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El alto costo de la adhesiónPara los países de Europa del Este candidatos a integrar la Unión Europea (UE), los requisitos de ingreso significan de hecho la aplicación de políticas de ajuste estructural. Esas políticas vuelven a esos países cada vez más desiguales socialmente y más pobres, sin que ello signifique la garantía de su integración, dado que el derecho a solicitud de adhesión no la otorga automáticamente.La UE enfrenta una decisión crucial: cuando delimite sus fronteras geopolíticas y económicas, determinará también su identidad. Desde la perspectiva de Europa del Este, los Quince siguen siendo el corazón de la región del mundo capitalista desarrollado que goza de mayores libertades y ventajas sociales, derivadas de siglos de luchas obreras, de la resistencia al fascismo y de los restos de una guerra fría que se libró también en el campo de las conquistas sociales. El mismo euro se presentó como un medio para resistir la globalización neoliberal, impulsada por los países anglosajones, bajo la hegemonía del dólar. Pero las poblaciones de Europa del Este constatan que las transformaciones exigidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea son idénticas. "Objeto institucional no identificado", según la fórmula de Jacques Delors, la UE es, en efecto, el resultado de decisiones políticas sucesivas, encarnadas en ciertos tratados, que permiten que los distintos gobiernos disimulen sus opciones detrás de las decisiones que "se toman afuera". La UE obedece a una lógica identificable, que prevalece también en la Organización Mundial del Comercio (OMC): acorde con las hipótesis de un mercado regulador, expresa la primacía del derecho a la competencia. Éstos son los "ideales" que la Comisión Europea defiende calurosamente (a semejanza del organismo de conciliación de diferendos de la OMC) y que impone a los países del Este candidatos a la adhesión. Para los gobiernos que están en el poder en estos países, en particular para los que se dicen de izquierda, la perspectiva de la adhesión a la UE es la zanahoria con que consiguen hacer tragar (cada vez con mayor dificultad) la píldora de los ajustes estructurales. Criterios de ingreso a la UEEn la práctica, en la cumbre de Copenhague (21-6-93), quedaron planteados tres grandes grupos de criterios para la ampliación de la UE: la existencia de una democracia política, específicamente respetuosa de las minorías; la de una economía de mercado "capaz de hacer frente a las presiones de la competencia y a las fuerzas del mercado", y por último la recuperación integral de los "logros comunitarios" tal como estén en el momento de la adhesión. Pero "el derecho a presentar un pedido de adhesión no confiere el derecho a la adhesión", según recuerda el último informe del Comisariado General del Plan1. El primer criterio, el político, es el más fácil de alcanzar y el más universalmente aceptable, si bien no exento de arbitrariedades, más allá del pluralismo…2 El segundo criterio choca con los efectos del ajuste estructural de esas sociedades a la lógica mercantil capitalista y a las privatizaciones. El cambio radical de sistema y de reglas de juego produce una desagregación socio-económica que desafortunadamente no se reduce a la eliminación de los atolladeros burocráticos3. Lejos de transformarlos en países "aptos para afrontar la competencia" y de elevar sus niveles de vida, esta desagregación profundiza las diferencias de desarrollo (entre países, y en su seno, entre regiones) y empobrece a la gran masa de las poblaciones. Lo que plantea, a su vez, la cuestión del tercer criterio. El "logro comunitario" consiste especialmente en la Política Agrícola Común (PAC) en plena redefinición, y en los fondos estructurales (que apuntan a ayudar a los países y regiones más pobres de la UE). ¿Cuáles son las reglas y los derechos que pueden esperar los nuevos candidatos, más agrícolas y más pobres que los miembros actuales? Según se expresa en algunos miles de indigestas páginas, "el logro" corre el gran riesgo de evolucionar según la lógica de austeridad presupuestaria que se impone no sólo a cada país miembro (criterios de Maastricht, pacto de estabilidad presupuestaria), sino también a la UE en tanto tal. Mientras Estados Unidos dispone de un presupuesto federal que representa el 20% de su PBI y su Reserva Federal lleva adelante una política monetaria mucho más flexible que la del Banco Central Europeo, en marzo de 1999, al finalizar las negociaciones de la Agenda 2000, los Quince decidieron que los egresos deberían mantenerse por debajo del 1,27% del PBI agregado de la UE. Los costos de la guerra de Kosovo y del Pacto de estabilidad de Europa del Sudeste ya quebraron este marco; los gobiernos bomberos-piromaníacos de la Alianza Atlántica deben afrontarlos. La UE se niega a aumentar sus recursos (¿quid de los gravámenes a la especulación financiera?), excluyendo así el otorgamiento a los nuevos países candidatos de la ayuda que sí recibieron sus predecesores. Corre el riesgo, por añadidura, de sacar un poco del Sur para dárselo al Este. Según la lógica interna y externa de la UE, la "seguridad" del continente no se concibe como primordialmente derivada de su nivel de prosperidad y de un alineamiento hacia arriba de los niveles de vida, sino de la eliminación de todas las protecciones en beneficio de una masiva entrada en competencia en pos del menor costo social y la menor fiscalización del capital: ¿podrán las restricciones inmigratorias de Schengen y la OTAN contener las explosiones sociales y nacionalistas, así como las desesperadas migraciones nutridas por la profundización de las diferencias de desarrollo? El informe del Comisariado General del plan ilustra la euforia de un pensamiento dogmático seguro de sí mismo: "El mejor medio ambiente económico (léase las privatizaciones y la competencia mercantil) va a permitir "una mejor utilización del capital y del trabajo" asegurando tasas de crecimiento de entre el 5 y el 6,5%"… En el suplemento del boletín Riesgos emergentes, de la Caja de depósitos y consignaciones, se zanja la cuestión con optimismo: "El crecimiento promedio de la región (se refiere a los diez países candidatos de Europa del Este), ponderado según los PBI en dólares, luego de haber rozado el 0% a principios de año, debería ubicarse entre el 1,7 y 2%, o sea, el resultado menos bueno desde el 0,8% registrado… en 1993"4. Teniendo en cuenta el sistemático déficit de la balanza de las transacciones normales de todos esos países con la UE, "parece evidente que en un plazo más largo, la incapacidad de los países del Este de exportar lo bastante como para cubrir sus necesidades, plantea un problema" dentro de unas economías supuestamente (según los criterios de Copenhague) "aptas para resistir las presiones de la competencia". De donde la pregunta: "¿Cabe calificar así a países donde las exportaciones representan a veces menos de los dos tercios de las importaciones?". Y además: "¿Es compatible la recuperación del nivel de vida con la estabilización de las economías?"5. Lo que los economistas llaman, sin rastros de humor, "estabilización", abarca los programas de lucha contra la inflación que significan la contracción de los créditos económicos y del gasto público… El consejo europeo de Helsinki marcó un cambio de rumbo en 1999: las negociaciones de adhesión, antes previstas en dos tandas6, se abrirían a todos los candidatos que cumplan con el primer criterio político de Copenhague, pero sin ningún compromiso de calendario de cierre. Los avances y retrocesos serán examinados caso por caso. De ambos lados, las dificultades son considerables, dado que las posiciones previas distan de quedar claras: ¿a qué proyecto se supone que adherirán los países candidatos? ¿De qué "logro comunitario" se trata? ¿Qué objetivos habrán de fijarse, y por consiguiente qué presupuesto? Finalmente, ¿cuándo empezaremos a cuestionar las políticas de ajuste estructural que empobrecen cada vez más a la inmensa mayoría de la población de Europa del Este, y por consiguiente vuelve su adhesión cada vez más costosa o lejana? Es tiempo de concebir al continente europeo (abierto hacia el Sur y el Este) como una nueva edición de la lucha -que ya es planetaria- por los derechos humanos y sociales universales y no como un acelerador de la globalización neoliberal.
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