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La aurora

La protesta civil que hizo fracasar la cumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle expresa la necesidad y la voluntad de construir un contrapoder mundial frente al cuadrilátero formado por el FMI, el Banco Mundial, la OCDE y la OMC que, indiferente al debate democrático, gobierna el planeta.

" - ¿Cómo se llama, cuando nace el día, como hoy, y todo está arruinado, todo está saqueado, y sin embargo se respira el aire, y todo está perdido, la ciudad arde, los inocentes se entrematan, pero los culpables agonizan, en un rincón del día que nace?

-Eso tiene un nombre muy hermoso. Se llama la aurora."

Jean Giraudoux, Electra, 1937

Una luz nació en Seattle, cuando el siglo se extinguía. Desposeídos durante demasiado tiempo de su palabra y sus opciones, hubo ciudadanos que dijeron con fuerza: "¡Basta!". Basta de aceptar la mundialización como una fatalidad. Basta de ver que el mercado decida en lugar de los electos. Basta de ver al mundo transformado en mercancía. Basta de sufrir, de resignarse, de someterse.

Es preciso atribuir en gran parte la victoria sobre la Organización Mundial de Comercio (OMC) a lo que aparece como un embrión de sociedad civil internacional, que reúne a decenas de Organizaciones No Gubernamentales (ONG), colectivos de asociaciones, sindicatos y redes de países múltiples 1.

En el curso de la última década, el fenómeno de la mundialización y el laxismo de los dirigentes políticos favorecieron la discreta puesta en marcha de una suerte de ejecutivo planetario, de gobierno real del mundo, cuyos cuatro actores principales son: el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y la OMC. Indiferente al debate democrático y no sujeto a sufragio universal, este poder informal conduce de hecho la Tierra y decide soberanamente el destino de sus habitantes. Sin ningún contrapoder que venga a corregir, enmendar o rechazar sus decisiones. Porque los contrapoderes tradicionales -parlamentos, partidos, medios de comunicación- son o muy locales o muy cómplices. Para hacer de contrapeso a ese ejecutivo planetario, se hacía sentir confusamente la necesidad de poner en marcha un contrapoder mundial.

Al retomar la antorcha de la impugnación internacional, los manifestantes de Seattle empezaron a construirlo. De alguna manera colocaron la primera piedra de un nuevo espacio de representación mundial, en cuyo seno la sociedad civil planetaria debiera ocupar un lugar central.

Sí, Seattle constituye un vuelco. La demanda de justicia e igualdad que atraviesa la larga historia de la humanidad como un mar de fondo, resurge en esta oportunidad. Después de haber logrado los derechos políticos primero y los derechos sociales después, los estragos de la mundialización impulsan a los ciudadanos a reclamar una nueva generación de derechos, esta vez colectivos: derecho a la paz, a una naturaleza preservada, a la ciudad, a la información, a la infancia, al desarrollo de los pueblos…

De ahora en más es inconcebible que esta naciente sociedad civil no esté mejor representada en las próximas grandes negociaciones internacionales para discutir en esos ámbitos problemas vinculados con el medio ambiente, la salud, la supremacía financiera, lo humanitario, la diversidad cultural, las manipulaciones genéticas.

Porque ahora hay que pensar en construir un futuro diferente. Ya no se trata de conformarse con un mundo donde mil millones de habitantes viven en la prosperidad, otros mil millones sobreviven en la más atroz de las miserias y cuatro mil millones disponen de recursos que se acercan al mínimo vital. Es hora de admitir que otro mundo es posible2. Y de refundar una nueva economía, más solidaria, fundada en el principio del desarrollo duradero y que coloque al ser humano en el centro de las preocupaciones. Empezando por desarmar al poder financiero, que en el curso de los últimos veinte años no ha dejado de roer el territorio de lo político, reduciendo de modo alarmante el perímetro de la democracia. El desmantelamiento de la esfera financiera exige una tasación significativa de los ingresos del capital, y muy especialmente de las transacciones especulativas en los mercados de cambio: la tasa Tobin3. También hay que boicotear y eliminar los paraísos fiscales, zonas donde reina el secreto bancario y que sirven para disimular las malversaciones y otros delitos de la criminalidad financiera.

Asimismo hay que imaginar una nueva distribución del trabajo y los ingresos en una economía plural donde el mercado ocupe sólo parte del espacio, con un sector solidario y un tiempo liberado cada vez más importante.

Es preciso establecer un ingreso básico incondicional para todos, que se le otorga a cada individuo desde que nace, sin ninguna condición de status familiar o profesional. El principio, revolucionario, es que cada cual tiene derecho a ese ingreso básico porque existe, y no para existir. La instauración de este ingreso se funda en la idea de que la capacidad productiva de una sociedad es el resultado de todo el saber científico y técnico acumulado por las generaciones anteriores. Los frutos de ese patrimonio común deben beneficiar al conjunto de los individuos bajo la forma de un ingreso básico incondicional. Que podría extenderse a toda la humanidad, porque de ahora en más el producto mundial equitativamente distribuido bastaría para garantizar una vida confortable al conjunto de los habitantes del planeta.

En este sentido, hay que restituir su lugar a los países pobres del Sur, poniendo fin a las políticas de ajuste estructural; anulando buena parte de su deuda pública; incrementando la ayuda al desarrollo y aceptando que éste no adopte el modelo del Norte, insostenible desde el punto de vista ecológico; promover economías autocentradas; defender los intercambios equitativos; invertir masivamente en escuelas, viviendas y salud; favorecer el acceso al agua potable de los 1.500 millones de personas que se ven privadas de ella; establecer, sobre todo en el Norte, cláusulas de protección social y del medio ambiente sobre los productos importados, que garanticen condiciones de trabajo decentes a los asalariados del Sur, como asimismo la protección de los medios naturales.

A este programa hay que añadir otras urgencias: el Tribunal Penal Internacional, la emancipación de la mujer a escala planetaria, el principio de precaución contra todas las manipulaciones genéticas. Utopías que se han convertido en objetivos políticos concretos para el siglo que comienza. ¿Cómo se llama ese momento en que se vuelve posible otro mundo? Tiene un nombre muy hermoso. Se llama la Aurora

  1. Carlos Gabetta, "Socialresistencia", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, diciembre de 1999.
  2. Leer el dossier "Un autre monde est possible", en Manière de voir n. 41, Paris, septiembre-octubre de 1998.
  3. Este es el objetivo de la asociación internacional Attac (Asociación por una tasa a las transacciones financieras de ayuda a los ciudadanos). ATTAC Argentina: Julio C. Gambina, Maipú 73, 3º
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Política), Geopolítica, Movimientos Sociales
Países Estados Unidos, Argentina