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¿Está superado el libro?

A la pregunta del título, el autor responde con una reflexión sobre el espacio público en la era digital, que ya no es ni el de la Grecia antigua ni el del Siglo de las Luces, sino que se fragmenta hasta diluirse. Cada fragmento es ocupado por una categoría distinta de lectores-intérpretes, que ya no son ni los oyentes activos de la antiguedad, ni los lectores sumisos de textos sagrados del medioevo, ni los lectores críticos de la Ilustración.

¿Seguirá ejerciendo la cifra tres su mágico poder sobre los espíritus contemporáneos? Es preciso constatar que los esquemas de estructura prefijada que dividen la historia en tres partes (de las cuales la última es naturalmente la mejor) logran el apoyo de la gente apresurada, convencida de su pertenencia a la nueva era paradisíaca.

Según el lugar común, estas tres etapas serían: una sociedad oral (arcaica por carecer de técnica, sin progreso, historia ni igualdad), seguida por una sociedad del libro (encaminada, gracias a la imprenta, hacia el progreso científico, la igualdad y la libertad) y a continuación una sociedad de comunicación electrónica.

Para quienes han estudiado algo de la historia de las ideas o de las civilizaciones, de sociología o antropología, resulta evidente que semejante concepto es errático tanto en su contenido como en el método que lo apuntala. Este consiste en bosquejar grandes cuadros de conjunto donde se inscriben entremezclados los inventos científicos y técnicos junto a la evolución de las costumbres sociales y políticas, estableciendo entre ellos una relación causa-efecto. El papel y la función del libro, de la lectura y por consiguiente de la escritura, no se pueden enfocar tan groseramente. En cada época, la nuestra incluida, coexisten diversas formas de transmisión del saber. Sobre todo se deben observar los vínculos multipolares, de racionalidades múltiples, que surgen entre las nuevas técnicas y los cambios ocurridos en la sociedad; vínculos que impiden establecer una causalidad unilateral entre técnica y sociedad1.

La relación existente entre lo oral y lo escrito, pasa por un concepto de lectura que dista de ser unívoco.

En la antigua Grecia, la lectura fue originalmente oral, en voz alta ante un auditorio (destacando bien letras y sílabas), antes de pasar a ser silenciosa, es decir individual2. El paso de la lectura en alta voz -que convoca la crítica y el debate en un espacio "público"- a la lectura silenciosa, que sólo se hace pública con posterioridad, constituye un momento significativo en la transformación de las costumbres, así como en la definición de los términos "público" y "privado", "comunidad" e "individuo" y en los métodos de adquisición del saber.

En la antigua Grecia -modelo de nuestro espacio democrático- distinguimos posiciones contrastadas entre un saber que se expresa oralmente y otro que requiere el apoyo de una grafía. Muchos textos de Platón exaltan la superioridad del conocimiento no escrito (la escritura, texto registrado, es una coartada de la memoria y provoca pereza mental). Además, el lector se encuentra en una posición subalterna; está sujeto al texto que lee, hasta convertirse en esclavo del escribiente. La relación lector/escribiente es la de un alumno sometido a su maestro. En griego se le llama sin rodeos katapugon (sodomizado). El escribiente se encuentra en posición de fuerza ante el otro, pero la escritura para él es un hecho de sustitución, una mala copia de la memoria. De donde el epíteto despectivo que le lanzara Platón a Aristóteles: "Es un lector". Donde hoy veríamos un elogio, desciframos una reprobación.

El espacio público que se constituye es entonces aquel donde se enfrentan disímiles argumentos en una discusión de buena fe, a propósito de un discurso (oral) o de un texto leído en voz alta (como Fedro, que lee un texto de su maestro Lisias, en el diálogo de Platón que lleva su nombre). La discusión puede ser tanto oral como escrita, según se deduce de las críticas que los escritores filósofos dirigen a sus antecesores o a sus contemporáneos. Su transcripción en forma de diálogos (Platón) sus transposiciones a comedias (Aristófanes), ponen en evidencia el complejo vínculo que se entabla entre el libro, la palabra y la discusión crítica.

De tal suerte se perfilan mecanismos de lectura variados que se concretan de manera simultánea, vinculados con la posición social, la profesión y el régimen político y religioso. Si el libro laico suscita controversias públicas, el dispositivo religioso pone en escena"El Libro", seguido al pie de la letra por sus lectores sometidos. Lectura silenciosa, o susurrada en la confidencia de una lectura "literal", el espacio público se cierra por un tiempo y ya no responde a los requisitos de un espacio de discusiones críticas.

La interpretación

En la Edad Media, el comentador (de los textos sagrados o inobjetables, como los de Aristóteles, precisamente el "lector") no se desvía ni un milímetro del camino trazado. Para recuperar el significado del espacio público es entonces necesario rebelarse contra esa lectura sumisa y apelar al concepto de interpretación. En apoyo de esta liberación del lector, paralela a una nueva vida de los textos, tan sólo citemos a Spinoza: "Cada cual debe poder conservar tanto su libertad de juicio como su facultad para interpretar la fe como la entiende"; "La comunidad pública puede e incluso debe otorgarle a todos la libertad individual"; "El Poder supremo debe dejar que cada cual sea libre de pensar lo que quiere y de expresar su pensamiento"3. De esta manera, Spinoza repudia todo tipo de servilismo en relación con los textos, toda sumisión a las supersticiones, profecías, etc.

La interpretación es una lectura crítica, una relectura e incluso, como pretendía Barthes, una reescritura. Es por esto que podría ser infinita, dado que cada texto exige una interpretación, que a su vez será interpretada, etc. El libro tiene una descendencia casi ilimitada a través de la población de los lectores-intérpretes, muy diferentes del katapugon. La interpretación es un elemento decisivo del espacio público, libre y crítico. Sin embargo el problema no se circunscribe a las capacidades del intérprete: habría que ver si el espacio público -el del Siglo de las Luces prevaleciente hasta ahora- existe todavía. En realidad cambió; de ahora en más está fragmentado al extremo, hasta diluido.

Todo es siempre comentario. No existe un texto inicial, absoluto, garante definitivo de una verdad por descubrir. Después de escribir los Diez Mandamientos al dictado de Dios, Moisés se enfureció contra Aaron y su becerro de oro y arrojó las tablas donde estaban escritos, que se quebraron en mil pedazos y no pudieron volver a ensamblarse. Entonces Moisés tuvo que volver a copiarlos de memoria. Ese texto, reconstruido de ese modo, es el que tenemos hoy en día. El relato que el Antiguo Testamento hace de este episodio está cargado de significaciones: nunca vamos a poder conocer realmente el original sino a través de chapuzas, reconstrucciones y comentarios.

Si la idea de un advenimiento absoluto, casi divino, la idea de una novedad radical, formó parte de las escatologías del siglo XX -comunismo o fascismo- de ahora en más está superada. Los únicos profetas son los tecnólogos, que celebran cada innovación tecnológica en materia de comunicación. En la década del "60, la televisión cambiaría el orden mundial; en los años "70 fue el videoteléfono; en los "80 el grabador y el video, y en los "90 Internet. Estos gritos de redención acompasan cada década: llegan la felicidad, la igualdad y la armonía social; se produce un transparente entendimiento entre todos los hombres de la Tierra. La tecnología cumple su cometido, solucionando directamente los problemas sociales y las relaciones interpersonales.

Lecturas múltiples

Pero el lector-intérprete tiene otras exigencias. Sabe cuánto tiempo, distancia y precauciones se necesitan para llegar a ciertas afirmaciones, del mismo modo que el sabio reconoce que su ciencia, entre la del pasado que supo refutar y la del futuro, que refutará la suya, es provisoria. El lector-intérprete moderno lee solo, en recogimiento. Eventualmente lo hace en su oficina, pero también en la calle, en un café, en la playa. Poco le importan el ruido, los movimientos ajenos, el estorbo de las charlas externas. Basta que esté tranquilo, listo, disponible. Es cierto que todo depende de las distintas culturas, es decir de las costumbres. Si en Tokio en el subterráneo se duerme, en Francia se lee, lo mismo que en la peluquería o en el café. Y en Brasil, la discusión familiar prevalece sobre la práctica solitaria e individualista de la lectura.

Pero los lectores-intérpretes hacen una lectura diferente, según que solamente lean o también escriban. El escritor mirará primero si ha sido citado, lo que puede llevarlo de la indiferencia a la hostilidad. Revisará las demás citas, los materiales con los que está hecho el libro. Luego de leer atentamente el índice, la contraportada y uno o dos capítulos, inferirá cuál es la orientación del libro.

El intérprete-escritor puede leer atentamente, párrafo tras párrafo, pluma en mano para subrayar los pasajes importantes o rebatirlos. Instrumentación de la lectura al servicio de su propia prosa venidera. Pero esta lectura que presenta la sólida ventaja del paso a paso, tiene también el inconveniente de la pesadez.

La presencia demasiado fuerte del otro le impide pensar por sí mismo.

Otro tomará el libro y no lo leerá hasta tanto no haya finalizado su propia escritura. Pero poco le importa, puesto que sabe que todo es siempre comentario y que el suyo propio será necesariamente diferente de los textos que lo preceden. Sabe que es mejor leer "de lado" el texto que "adentrarse" en él, para escapar así del vértigo que lo transportaría como en una hipnosis, fuera de sí, lejos de lo que quiere hacer, de lo que le importa. Investigación e imaginación deben mantenerse alejadas de ambos extremos, tanto de la información exhaustiva, donde el letcor puede ahogarse, como de la "lectura de lado", que podría convertirse en una práctica como la pesca con caña.

No vamos a preconizar aquí el azar, dado que conocemos de sobra la especificidad de las librerías y de sus anaqueles. Visitaremos algunas librerías y no otras, buscaremos en algunas estanterías y no en otras. Así es como podemos favorecer el golpe de suerte, la aparición del buen libro que pudiera convenirnos aunque solamente un párrafo o un capítulo nos sean realmente útiles. Pero entonces ¡oh felicidad!

"¡Esto es lo que buscaba hace seis meses y no lograba encontrar!". Bien mirado, lo mismo sucede con Internet, donde se puede navegar sin rumbo hasta que el usuario termina informándose sobre el servidor adecuado y utilizándolo con exclusividad.

La lectura profesional es instrumental: se inclinará por apartar todo lo que no resulte útil para la escritura próxima; en tanto el lector honesto recibirá generosamente todo libro susceptible de aportarle un nuevo conocimiento, una nueva sensibilidad, o una visión del mundo diferente.

Más allá de estas dos categorías de lectura, también existen por ejemplo las que realizan el jurista o el médico, el economista o el contador. Lo importante es que todas estas categorías, con sus respectivas subdivisiones, participan de una discusión en el espacio público, aunque con diferentes modalidades. ¿Pero el espacio público actual sigue siendo el del Siglo de las Luces? (También podemos preguntarnos si existió alguna vez el espacio público unificado. Pero supongamos esa hipótesis).

El espacio público tal y como lo describió Habermas4, era un lugar simbólico donde por medio de la discusión la razón pública se abre camino por encima de los intereses individuales y de los propósitos corporatistas. El espacio público es un lugar de intercambio de la razón pública y no es en absoluto un azar que Habermas se interesara más tarde por esta razón de intercambio a la que llamó comunicación activa5.

Esta Razón pública unificada e unificadora, encarnada en el Estado hegeliano en construcción, sufrió varias agresiones. Primero, claro está, por la prioridad otorgada al éxito por encima de la comprensión (Habermas). Luego, y sobre todo, porque el propio espacio público se transformó, o al menos acentuó profundamente sus divisiones.

Cara a cara virtual

Debemos señalar en primer lugar su fragmentación. El espacio público representaba el acceso de todos por igual a fuentes de conocimiento limitadas. Pocos libros, pocas óperas y obras de teatro, y posteriormente pocos filmes valiosos o escasas cadenas televisivas. La discusión se entablaba alrededor de los mismos temas. En el recreo los niños habían visto la misma película en la televisión y la comentaban. Lo mismo sucedía con los docentes en la sala de profesores, con los obreros en los talleres. Pero hoy ya nadie ve el mismo film ni dispone de las mismas informaciones debido a la proliferación de los canales de cable, los satélites, el digital e Internet. ¡El exceso de información aniquila la información!

Esta afirmación también es válida para el libro. Las librerías se hallan atestadas de libros de valor desigual. ¿Cómo seleccionarlos, localizarlos? Antes la televisión ofrecía buenos programas de crítica de libros. Esos programas siguen existiendo pero se transmiten a horas muy avanzadas. El libro no muere por defecto sino por exceso. Hay más autores, más obras y menos tiradas. Y en consecuencia precios más elevados y menos lectores6. Los peligros que amenazan al libro son la saturación y fragmentación hasta el infinito de los lugares de discusión y de crítica.

Sin embargo un nuevo orden totalitario se pone en marcha. No pienso solamente en la fatwa lanzada por Irán contra el escritor Salman Rushdie, que es el fruto de un totalitarismo hard. Sino más bien en Alain Delon y el totalitarismo soft. La anécdota es bien conocida: un periodista quiere escribir una biografía del actor y con ese objetivo le entrega un manuscrito a su editor. Delon se entera, pide que se lo transmitan y exige que el libro (que aún no existe) no se publique. Es cierto que a Delon le fue desestimada la demanda en primera instancia. Pero por primera vez se quiso impedir la publicación de un libro aún no escrito. Escándalo total para el derecho público clásico, que en materia de libertades públicas, constitutivas del espacio público, opone prevención y represión. ¡El régimen totalitario es preventivo! Censura para todo el que no marque el paso. Regreso del modelo revolucionario de la "ley de los sospechosos", que podía llevar a la justicia y condenar a muerte a toda persona "sospechosa" de estar en desacuerdo con la Revolución. El régimen liberal es en cambio represivo: reprime después de cometido el delito. Es el papel del juez de los recursos de urgencia, quien suspende la publicación en curso. En caso de duda, el juez de los recursos de urgencia puede adjuntar la causa y esperar que el juez del fondo se tome el tiempo de analizar con precisión, minuciosamente, el texto incriminado. Este equilibrio delicado del régimen es lo que cuestiona el intento de Delon. Quien dice espacio público, habla de libertad en el marco de la ley, una ley-libertad, pulida por los años, que actualmente bien podría caer en el abandono.

Finalmente, se menoscaba el concepto mismo de espacio público. Si por definición este último es universal, abierto a todos en todos sus aspectos, en el dispositivo de Internet se transforma en un sitio particular, privado, puesto que para poder ingresar a él se necesitan peaje y servidor y se charla allí en una suerte de cara a cara virtual. Sin embargo, un espacio público es, por el contrario, un lugar donde se construye la verdad de la Ciudad ante el pueblo reunido (Agora) o ante todos sus representantes (Cámara de diputados). Lo general no representa lo universal, y la generalidad del acceso a Internet, obstaculizada por la disparidad de conocimientos y las desigualdades sociales, no constituye universalidad7.

Pero en suma, ¿el libro resulta favorecido por Internet?

No, dado que la red instaura lo escrito-oral (escrito al modo de la conversación). No, porque contribuye a fragmentar aún más el espacio público en decenas de millones de espacios-tiempos mundiales. Sin embargo favorece la cultura, la apertura hacia el otro, la inmediatez del acceso a textos (incluidos los libros) que de no ser por ella no se conocerían nunca o se conocerían con el gran retraso de las traducciones. Por consiguiente, criticamos no tanto las nuevas tecnologías (proliferación de televisores incluida) como los discursos justificatorios y mentirosos que las acompañan.

Todo el mundo conoce la famosa pregunta: "¿Si tuviera que irse a vivir a una isla desierta, cuál libro llevaría?". Hoy se ve reducida y simplificada: "¿Si tuviera que irse a vivir a una isla desierta, qué objetos llevaría?". ¿Responderíamos entonces "mi computadora portátil, mi celular"? ¿Y el libro? Seguramente habrá un libro, ¿pero cuál? No será el libro del vecino, del colega o del primo. Será un libro desconocido entre un millón de libros, fruto de la fragmentación del espacio público, fragmentación tan extrema que llega a su dilución.

  1. En este sentido, leer también la obra de Elizabeth Eisenstein, La Révolution de l"imprimé (La Découverte, Paris, 1991), donde refuta las supuestas sencillas relaciones de causa-efecto que existen entre la imprenta y la sociedad, como asimismo las dos obras maravillosamente sutiles de Jack Goody, La Raison graphique, Minuit, Paris, 1993 y L"Orient en Occident, Le Seuil, París, 1999.
  2. Jesver Svenbro, Phrasikleia, antropología de la lectura en la antigua Grecia. La Découverte, 1988.
  3. Spinoza, Tratado teológico político, Porrúa, México, 1977.
  4. Jürgen Habermas, L"espace publique, Payot, París 1978. Primera edición alemana en 1962.
  5. En su Teoría de la acción comunicativa (Vol. I y II, Ed Taurus, Madrid), Habermas nunca trata en realidad la comunicación ni las tecnologías que constituyen su base contemporánea. A través de comentarios sobre obras clásicas (y antiguas), trata la Razón de intercambio a la que invoca. ¿Pero cómo puede evocar la comunicación en el título de su obra cuando no menciona ni una palabra sobre la inteligencia artificial o la ciencia cognitiva; sobre las teorías de la información o de la auto-organización en biología o en física; o sólo desarrolla generalidades lingüísticas pasadas de moda?
  6. Leer a Hubert Prolongeau, "L "édition en ses nouveaux habits", Le Monde diplomatique, París, noviembre de 1998.
  7. Leer, sobre este tema, "Les ambassadeurs de la communication", Le Monde diplomatique, París, marzo de 1999.
Autor/es Lucien Sfez
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:36
Temas Internet, Sociología, Mundialización (Cultura), Tecnologías, Consumo, Literatura
Países México, Brasil, Francia, Grecia, Irán