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Repensar el comercio internacional

El fracaso de la Ronda del Milenio en Seattle demostró que el movimiento planetario opuesto al avance irrestricto de un libre comercio desarticulador del orden interno de los Estados es fuerte y concreto. Pero no hay que conformarse con una sola batalla ganada. Los mecanismos de globalización de un capitalismo cuyo credo es la finanza, la "creación de valor" y la apertura irrestricta de los mercados -que cuentan con la Organización Mundial de Comercio (OMC) como artillera- siguen en vigencia. Por eso es necesario alimentar un espacio de reflexión y propuestas concretas para resolver los distintos problemas socio-económicos que surgen en un contexto como el actual, en que el comercio se transforma en vector de la disgregación de las sociedades.

En Seattle, en noviembre de 1999, los manifestantes patearon violentamente el hormiguero del libre comercio. Pero éste se está reconstruyendo ahora mismo, al abrigo de las miradas, en la sede de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en Ginebra. Fracasada la grandiosa Ronda del Milenio soñada por el ex comisario europeo Leon Brittan -y retomada por su sucesor y clon Pascal Lamy- se trata de, al menos, liberalizar aún más la agricultura y los servicios.

Estos dos temas constituyen el legado del último ciclo de las rondas de negociaciones del Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y Comercio, GATT, que en 1995 fue reemplazado por la OMC. Lo que está en juego es importante. No solo para las multinacionales y lobbies en cuestión, sino, y quizás sobre todo, para el futuro de la ideología del libre comercio. Luego del fracaso de Seattle, los editorialistas voceros de los puntos de vista de la "comunidad" financiera, temen que de no volver a funcionar, aunque sea en cámara lenta, la máquina de liberalizar, pueda oxidarse y no volver a arrancar. ¡Un escenario catástrofe!1.

Es que las negociaciones comerciales solo superficialmente se refieren a los intercambios de bienes y servicios. Tienen otra función, mucho más importante: desarticular el orden interno de los Estados para ajustarlo en un orden "globalitario"2 destructor de todas las solidaridades y de todas las estructuras colectivas, para que los flujos financieros y aquellos que los controlan (bancos, compañías aseguradoras, empresas multinacionales, fondos de inversión y de pensión, y riquísimos individuos estilo Bill Gates), queden como los únicos actores planetarios. No es cuestión de perder el control y dejar tocar el libre comercio, que debe ser el santuario inviolable de las "libertades" del capital3. Al contrario de los ingenuos o ignorantes de la historia, que creen en la ficción del "dulce comercio" de la cual hablaba Voltaire, estos señores tienen la memoria larga y saben que la actividad mercantil se inscribe en una implacable relación de fuerzas, en esencia dura con los más débiles.

¿Qué diferencia de naturaleza hay entre la actual voluntad de "abrir" los mercados del Sur (aún parcialmente cerrados) a la expansión de los "servicios financieros", a los bancos y a las compañías aseguardoras del Norte y la guerra del opio llevada a cabo y ganada por los ingleses contra los chinos en los años ´40 del siglo pasado? Ninguna, salvo los medios empleados, que ganaron en sutileza. En aquella época fue necesario que las fragatas británicas bombardearan Cantón y que se invadiera Hong Kong para obligar a China, mediante el tratado de Nankin, a "abrirse" al comercio europeo, en particular al del opio.

Hoy la artillería y la infantería es la OMC. En el plano formal, sus 135 miembros cuentan cada uno con una voz, lo cual implicó que en octubre 1998 el primer ministro francés Lionel Jospin declarara (cuando decidió sacar a Francia de las discusiones acerca del tratado del Acuerdo Multilateral de Inversiones), que la OMC constituía un foro más "democrático" que la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), que consta de solo 29 miembros.

Jospin desconocía dos datos que tornan irrisorio este carácter "democrático". En primer lugar, la mayoría de las delegaciones del Sur no disponen de un mínimo de medios humanos y conocimiento técnico para afrontar en igualdad de condiciones los batallones de funcionarios estadounidenses, europeos y japoneses, directa y permanentemente ligados con sus lobbies industriales y financieros4. Luego, se presentan a la mesa de negociaciones con las manos atadas por los acuerdos anteriores que debieron firmar con el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM) los que hacen figurar en un lugar preferencial de los programas de ajuste estructural, medidas de "liberalización" y "apertura" de sus economías como "condiciones" ineludibles para otorgar préstamos o facilidades de crédito.

Merced a la complacencia de los europeos, tanto el FMI como el BM se comportan de hecho y a pleno como filiales de los departamentos de Estado, de Comercio y del Tesoro de Estados Unidos, que aunque tiene menos del 20% de los derechos de voto5, cuenta con mucho más de una voz en la OMC. Lo mismo ocurre, por otra parte, en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que impone serios límites a una eventual tentativa de emancipación de la tutela estadounidense (particularmente en el terreno del comercio), a los 17 países europeos miembros o aspirantes a serlo.

Y sin embargo, a pesar de estos pesados condicionamientos, Seattle fracasó. Debido a las futuras elecciones presidenciales estadounidenses, el presidente William Clinton no pudo imponer su limitada y breve agenda del día ante la negociación multisentido que estaba en los planes de la Unión Europea. Los dos socios-adversarios debieron enfrentar la rebelión de muchos gobiernos del Sur que finalmente habían comprendido las ventajas a obtener de las reglas de la OMC, que prevén decisiones por consenso, es decir por unanimidad6. La movilización espectacular de los movimientos de ciudadanos7 asestó el golpe de gracia a una negociación de todas maneras mal encarada.

La dictadura de la OMC

El gran aporte de esta movilización fue colocar en escena la cuestión del comercio y del libre comercio, no un factor más de las relaciones interestatales, sino verdaderas tenazas para arrancar todo lo que quede de las regulaciones nacionales y obligar al conjunto de la sociedad a plegarse al orden mundial único de las finanzas, pensado y aplicado por el "Politburó de la Internacional Liberal": FMI, BM, Grupo de los Siete (G7), OCDE y OMC, con su sección "regional": la Comisión Europea8.

Gracias a su intuición y experiencia, las casi 1300 organizaciones del mundo entero que llamaron a una auditoría del funcionamiento de la OMC y a una evaluación de los cinco años de liberalización transcurridos desde 1995, quebraron el código -no secreto, pero nunca abiertamente expuesto- del programa de los ultraliberales. De un lado y del otro, ahora sabemos a qué atenernos con respecto al status real del comercio. Subsiste sin embargo el discurso de los medios y los políticos -que aún moldea a la mayoría de la opinión- según el cual todo aumento del comercio debe ser aceptado sin más.

El episodio de la carne con hormonas debería haber despertado a los más aletargados, por lo que simboliza acerca del derecho de intrusión e injerencia de la OMC en terrenos donde a priori no tiene nada que hacer. En nombre de los sacrosantos derechos del comercio, su Organo de Regulación de Diferendos (ORD) condenó en 1999 a la Unión Europea a importar carne vacuna estadounidense con hormonas (la utilización de hormonas de crecimiento está prohibida en la alimentación animal en Europa desde hace más de diez años), o bien a pagar una indemnización anual de 117 millones de dólares a los exportadores estadounidenses y canadienses, privados de mercado.

Esto equivale a pagar multas por no importar productos cuya inocuidad a largo plazo no está probada, o bien a venderlos despreciando el principio de precaución. Así, la OMC desregula en el terreno de la salud pública. La imposición del libre comercio cuestiona las legislaciones sociales y ambientales. El comercio se transforma entonces en vector del desmonte de las regulaciones, al igual que la libertad de circulación de los capitales y la libertad de inversión según el modo AMI.

Este es el sentimiento común de "los de Seattle", de quienes los habían delegado y de un número creciente de ciudadanos cuyos ojos se abrieron. Pero aunque están de acuerdo en el diagnóstico y en el objetivo, la OMC, están lejos todavía de una posición común acerca de las soluciones de recambio a tesis ultraliberales que ya no resisten el examen teórico ni la prueba de los resultados9. Se trata de un campo de reflexión y de concertación internacionales, en particular en sus implicancias Norte/Sur, del cual aquí solo podemos explorar algunas primeras pistas. Lo haremos a partir de esta reflexión de Keynes, con múltiples declinaciones: "Tengo simpatía por aquellos que quieren minimizar antes que maximizar la imbricación económica entre las naciones. Las ideas, el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes: son cosas internacionales por naturaleza. Pero es adecuado que las mercancías sean de fabricación nacional siempre que sea posible"10.

El gran economista formula una idea de tal evidencia que terminamos por olvidarla: las únicas relaciones que cuentan entre los pueblos son aquellas que se entablan, de un país al otro, entre ciudadanos, sus idiomas, sus creencias, sus producciones de espíritu, de la mano y del cuerpo, y aquello que hay de específico en su producción material. Estas relaciones se encarnan en prioridad en personas y en obras, no en mercancías o servicios. ¿Acaso la fabricación de chips por obreras chinas de empresas estadounidenses o europeas en la zona económica especial de Shenzen contribuye en algo a un mejor conocimiento de China por los usuarios de televisores o teléfonos celulares en el resto del mundo? ¿Qué imagen de Occidente pueden tener esas trabajadoras cuando solo lo perciben a través del comportamiento de algunos ejecutivos expatriados, que imponen cadencias de trabajo y salarios de supervivencia, cuya única finalidad es la "creación de valor" para los accionistas de la empresa? Se podrían multiplicar al infinito este tipo de ejemplos, que demuestran que esos "intercambios" son el grado cero de las relaciones entre habitantes del planeta. Incluso menos que cero, porque contribuyen a identificar al extranjero con el explotador.

El único proteccionismo digno de ese nombre es el del rechazo público o implícito de la circulación de las personas, de las obras y las ideas. Al respecto, el país más proteccionista del mundo, si dejamos de lado a Corea del Norte, es sin ninguna duda Estados Unidos, que solo importa 2% de su consumo audiovisual, que traduce con cuentagotas los libros extranjeros, cuyas publicaciones y bases de datos científicas solo toman en cuenta marginalmente los trabajos de investigadores del resto del mundo y cuyos medios de comunicación, salvo algunas prestigiosas excepciones, ignoran soberbios -salvo en casos de graves crisis- lo que ocurre en Europa, en Asia y sobre todo en Africa. Sin embargo, los majors de Hollywood y sus voceros en Washington -relevados, hay que decirlo, por ciertas "elites" del Viejo Continente, principalmente francesas- cargan en la OMC contra la idea misma de "excepción" y de "soberanía" culturales, de cupos de difusión de obras europeas, etc.

Para satisfacerlos completamente, el 100% de las películas proyectadas en los cines y televisores y el 100% de la música escuchada en Europa deberían proceder de EE.UU. De hecho, esto es casi así en ciertos países de Europa del Este. Se comprende que haya un "retraso francés" a compensar, ya que las películas estadounidenses, según los años, no representan en ese país ¡más que 40 a 60% de las difundidas en las salas de cine! Resultado: la única cultura popular verdaderamente común a los europeos es extra-europea. Esto define en su justa proporción el objetivo de los diferentes tratados fundadores de la Unión (del de Roma al de Amsterdam) cuyo preámbulo aspira a "una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa", mientras que el corazón de esos mismos tratados exalta la competencia y el libre comercio: en otros términos, la disolución dentro del espacio mundial.

Las zonas comerciales como vía

La mención de Keynes a las "mercancías de fabricación nacional" de hace más de medio siglo (una época en la cual la mundialización liberal ni siquiera era concebible), constituye una reivindicación de total actualidad, a condición de adaptarla a las condiciones del milenio, es decir teniendo en cuenta la extensión geográfica de los marcos potenciales de regulación económica. Esta regulación, otrora únicamente posible en el perímetro nacional, podría ejercerse desde hace tiempo en el marco de la Unión Europea, se ésta tuviese la voluntad. Pero, regida por tratados cada vez más liberales, la UE hace exactamente lo contrario: la noción de preferencia comunitaria y de grandes políticas comunes no está más de moda. Lo poco que de ello subsiste -en la política agrícola común- está en proceso de desmantelamiento.

Si estuviera reorientada en un sentido voluntarista la UE podría servir de referencia a otros conjuntos regionales -constituidos, o a constituir- en vistas a crear zonas de libre comercio, incluso uniones aduaneras, que podrían dotarse también de ciertas competencias políticas. Este sería el caso del Mercosur; de zonas que reagrupen, por continente, los países ACP (Africa, Caribe, Pacífico) ligados a la UE por las convenciones de Lomé; de la Asociación de las Naciones del Sud-Este asiático (ANASE). No se puede, en cambio, ser muy optimistas con el Acuerdo del Libre Comercio estadounidense (ALC) porque difícilmente Washington acepte compartir competencias políticas con Ottawa y México.

Acercar lo más posible los lugares de producción y los de consumo -sean nacionales, algo evidente para gigantes demográficos como India y China; o regionales, en el sentido plurinacional del término- responde a una triple exigencia: democrática, social y ecológica.

La exigencia democrática es simple: cada país o conjunto de países tiene la vocación de definir por sí mismo su tipo de sociedad -que no son necesariamente idénticos- y a no dejar que se lo impongan mediante el arma del comercio internacional. Se precisa entonces el máximo de adecuación entre el perímetro de la intervención de los ciudadanos y el de los flujos económicos y financieros, para que una regulación eficaz pueda llevarse a cabo. El contra-argumento de los liberales es bien conocido: como todos los regímenes están lejos de ser modelos de Estados de derecho, la mano invisible del mercado servirá mejor a las libertades que los gobiernos autocráticos.

Más allá de que los pueblos no están condenados a soportar eternamente las tiranías, la complicidad nunca desmentida de las finanzas con las dictaduras quita toda credibilidad a tales discursos. La experiencia permite más bien pensar que los financistas aprecian particularmente los gobiernos de mano dura que saben poner en vereda o en prisión a los opositores y los sindicalistas, a fin de crear un "clima de confianza" para los inversores. El acuerdo entre Pekín y Washington -mañana con la UE- para la entrada de China a la OMC muestra la escasa atención prestada a los derechos humanos cuando se trata de lo único que importa: los negocios.

Fuente de desigualdades

Emmanuel Todd mostró cómo, en términos de ganancias, el libre comercio, por la fusión de las naciones en un solo mercado mundial, arrastra al factor de producción abundante -la mano de obra poco calificada- a una espiral descendente y a los factores de producción raros -capital y mano de obra muy calificada- a una espiral ascendente.

Permite así "el incremento de desigualdades importantes en los países desarrollados, o mejor, la introducción en su seno de desigualdades mundiales". El autor agrega que, "separando geográficamente, culturalmente, psicológicamente la oferta de la demanda, el libre comercio crea un universo económico en el cual el empresario ya no tiene la sensación de contribuir, por los salarios que distribuye, a la formación de una demanda global a escala nacional"11. Esta división destruye las solidaridades y las responsabilidades, por ende los fundamentos de la ciudadanía. El reencuentro entre la empresa y el territorio son una condición de la democracia.

No es extraño que el comercio electrónico, que lleva al extremo la desconexión espacial entre el productor, el vendedor y el comprador, reciba toda la solicitud de los liberales -que ven en él la expresión del mercado perfecto, hasta ahora solo presente en los manuales de economía- así como la de los ciberbeatos, que fascinados por la pantalla y el teclado, olvidan que un libro o una cacerola no cambian de naturaleza según se los compra online, en una librería o en un hipermercado. Las consecuencias fiscales pueden ser en cambio considerables, en caso de que se cumplan las previsiones de la OCDE: un volumen de 1 billón de dólares en 2003, es decir un sexto de los intercambios anuales mundiales actuales12.

Los bienes transmisibles por vía electrónica (libros, discos, películas, software, etc.), que se reconstruyen al llegar, escapan al IVA y contribuyen a la pauperización de los Estados, por ende a la de los servicios públicos. Las consecuencias sociales no serán menos graves: será el fin de los establecimientos -y no solamente los minoristas- de los sectores en cuestión, mientras los desdichados que sobrevivirán serán sometidos al impuesto. Si no es objeto de una reglamentación muy estricta, el comercio electrónico va a transformarse en una máquina de guerra contra lo que queda de cohesión social. Dando el tono, el presidente Clinton firmó, en octubre de 1998, una ley que establece una moratoria de tres años sobre la imposición de ventas por Internet…

Electrónico o no, el comercio de bienes materiales implica siempre un camino hacia el comprador final. A mayor distancia entre su domicilio y el lugar de producción, más medios de transporte, mayor consumo de energía, en general no renovable, y mayor emision de gas en perjuicio del efecto invernadero. El episodio Erika (el petrolero que en diciembre pasado contaminó las costas francesas), constituye al respecto un caso ejemplar. Por una vez estaremos de acuerdo con Claude Imbert, editorialista de la revista Le Point, cuando escribe: "La proliferación del transporte marítimo no es, entre cientos de casos, más que una vicisitud obligada de la mundialización de los intercambios", pero no lo seguiremos cuando agrega: "Es vano, aquí como en otros casos, demonizarla: es insoslayable"13.

El transporte no es el único factor que contribuye a la degradación de los medios naturales por la "proliferación" -la palabra es justa- del comercio que proyecta los costos ecológicos hacia el conjunto de la sociedad, en lugar de incorporarlos a los precios. Los inversores buscan países donde se pueda impunemente devastar los bosques, las aguas, las tierras y donde las legislaciones ambientales sean laxas y no se apliquen. ¿En definitiva no se trata de una "ventaja comparativa" como cualquier otra, susceptible de atraer capitales hacia países pobres? Este discurso cínico es pronunciado no solo por los capitalistas predadores y sus voceros, sino también por ciertos gobiernos de países "receptores". La idea de introducir cláusulas ecológicas en los acuerdos comerciales no les conviene, pero no es una razón para renunciar a ella.

Insistir en la aplicación de cláusulas ecológicas reviste la misma lógica que la de las cláusulas sociales: utilizar el vector del comercio, el único tratado con seriedad por los Estados -indiferentes a las eventuales observaciones o condenas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o de la subcomisión de derechos humanos de la ONU- para, como en el judo, utilizar su propia fuerza para darle un rol exactamente inverso del que tenía hasta entonces. En lugar de colaborar en la destrucción de los medios naturales, la desalentarían por medio de medidas disuasivas. En lugar de cerrar los ojos ante el trabajo de los niños y los prisioneros, la prohibición de sindicalizarse, las desigualdades hombres-mujeres, etc., estas cláusulas neutralizarían las "ventajas comparativas".

La evocación de las cláusulas sociales por el presidente Clinton, en Seattle, encendió la mecha en ciertas delegaciones del Sur. El frente de rechazo, sobre esta cuestión como la de las cláusulas ecológicas, es muy amplio y tiene compañeros de ruta poco habituales. Gobiernos y patrones de numerosos países del sur, particularmente los de China e India; la totalidad de los dirigentes de las multinacionales, como Robert J. Eaton, copresidente de Daimler-Chrysler que respondió al presidente: "¡De ninguna manera! No se pueden tomar las condiciones de trabajo y empleo de un país e imponerlas a otro"14; la sincera confesión del Financial Times: "Los objetivos sociales suelen entrar en conflicto con los objetivos de libre comercio"15; casi tres cuartas partes de los ejecutivos de empresas de Asia oriental16; intelectuales del Sur alistados en las filas de Jagdish Bhagwati, profesora de economía en la universidad de Columbia y personalidad omnipresente en los medios anglosajones, donde juega el rol del tercermundista de turno a favor del libre comercio. Pero esta cohorte heteróclita también comprende sindicalistas del Sur e investigadores y responsables del Norte17.

El hecho de que el presidente Clinton (para ganarse a los sindicatos) y la UE se pronuncien a favor de tales causas y algunos políticos y sindicalistas del Sur en contra, ¿alcanza para desacreditarlas? Sería absurdo. Toda la cuestión está en saber cuáles serían los criterios tenidos en cuenta, el tipo de medidas a tomar y las instituciones que las aplicarían. Tal como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lo hizo por el desarrollo humano o el Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente (PNUE) por el grado de respeto ecológico, la OIT podría elaborar indicadores para el respeto de las convenciones que la mayoría de sus miembros hayan firmado. En el caso del medioambiente, sería necesario utilizar los trabajos de los economistas que no se satisfacen con el principio "contaminador-pagador" e integran la totalidad de los costos, particularmente los de transporte, groseramente subvaluados, en los precios. En efecto, es urgente reducir la circulación de aviones, camiones y barcos fletes: en Francia el tráfico de camiones en autopistas ¡aumentó 6% en 1999!

Las medidas a tomar a partir de estos criterios -que podrían asimismo servir para otros fines, por ejemplo la imposición de las inversiones directas en el extranjero, como lo propuso en estas columnas el profesor Howard M. Wachtel18- suelen presentarse exclusivamente con sentido punitivo, alimentando así una acusación de "proteccionismo" que de todas formas perdería mucho de su pertinencia en un sistema comercial mundial menos extravertido, donde se privilegiara la dimensión nacional y regional de los intercambios.

Maurice Lauré, el creador de la TVA (IVA francés), realizó hace unos años algunas propuestas. Retomadas por Pierre Noël Giraud, profesor en l´Ecole des Mines de París, bregan por un proteccionismo "altruista" que permita a la vez proteger los modelos sociales más avanzados -por ende los más amenazados por la mundialización liberal- y los intereses de los trabajadores del Sur19. Se trataría de establecer quitas a a las importaciones combinando indicadores de la OIT y el PNUE -y eventualmente del PNUD- pero de devolver las sumas obtenidas al país de orígen según estrictas condiciones de uso para fines sociales, ambientales y educativos, o bien a organizaciones internacionales y/o regionales que las utilizarían en el país en cuestión con las mismas condiciones.

Estas quitas variarían entre países o conjuntos, en función de sus "notas" fijadas por indicadores regularmente actualizados para tener en cuenta los avances o retrocesos en las legislaciones y prácticas sociales. Así, entre dos países o mercados comunes con las mismas notas, buenas o malas, las quitas serían nulas. Entre la UE y China, por ejemplo, serían sin duda elevadas. Este sistema de quitas -que hasta la finalización de la Ronda Uruguay era uno de los fundamentos de la política agrícola común europea- sustituiría al de las tarifas y al conjunto de reglas de la OMC, particularmente las cláusulas del tratamiento nacional y de nación más favorecida.

Neutro y transparente, este sistema armonizaría con las condiciones de acceso a los mercados y suprimiría las primas a la explotación de la mano de obra, que constituyen los enormes diferenciales de condiciones de trabajo y remuneración entre países. Se objetará que es complicado de elaborar y aplicar. Sin duda, pero no más que la aplicación de las múltiples tasas actuales. Por otro lado, este trabajo ocuparía de manera mucho más útil a los funcionarios de la OCDE y la OMC. Habría que imaginar las instituciones adecuadas para administrarlo, lo mismo que las de la administración y la asignación de la tasa Tobin. Pero se trata de un conjunto de discusiones internacionales mucho más estimulantes para todos, en particular para los sindicatos y movimientos de ciudadanos, que las que se desarrollan en la actualidad en las organizaciones internacionales. La aplicación mecánica de criterios cuantitativos de quita debería completarse con preferencias fiscales otorgadas a las iniciativas cualitativas, como las diversas formas de comercio equitativo, dotadas de la etiqueta internacional Max Havelaar, que favorecen los lazos directos entre productores, en primer lugar del Sur, y consumidores, sobre todo del Norte20.

El reembolso, bajo una forma u otra, de la suma de estas quitas, constituiría un poderoso estímulo para la mejora de las normas sociales y ambientales, porque ya no sería "rentable" que éstas coticen en baja. Tendría una virtud mayor: fortalecer, por el dinero que inyectaría, el mercado interno de los países a los que los programas de ajuste estructural obligan a exportar a ultranza, y los llevaría a formas de desarrollo más autocentrado, democráticamente controlado. El perdón de su deuda externa, en proporciones que nada tienen que ver con los actuales simulacros21, sería un acompañamiento indispensable de este cambio de rumbo. Porque a un modelo ultraliberal que "se constituye en sistema", hay que oponer otro sistema, igualmente coherente. No está disponible llave en mano, pero las fuerzas de las cuales vimos una muy pequeña parte en Seattle están seguramente dispuestos a elaborarlo en conjunto.

  1. El impacto del fracaso de Seattle fue tal que la elite económica y política mundial, reunida el 27-1-00 en Davos, Suiza, decidió "abrirse" e invitar a numerosas ONG (Greenpeace entre ellas) a exponer sus puntos de vista. Ver Pablo Maas, "Davos escucha otra campana", Clarín, Buenos Aires, 26-1-00.
  2. Ignacio Ramonet, "Régimes globalitaires", Le Monde diplomatique, París, enero 1997.
  3. Bernard Cassen, "Libre-échange, la dernière Bastille", Le Monde diplomatique, París, enero 1999.
  4. Susan George, "A l´OMC, trois ans pour achever la mondialisation", Le Monde diplomatique, París, julio 1999.
  5. Lo que relativiza singularmente las responsabilidades del director general renunciante del FMI, Michel Camdessus, particularmente en los préstamos otorgados a Rusia y desviados por los amigos y la familia de Boris Yeltsin, y ridiculiza las veleidades de darle un sucesor surgido del Viejo Continente…
  6. Agnès Sinaí, "El día en que el Sur se rebeló", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, enero 2000.
  7. Susan George, "Seattle, antes, durante y después", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, enero 2000.
  8. "L´éminence grise du château", Le Monde diplomatique, París, marzo 1998.
  9. Bernard Cassen, "Fracaso del libre comercio", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, noviembre 1999.
  10. Citada por Herman E. Daly, "The perils of free trade", Scientific American, noviembre 1993 y retomada en el artículo "Fracaso del libre comercio", op. cit.
  11. Emmanuel Todd, La ilusión económica, Taurus, Buenos Aires, 1999.
  12. Antoine Reverchon, "L´explosion du commerce électronique, un défi aux systèmes fiscaux", Le Monde, París, 14-12-99.
  13. Le Point, París, 31-12-99.
  14. Business Week, 20-12-99.
  15. Financial Times, 27-12-99.
  16. Encuesta publicada por la Far Eastern Economic Review, 23-12-99.
  17. Por ejemplo Denis Horman, periodista y economista belga, autor de dos obras sobre el tema.
  18. Howard M. Wachtel, "Trois taxes globales pour maîtriser la spéculation", Le Monde diplomatique, octubre 1998.
  19. Maurice Lauré, "Rapport sur le chômage", La Jaune et la Rouge, octubre 1994, citado por Bernard Cassen en "La clause sociale, un moyen de mondialiser la justice", Le Monde diplomatique, París, febrero 1996. Pierre Noël Giraud, L´inégalité du monde, coll. "Folio", Gallimard, París, 1996; Economie, le grand satan, coll. "Conversations pour demain", Textuel, París, 1998.
  20. Para mayores datos sobre comercio equitativo, sus principios, sus actores y su volumen actual, leer el anuario 98/99 Plateforme pour le commerce équitable, Aspal, 68 bis, rue de la Bohême, 16440 Moutiers-sur-Bohême. Tel.: 05-45-67-81-29.
  21. Eric Toussaint, "Quebrar el círculo infernal de la deuda", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, septiembre 1999.
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:24, 25, 26
Traducción Carol Abousleiman
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales
Países Estados Unidos, México, Uruguay, China, Corea del Norte, India, Francia, Rusia, Suiza