juego democrático5. Los partidos políticos han devenido un magma confuso, en el que izquierda y derecha se copian las malas artes y olvidan las razones y objetivos que exponen ante la ciudadanía. Quizá sea hora de que ésta tome en sus manos la democracia de manera activa, oponiéndose por ejemplo a deudas, tributos y desnacionalizaciones injustas, antes de que el fascismo, más que posible, resulte real.

  1. "Neonazis en Alemania", La Nación, Buenos Aires, 17-2-00.
  2. Patrice Claude, "Tony Blair impose aux militants du Labour son candidat à la mairie de Londres", Le Monde, 22-2-00.
  3. María Laura Avignolo, "El laborismo se divide…", Clarín, Buenos Aires, 29-2-00.
  4. Ver "La patria sindical", veintidós, Buenos Aires, 24-2-00; Claudio Lozano, "Sí, bwana", veintidós, Buenos Aires, 17-2-00; Ana Gerschenson, "De la Rúa y los gobernadores…", Clarín, Buenos Aires, 29-2-00 y James Neilson, "Ruckauf, la sonrisa del lobo", Noticias, Buenos Aires, 19-2-00.
  5. Daniel Lazare, "Dictadura constitucional en Estados Unidos", Le Monde diplomatique, Ed. Cono Sur, febrero 2000.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:3
Temas Ultraderecha, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia)
Países Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Alemania (ex RDA y RFA), Austria, España, Francia