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Una cuestión de muerte o pobrezaLa XIII Conferencia Internacional sobre Sida finalizó sus trabajos el 14 de julio pasado en Durban, Sudáfrica. A pesar del clima generalizado de sospechas, desencadenado por el presidente sudafricano Thabo Mbeki a causa de sus controvertidas posturas sobre la enfermedad, esta reunión terminó con una nota de esperanza. El mundo parece haber tomado conciencia de la dimensión planetaria del reto.Se consiguieron dos sumas importantes: Estados Unidos anunció mil millones de dólares en préstamos a los países de África situados al sur del Sáhara para permitirles conseguir con menor dificultad los (muy costosos) medicamentos; el Banco Mundial debería financiar, en torno a los 500 millones de dólares, a los países que pongan en marcha un programa nacional de lucha. Cifras que, aunque esperanzadoras, no pueden en ningún caso justificar triunfalismo alguno: el 10 de enero, ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el director ejecutivo de Onusida, Peter Piot, afirmaba que sería necesario movilizar "entre 1.000 y 3.000 millones de dólares por año" para luchar eficazmente contra la propagación de la enfermedad en África1. Ante esta misma instancia, Mark Malloch-Brown, administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), recordaba que Estados Unidos gasta 10 mil millones de dólares cada año en la lucha contra el Sida en su territorio (40.000 nuevos casos anuales), mientras que en África, donde cada año se infectan 4 millones de personas, se gastan solamente 165.000 dólares2. Por su parte, el G-8 se ha comprometido a trabajar en el marco de una cooperación reforzada con los gobiernos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otras instancias internacionales, las industrias (especialmente las compañías farmacéuticas), las instituciones académicas y las asociaciones, para reducir en un "25%, con el horizonte del año 2010, el número de jóvenes infectados por el virus del VIH/SIDA". Sin embargo, no existe unanimidad en cuanto a la manera de combatir la plaga. Es un asunto de mucho dinero, ambiciones morales y rivalidades científicas, que son otros tantos puntos de desacuerdo. En el centro de esas contradicciones se encuentra la grave crisis desencadenada por el presidente sudafricano Thabo Mbeki en marzo del 2000. En una carta dirigida al presidente estadounidense William Clinton, subrayaba la estrecha relación específica que creía percibir entre las muertes masivas provocadas por la enfermedad en algunas regiones del mundo -como África- y, por otra parte, la pobreza masiva endémica que ahoga a esas regiones. Como conclusión el Presidente sudafricano insinuaba una propuesta: cualquier estrategia dirigida a la erradicación del Sida sólo puede ser eficaz si se tiene en cuenta, de manera objetiva y realista, el factor pobreza. Thabo Mbeki escribía: "Está claro que cualesquiera que sean las lecciones que saquemos de los conocimientos occidentales sobre la grave cuestión del Sida y del VIH, la simple superposición de la experiencia occidental a la realidad africana sería absurda e irracional (…) Estoy convencido de que nuestro deber más urgente es responder, de manera específica, a los peligros específicos que nos amenazan a los africanos. No retrocederemos ante esta obligación para elegir la solución más cómoda de "recitar un catecismo" que, sin duda, puede ser una respuesta correcta al Sida tal y como se presenta en occidente, pero no necesariamente en África". Subrayaba luego que las cifras que se conocen de la tragedia no son más que estimaciones, más o menos sofisticadas, que camuflan una realidad ciertamente más trágica aún si los Estados africanos tuvieran una estadística fiable3. Esas palabras han tenido menos repercusión que el eco dado por Mbeki a las teorías "disidentes" (según las cuales el VIH no sería la causa del Sida), que levantaron una oleada de protestas por parte de numerosos científicos y Organizaciones No Gubernamentales. Firmada por más de 500 personas, entre ellas varios Premios Nobel y algunos otros investigadores eméritos que trabajan sobre la pandemia, la "declaración de Durban"4 se situó, con fuerza, contra las palabras de Mbeki, a pesar del apoyo que le dio Nelson Mandela. Sin embargo, más allá de las actuales conclusiones científicas sobre el origen del mal -que nadie discute en el estado actual de la investigación- existe una relación estrecha entre pobreza y muerte masiva causada por el Sida5. La OMS subraya: "La pobreza ejerce su influencia sobre todos los estadios de la vida humana, desde la concepción hasta la tumba. Conspira con las enfermedades más mortales, y más dolorosas, para hacer miserable la existencia de todos los que la padecen (…) Algunos países en desarrollo dedican menos de 4 dólares por año a los cuidados de salud de cada habitante, es decir, una suma inferior a la que numerosas personas, en los países desarrollados, llevan en el bolsillo o en la billetera. Según cálculos efectuados en 1993, un habitante de uno de los países menos avanzados del mundo tiene una esperanza de vida de 43 años. En uno de los países más desarrollados esta esperanza de vida es de 78 años. (…) En 5 países la esperanza de vida debería disminuir, de aquí al año 2000, mientras que va a aumentar en todo el resto"6. Vulnerabilidad de las mujeresEl Sida es tanto un desafío humano de salud como un reto económico y financiero. Mata sistemáticamente a todos a quienes afecta en África, lo que no ocurre en los países ricos de Europa o América. La actual evolución de la ciencia permitiría el paso de "plaga sistemáticamente mortal" a "enfermedad mortalmente crónica". Sin embargo, el "cóctel" de medicamentos puesto a punto para el tratamiento cuesta alrededor de 15.000 dólares por año y enfermo. Ni siquiera el país africano más rico, Sudáfrica, puede dedicar más de 40 dólares del presupuesto de salud a cada uno de sus ciudadanos. La infección intra-uterina está en fase de convertirse en una de las principales vías de transmisión de la enfermedad a los niños africanos; la gran mayoría de los pequeños africanos infectados se han contagiado en el vientre de su madre. Con relación al total mundial, se estima que dos tercios de los casos de transmisión del Sida de la madre al niño tienen lugar en África7. Además, las estadísticas demuestran que alrededor del 33% de los hijos de una madre enferma se contaminan durante el embarazo. Pero en el estado actual del progreso científico se sabe que el tratamiento con AZT puede reducir a la mitad este índice de contagio8. Mientras que la lactancia suele ensalzarse por sus ventajas nutritivas, las Naciones Unidas acaban de descubrir que cerca del 15% de las madres enfermas de Sida infectan a su bebé -nacido sano- durante la lactancia. Por eso, aunque el contagio in utero se redujera en un 15% gracias a un eventual tratamiento con AZT, seis meses después del nacimiento el índice alcanzaría el 30%, a causa de la transmisión mamaria, un fatal regreso al punto de partida9. Lo ideal, en esas condiciones, sería la alimentación sistemática con biberón de todos los niños nacidos sanos de madres portadoras de virus VIH. Teniendo en cuenta el precio de la leche en la farmacia no hace falta ser científico para encontrar una relación muy estrecha entre la muerte por Sida de esos bebés paradójicamente condenados a la lactancia materna y, por otra parte, la pobreza10. Por cada 10 hombres, 12 mujeres viven con el VIH en esta parte del mundo. Se subrayan especialmente los índices terriblemente elevados entre las adolescentes y las jóvenes entre 20 y 25 años. De hecho, política y sexualmente sin derechos, en parte sin poder, la mujer africana padece, como víctima resignada, una situación ante la cual no tiene ninguna posibilidad constructiva de reacción. La guerra -y su consecuencia inmediata, los campos de refugiados- constituye actualmente uno de los principales vehículos del Sida en el continente. Se trata de dos circunstacias trágicas en las cuales la violación diaria se ha convertido casi en una banalidad. Acusado de negarse a luchar contra la enfermedad, Mbeki se ha declarado enormemente sorprendido por "esa especie de tempestad" surgida en torno a sus "dudas" y a su necesidad legítima de comprender mejor las profundas causas de la desgracia que asola el continente africano. Y ha recordado el plan de batalla, de seis puntos, puesto en marcha por su gobierno: la sensibilización del pueblo sudafricano sobre la realidad y el inmenso peligro que representa la terrible epidemia; eliminación de la pobreza, "la asesina más implacable y más eficaz"; lucha contra las "enfermedades oportunistas" del Sida (tuberculosis y otras enfermedades de transmisión sexual); garantía de una "respuesta humana" para los que viven con la enfermedad, así como para los huérfanos del Sida; contribución a los esfuerzos internacionales para desarrollar una vacuna; profundización en la investigación para la medicación anti-retroviral. Seguramente no ha sido inútil que el Presidente sudafricano haya provocado un debate sobre esta crisis de salud de enormes proporciones y sobre el peligro que tendría tratar de imponer a África modos de tratamiento que se han probado en otras partes, pero que podrían resultar sin efecto determinante en el caso específico de ese continente. "Seguimos estando convencidos de la necesidad que tenemos de comprender mejor lo que podría ser una respuesta adaptada a nuestro contexto, que está caracterizado por un elevado nivel de pobreza y epidemia", afirma. Es por eso que ha creído necesario rodearse de un equipo de científicos "de todos los talantes", hombres de ciencia, quizá de opiniones divergentes pero de los que espera respuestas fiables y eficaces para esas lacerantes preguntas…11. Persiste no obstante en la ambigüedad al conceder una fuerte representatividad, en ese consejo de expertos, a los científicos "disidentes" que niegan la relación entre el virus VIH y el Sida.
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