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Recuadros:

Nuestro futuro según The New York Times

Las obras que celebran la globalización y el poder de los mercados se multiplican. Pero pocos autores habían desplegado tanto ardor al servicio de una evolución asimilada a la democracia misma como Thomas Friedman, periodista estrella del New York Times. Su libro expresa el pensamiento de las clases dirigentes de Estados Unidos… y el de los responsables económicos y políticos mundiales cuya ambición es imitarlas.

De un tiempo a esta parte todos o casi todos hemos oído hablar de la "globalización" y hemos comprendido su significado: que las leyes del capitalismo se imponen en todas partes. ¡Y bien! Es más que eso, afirma Thomas Friedman, uno de los principales editorialistas de política internacional del New York Times. En su último libro, best-seller en Estados Unidos1, nos indica que su objetivo no es tanto describir la mundialización como hacerla "comprensible" ; lograr que cada uno de nosotros se dé cuenta de que constituye el estadio supremo de la civilización humana; que es a la vez deseable y digna de suscitar nuestra confianza, de hacernos ricos y libres y de mejorar todas y cada una de las cosas y personas del mundo entero.

Hace diez años que las estrellas del periodismo, los dueños de las grandes empresas, los analistas financieros, los responsables políticos, los economistas, la publicidad en televisión, los sacerdotes y las vedettes del negocio del espectáculo vienen tratando de inculcarnos un optimismo cósmico de ese tipo, transformado incluso en la fe oficial estadounidense. Pero Friedman marca un jalón suplementario, porque es el comentarista de política internacional más influyente de la única superpotencia del mundo, el titular de dos premios Pulitzer y el periodista que tuvo en otros tiempos una relación tan estrecha con el Departamento de Estado y su patrón de entonces que un semanario lo calificó de "funcionario del ministerio de información de James Baker" . De manera que es razonable entender el análisis de la mundialización de Friedman como el eco del pensamiento oficial de Washington. Pero aun así, el tono de su libro supone una escalada semántica tan gigantesca, un etnocentrismo tan arrogante y desmesurado que debería suscitar en todas partes un movimiento de retroceso, o de espanto.

Sin embargo, el punto de partida del libro no sorprende en absoluto. Friedman quiere convencernos de que el triunfo del capitalismo ha llevado la democracia a los pueblos del mundo. Nos cuenta entonces la "democratización de las tecnologías" gracias a la cual todos tendríamos teléfonos y computadoras; se maravilla ante la "democratización financiera" que nos permite invertir en cualquier lugar y rubro; nos pinta los milagros de la "democratización de la información" , es decir, esencialmente, la multiplicación de las cadenas de televisión que se ofrecen actualmente a nuestra curiosidad. La convergencia de esas fuerzas habría erosionado y luego subvertido todas las jerarquías piramidales al viejo estilo, tanto la soviética como la indonesia o la estadounidense. Internet viene a ilustrar su argumento, iluminando al mismo tiempo el lugar más democrático de la tierra y el "modelo de la competencia perfecta".

Pero la ruta de Friedman está plagada de errores fácticos y analíticos. Son tan importantes y evidentes que cabe preguntarse cómo pudieron pasarlos por alto los correctores de su editorial, para no hablar de los del New York Times, que publicó extensos fragmentos del libro. Así, por ejemplo, el autor repite sin la menor turbación que el Estado-benefactor y las políticas de regulación (aparecidos en Estados Unidos durante los años 30) serían el resultado de las presiones nacidas de la guerra fría; pretende que en otros tiempos las obligaciones y los bonos del Tesoro emitidos por los países extranjeros no se intercambiaban en un mercado de capitales abierto a cualquier ahorrista, mientras que hoy en día, "usted, yo y mi tía Bev" podemos comprar valores sudamericanos, lo cual probaría, naturalmente, la democratización de la propiedad2. Así, presenta a Hong Kong y Singapur como más "democráticos" que Corea del Sur; atribuye la primera guerra mundial a las intrigas del imperio austro-húngaro exclusivamente; consagra un capítulo entero a la "idea" de que dos países con Mc Donalds nunca entraron en guerra. Quizás en la ciudad de Belgrado la lectura de ese capítulo despierte sonrisas en medio de las ruinas.

Una cosa es el error, incluso cuando es decididamente plural. Otra cosa es la propaganda. Empecemos por la marca de autos de lujo (Lexus) y por el árbol tenaz (olivo) que dan título al libro. Sirven para sugerir el enfrentamiento entre las excelentes fuerzas de la modernidad y de la mundialización económica, por un lado; las detestables tentaciones del arcaísmo y del repliegue nacional por el otro. En sí misma, la idea no es nada original: remite al libro, infinitamente más sutil, de Benjamin Barber, Jihad contre McWorld, publicado en 19953. Pero el prestigioso editorialista parece no haber oído hablar del libro de Barber. Es más, da la sensación de no haber leído ninguno de los libros de referencia sobre el tema aparecidos en estos últimos años en Estados Unidos, que supieron discutir con inteligencia la visión beata de la mundialización defendida por Friedman. Ni el de John Gray, ni el de William Greider, ni el de Doug Henwood4.

Pero la omisión no es sólo lamentable: parece intencional. Puesto que su objetivo declarado es ridiculizar las críticas a la mundialización, Friedman necesita atribuirlas a los habituales blancos de la aversión estadounidense: dictadores, mentes obtusas, "políticos" , franceses…5. La duda o el escepticismo concernientes a la dirección de un mundo regido por los mercados nunca deben manifestarse de manera más o menos inteligente. El libro de Friedman funciona más como un texto destinado a la conversión que a la reflexión: el mundo cambia a toda velocidad y no hay que perder tiempo, nos explica el autor en un estilo algo jadeante de vendedor infatigable y maravillado. No, mejor aún, el mundo ha cambiado: ¡los japoneses construyen autos extraordinarios en fábricas casi totalmente automatizadas! ¡Por todas partes, hay quienes asumen formidables responsabilidades (super-empowered)! ¡En las peluquerías estadounidenses, se discute la caída de la moneda tailandesa! Todo esto sería al mismo tiempo "global y glorioso" (globalorious). Y nada mejor para ilustrar el tono de predicador del libro que su portada con letras doradas sobre fondo de alba anaranjada que se eleva sobre el globo. Friedman acaba de escribir el breviario de cientología del nuevo capitalismo y lo destina a sus beneficiarios.

Un dólar equivale a una voz

En el aspecto retórico, cabe verse tentado de asimilar la obra a la versión "literaria" de las últimas pasiones bursátiles estadounidenses, ya que Friedman identificó las ideas de moda de la década y fue más allá de ellas, como los corredores de bolsa de Wall Street que provocaron el alza de las acciones Amazon. Así se explica, por ejemplo, el tono jubilatorio que utiliza para evocar la situación de los países (que no son Estados Unidos) sometidos a la sentencia de la "manada electrónica" , es decir, la de los compradores de obligaciones y de bonos del tesoro planetarios que pueden mover cientos de miles de millones de dólares tecleando en su ordenador. En un capítulo, el autor imagina a los Estados del mundo tan criteriosamente reunidos ante él como las cotizaciones de la Bolsa en la página de un diario financiero. Soberano, dispone entonces del poder de recomendar la "compra" de algunos y la "venta" de los otros.

La redefinición de la democracia procede de esta especie un tanto particular de felicidades. Ya no se trata entonces ni de ciudadanía ni de bien común, sino de dinero: aquello de "un dólar equivale a una voz" , sistema por el cual el mercado y los intereses industriales privados deciden -justa y naturalmente- lo que a cada uno de nosotros le corresponderá hacer en lo sucesivo. En tales condiciones, Friedman -que sin embargo no deja de exaltar al Pueblo por fin liberado de las constricciones ancestrales, estatales y nacionales- nos previene que el auténtico maestro, el mercado, nunca volverá a aceptar que la acción de nuestros gobernantes exceda el marco infinitamente coactivo de las opiniones autorizadas.

Ningún país que desee participar en la mundialización "global y gloriosa" tendrá entonces el derecho de reglamentar sus mercados o de ocuparse de los desheredados más allá de lo que el editorialista del New York Times juzga apropiado. Así también, sus "opciones políticas se reducen a Pepsi-Cola contra Coca-Cola, a débiles sutilezas de gusto, débiles sutilezas de orientación (…) pero nunca el más mínimo desvío en relación a las reglas centrales."Thomas Friedman, naturalmente enemigo del impuesto Tobin6, no se olvida de describir los diversos castigos que recaen sobre un país cuando los inversores "huyen en masa" y las Bolsas se hunden.

Pero lo más revelador del libro se refiere a la idea que el autor parece tener de Estados Unidos, es decir del país a imagen del cual los mercados querrían reconstruir el mundo. En su último capítulo, Friedman nos pide que reflexionemos con él acerca de cómo imaginaría la nación ideal un "geoarquitecto visionario" ; cómo exigiría "los mercados más flexibles del mundo" ; cómo garantizaría que todas las formas de vida "rebeldes" y excéntricas sean recibidas en los consejos de administración como otras tantas marcas de creatividad… y también cómo velaría para que los directivos de las empresas puedan "contratar y despedir a los trabajadores con cierta facilidad".

Es evidente que ya no alcanza con adivinar detrás de los "valles ricos en frutos" de Estados Unidos la mano de la Providencia o, como hizo Rockefeller en su tiempo, con proclamar que "Dios me dio mi dinero" . También hace falta imaginar una divinidad que redacta los libros gerenciales, que despide a los obreros en huelga, que flexibiliza el trabajo, que hace de Manpower el principal empleador del país.

En lo referente a la escritura, el libro se parece al discurso publicitario adoptado por las firmas de agentes de bolsa y de informática. El autor cita incluso algunas de esas propagandas, no como ejemplos de un esfuerzo de condicionamiento de la opinión pública, sino a modo de confirmación de sus profecías chamanísticas, que se supone podrían cerrarse con un ferviente "así sea" . El editorialista del New York Times puntúa con un "¡Bien dicho!"su evocación de una publicidad de la firma de servicios financieros Charles Schwab que representa a unos estadounidenses-tipo contando cómo compraron tal acción de tal empresa. Y un "¡Exactamente!"viene a saludar a esta otra propaganda de la empresa de agentes de bolsa Merrill Lynch cuando afirma: "El mundo tiene diez años."

Aunque escribe como un publicitario, al autor le importa hacernos saber que piensa como un "administrador de hedge fund"7. Porque según nos explica en un tono docto, sería importante percibir al mundo a través de un prisma compuesto simultáneamente por seis "dimensiones" a la vez, en lugar de las cinco, cuatro o tres que solemos distinguir8. La apelación elegida para este acercamiento cultural ricamente complejo es muy expresiva, ya que retoma la jerga bursátil: "arbitraje".

Si los estudiantes del futuro se inclinan sobre la década de los 90 y tratan de ubicar este libro en la corriente intelectual de la época, se verán tentados de ligarlo a los best-sellers de la literatura de negocios, a ese género conocido con el nombre de "futurismo" , que postula y no deja de maravillarse ante una tasa siempre creciente de "cambios" ; que multiplica los neologismos y confecciona a un ritmo infernal "metanarrativos" destinados a reemplazar a las viejas categorías, juzgadas obsoletas o deplorables (en particular las clases sociales); que amontona gráficos que supuestamente lo explican todo -la geopolítica, la estrategia empresarial, el grado de entusiasmo de los consumidores- en función de álgebras indexadas a partir de las categorías de la psicología de divulgación estadounidense.

Tal vez sin proponérselo, el editorialista del New York Times ha redactado el diccionario de las ideas de moda entre los que dominan el planeta. Todo está allí: el entusiasmo por el "cambio de imagen de marca" del Reino Unido a partir de Margaret Thatcher; las pullas reservadas a una Francia que consagraría demasiados esfuerzos al mantenimiento del Estado-benefactor; la amalgama entre la política estadounidense de "sociedad grande" que en los años 60 procuró acabar con la pobreza en el país y la de la planificación soviética. En forma aislada, cada uno de esos lugares comunes es a la vez inquietante y un poco necio. Puestos uno al lado de otro, componen un mosaico agobiante. Leer The Lexus and the Olive Tree es un poco como volver a escuchar los discursos de Newton Gingrich, pensador de la nueva derecha estadounidense, y recordar la impresión que nos causaron entonces9. Cuando va y viene entre los think-tanks al día, el Departamento de Estado y las salas de redacción del New York Times, cuando discute lo que quisiera hacer de Estados Unidos y el resto del mundo, ¿es realmente esta suma de prejuicios la que funciona como pensamiento de la clase dirigente?

  1. Thomas Friedman, The Lexus and the Olive Tree: Understanding Globalization, Farrar Strauss and Giroux, New York, 1999, 416 páginas, 27,50 dólares
  2. El inicio de la guerra fría se sitúa habitualmente en marzo de 1946, cuando Winston Churchill denunció, en un discurso pronunciado en Fulton (Missouri), la aparición en Europa de una "cortina de hierro" que separaba a los países pro-occidentales de aquellos que vivían bajo control soviético. Los préstamos rusos vendidos a los pequeños portadores franceses entre 1888 y 1910, las obligaciones peruanas que hicieron la desgracia de muchos estadounidenses en los años 20, parecen haberse sustraído al discernimiento del editorialista del New York Times.
  3. Traducción francesa: Djihad contre McWorld, Desclée de Brouwer, París, 1996. Véase también Benjamin Barber, "Culture McWorld contre démocratie" , Le Monde diplomatique, agosto de 1998.
  4. John Gray, False Dawn, New Press, New York, 1998; William Greider, One World, Ready or Not: The Maniac Logic of Global Capitalism, Simon & Schuster, New York, 1997, y Doug Henwood, Wall Street, Verso, Londres, 1997. Le Monde diplomatique reseñó estas obras en sus ediciones de noviembre de 1997 y setiembre de 1998
  5. Véase Thomas Franck, "Cette impardonnable exception française" , Le Monde diplomatique, abril de 1998.
  6. James Tobin, premio Nobel de Economía. Propuso tasar los flujos financieros especulativos internacionales. Ver páginas 22 y 23.
  7. Limitados a menos de cien inversores, esos fondos no están sometidos a las mismas restricciones que los fondos de inversión dirigidos a un público más amplio. Gozan de una enorme libertad de maniobra. Se les han atribuido muchas desestabilizaciones financieras.
  8. Esas "dimensiones" serían la política, la cultura, la defensa nacional, los mercados financieros, la tecnología y el medio ambiente.
  9. Serge Halimi, "Les boîtes à idées de la droite américaine" , Le Monde diplomatique, mayo de 1995.

Vargas Llosa globalizador

En el verano europeo de 1991, quien esto escribe estaba muy preocupado porque debía participar junto a Mario Vargas Llosa en un coloquio en Almería, España, organizado por la Universidad Complutense de Madrid. Tema: "Democracias en América Latina" . La inquietud se debía al fuste del compañero de panel, cuya adhesión neoliberal-thatcheriana es bien conocida.

Pero resultó evidente que el gran escritor haría mejor en no salirse de los temas literarios para opinar sobre política o economía. En apoyo de sus argumentos, Vargas Llosa contó de una visita al Chile post Pinochet: "En Santiago ví con gran alegría a una pareja de viejecitos leyendo en un periódico la marcha de las acciones de su caja de pensión en la bolsa; interesándose así en la economía de su país".

Me limité a preguntar a la sala, con mayoría de latinoamericanos o conocedores de la región, si ellos pasarían una vejez libre de angustias si sus ahorros y jubilación dependiesen de las oscilaciones de las bolsas de América Latina y si pensaban que esos "viejecitos" se interesaban por la economía de su país o en realidad temblaban cada mañana al abrir el diario.

Si todos sus propagandistas fuesen así, el neoliberalismo estaría perdido.


Autor/es Thomas Franck
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 2 - Agosto 1999
Páginas:20, 21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Estado (Política), Geopolítica, Periodismo
Países Estados Unidos, Chile, Singapur, España, Francia