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Cercano Oriente: la esperanza

Los episodios sangrientos que se desarrollaron en el Cercano Oriente durante el mes de mayo no debieran ocultar un hecho esencial: la región podría estar en vísperas de un acuerdo de paz que entrañaría concesiones importantes tanto por parte de Israel como de sus vecinos de la Autoridad palestina y Siria. El indicio más espectacular de esa posible culminación de las negociaciones de paz árabe-israelíes es la retirada militar israelí del Sur del Líbano, que pone fin a una ocupación tan odiada en el Líbano como impopular en Israel.

¿Cuándo terminará? Cercano Oriente acaba de vivir semanas dramáticas. En Cisjordania y Gaza, una vez más una revuelta de jóvenes palestinos fue ahogada en sangre, dejando varios muertos y cientos de heridos. En el sur del Líbano el Hezbollah, la milicia chiíta y parte de la opinión pública árabe interpretaron como una gran victoria militar, la primera en medio siglo de enfrentamientos entre árabes e israelíes, la precipitada retirada del ejército de ocupación y el poco glorioso abandono del Ejército del Líbano Sur (ALS), que peleó durante 22 años del lado de los israelíes.

Se diría entonces que se aleja la esperanza de ver una culminación de las negociaciones de paz. Y que la región, como en muchas oportunidades anteriores, se dispondría a entrar en otro ciclo de inestabilidad, tensiones y choques. Como siempre, lo peor no es imposible.

Pero las apariencias engañan. Y esa fatalidad es improbable. Por razones múltiples, el Cercano Oriente no puede permitirse diferir el momento de la paz. En Israel la opinión pública la reclama a voces. Y en la mayoría de los países árabes se impone el realismo cuando llega la hora de relevar a los jefes.

En Siria, Arabia Saudita, Egipto y dentro de la Autoridad palestina, el tema de la sucesión es central de ahora en más. Ningún viejo dirigente quiere dejarle la guerra como herencia principal al delfín que él mismo designó. Razón por la cual la agitación y el desorden, el ruido y la furia, las lágrimas y la sangre no deben ocultar lo esencial: las negociaciones continúan y se acerca el momento de compromisos necesarios para unos y otros.

¿Por qué el gobierno de Israel, después de 22 años de reflexión, decidió aplicar con urgencia la resolución 425 de las Naciones Unidas, que le ordena retirar sus tropas del Sur del Líbano? En primer lugar porque el primer ministro, Ehud Barak, había prometido efectivamente en mayo de 1999, el día de su triunfo electoral, poner fin a esta ocupación, sumamente impopular en su propio país debido a las pérdidas causadas a las tropas israelíes por los guerrilleros de Hezbollah. En segundo lugar porque desde un punto de vista estrictamente militar esa ocupación, que no garantizaba en absoluto la seguridad de Israel y su población, no tenía justificativo. Por último y sobre todo porque así podría relanzar sus negociaciones con Siria.

Desde que fue elegido, esas negociaciones fueron la prioridad para Ehud Barak. Estaba dispuesto a restituir a Damasco lo esencial de las alturas del Golan, a pesar de las protestas de los colonos y de la derecha. Una oferta que ya habían formulado sus predecesores, y que confirmaba su voluntad de avanzar hacia un acuerdo con Siria. Pero el compromiso se rompió debido a la voluntad del presidente Hafez El Assad de conseguir, de acuerdo con la resolución 242 del Consejo de seguridad, el regreso a las líneas de cese de fuego del 4 de junio de 1967, y por consiguiente el acceso de Siria a la orilla oriental del lago Tiberíades.

Al retirarse del sur del Líbano sin el acuerdo de Damasco, Barak se propone tres objetivos. Entrega a la comunidad internacional una nueva prenda de su deseo de paz. Le quita a Siria un rol político prestigioso, el de protector de Hezbollah, aliado a Irán, cuyos golpes contra las tropas israelíes eran famosos en el mundo árabe. Por último, expone a la luz del día "la otra ocupación" del Líbano, la de Siria, que mantiene allí 35 mil soldados… De golpe, obliga a los sirios a reflexionar: si dejan que el Hezbollah golpee dentro de Israel, se exponen a padecer las consecuencias.

Pero Damasco difícilmente puede permitírselo. El estado ruinoso del país es considerable, como así también el descontento político y social. Toda crisis importante podría perturbar profundamente el proyecto central del presidente Assad que es transmitir el poder a su hijo.

En cambio, un acuerdo con Israel ofrecería numerosas ventajas para Siria, que recuperaría las alturas del Golan, vería preservados en el Líbano sus intereses estratégicos, y sería eliminado de la lista negra de "países terroristas" elaborada por Washington, lo cual le permitiría tener de nuevo acceso a los préstamos e inversiones procedentes de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. De manera que de un lado y otro todo lleva a un compromiso.

En cuanto a las relaciones entre Israel y Palestina, a pesar de los sangrientos enfrentamientos del mes de mayo, diversos signos indican que siete años después de los acuerdos de Oslo estamos en vísperas de un compromiso histórico. Y que ese compromiso concierne a tres temas de controversia: territorios, Jerusalem, y refugiados.

Las negociaciones secretas realizadas en Estocolmo desde principios de mayo entre el ministro israelí de seguridad interior Shlomo Ben Ami, y el presidente del Consejo legislativo palestino y negociador de los acuerdos de Oslo Ahmed Qorei (Abu Alaa), reservan grandes sorpresas para uno y otro campo. Según ciertas filtraciones, Israel se dispondría a ceder del 90 al 92 por ciento de Cisjordania (y no el 60 al 75 por ciento como solía decirse), excluyendo la zona de Jerusalem. Así que los palestinos tendrían que abandonar entre el 8 y el 10 por ciento de los territorios, donde vive alrededor del 80 por ciento de los colonos judíos.

En cuanto a Jerusalem, los palestinos podrían instalar su capital en Abu Dis, un suburbio de la Ciudad santa que Israel devolvió recientemente, y que asumiría oficialmente el nombre de Al Qods, nombre árabe de Jerusalem, y estaría conectado con los lugares santos musulmanes mediante un pasillo bajo control palestino. El este de Jerusalem, donde viven 200 mil palestinos, quedaría bajo soberanía israelí, pero sería colocado bajo la administración municipal palestina.

Por último, en lo que hace al delicado problema de los refugiados (alrededor de 4 millones de palestinos), Israel dejaría regresar simbólicamente algunas decenas de personas, e indemnizaría al resto. Este punto sigue siendo el principal escollo, especialmente el apego de los palestinos al "derecho de regreso", avalado por la resolución 194 de la Asamblea general de las Naciones Unidas del 11 de diciembre de 1948. Hay quienes proponen que el tema sea lisa y llanamente diferido, y librado a la discusión de negociaciones entre el Estado palestino y el de Israel.

Sin duda la lectura de este proyecto de acuerdo llenará de rabia a muchos en un campo y otro. Debieran pensar en lo que permite entrever un compromiso: la salida del laberinto de la guerra donde los pueblos de la región quedaron atrapados durante más de 50 años. ¿No vale la paz algunas concesiones?

Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 12 - Junio 2000
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Conflictos Armados, Militares, Geopolítica, Políticas Locales, Islamismo, Judaísmo
Países Estados Unidos, Egipto, Japón, Francia, Arabia Saudita, Cisjordania (ver Autoridades Palestinas), Gaza (ver Autonomías Palestinas), Irán, Israel, Líbano, Palestina, Siria