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Hacia la supremacía nuclear

La administración estadounidense que surja de las elecciones de noviembre próximo adoptará una decisión definitiva sobre el nuevo proyecto de defensa nacional, que reflota la idea de un escudo antimisiles. La nocion central del nuevo proyecto, alimentado por el avance tecnológico, es la de "control estratégico" y su instrumento esencial el poderío aeroespacial. La capacidad ofensiva de Estados Unidos no está dirigida sin embargo a los denominados "Estados ilegales", sino a China y en general al inestable escenario asiático.

"Ya no se trata de saber si se pondrá en marcha un programa antimisiles: es seguro que será así". De esta manera se expresa Ivo Daalder1, uno de los especialistas más importantes en programas de misiles antimisiles, asesor de la Casa Blanca hasta 1996 y dedicado desde entonces a la investigación en el Brookings Institute. Sin embargo, desde el fracaso del tercer ensayo de intercepción de un misil, el 7 de julio pasado, no cesaron los debates sobre el proyecto National Missile Defense (NMD). Y si bien será el próximo presidente de Estados Unidos quien tome las decisiones finales, esas decisiones se inscribirán de todos modos dentro del marco de la estrategia militar estadounidense tal como la define Daalder.

El debate estratégico entablado en Estados Unidos desde el fin de la guerra fría, colocado bajo el signo de la "revolución en los asuntos militares", marca un importante viraje de las teorías estadounidenses sobre los conflictos futuros2. Esta evolución tiene su origen en la búsqueda de conceptos operativos derivados de las nuevas tecnologías. Estos atañen particularmente a la "adquisición" de los objetivos, la precisión desde distancias muy grandes, la permanente información acerca de las fuerzas allí presentes y los blancos eventuales. El concepto central que acabó por prevalecer es el de "control estratégico".

Se trata de crear las condiciones necesarias, no ya para ocupar un territorio, sino para examinar la situación del adversario, reducir su poder mediante la destrucción programada de sus capacidades militares, industriales y políticas, e incluso para aniquilarlo, consiguiendo así su retirada o capitulación. De ahí en más, la acción terrestre se limita sólo a los objetivos elegidos por el gobierno estadounidense, o bien a los objetivos exigidos por el arreglo político que persigue Washington, o aun a los que requiera el contexto internacional.

El "control estratégico" se aplica, en principio, a toda clase de conflictos. Simplemente debe tener en cuenta las situaciones locales y regionales, la naturaleza del adversario, es decir, su territorio, su población, sus recursos, pero más aún la naturaleza de su régimen político y de los medios indispensables para derribarlo, neutralizarlo o aislarlo. Ese fue el contexto que se puso en marcha durante las guerras del Golfo, Bosnia y Kosovo, con resultados acordes a lo esperado.

Los expertos reconocen, no obstante, los errores de tiro y las imprecisiones en las operaciones contra Irak, el fracaso de los ataques dirigidos contra el ejército de Belgrado en Kosovo y las incertidumbres en cuanto a los objetivos elegidos en Serbia y en Montenegro. Pero señalan que los progresos en la eficacia de los tiros parecen indiscutibles -si se compara la guerra de Kosovo con la del Golfo- y no dudan de que pueden seguir progresando en conflictos futuros. Según su opinión, el mundo entró en una nueva etapa de la historia de las guerras. Parece pues normal que el concepto esencial de "control estratégico" se aplique de un modo progresivo y empírico, pero ya con una eficacia suficiente como para que Estados Unidos logre lo esencial de sus objetivos políticos, al precio de pérdidas prácticamente insignificantes.

Prioridad al poder aeroespacial

El instrumento por excelencia del "control estratégico" es el poderío aeroespacial, que permite tener permanentemente en la mira la situación del adversario -tanto de sus medios económicos como de sus capacidades militares- y al mismo tiempo vigilar su comportamiento y actividades, analizar continuamente la información obtenida, deducir de ella los objetivos a destruir según ciertas prioridades establecidas de antemano, definir las correspondientes misiones y ejecutarlas.

En Irak, Estados Unidos llevó adelante una ofensiva aérea de cuarenta y tres días, seguida tan sólo por cuatro días de operativos en tierra. En Bosnia, se adjudicaron alrededor de 300 objetivos, que fueron alcanzados, perdiendo tan sólo dos aviones y dos soldados, ya que los aliados de Estados Unidos se encargaron de los operativos terrestres. En Kosovo, hicieron falta setenta y ocho días de campaña aérea que sólo fue plenamente eficaz en el caso de los objetivos civiles situados en Serbia, Montenegro y en territorio kosovar, pero Estados Unidos no registró ningún muerto y sus pérdidas materiales se redujeron a un avión F-117 y unos quince aviones de reconocimiento teledirigidos, al menos si nos atenemos a las cifras del Pentágono.

Este es el contexto del debate sobre el NMD, que por cierto se inscribe en una filiación que ya es muy antigua. Desde los proyectos Bambi, Sentinel y Safeguard, hasta la iniciativa de defensa estratégica del presidente Ronald Reagan -que preveía el despliegue en el espacio de un eficaz sistema antimisiles contra los misiles enemigos en la parte más alta de su trayectoria- Estados Unidos buscó defender su territorio contra los eventuales ataques de un adversario, manteniendo al mismo tiempo su capacidad de ataque sobre el territorio de este último. De esta manera podría asegurarse una supremacía militar absoluta y salir así de la "paridad nuclear" que hasta ese momento garantizaba la paz entre las dos superpotencias.

No es de extrañar entonces que los demás países que cuentan con armas atómicas estén inquietos. Frente al NMD, lo mismo que frente a los anteriores proyectos, invocan el riesgo de una reactivación general de la carrera por el número de misiles, dado que los arsenales de armas nucleares estratégicas ya no tendrían credibilidad ante una potencia que se haya dotado, como Estados Unidos, de un sistema antimisiles.

Por esta razón, desde el lanzamiento del proyecto de sistema espacial antimisiles del presidente Reagan, todas las potencias nucleares intentaron hacerlo fracasar. En Francia, los esfuerzos se concentraron en la investigación de la imprevisibilidad de las trayectorias de los misiles y en el carácter furtivo que les daría una trayectoria de escasa altura. Los soviéticos, dueños de un considerable arsenal, pensaron la solución más sencilla: saturar el sistema estadounidense por medio de un elevado número de misiles lanzados simultáneamente.

Hoy en día, el tema concierne principalmente a China, cuya fuerza nuclear es hasta el momento mínima: se estima en cerca de 60 misiles con ojiva nuclear y de largo alcance. Según el acuerdo Start II que acaba de ratificar, Rusia conservaría aún 3000 armas nucleares estratégicas: tendrá entonces con qué saturar un futuro sistema antimisiles estadounidense. En contrapartida, Pekín, para mantener la credibilidad de su arsenal nuclear, deberá incrementarlo sensiblemente. De ahí una nueva competencia cuantitativa y cualitativa que involucraría, mediante un previsible engranaje, a India, a Pakistán y a las potencias nucleares del continente eurasiático en su conjunto.

Por otro lado, los adversarios del proyecto NMD anticipan un convincente argumento: no se puede atacar a una potencia nuclear si no se tiene la seguridad de que su respuesta será de la misma naturaleza. Esta lógica, que rigió las relaciones entre potencias nucleares en tiempos del conflicto Este-Oeste, tendría aún más validez para los rogue states (Estados ilegales)3 cuya amenaza fue invocada recientemente por Washington. Si se admite que esos "Estados ilegales" pueden efectivamente desarrollar misiles de largo alcance y dotarlos, por ejemplo, de cargas químicas, la certeza de una respuesta nuclear los disuadiría radicalmente. El mecanismo de la disuasión sigue teniendo una formidable eficacia, que se verificó durante las décadas de paz entre los rivales de la guerra fría.

De ahora en más, a esta concepción clásica de la disuasión se opone, en Estados Unidos, una visión diferente. Elaborada primero en el seno de los estados mayores y de algunos de los think tanks, recibió luego la caución del ex presidente del comité de los jefes de Estado Mayor durante la guerra del Golfo, general Colin Powell. El candidato republicano, George W. Bush, la retomó por su cuenta en una intervención en el National Press Club de Washington, el 23 de mayo pasado, junto al general Powell…

Esta estrategia se funda en la superioridad absoluta conseguida por Estados Unidos en todos los ámbitos de la defensa. Sus partidarios deducen de ello que el interés estadounidense consiste en alejarse de las ideas de disuasión mutua y paridad nuclear propias del período de la guerra fría. En su opinión, se debe avanzar tanto como sea posible en la reducción de los arsenales nucleares, e incluso proponerle a Rusia que comparta con Estados Unidos la capacidad de defensa antimisil con que estos últimos se quieren equipar. Porque, según dicen, Rusia no podría atacar a Estados Unidos, por temor a una respuesta de la misma índole. Pero a Estados Unidos tampoco le interesa atacarla con sus recursos nucleares, que según agregan podrían ser reducidos, aunque más no fuera por la superficie del territorio ruso y la desaparición de los blancos que en otros tiempos tuvieron en la mira, en las zonas industriales de Bielorrusia y de Ucrania y en las regiones petroleras del Cáucaso.

De modo que las principales orientaciones del esfuerzo militar estadounidense podrían ser revisadas y se podría dar prioridad al poderío aeroespacial, que según se ha visto es el instrumento fundamental del "control estratégico". Al mismo tiempo, los partidarios del NMD ven en éste un argumento suplementario y fundamental para defender el suelo estadounidense por medio de un sistema antimisiles que garantice su invulnerabilidad.

Por cierto, este sistema puede distribuirse por el mar, a bordo de navíos de superficie o de submarinos lanza-misiles, o también sobre bases aéreas en otras partes del mundo, pero estos son tan sólo relevos: la capacidad estratégica necesaria para este poderío aeroespacial sólo existe, según dicen, dentro de Estados Unidos.

De ahí el actual proyecto que consiste en un centenar de misiles antimisiles, cuyas bases de lanzamiento estarían en Alaska y Dakota del Norte. Del mismo modo, un sistema antimisiles "de teatro"4 podría defender las zonas vitales de los aliados de Estados Unidos, las regiones vulnerables en caso de conflicto, y por supuesto las posiciones aéreas y navales estadounidenses en el exterior.

Esta concepción se basa también en una nueva visión del contexto estratégico internacional, según la cual Asia constituye el centro de las preocupaciones estratégicas estadounidenses. No faltan razones para este nuevo giro de las cosas: el aumento del poderío chino, la voluntad de India de empezar a contar como gran potencia mundial, la rivalidad tradicional de esta última con Pakistán, la necesidad de Japón de garantizar su seguridad en una zona del mundo donde la relación de fuerzas está cambiando, la inestabilidad de la parte rusa de Asia, la relativa fragilidad de varios regímenes del sudeste asiático, la incertidumbre sobre las futuras relaciones entre las dos Coreas… Es en primer lugar allí, entonces, donde los sistemas antimisiles deben garantizar la protección de las zonas que Estados Unidos juzga importantes frente a ciertos adversarios actualmente imprevisibles.

Futuros adversarios

La evolución de los Estados durante mucho tiempo designados como "ilegales" no puso en cuestión el proyecto NMD. A pesar de que Corea del Norte inició el acercamiento a su hermana del sur y de que, por intermediación del presidente ruso Vladimir Putin, propuso una negociación acerca del futuro de su propio programa de misiles balísticos. Libia, por su parte, regresó al primer plano del escenario africano y, en cierta medida, del escenario internacional, con su proyecto de reforma de la Organización de la Unidad Africana (OUA) y de unión del continente africano. La comisión de las Naciones Unidas para el desarme de Irak (UNSCOM) reconoció la destrucción casi total de sus misiles de largo alcance. Irán, por su parte, mantiene relaciones normales con Japón y los Estados europeos, mientras las fuerzas políticas moderadas realizan esfuerzos por consolidar su poder. El proyecto NMD se inscribe entonces en una perspectiva mucho más amplia que la del combate contra los ex "Estados ilegales".

Lo demuestran muchos documentos fácilmente descifrables. El más significativo es el que dio lugar a una versión que se publicó a principios de junio pasado bajo el título de Joint Vision 2020. Emana directamente del Pentágono -más precisamente, del comité de los jefes de Estado Mayor- y designa claramente a China como futuro adversario, aunque en el texto que se hizo público se la califica meramente como "Peer Competitor" (competidor del mismo nivel).

Casi todos los argumentos de conflicto estudiados en el Pentágono apuntan al teatro asiático. ¿Se transformará Irán en una potencia agresiva, con una capacidad nuclear y un arsenal de misiles? ¿Entrarán la India y Pakistán en una guerra nuclear? ¿Caerá Pakistán y sus armas nucleares en manos de los talibanes afganos? Pero lo más significativo parece ser la posición a favor de priorizar el peligro asiático que Anthony Zinni, considerado como uno de los jefes militares estadounidenses más destacados, adoptó en una intervención ante el Amy Science Board5.

Sea como fuere, las vacilaciones de la administración Clinton prácticamente no cuentan para los partidarios del NMD: la decisión será tomada de todos modos por la próxima administración, y eso es lo que tienen en cuenta. Por cierto, el proyecto de defensa antimisiles suscita abundantes críticas. Muchos informes ponen en evidencia, en particular, sus debilidades técnicas, que quedaron demostradas por el fracaso del ensayo de julio: entre ellos, el informe enviado al Pentágono por un grupo de expertos dirigido por un ex jefe de Estado Mayor de la fuerza aérea, el general Larry Welch, y otro del General Accounting Office, organismo dependiente del Congreso de Estados Unidos, publicado el 19 de junio pasado. Todos insisten en la permeabilidad de todo sistema antimisiles, las posibilidades prácticas de eludirlo -especialmente a baja altura- y de interferir sus instalaciones de radares6. Algunos denuncian el carácter aleatorio y dudoso de los programas de misiles norcoreanos e incluso de los iraníes7. Pero los partidarios del sistema antimisiles disponen de una carta de triunfo: su voluntad de inscribir al NMD en el marco de una nueva estrategia que ya está profundamente enraizada entre los dirigentes estadounidenses8.

  1. Entrevista en Le Figaro, 4-6-00.
  2. M. Najman, "Les Américains préparent les armes du XXe siècle", Le Monde diplomatique, París,1-1998.
  3. Noam Chomsky, "Estados Unidos, un Estado i legal", en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur,8-2000.
  4. Las armas "de teatro" son las que se emplean en el propio campo de batalla.
  5. Thomas E. Rick, "Changing Winds of US Defense and Strategy", The Washington Post, 27-7-00.
  6. Roberto Suro y Thomas E. Ricks, Washington Post, Washington, 19-6-2000.
  7. E. Sciolino y S. Lee Myers, New York Times, 5-7-00.
  8. El estudio más completo del proyecto de NMD, en francés, es el de Michel Wantelet y Aris Roubes, National Missile Defense, editado por el GRIP (Bruselas). Cf. también, en inglés, Dean A. Wilkening: Ballistic Missile Defense and Strategic Stability, Adelphi papers 334, International Institute for Strategic Studies; James P. Thomas, The Military Challenge of Transatlantic coalition, Adelphi papers 333; Stephen W. Young, Pushing the Limits, The Decision on National Missile Defense, Council for a livable world education fund.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 15 - Septiembre 2000
Páginas:18, 19
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Estado (Política), Geopolítica
Países Estados Unidos, Irak, Serbia (ver Yugoslavia), Libia, China, Corea del Norte, India, Japón, Pakistán, Bielorrusia (Ex URSS), Francia, Montenegro (ver Yugoslavia), Rusia, Ucrania, Irán