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Luz verde para la extorsiónHay una actividad comercial que no decae en Buenos Aires: la que satisface la demanda de sexo pago. En los últimos diez años esa demanda se ha diversificado y sofisticado: clubes exclusivos, saunas lujosos, agencias de acompañantes, carpetas de fotos, avisos en la prensa, Internet. Cuando la Legislatura de la ciudad aprobó en marzo de 1998 el Código Contravencional no imaginaba los alcances que tendría su decisión. No había pensado particularmente en la oferta sexual. Es cierto que los organismos de derechos humanos y feministas denunciaron el alto número de prostitutas que eran detenidas en la calle por infracción a los edictos policiales1; pero ese era uno entre los tantos abusos policiales que se trataba de prevenir erradicando los edictos. Los efectos de esta derogación duraron apenas tres meses: una resistencia visible y ostentosa, la de los vecinos de Palermo, focalizó su reclamo en la prostitución callejera de travestis, a pesar de que la prostitución femenina sigue siendo mayoritaria. Simultáneamente se instrumentó otra resistencia, más solapada pero mucho más poderosa, la de sectores ligados al proxenetismo organizado, afectados por pérdidas sensibles de dominio y poder económico. Esta resistencia contó con el apoyo de las autoridades nacionales, que expresaron su total rechazo al Código Contravencional. Los legisladores dieron finalmente marcha atrás, renunciando a defenderlo por motivos electoralistas2. Durante la breve vigencia del Código la oferta sexual callejera se incrementó: cientos de mujeres, varones y travestis abandonaron los circuitos cerrados de la explotación sexual clandestina (aunque descaradamente publicitada) y poblaron el barrio de Constitución a razón de medio centenar por cuadra, o se ofrecían en Flores, Once, Recoleta, acordando a la vista de todos lo que hasta ese momento se resguardaba tras las puertas de los burdeles, saunas, boliches, etc. Bastó la introducción en el Código del artículo 71 (en julio de 1998), para que incluso los que habían logrado desprenderse fugazmente de la "protección" de sus proxenetas, se sometieran nuevamente a ellos y todo volviera a sus "cauces normales" . Los cauces preferidos por la gente "decente" , que propone delimitar "zonas rojas" , lejos de las zonas residenciales de clase media, exigencia que encubre la no explicitada demanda de una reglamentación "a la holandesa" , contraria a la legislacion abolicionista que rige en Argentina. Si la liberación del "mercado de los cuerpos" crea un nuevo derecho, el de ser proxeneta (ver pág. 32) un país como Argentina, donde rige el abolicionismo, demuestra que la prohibicion del proxenetismo está lejos de asegurar su desaparición mientras las autoridades no ejerzan una represión eficaz3. El Código de Convivencia sólo afectaba el control policial del negocio de la prostitución callejera, pero ésta no es la principal fuente de ingresos para las redes de proxenetas, sino la punta del iceberg. Las discusiones sobre Derecho y Ley en torno a la prostitución, sobre a quién castigar o no, sobre libertades y derechos humanos, a menudo hacen olvidar que el verdadero problema no radica tanto en las leyes que rigen el "comercio sexual" sino en la existencia misma, la persistencia y naturalización del imaginario social que justifica y tolera las prácticas que objetivan (y mercantilizan) el cuerpo de mujeres, hombres y niños. En realidad, casi todo lo que se refiere a las condiciones de producción de esta actividad queda por investigar4: desde preguntarse por qué un actor famoso paga veinte dólares por una fellatio que sus fanáticas prodigarían gratis, a qué función cumplen esas prácticas en la preservación de un orden social cuyo pilar es la familia. Pierre Bourdieu dice: "Al hacer intervenir el dinero, cierto erotismo masculino asocia la búsqueda del goce al ejercicio brutal del poder sobre los cuerpos reducidos al estado de objetos y al sacrilegio consistente en transgredir la ley según la cual el cuerpo (como la sangre) sólo puede ser dado, en un acto de ofrenda completamente gratuito, que supone la suspensión de la violencia"5. El mismo Bourdieu se orienta a la investigación de la virilidad como paradójica forma del miedo a no ser aceptado en la banda de varones, como valor a exhibir ante los otros: por eso ir al prostíbulo, al pub, al boliche, salir de putas, suele ser una actividad patotera. Si la mundialización y el sometimiento casi irrestricto al mercado son los fenómenos malditos que sellan este decenio, tampoco se trata de atribuirles mecánicamente el actual incremento de la prostitución, "mundializada" mucho antes de que este proceso se iniciara. ¿O no recordamos la importación de francesas, polacas, italianas, etc., que vio nuestro país a principios de este siglo, entonces a favor del reglamentarismo? Los procesos de ajuste y recesivos favorecen el reclutamiento de los cuerpos por parte de los proxenetas, pero el incremento del mercado no se entendería sin la demanda. Y lo que hoy caracteriza al mercado no es su bajo precio sino la especialización, la fragmentación de los cuerpos, de los servicios sexuales, de los tiempos, de los ámbitos y escenarios, y del tipo de representaciones que acompañan a los servicios. Quedan pocos de esos burdeles emblemáticos de antaño. Los cuerpos se alinean desnudos, sin los portaligas y vestidos traslúcidos de entonces, y el cliente elige la mercadería sin temor a ser engañado si paga el justo precio. A tanto la media hora, a tanto la hora o a tanto la noche. Media francesa a tanto y en tantos minutos, la completa a tanto. Hasta las "poses" tienen precio. Ciertas llamadas "perversiones" son mucho más costosas y tienen sus especialistas, sus rituales. Los saunas son burdeles donde las pupilas ya no conviven, fichan como cualquier empleado y no son más de cama adentro. Hay clubes donde el dinero no corre, sólo se acepta tarjeta de crédito. Hay siempre cuerpos femeninos jóvenes en oferta, que compiten y desplazan a los más adultos. Y además están los varones, en sus variedades gay, taxi boy, travesti, que pisan fuerte, siguen ocupando en mayor medida las calles que las mujeres y suelen prescindir de proxenetas. En todos los casos lo que se alquila es un cuerpo, a menudo ni siquiera un cuerpo, una fracción, una mano, una lengua, un ano, una boca, una vagina. Las prácticas de alquiler de cuerpos dan cuenta de lo que para los clientes constituyen "ventajas" : no solamente pagando consiguen lo que les resulta dificil conseguir de la esposa, la novia o la amante, sino que además se libran de la exigencia de satisfacer, y más aun, de encarar a una persona. Se hacen escuchar quienes conciben el ejercicio de la prostitución como resultado de la capacidad de elegir un trabajo. La realidad es que la gran mayoría de las y los prostitutos se inician en edades muy tempranas y cuentan historias que muestran, si se sabe escucharlas, cómo la sociedad determina su destino, elige por ellos. En circunstancias en que la familia, el Estado, la Justicia los excluyen, el proxeneta suele resolver la situación sin salida en que se encuentran ¿De qué libertad se habla, entonces?
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